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La “analogía” o el espacio de la irradiación

Jueves, Enero 28th, 2010
Serpenteando sobre el monte. Detalle de la muralla del castillo de Sintra (Abril, 2009). Foto: Jose Martos

Serpenteando sobre el monte. Detalle de la muralla del castillo de Sintra (Abril, 2009). Foto: Jose Martos

El hombre de la Edad Media observa la realidad que le circunda para descubrir un conjunto de semejanzas por las que pone en relación las cosas visibles con las invisibles, el firmamento  con la tierra, el hombre con la realidad que le rodea. La analogía viene a canalizar este sistema de relaciones para crear una constelación de significados y la rica simbología que contiene las expresiones artísticas del arte medieval. Michel Foucault describe bellamente, junto a la convenientia y la aemulatio, el sentido de la analogía como potencial creador y expresión de aquellos significados que las cosas, por sí solas, no pueden expresar.

“La tercera forma de similitud es la analogía. Viejo concepto familiar ya a la ciencia griega y al pensamiento medieval, pero cuyo uso ha llegado a ser probablemente diferente. En esta analogía se superponen la convenientia y la aemulatio. Al igual que ésta, asegura el maravilloso enfrentamiento de las semejanzas a través del espacio; pero habla, como aquella, de ajustes, de ligas y de juntura. Su poner es inmenso, pues las similitudes de las que trata no son las visibles y macizas de las cosas mismas; basta con que sean las semejanzas más sutiles de las relaciones. Así aligerada, puede ofrecer, a partir de un mismo punto, un número infinito de parentescos. Por ejemplo, la relación de los astros con el cielo en el que centellean se encuentra de nuevo así: de la hierba a la tierra, de los vivientes al globo que habitan, de los minerales y los diamantes a las rocas en las que están enterrados, de los órganos de los sentidos al rostro que animan, de las manchas de la piel al cuerpo que marcan en secreto. Una analogía puede volverse también sobre sí misma sin ser, por ello, impugnada. La vieja analogía de la planta y el animal (el vegetal es un animal que está de cabeza, con la boca –o sea las raíces- hundida en la tierra) no es criticada ni borrada por Cesalpino; por el contrario la refuerza, la multiplica por sí misma, al descubrir que la planta es un animal erguido, cuyos principios nutritivos suben del fondo hacia la cima, a lo largo de un tallo que se extiende como un cuerpo y termina en una cabeza –rama, flores, hojas: relación inversa, pero no contradictoria, con la primera analogía que pone <<la raíz en la parte inferior de la planta, el tallo en la parte superior, porque entre los animales, la red venosa empieza también en la parte inferior del vietre y la vena principal sube hacia el corazón y la cabeza>> (Cesalpino, De plantis libri XVI).
Tanto esta reversibilidad como esta polivalencia dan a la analogía un campo universal de aplicación. Por medio de ella, pueden relacionarse todas las figuras del mundo. Sin embargo, existe en este espacio surcado en todas direcciones, un punto privilegiado: ésta saturado de analogías (cada una puede encontrar allí su punto de apoyo) y, pasando por él, las relaciones se invierten sin alterarse. Este punto es el hombre; está en proporción con el cielo, y también con los animales y las plantas, lo mismo que con la tierra, los metales, las estalactitas o las tormentas. Erguido entre las faces del mundo, tienen relación con el firmamento (su rostro es a su cuerpo lo que la faz del cielo al éter; su pulso palpita en sus venas como los astros circulan según sus vías propias; las siete aberturas forman en su rostro lo que son los siete planetas del cielo); pero equilibra todas estas relaciones y se las reencuentra, similares, en la analogía del animal humano con la tierra en que habita: su carne es gleba; sus huesos, rocas; sus venas, grandes ríos; su vejiga, el mar y sus siete miembros principales, los siete metales que se ocultan en el fondo de las minas. El cuerpo del hombre es siempre la mitad posible de un atlas universal. Sabemos que Pierre Belon trazó, hasta el más mínimo detalle, la primera lámina comparativa del esqueleto humano y el de las aves: se ve ahí <<el alón llamado apéndice que está en proporción en el ala, en lugar del pulgar de la mano; la extremidad del alón que es como los dedos en nosotros….; los huesos dados por patas a las aves corresponden a nuestro talón; así como nosotros tenemos cuatro dedos menores en el pie, las aves tienen cuatro dedos, de los cuales el de atrás se da en proporción, como el dedo gordo en nosotros>> (P. Belon, Histoire de la nature des oiseaux, Paris, 1555, 37) Toda esta precisión sólo puede ser anatomía comparada para quien la ve armado con los conocimientos del siglo XIX. Sucede que la reja a través de la cual dejamos llegar hasta nuestro  saber las figuras de la semejanza, corta de nuevo en este punto (y casi sólo en él) lo que había dispuesto sobre las cosas el saber del siglo XVI.
Pero a decir verdad, la descripción de Belon no hace sino destacar la positividad que la ha hecho posible en su época. No es ni más científica ni más racional que la observación  de Aldrovandi cuando compara las partes bajas del hombre con los lugares infectos del mundo, con el infierno, con sus tinieblas, con los condenados que son como los excrementos del Universo; pertenece a la misma cosmografía analógica y la tempestad: ésta empieza cuando el aire se hace pesado y se agita, la crisis en el momento en el que los pensamientos se hacen pesados, inquietos; después las nubes se hacinan, el vientre se hincha, la tormenta estalla y la vejiga se rompe; los rayos fulminan en tanto que los ojos brillan con un fulgor terrible, cae la lluvia, la boca espumea, los relámpagos se desencadenan en tanto que los espíritus hacen estallar la piel; pero he aquí que el tiempo aclara de nuevo y la razón se restablece en el enfermo. El espacio de las analogías es, en el fondo, un espacio de irradiación. Por toda partes, el hombre se preocupa por sí mismo; pero, a la inversa, este mismo hombre trasmite las semejanzas que el recibe del mundo. Es el gran foco de las proporciones – el centro en el que vienen a apoyarse las relaciones y de donde son reflejadas de nuevo.”

