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Hermes, el mensajero de los dioses y el origen de la hermeneútica

Martes, mayo 18th, 2010
Hermes. Julius Schnorr von Carolsfeld (1794–1872)

Hermes. Julius Schnorr von Carolsfeld (1794–1872)

Hermes, el dios mediador está simbólicamente en el origen de la palabra hermeneia que significa inicialmente “interpretación” y “expresión”. Homero, en el Himno XVIII, describe a Hermes como el “raudo mensajero de los dioses”, “el de la profética voz”, encargado de hacer inteligibles y expresar en palabras humanas los mensajes de los dioses.
En efecto, entre los distintos atributos que la mitología señala de Hermes, sobresale su carácter de mensajero de los dioses.  Los artistas lo representan llevando en su manos el caduceo, vara de oro que le regaló Zeus, calzando unas sandalias aladas, y con el pétaso, sombrero de alas anchas que usaban  los viajeros. Cómo una ráfaga de viento, Hermes, el dios alado, atravesaba continentes y mares para transmitir los mensajes de la divinidad. Como heraldo e intérprete, Hermes tenía una especial capacidad de expresión y elocuencia. Era el Hermes Logos, patrón de los retóricos, los filósofos y los hombres de letras.
La mitología no pasó de largo ante esta dimensión o atributo de Hermes. Cuenta el mito  que cuando Zeus se unió a Io, en Argos, le pidió a Hermes que distrajera a los habitantes de la ciudad para que no lo descubrieran. Hermes les dirigió entonces la palabra con talento y elocuencia que los habitantes de Argos lo escucharon durante horas.
El concepto de hermenéutica es relativamente nuevo dentro del pensamiento contemporáneo. En efecto, cuando H.G. Gadamer publica “Verdad y Método”, no se atreve a subtitularlo como “Fundamentos de una hermeneútica filosófica” por temor a una no aceptación en el ámbito filosófico-académico. El tiempo, y la polémica suscitada a raíz de la primera edición del texto, hicieron posible que quince años después la obra llevase como subtítulo el término “hermeneútica”.

Sin embargo dirigir nuestra mirada a la hermeneútica significa adentrarnos en el pensamiento griego. Aristóteles, en su Peri hermeneias, puso las bases de lo que posteriormente constituirá el pensamiento hermeneútico. A partir de estas raíces, la evolución del pensamiento ha ido fraguando un corpus hermeneútico que ha revestido distintos rostros en cada etapa histórica: desde la Edad Media, la exégesis bíblica, con los distintos sentidos de la Escritura, pasando por el desarrollo de las técnicas filológicas en el Renacimiento, hasta llegar la propuesta de una hermeneútica filosófica y su impacto en las ciencias humanas.El rostro de Hermes, como mensajero e intérprete de los dioses, sigue estando presente en el pensamiento hermeneútico actual como una invitación a abordar una búsqueda crítica de sentido y de comprensión de la realidad  interior y exterior que circunda la vida del hombre.

Fuentes:

Garazalza, L.( 2002), Introducción a la hermeneútica contemporánea. Cultura, simbolismo y sociedad. Barcelona: Anthropos, 5.
Mavromataki, M. (1997), Mitología Griega. Atenas: Ediciones Xaitali, 76-81.

Los mil misterios de la creación artística

Miércoles, febrero 10th, 2010
La mano del pintor (Granada, Julio 2009). Foto: José Antonio Casares

La mano del pintor (Granada, Julio 2009). Foto: José Antonio Casares

Las realidades complejas suponen realizar acercamientos holísticos y situados que nos permitan abordarlas en profundidad para no perder ninguno elemento de los que intervienen. A la hora de acercarnos a la poliédrica y misteriosa realidad  de la creación artística, con frecuencia, surgen voces que ofrecen visiones  parciales que contemplan de manera unidimensional una acción en la que se dan cita diversos factores que toman rostros concretos en las coordenadas espacio-temporales en las que  se insertan De este tipo de aprehensiones emanan posturas que hacen inclinar, de forma unidimensional, los dos polos entre los que transita el artista en el momento del extasis creador: la inspiración y el esfuerzo. En cada acto de creación los dos factores interactúan de formas diversas, tal y como señala Zweing, hasta surgir tantos misterios creativos como artistas han existido a la largo de la historia. Sólo la búsqueda de las huellas que deja cada artista nos permite adentrarnos en el mundo mágico de la creación artística en sus diversas manifestaciones:

