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Entre la autobiografía y el relato de vida

Domingo, noviembre 29th, 2009

Narrando la vida (Foto: Jose Antonio Casares)

Narrando la vida (Foto: Jose Antonio Casares)

Con frecuencia se produce una confusión en el uso del término “relato de vida” identificándolo con el relato completo de la vida de una persona en la que se recoge la historia del discurrir íntegro de la existencia de un individuo. El autor o la autora de este tipo de relato dirige su mirada a cada instante de su vivir, desde el nacimiento hasta su situación actual, pasando por la infancia, adolescencia, adultez y describiendo, junto a su situación interior, cada contexto social e interpersonal que rodean estos episodios.
Esta representación total se halla presente en nuestra cultura a partir de la publicación de las Confesiones de Jean-Jacques Rousseau: nos referimos al género de la autobiografía. El autor comienza su obra con una declaración de intenciones:

“Emprendo una obra de la que no hay ejemplo y que no tendrá imitadores. Quiero mostrar a mis semejantes un hombre en toda la verdad de la Naturaleza y ese hombre seré yo. Sólo yo. Conozco mis sentimientos y conozco a los hombres. No soy como ninguno de cuantos he visto, y me atrevo a creer que no soy como ninguno de cuantos existen. Si no soy mejor, a lo menos soy distinto de ellos. Si la Naturaleza ha obrado bien o mal rompiendo el molde en que me ha vaciado, sólo podrá juzgarse después de haberme leído”.

El autor reviste su obra de una cierta solemnidad como síntesis de su vida, testimonio de sus acciones, expresión de su individualidad, reconocimiento de su debilidad y gratitud por los beneficios recibidos. Un testimonio definitivo que servirá de confesión ante Dios el día del Juicio Final. Con su Confesiones en la mano se presentará ante el Tribunal Divino y dirá:

“He aquí lo que hice, lo que pensé y lo que fui. Con igual franqueza dije lo bueno y lo malo. Nada malo me callé ni me atribuí nada bueno; si me ha sucedido emplear algún adorno insignificante, lo hice sólo para llenar un vacío de mi memoria. Pude haber supuesto cierto lo que pudo haberlo sido, más nunca lo que sabía que era falso. Me he mostrado como fui, despreciable y vil, o bueno, generoso y sublime cuando lo he sido. He descubierto mi alma tal como Tú la has visto, ¡oh Ser Supremo! Reúne en torno mío la innumerable multitud de mis semejantes para que escuchen mis confesiones, lamenten mis flaquezas, se avergüencen de mis miserias. Que cada cual luego descubra su corazón a los pies de tu trono con la misma sinceridad; y después que alguno se atreva a decir en tu presencia: “Yo fui mejor que ese hombre.”

El término autobiografía se ha aplicado irreflexivamente al relato de vida sin tener en cuenta un aspecto clave que los diferencia profundamente. La autobiografía se fundamenta en un ideal al que solo se puede acceder al precio de un largo trabajo con una sola persona. Por el contrario el relato de vida se centra en un episodio cualquiera de la experiencia vivida de una persona que narra o cuenta, con sencillez y naturalidad, sus vivencias, describe el contexto en el que ocurrieron, exterioriza su significado, evalúa su impacto y plantea sus inquietudes.
Un relato de vida nace al hilo de la vida y de la experiencia diaria. La conversación espontánea de dos personas en torno a un café, en el banco de la plaza del pueblo, a los pies de la torre del pueblo que los ha visto crecer, en la calidez de una tarde de otoño contemplando la lluvia golpear el cristal de la ventana o en la quietud de la conversación de un grupo de amigos una noche de verano, constituyen ámbitos de intercambio de vivencia y confidencias que exteriorizan el mosaico multidimensional de la experiencia vivida. Daniel Bertaux afirma que “desde el momento en que aparece la forma narrativa en una conversación y el sujeto la utiliza para examinar  el contenido de su experiencia vivida, entonces decimos  que se trata de un relato de vida” (D. Bertaux, Los relatos de vida, 2005: 36).
Todos somos portadores de ricas experiencias que nos han conformado, nos han tallado como la gubia a la madera, nos han forjado con el fuego al hierro. En dichas narraciones, sin la solemnidad ni la intencionalidad de quien escribe una autobiografía, reflejamos pequeños destellos, cargados de luz y elocuencia, del camino recorrido. Son palabras epifánicas que hacen comprender lo que somos y tenemos. Es un abrir la puerta del corazón a quien queremos hacer partícipe de las pequeñas experiencias que son testimonio elocuente del sentido que orienta nuestra vida.

Narrar

Domingo, septiembre 27th, 2009

Lauda sepulcrar en la que se representa una escena familiar en la que una madre narra historias a su hijo (Museo Arqueológico de Atena. Julio, 2009)

Lauda sepulcrar en la que se representa una escena familiar en la que una madre narra historias a su hijo (Museo Arqueológico de Atena. Julio, 2009)

“Contar historias, sin más, por el puro placer de narrar, es una pasión tan antigua y universal como el goce de oírlas. Y al ser el hombre, por naturaleza, contador y receptor de historias, podemos imaginar que los primeros cuentos nacieron en las largas noches de los tiempos primigenios en que, alrededor del fuego de una caverna, los primitivos cazadores contaban oral y gestualmente algún suceso real o fantástico: el riesgo de una peligrosa aventura de caza, el espanto sobrecogedor ante la luz del relámpago y el estruendo del trueno o la fascinación por la inmensidad insondable y desconocida del mar. Los relatos eran dirigidos a los miembros de la tribu, encandilados oyentes de aquellas historias que, en las cavernas y alrededor del fuego, amenizaban sus precarias vidas y las medrosas horas de las noches interminables. Porque, como decía una vieja narradora quechua: «los cuentos se contaban -sobre todo- para dormir el miedo».

La imaginación, la fantasía, la curiosidad, la atracción y el temor por lo maravilloso y misterioso son capacidades propias del hombre en todo tiempo y lugar, como también lo son la necesidad de distracción, de evasión y de expresar las emociones. Pues bien, los relatos orales, los viejos cuentos, han servido para dar salida y colmar en parte dichas capacidades y necesidades, de las que surge imperiosamente la facultad de narrar y también de escuchar”.

(Miguel Díez, Los viejos -y siempre nuevos- cuentos populares)