(Michel Foucault, La prosa del mundo, 30-32)

La “aemulatio” o las dos caras de un espejo

Martes, Diciembre 29th, 2009
Detalle de una pintura bizantina (Museo de Arte Bizantino. Atena. Julio, 2009). Foto: Jose Martos

Detalle de una pintura bizantina (Museo de" Arte Bizantino. Atena. Julio, 2009). Foto: Jose Martos

La segunda forma de semejanza que desarolla M. Foucault en su ensayo “La prosa del mundo” es la aemulatio. Como potencial creativo la aemulatio pone en relación sentidos dispersos en el universo para construir con ellos una nueva relación de semejanza igual a las dos caras de un espejo o las dos cara de una moneda. La aemulatio, por tanto, en palabras de Foucault, es:

“una especie de conveniencia que estaría libre de la ley del lugar y jugaría, inmóvil, en la distancia. Un poco como es la connivencia espacial se hubiera roto y los eslabones de la cadena, separados, reprodujeran sus círculos, lejos unos de otros según una semejanza sin contacto. Hay en la emulación algo del reflejo y del espejo; por medio de ella se responden las cosas dispersas a través del mundo. De lejos, el rostro es el émulo del cielo, así como la mente es el reflejo del hombre, imperfectamente, la sabiduría de Dios, así los dos ojos, con su claridad limitada, reflejan la gran iluminación que hacen resplandecer, en el cielo, el sol y la luna; la boca es Venus, ya que por ella pasan los besos y las palabras de amor; la nariz nos entrega una imagen minúscula del cetro de Júpiter y del caduceo de Mercurio. Por medio de esta relación de emulación, las cosas pueden imitarse de un cabo a otro del universo sin encadenamiento ni proximidad; por su reduplicación especular, el mundo abóle la distancia que le es propia; triunfa así sobre el lugar que le es dado a cada cosa. ¿Cuáles son los primeros  de estos reflejos que recorren el espacio? ¿Dónde está la realidad y dónde la imagen proyectada? Con frecuencia resulta imposible decirlo, pues la emulación es una especie de gemelidad natural de las cosas; nace de un pliegue del ser cuyos dos lados, de inmediato, se enfrentan. Paracelso (Liber Paramirum) compara este desdoblamiento fundamental del mundo con la imagen de dos gemelos “que se asemejan de modo perfecto, sin que sea posible a persona alguna decir cuál ha dado al otro su similitud”.
Sin embargo, la emulación deja inertes, una frente a otra, las dos figuras reflejadas que opone. Sucede que una sea la más débil y acoja la fuerte influencia de la que se refleja en su espejo pasivo. ¿Acaso no imprimen las estrellas sobre las hierbas de la tierra, cuyo modelo sin cambio son, la forma inalterable, y sobre las cuales les ha sido dado verter secretamente toda la dinastía de sus influencias? La tierra sombría es el espejo del cielo sembrado, pero en esta justa los dos rivales no tienen un valor ni una dignidad iguales. Los claros de la hierba reproducen, sin violencia, la forma pura del cielo: “Las estrellas –dice Crollius- son la matriz de todas las hierbas de la tierra y cada estrella del cielo es sólo la prefiguración espiritual de una hierba, tal como la representa, de tal manera que cada hierba o planta es una estrella terrestre que mira al cielo, del mismo modo que cada estrella es una planta celeste en forma espiritual, que sólo es diferente por su materia de las terrestres… las plantas y las hierbas celestes se vuelven hacia el lado de la tierra y miran a las hierbas que han procreado, insuflándoles alguna virtud particular.