“En realidad, los dos estados suelen estar mezclados misteriosamente en el artista. No basta que el artista esté inspirado para que produzca. Debe, además, trabajar y trabajar para llevar esa inspiración a la forma perfecta. La fórmula verdadera de la creación artística no es, pues, inspiración o trabajo,  sino inspiración más trabajo, exaltación más paciencia, deleite creador más tormento creador.

Cada artista posee la idea presente como un sueño, ¿y quién pudiera decir de dónde proceden las ideas? ¿Quién podría decir de qué profundidades de la naturaleza humana o de qué altura del cielo proceden esos rayos divinos que de repente resplandecen en el artista? Pero sólo resplandecen por instantes con ese brillo maravilloso. Luego se apagan y entonces comienza para el artista la tarea de reproducir esa visión interior, única. Procura entonces hacer visible a la humanidad para todos los tiempos lo que él mismo vislumbró en un instante de iluminación.

El pintor tratará de fijar en la materia basta de la tela el cuadro que ha visto con los ojos del espíritu. El músico tratará de retener con el número limitado de los instrumentos terrenales la sucesión de sonidos que le sonaba como en sueños. Siempre es el mismo proceso: un sueño se convierte en fenómeno duradero, una idea toma forma, lo inconsciente de un solo hombre genial llega a la conciencia de la humanidad entera. Pero no hay regla ni ley para esa misteriosa transformación química en cada artista aislado, ninguno obra igual que el otro, y tal como ninguna hora de amor se parece sobre la tierra a otra hora de amor, si bien siempre se trata de amor, así ninguna obra de creación parécese exactamente a la otra, a pesar de que siempre se trata de producir. Por eso tal vez no estaba muy acertado el título de mi disertación “El misterio de la creación artística”, y quizá habría dicho mejor: “los mil misterios de la creación artística“, pues cada artista agrega al gran arcano de la creación uno nuevo: su misterio propio, personal”.

(Stefan Zweig, El misterio de la creación artística, pag. 30-32)

La “analogía” o el espacio de la irradiación

Jueves, enero 28th, 2010
Serpenteando sobre el monte. Detalle de la muralla del castillo de Sintra (Abril, 2009). Foto: Jose Martos

Serpenteando sobre el monte. Detalle de la muralla del castillo de Sintra (Abril, 2009). Foto: Jose Martos

El hombre de la Edad Media observa la realidad que le circunda para descubrir un conjunto de semejanzas por las que pone en relación las cosas visibles con las invisibles, el firmamento  con la tierra, el hombre con la realidad que le rodea. La analogía viene a canalizar este sistema de relaciones para crear una constelación de significados y la rica simbología que contiene las expresiones artísticas del arte medieval. Michel Foucault describe bellamente, junto a la convenientia y la aemulatio, el sentido de la analogía como potencial creador y expresión de aquellos significados que las cosas, por sí solas, no pueden expresar.

