Palabras compartidas
Lunes, Febrero 1st, 2010
Detalle de la Puerta de Coronería de la Catedral de Burgos (Noviembre, 2009). Foto: Jose Antonio Casares
“La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha”
(M. de Montaigne)

Detalle de la Puerta de Coronería de la Catedral de Burgos (Noviembre, 2009). Foto: Jose Antonio Casares
“La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha”
(M. de Montaigne)

Decadencia (Guadix. Octubre, 2009). Foto Jose Martos
“Todo lo más nostalgia; el poeta no se afana en ser hombre. No trata de saber qué sería él con independencia de aquella fuerza que habla con su voz. Y si acaso esta fuerza le abandona, no se siente más que vacío. Vacío como un cuarto deshabitado. El tiempo, entonces, se le convierte en algo así como un guante sin mano. El tiempo vacío, pura espera de que vuelva el milagro, de que vuelva el delirio. De querer algo, no quiere ya sino aquello mismo que anuló su querer, aquello que le venció tan completamente. Porque la gloria del poeta es sentirse vencido. […] Quiere delirar, porque en el delirio alcanza vida y lucidez. En el delirio nada suyo tiene, ningún secreto; nada opaco, en su ser. Se consume ardiendo como la llama, y canta y dice. Porque el poeta vive prendido a la palabra, es su esclavo.”
(María Zambrano, Filosfía y poesía)

Lauda sepulcrar en la que se representa una escena familiar en la que una madre narra historias a su hijo (Museo Arqueológico de Atena. Julio, 2009)
“Contar historias, sin más, por el puro placer de narrar, es una pasión tan antigua y universal como el goce de oírlas. Y al ser el hombre, por naturaleza, contador y receptor de historias, podemos imaginar que los primeros cuentos nacieron en las largas noches de los tiempos primigenios en que, alrededor del fuego de una caverna, los primitivos cazadores contaban oral y gestualmente algún suceso real o fantástico: el riesgo de una peligrosa aventura de caza, el espanto sobrecogedor ante la luz del relámpago y el estruendo del trueno o la fascinación por la inmensidad insondable y desconocida del mar. Los relatos eran dirigidos a los miembros de la tribu, encandilados oyentes de aquellas historias que, en las cavernas y alrededor del fuego, amenizaban sus precarias vidas y las medrosas horas de las noches interminables. Porque, como decía una vieja narradora quechua: «los cuentos se contaban -sobre todo- para dormir el miedo».
La imaginación, la fantasía, la curiosidad, la atracción y el temor por lo maravilloso y misterioso son capacidades propias del hombre en todo tiempo y lugar, como también lo son la necesidad de distracción, de evasión y de expresar las emociones. Pues bien, los relatos orales, los viejos cuentos, han servido para dar salida y colmar en parte dichas capacidades y necesidades, de las que surge imperiosamente la facultad de narrar y también de escuchar”.
(Miguel Díez, Los viejos -y siempre nuevos- cuentos populares)

Piedras olvidadas Acrópolis (Atenas. Julio, 2009). Foto: Jose Antonio Casares