Pero sucede también que la justa permanece abierta y que el tranquilo espejo no refleja más que la imagen de “dos soldados irritados”. Ahora, la similitud se convierte en el combate de una forma contra otra –o, mejor dicho, de una forma separada de sí por el peso de la materia o la distancia de los lugares. El hombre de Paracdso está, como el firmamento, “constelado de astros”; pero no le está ligado como “el ladrón a las galeras, el asesino al potro, el pez al pescador, el animal a quien le da caza”. Pertenece al firmamento del hombre el ser “libre y poderoso”, “no obedecer orden alguno” “no estar regido por ninguna de las otras criaturas”. Su cielo interior puede ser autónomo y reposar sólo en sí mismo, a condición de que por su sabiduría, que es también saber, llegue a ser semejante al orden del mundo, lo retoque en sí y equilibre así en su firmamento interno aquel en el que centellean las estrellas verdaderas. Así, pues, esta sabiduría del espejo comprenderá a su vez al mundo en el que estaba colocada; su gran anillo girará hasta el fondo del cielo y más allá; el hombre descubrirá que él contiene “las estrellas en el interior de sí mismo… y que lleva así al firmamento con todas sus influencias” (Crollius, Tractatus novus de signaturis rerum internis).
Así, pues, la emulación se da primero bajo la forma de un simple reflejo, furtivo y lejano; recorre en silencio los espacios del mundo. Pero la distancia que atraviesa no queda anulada por su sutil metáfora; permanece abierta para la visibilidad. En este duelo, las dos figuras que se enfrentan se amparan  una a otra. Lo semejante comprende a lo semejante que, a su vez, lo rodea y que quizá será de nuevo comprendido por una duplicación que tiene el poder de proseguir al infinito. Los anillos de emulación no forman una cadena como los elementos de la conveniencia: son más bien círculos concéntricos, reflejados y rivales.”

Michael Foucault, La prosa del mundo.

La “convenientia” como semejanza

Miércoles, Noviembre 4th, 2009
Capitel románico del claustro de la Concatedral de San Pedro (Soria. Octubre, 2009). Foto: Jose Martos

Capitel románico del claustro de la Concatedral de San Pedro (Soria. Octubre, 2009). Foto: Jose Martos

La primera forma de semejanza que M. Foucault desarrolla es la convenientia. Como dinámica creativa de símbolos la convenientia nace de la cercanía física entre dos realidades  que proyectan mutuamente sus características y rasgos definitorios, de forma que una queda transformada por la otra gracias al intercambio y las relaciones de dependencias que nacen de tal cercanía. Así en la simbología medieval van a surgir distintas realidades, que sin tener propiedades comunes, quedan vinculadas por esta relación de cercanía  y dependencia: Dios-hombre; cuerpo-alma; animales-plantas.  Muchos de los simbolos sólo se comprenden desde esta óptica y mirada que va más allá de las propiedades físicas de los elementos que entran en relación:

“A decir verdad, la vecindad de los lugares se encuentra designada con más fuerza por esta palabra que la similitud. Son ‹convenientes› las cosas que, acercándose una a otra, se unen, sus bordes se tocan, sus franjas se mezclan, la extremidad de una traza el principio de la otra. Así, se comunica el movimiento, las influencias y las pasiones, lo mismo que las propiedades. De manera que aparece una semejanza en esta bisagra de las cosas. Doble desde que se trata de aclararla: semejanza de lugar, del sitio en el que la naturaleza ha puesto las cosas, por lo tanto, similitud de propiedades; ya que en este continente natural que es el mundo, la vecindad no es una relación exterior entre las cosas, sino el signo de un parentesco oscuro cuando menos. Además, de este contacto nacen por cambio nuevas semejanzas; se impone un régimen común; a la similitud, en cuanto razón sorda de la vecindad, se superpone una semejanza que es el efecto visible de la proximidad. Por ejemplo, el alma y el cuerpo son dos veces convenientes: ha sido necesario que el pecado hiciera del alma algo denso, pesado y terrestre para que Dios la pusiera  en lo más hondo de la materia. Pero, por esta vecindad, el alma recibe los movimientos del cuerpo y se asimila a él, en tanto que “el cuerpo se altera y se corrompe por las pasiones del alma”. Dentro de la amplia sintaxis del mundo, los seres se ajustan unos a otros; la planta se comunica con la bestia, la tierra con el mar, el hombre con todo lo que le rodea. La semejanza impone vecindades que, a su vez, aseguran semejanzas. El lugar y la similitud se enmarañan: se ve musgo sobre las conchas, plantas en la cornamenta de los ciervos, especies de hierba sobre el rostro de los hombres; y el extraño zoófito yuxtapone, mezclándolas, las propiedades que lo hacen semejante tanto a la planta como al animal. Otros tantos signos de conveniencia.
La convenientia es una semejanza ligada al espacio en la forma de ‹cerca y más cerca›. Pertenece al orden de la conjunción y del ajuste. Por ello, pertenece menos a las cosas mismas que al mundo en el que ellas se encuentran. El mundo es la ‹convenientia› universal de las cosas; en el agua hay tantos peces como en la  tierra animales u otros objetos producidos por la naturaleza o por los hombres; en el agua y en la tierra tantos seres como en el cielo, a los cuales responden; en fin, en todo lo creado hay tantos como los que podríamos encontrar eminentemente contenidos en Dios. ‹Sembrador de la Existencia, del Poder, del Conocimiento y del Amor›. Así por el encadenamiento de la semejanza y del espacio, por la fuerza de esta conveniencia que avecina lo semejante y asimila lo cercano, el mundo forma una cadena consigo mismo. En cada punto de contacto comienza y termina un anillo que se asemeja al anterior y se asemeja al siguiente; y las similitudes se persiguen de círculo en círculo, reteniendo los extremos en su distancia (Dios y la Materia), acercándolos de manera que la voluntad del Todopoderoso penetre hasta los rincones más adormecidos. En un texto de su Magia natural, Porta evoca esta cadena inmensa, tensa y vibrante, esta cuerda de la conveniencia: ‹Por lo que se refiere a su vegetación, la planta conviene con la bestia bruta y, por el sentimiento, el animal brutal con el hombre que se conforma con el resto de los astros por su inteligencia; este enlace procede con tanta propiedad que parece una cuerda tendida desde la primera causa hasta las cosas bajas e ínfimas, por un enlace recíproco y continuo; de tal suerte que la virtud superior al expandir sus rayos vendrá al punto en que si se toca una extremidad de ella, temblará y hará mover al resto› (G. Porta [1589], Magiae naturalis).”

Michael Foucault, La prosa del mundo.


La prosa del mundo

Miércoles, Octubre 21st, 2009

Alegoría de la Iglesia. Detalle de la fachada de la Catedral de Granada (Julio, 2009). Foto: Jose Martos

Alegoría de la Iglesia. Detalle de la fachada de la Catedral de Granada (Julio, 2009). Foto: Jose Martos