“La tercera forma de similitud es la analogía. Viejo concepto familiar ya a la ciencia griega y al pensamiento medieval, pero cuyo uso ha llegado a ser probablemente diferente. En esta analogía se superponen la convenientia y la aemulatio. Al igual que ésta, asegura el maravilloso enfrentamiento de las semejanzas a través del espacio; pero habla, como aquella, de ajustes, de ligas y de juntura. Su poner es inmenso, pues las similitudes de las que trata no son las visibles y macizas de las cosas mismas; basta con que sean las semejanzas más sutiles de las relaciones. Así aligerada, puede ofrecer, a partir de un mismo punto, un número infinito de parentescos. Por ejemplo, la relación de los astros con el cielo en el que centellean se encuentra de nuevo así: de la hierba a la tierra, de los vivientes al globo que habitan, de los minerales y los diamantes a las rocas en las que están enterrados, de los órganos de los sentidos al rostro que animan, de las manchas de la piel al cuerpo que marcan en secreto. Una analogía puede volverse también sobre sí misma sin ser, por ello, impugnada. La vieja analogía de la planta y el animal (el vegetal es un animal que está de cabeza, con la boca –o sea las raíces- hundida en la tierra) no es criticada ni borrada por Cesalpino; por el contrario la refuerza, la multiplica por sí misma, al descubrir que la planta es un animal erguido, cuyos principios nutritivos suben del fondo hacia la cima, a lo largo de un tallo que se extiende como un cuerpo y termina en una cabeza –rama, flores, hojas: relación inversa, pero no contradictoria, con la primera analogía que pone <<la raíz en la parte inferior de la planta, el tallo en la parte superior, porque entre los animales, la red venosa empieza también en la parte inferior del vietre y la vena principal sube hacia el corazón y la cabeza>> (Cesalpino, De plantis libri XVI).
Tanto esta reversibilidad como esta polivalencia dan a la analogía un campo universal de aplicación. Por medio de ella, pueden relacionarse todas las figuras del mundo. Sin embargo, existe en este espacio surcado en todas direcciones, un punto privilegiado: ésta saturado de analogías (cada una puede encontrar allí su punto de apoyo) y, pasando por él, las relaciones se invierten sin alterarse. Este punto es el hombre; está en proporción con el cielo, y también con los animales y las plantas, lo mismo que con la tierra, los metales, las estalactitas o las tormentas. Erguido entre las faces del mundo, tienen relación con el firmamento (su rostro es a su cuerpo lo que la faz del cielo al éter; su pulso palpita en sus venas como los astros circulan según sus vías propias; las siete aberturas forman en su rostro lo que son los siete planetas del cielo); pero equilibra todas estas relaciones y se las reencuentra, similares, en la analogía del animal humano con la tierra en que habita: su carne es gleba; sus huesos, rocas; sus venas, grandes ríos; su vejiga, el mar y sus siete miembros principales, los siete metales que se ocultan en el fondo de las minas. El cuerpo del hombre es siempre la mitad posible de un atlas universal. Sabemos que Pierre Belon trazó, hasta el más mínimo detalle, la primera lámina comparativa del esqueleto humano y el de las aves: se ve ahí <<el alón llamado apéndice que está en proporción en el ala, en lugar del pulgar de la mano; la extremidad del alón que es como los dedos en nosotros….; los huesos dados por patas a las aves corresponden a nuestro talón; así como nosotros tenemos cuatro dedos menores en el pie, las aves tienen cuatro dedos, de los cuales el de atrás se da en proporción, como el dedo gordo en nosotros>> (P. Belon, Histoire de la nature des oiseaux, Paris, 1555, 37) Toda esta precisión sólo puede ser anatomía comparada para quien la ve armado con los conocimientos del siglo XIX. Sucede que la reja a través de la cual dejamos llegar hasta nuestro  saber las figuras de la semejanza, corta de nuevo en este punto (y casi sólo en él) lo que había dispuesto sobre las cosas el saber del siglo XVI.
Pero a decir verdad, la descripción de Belon no hace sino destacar la positividad que la ha hecho posible en su época. No es ni más científica ni más racional que la observación  de Aldrovandi cuando compara las partes bajas del hombre con los lugares infectos del mundo, con el infierno, con sus tinieblas, con los condenados que son como los excrementos del Universo; pertenece a la misma cosmografía analógica y la tempestad: ésta empieza cuando el aire se hace pesado y se agita, la crisis en el momento en el que los pensamientos se hacen pesados, inquietos; después las nubes se hacinan, el vientre se hincha, la tormenta estalla y la vejiga se rompe; los rayos fulminan en tanto que los ojos brillan con un fulgor terrible, cae la lluvia, la boca espumea, los relámpagos se desencadenan en tanto que los espíritus hacen estallar la piel; pero he aquí que el tiempo aclara de nuevo y la razón se restablece en el enfermo. El espacio de las analogías es, en el fondo, un espacio de irradiación. Por toda partes, el hombre se preocupa por sí mismo; pero, a la inversa, este mismo hombre trasmite las semejanzas que el recibe del mundo. Es el gran foco de las proporciones – el centro en el que vienen a apoyarse las relaciones y de donde son reflejadas de nuevo.”

