Archivo etiquetado como ‘palabra’

Palabras compartidas

Lunes, febrero 1st, 2010
Detalle de la Puerta de Coronería de la Catedral de Burgos (Noviembre, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

Detalle de la Puerta de Coronería de la Catedral de Burgos (Noviembre, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

“La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha”

(M. de Montaigne)

La nostalgia del poeta

Sábado, noviembre 21st, 2009
Decadencia (Guadix. Octubre, 2009). Foto Jose Martos

Decadencia (Guadix. Octubre, 2009). Foto Jose Martos

“Todo lo más nostalgia; el poeta no se afana en ser hombre. No trata de saber qué sería él con independencia de aquella fuerza que habla con su voz. Y si acaso esta fuerza  le abandona, no se siente más que vacío. Vacío como un cuarto deshabitado. El tiempo, entonces, se le convierte en algo así como un guante sin  mano. El tiempo vacío, pura espera de que vuelva el milagro, de que vuelva el delirio. De querer algo, no quiere ya sino aquello mismo que anuló su querer, aquello que le venció tan completamente. Porque la gloria del poeta es sentirse vencido. […] Quiere delirar, porque en el delirio alcanza vida y lucidez. En el delirio nada suyo tiene, ningún secreto; nada opaco, en su ser. Se consume ardiendo como la llama, y canta y dice. Porque el poeta vive prendido a la palabra, es su esclavo.”

(María Zambrano, Filosfía y poesía)

Narrar

Domingo, septiembre 27th, 2009

Lauda sepulcrar en la que se representa una escena familiar en la que una madre narra historias a su hijo (Museo Arqueológico de Atena. Julio, 2009)

Lauda sepulcrar en la que se representa una escena familiar en la que una madre narra historias a su hijo (Museo Arqueológico de Atena. Julio, 2009)

“Contar historias, sin más, por el puro placer de narrar, es una pasión tan antigua y universal como el goce de oírlas. Y al ser el hombre, por naturaleza, contador y receptor de historias, podemos imaginar que los primeros cuentos nacieron en las largas noches de los tiempos primigenios en que, alrededor del fuego de una caverna, los primitivos cazadores contaban oral y gestualmente algún suceso real o fantástico: el riesgo de una peligrosa aventura de caza, el espanto sobrecogedor ante la luz del relámpago y el estruendo del trueno o la fascinación por la inmensidad insondable y desconocida del mar. Los relatos eran dirigidos a los miembros de la tribu, encandilados oyentes de aquellas historias que, en las cavernas y alrededor del fuego, amenizaban sus precarias vidas y las medrosas horas de las noches interminables. Porque, como decía una vieja narradora quechua: «los cuentos se contaban -sobre todo- para dormir el miedo».

La imaginación, la fantasía, la curiosidad, la atracción y el temor por lo maravilloso y misterioso son capacidades propias del hombre en todo tiempo y lugar, como también lo son la necesidad de distracción, de evasión y de expresar las emociones. Pues bien, los relatos orales, los viejos cuentos, han servido para dar salida y colmar en parte dichas capacidades y necesidades, de las que surge imperiosamente la facultad de narrar y también de escuchar”.

(Miguel Díez, Los viejos -y siempre nuevos- cuentos populares)

Una palabra cargada de memoria

Jueves, septiembre 24th, 2009
Piedras olvidadas Acrópolis (Atenas. Julio, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

Piedras olvidadas Acrópolis (Atenas. Julio, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

“Decía Maurice Blanchot que la poesía nos trae al recuerdo lo que las naciones, los pueblos y los dioses no recuerdan, o por incapacidad o por falta de voluntad.
Fiel a la diosa que lo inspira, el poeta se expresa desde el ámbito de la memoria aceptando así el poder -frágil poder, no obstante- de recordar. Mediante el texto eminente del poema, el poeta se convierte así en el puente que une a los vivos y a los muertos, a los dioses y a los humanos, el más allá y el más acá.
La verdad de la poesía no es, desde luego, la verdad que busca adecuarse a una realidad, sino la “verdad” que nunca se dijo, que no se nombró. La verdad que no se somete a la sentencia: “Todo lo racional es real”. La verdad, en suma, que, de otra manera, se sitúa detrás o más allá de cualquier realidad supuestamente dada. No se trata, asís, de la verdad que busca confirmar la realidad, que se dirige a ella argumentativamente, atrapándola en conceptos firmes, o que pide al afirmarse poder ser archivada o documentada, sino la otra cara de la verdad, la verdad trágica de la experiencia -propia o ajena- la verdad de una acción imposible o interrumpida que reclama ser narrada o relatada. Es la verdad de los que, naciendo para poder comenzar algo nuevo, vieron interrumpida, caprichosamente su existencia en manos de una barbarie nacida del corazón mismo de la civilización occidental.
Por eso la verdad del poeta es siempre una denuncia, una palabra cargada de memoria -ya que es función suya tanto persuadir de su verdad como denunciar o proclamar, pero no definir-, un lenguaje incómodo que busca expresarse de otro modo, y que se desespera tanto más cuanto lo que tiene que denunciar no encuentra las palabras justas ni el lenguaje apropiado. Cuando lo que tiene que decir, en suma, es indecible. Porque no hay forma de nombrar lo innombrable. Y es que en relación a lo que se tiene que recordar y no se puede, o no se quiere, o no nos dejan, por imposición, se manifiesta en total crudeza tanto el valor curativo de la palabra como el rotundo fracaso del lenguaje. Toda una paradoja que sólo se resuelve buscando la verdad en lo profundo, en lo oculto, en lo velado”.
(Fernando Bárcena, La esfinge muda. El aprendizaje del dolor después de Auschwitz)