Michel Foucault en un bello ensayo “La prosa del mundo” contenido en su obra “Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas“  (1968) realiza un profundo acercamiento a la riqueza de imágenes contenidas en el mundo y a las relaciones de semejanza que el ser humano, gracias a su creatividad, puede establecer entre ellas para generar un amplio escenario simbólico de representación artística. El autor dirige su mirada al universo simbólico que se generó hasta finales del siglo XVI para buscar las líneas inspiradoras del mismo:
“Hasta fines del siglo XVI, la semejanza ha desempeñado un papel constructivo en el saber de la cultura occidental. En gran parte, fue ella la que guió la exégesis e interpretación de los textos; la que organizó el juego de los símbolos, permitió el conocimiento de las cosas visibles e invisibles, dirigió el arte al representarlas. El mundo se enrollaba sobre sí mismo: la tierra repetía el cielo, los rostros se reflejaban en las estrellas y la hierba ocultaba en sus tallos los secretos que servían al hombre. La pintura imitaba el espacio. Y la representación -ya fuera fiesta o saber- se daba como repetición: teatro de la vida o espejo del mundo, he aquí el título de cualquier lenguaje, su manera de anunciarse y de formular su derecho a hablar.
ES necesario que nos detengamos un poco en este momento del tiempo en el que la semejanza va a desligarse de su pertinencia al saber y desaparecerá, cuando menos en parte, del horizonte del conocimiento. ¿Cómo se pensaba la similitud a fines del siglo XVI o aun a principios del XVII? ¿Cómo podía organizar las figuras del saber? Si es verdad que las cosas que se asemejaban eran infinitas ¿podemos, cuando menos, establecer las formas según las cuales podían llegar a ser semejantes unas a otras?
La trama semántica de la semejanza en el siglo XVI es muy rica: Amicitia, Aequalitas (contractus, consensus, matrimonium, societas, pax et similia), Consonantia, Concertus, Continuum, Paritas, Proporfio, Similitudo, Conjuctio, Copula. Existen, desde luego, muchas otras nociones que se entrecruzan en la superficie del pensamiento, se superponen, se refuerzan o se limitan. Por el momento, bastará con indicar las figuras principales que prescriben sus articulaciones al saber de la semejanza” (M. Foucault, Las palabras y las cosas).
Foucault se detiene en las cuatro formas de semejanza que han estado en la base de toda la creación artística y que son fundamentales para acercarnos a la producción artística, expresión de la capacidad estética y creativa del ser humano: la convenientia, la aemulatio, la analogía, las simpatías. Perder de vista esta clave de lectura del arte significa oscurecer la carga de sentido que encierra, expresión de una cultura situada en unas coordenadas espacio temporales determinadas. En efecto, el mundo, las realidades que nos rodean encierran una prosa que sólo una mirada simbólica puede leer y descifrar.

La elocuencia oculta de la imagen

Martes, Octubre 6th, 2009

Escultura romana de Antinoo (Museo Arqueológico de Delfos. Julio, 2009)

Escultura romana de Antinoo (Museo Arqueológico de Delfos. Julio, 2009)

El arte es expresión de experiencias relevantes de la vida. Las expresiones artísticas tienen la potencialidad de ser el reflejo y la epifanía de aquellas realidades y sentimientos que las palabras por sí solas no pueden transmitir.
Por ser la imagen una expresión de lo que no se ve tiene la capacidad de tocar en lo más profundo del corazón, de escrutar entre los recovecos más ocultos  de la vida. La capacidad creativa del artista genera expresiones inéditas de realidades no asibles o mensurables, como el amor, el odio, el gozo o el rencor, para que estas tomen corporeidad. La imagen, por tanto, es el puente que permite el paso de lo que se ve a lo que no se ve, de lo sensible a lo metasensible.
La dinámica comunicativa de la imagen ejerce un movimiento de dentro hacia fuera. Es una puerta abierta que nos permite entrar en la interioridad para sentirnos acogidos en el universo interior que encierra el otro. La imagen artística es como la pieza preciosa, en la que se materializan los sentimientos, encontrada en el yacimiento único e irrepetible del corazón.
Por tanto la imagen habla por sí sola, tiene la capacidad e transcenderse en el tiempo utilizando un lenguaje familiar comprensible a los hombres y mujeres que se encuentran con ella. De esta forma es capaz de conmovernos y hablarnos al corazón una escultura, una pintura o una construcción arquitectónica de la que nos separa cientos o miles de años.
Una vida que sacrifica las representaciones, los símbolos o las metáfora es una vida muda, condenada a la soledad y al silencio. En ella se encierra una actitud vital que rechaza la mirada, la caricia, la dulzura o el gesto que plasmó el autor para hacerla asequible y cercana a nosotros. Una vida que sacrifica la imagen cierra las puertas a los ojos del autor que se nos ofrecen para que contemplemos otra visión del mundo. Por medio de la obra de arte  “el artista nos presta sus ojos para ver el mundo, y así, por mediación suya, participamos del conocimiento de las ideas. El don innato del genio estriba en poseer esos ojos, que le permiten abrirse a los esencial  de las cosas, con independencia de sus relaciones; y también que está en situación de hacernos partícipes de este don, como si nos prestase sus ojos” (Arthur Schopenhauer, Sobre el fin de la obra de arte).
Aquí radica la elocuencia de la imagen, en la capacidad de ver más allá de nuestra corta y parcial mirada para contemplar, a través de otros ojos, un horizonte novedoso e inédito capaz de suscitar nuevas experiencias en nosotros.