(Michel Foucault, La prosa del mundo, 30-32)

La “aemulatio” o las dos caras de un espejo

Martes, diciembre 29th, 2009
Detalle de una pintura bizantina (Museo de Arte Bizantino. Atena. Julio, 2009). Foto: Jose Martos

Detalle de una pintura bizantina (Museo de" Arte Bizantino. Atena. Julio, 2009). Foto: Jose Martos

La segunda forma de semejanza que desarolla M. Foucault en su ensayo “La prosa del mundo” es la aemulatio. Como potencial creativo la aemulatio pone en relación sentidos dispersos en el universo para construir con ellos una nueva relación de semejanza igual a las dos caras de un espejo o las dos cara de una moneda. La aemulatio, por tanto, en palabras de Foucault, es:

“una especie de conveniencia que estaría libre de la ley del lugar y jugaría, inmóvil, en la distancia. Un poco como es la connivencia espacial se hubiera roto y los eslabones de la cadena, separados, reprodujeran sus círculos, lejos unos de otros según una semejanza sin contacto. Hay en la emulación algo del reflejo y del espejo; por medio de ella se responden las cosas dispersas a través del mundo. De lejos, el rostro es el émulo del cielo, así como la mente es el reflejo del hombre, imperfectamente, la sabiduría de Dios, así los dos ojos, con su claridad limitada, reflejan la gran iluminación que hacen resplandecer, en el cielo, el sol y la luna; la boca es Venus, ya que por ella pasan los besos y las palabras de amor; la nariz nos entrega una imagen minúscula del cetro de Júpiter y del caduceo de Mercurio. Por medio de esta relación de emulación, las cosas pueden imitarse de un cabo a otro del universo sin encadenamiento ni proximidad; por su reduplicación especular, el mundo abóle la distancia que le es propia; triunfa así sobre el lugar que le es dado a cada cosa. ¿Cuáles son los primeros  de estos reflejos que recorren el espacio? ¿Dónde está la realidad y dónde la imagen proyectada? Con frecuencia resulta imposible decirlo, pues la emulación es una especie de gemelidad natural de las cosas; nace de un pliegue del ser cuyos dos lados, de inmediato, se enfrentan. Paracelso (Liber Paramirum) compara este desdoblamiento fundamental del mundo con la imagen de dos gemelos “que se asemejan de modo perfecto, sin que sea posible a persona alguna decir cuál ha dado al otro su similitud”.
Sin embargo, la emulación deja inertes, una frente a otra, las dos figuras reflejadas que opone. Sucede que una sea la más débil y acoja la fuerte influencia de la que se refleja en su espejo pasivo. ¿Acaso no imprimen las estrellas sobre las hierbas de la tierra, cuyo modelo sin cambio son, la forma inalterable, y sobre las cuales les ha sido dado verter secretamente toda la dinastía de sus influencias? La tierra sombría es el espejo del cielo sembrado, pero en esta justa los dos rivales no tienen un valor ni una dignidad iguales. Los claros de la hierba reproducen, sin violencia, la forma pura del cielo: “Las estrellas –dice Crollius- son la matriz de todas las hierbas de la tierra y cada estrella del cielo es sólo la prefiguración espiritual de una hierba, tal como la representa, de tal manera que cada hierba o planta es una estrella terrestre que mira al cielo, del mismo modo que cada estrella es una planta celeste en forma espiritual, que sólo es diferente por su materia de las terrestres… las plantas y las hierbas celestes se vuelven hacia el lado de la tierra y miran a las hierbas que han procreado, insuflándoles alguna virtud particular.
Pero sucede también que la justa permanece abierta y que el tranquilo espejo no refleja más que la imagen de “dos soldados irritados”. Ahora, la similitud se convierte en el combate de una forma contra otra –o, mejor dicho, de una forma separada de sí por el peso de la materia o la distancia de los lugares. El hombre de Paracdso está, como el firmamento, “constelado de astros”; pero no le está ligado como “el ladrón a las galeras, el asesino al potro, el pez al pescador, el animal a quien le da caza”. Pertenece al firmamento del hombre el ser “libre y poderoso”, “no obedecer orden alguno” “no estar regido por ninguna de las otras criaturas”. Su cielo interior puede ser autónomo y reposar sólo en sí mismo, a condición de que por su sabiduría, que es también saber, llegue a ser semejante al orden del mundo, lo retoque en sí y equilibre así en su firmamento interno aquel en el que centellean las estrellas verdaderas. Así, pues, esta sabiduría del espejo comprenderá a su vez al mundo en el que estaba colocada; su gran anillo girará hasta el fondo del cielo y más allá; el hombre descubrirá que él contiene “las estrellas en el interior de sí mismo… y que lleva así al firmamento con todas sus influencias” (Crollius, Tractatus novus de signaturis rerum internis).
Así, pues, la emulación se da primero bajo la forma de un simple reflejo, furtivo y lejano; recorre en silencio los espacios del mundo. Pero la distancia que atraviesa no queda anulada por su sutil metáfora; permanece abierta para la visibilidad. En este duelo, las dos figuras que se enfrentan se amparan  una a otra. Lo semejante comprende a lo semejante que, a su vez, lo rodea y que quizá será de nuevo comprendido por una duplicación que tiene el poder de proseguir al infinito. Los anillos de emulación no forman una cadena como los elementos de la conveniencia: son más bien círculos concéntricos, reflejados y rivales.”

