El éxtasis del artista
Jueves, noviembre 12th, 2009

Pintor en la Alhambra (Granada. Octubre, 2009). Foto: Jose Antonio Casares
Stefan Zweing al acercarse al misterio de la creación artística plantea una nueva cuestión que con frecuentemente nos acecha ante la contemplación de una obra de arte, la audición de una composición musical o la lectura de un poema. Alguna vez nos hemos preguntado: ¿qué sentimientos se albergaban en el corazón del artista cuando gestaba su obra? ¿qué procesos acontecían en su interior capaces de generar la maravilla que nos conmueve? Ante estas preguntas surge una respuesta: el silencio. Pocos autores hablan de sí mismos en el momento en que están absortos en su labor creativa. Tomemos prestadas la palabra de Zweing para iluminar el misterio del silencio del creador, silencio eminentemente elocuente, ya que la obra que nace de él tiene la potencialidad de hablarnos, y tonarnos en el corazón, transcendiendo el espacio y el tiempo:
“Sería lo más natural que aquél que cometió un acto explicara ese acto y sus motivos, que aquél que creó una obra de arte explicara cuándo, cómo y de qué modo había obrado. Pero, por desgracia, nos hallamos frente a un fenómeno extraño y es que esos hombres creadores, tanto poetas y pintores como músicos, casi nunca nos revelan el secreto de su creación. Hace un siglo ya, el gran poeta norteamericano Edgar Poe se lamentaba porque poseemos tan pocos informes autobiográficos de artistas, y en su ensayo sobre The philosophy of composition comienza observando: “Yo mismo he pensado muchas veces cuán interesante habría de ser un artículo en que un autor –si fuera capaz de ello- nos describiera con todos los detalles cómo una de sus creaciones alcanzó paso a paso el estado definitivo de la perfección. Muy a pesar mío, no soy capaz de decir por qué jamás ha sido entregado al mundo semejante informe”.
Como ustedes ven, hace ya un siglo, el más grande poeta de América se lamentaba porque, hablando en términos de criminología, poseemos tan pocas confesiones de los creadores sobre el misterio de la creación. Declara expresamente que no sabe explicar ese problema. Debo rogarles que no me juzguen pretencioso si ahora, por mi parte, procuro darles una contestación. El hecho mismo de que poseamos tan pocas confesiones sobre el origen de una obra artística es realmente sorprendente. ¿De quién habríamos de esperar informes exactos sobre el acto de la creación, sino del creador mismo? ¿No es la observación y la autoobservación en verdad la principal condición previa de un poeta? Los poetas, los escritores, nos describen en sus libros, con fuerza maravillosa y con pormenores magistrales, cualquier viaje que hacen, toda aventura que les sucede, cada sentimiento que los agita. ¿Por qué no nos explican, pues, la experiencia más importante de su vida? ¿Por qué no nos describen su modo de crear?
Esto debe tener una razón determinada, y esta razón consiste en que el artista no tiene tiempo ni lugar de observarse a sí mismo mientras se halla en el estado apasionado de la creación. El artista no es capaz de observar su propia mentalidad mientras trabaja, como no es capaz de mirarse por encima de su propio hombro mientras escribe. Para volver, pues, a nuestra comparación criminológica, el artista se parece más al culpable de un crimen pasional, es decir a aquel tipo de asesino que comete su acción en un arrebato ciego de apasionamiento y que luego dice la pura verdad cuando ante el juzgado depone: “En realidad no sé porqué lo hice, ni puedo describir cómo lo hice. Vino sobre mí repentinamente. No estaba con mis cinco sentidos. No estaba en mis cabales”.
¿Cómo?, objetarán ustedes, mis amables oyentes, ¿el artista no estaría en sus cabales, no sería dueño de sus cinco sentidos, mientras produce las obras más hermosas? Imposible. Y quizá me explico mejor diciéndoles que no está con sus propios sentidos, que no es dueño de su propia razón, pues toda creación verdadera sólo acontece mientras el artista se halla hasta cierto grado fuera de sí mismo, cuando se olvida de sí mismo, cuando se encuentra en una situación de extasis. Y permítanme ustedes recordarles en esta oportunidad que la palabra griega ekxtasis no significa otra cosa que “estar fuera de sí mismo”.
Ahora bien; si el artista está “fuera de sí mismo” mientras produce, ¿dónde se encuentra? La contestación es muy simple. Está en su obra. Mientras crea, no está en su mundo, en nuestro mundo, sino en el mundo de la obra, y por esto mismo es incapaz de observarse a sí mismo. Un poeta, por ejemplo, que en un sombrío día de invierno describe, apoyado en el recuerdo, en sus versos, un paisaje primaveral iluminado por suaves rayos de sol y con árboles verdeantes, no se halla en ese instante con su alma dentro de sus cuatro paredes, ni junto a su mesa de escritorio. Ante su ojo no hay invierno, sino que ve con su mirada espiritual la clara primavera y siente sus vientos cálidos. En el momento en que Shakespeare escribió las palabras de Otelo, no esta espiritualmente en Londres, sino en la Venecia de un siglo atrás y no vivía sus emociones propias, son las de un hombre inventado, de Otelo, el moro, y sus celos. Es, pues, perfectamente natural que un poeta se olvide totalmente de sí mismo mientras con todos sus sentidos y pensamientos vive un carácter imaginario. Y este estado de la concentración absoluta, no es un elemento secundario de la creación, sino que constituye el elemento ineludible, la verdadera médula de nuestro secreto. El artista sólo puede crear su mundo imaginario olvidándose del mundo real.
[…] A causa de este ensimismamiento absoluto, resulta luego incapaz de describir el proceso de la creación artística. En efecto, él no sabe de qué modo ha procedido, incluso hay veces que ni siquiera sabe lo que ha producido. El artista no miente cuando alguna vez se pregunta a sí mismo, asombrado ante su propia obra perfecta: “Realmente ¿fui yo quien creó esto? ¿Cuándo hice esto? ¿Cómo lo hice? No es posible que yo mismo haya hecho todo esto.” Y pueden ustedes creerlo; muchas veces el artista ignora lo que en ese instante le ha venido a la pluma o al pincel.”
(Stefan Zweig, El misterio de la creación artística. Ediciones Elephan.com. 199, pag. 10-12)