Michael Foucault, La prosa del mundo.

Tras las huellas

Domingo, diciembre 13th, 2009
Borrador de una obra de arte

Borrador de una obra de arte

Ante la dificultad de penetrar en la interioridad del artista absorto en el acto creativo, Stefan Zweig apunta un camino de indagación para atisbar el proceso que acaece durante el proceso creador. El autor lo compara a la búsqueda que la policía realiza para clarificar un delito. Por medio de los vestigios que jalonan el proceso creador que se plasman en bocetos, dibujos, escritos, notas de campo podemos conocer e iluminar el silencio del artista mientras da a luz su obra.

“Pues bien; ¿qué hace la policía en el caso en que un malhechor se niega a informar sobre su acción? Prosigue independientemente la búsqueda de más material, y lo hace en el propio lugar en que se cometió el crimen. Trata de reconstruir el hecho y sus fases, basándose en huellas que el autor acaso ha dejado en el lugar del crimen: impresiones digitales, objetos olvidados. ¡Hagamos nosotros otro tanto! Pero, preguntarán ustedes tal vez, ¿cómo podemos hallar huellas en el lugar donde se realiza la creación artística? ¿No es ése un proceso invisible, no tiene por escenario un lugar inaccesible, el cerebro del artista? ¿No indica ya la mera palabra “inspiración”, inspiratio, bien a las claras, que el proceso de la creación artística es algo inmaterial? A ello quisiera contestar esto: no confundamos la inspiración artística con la creación, la obra artística. Vivimos en un mundo material, y sólo somos capaces de comprender lo que se ofrece visiblemente a nuestros sentidos. Para nosotros, una flor no es flor todavía mientras permanece encerrada en su capullo y mientras su germen yace aún bajo tierra, sino que lo es sólo cuando se despliega visiblemente en forma y color. De igual modo, solamente logramos comprender una melodía cuando llega a ser audible, pero no así cuando nace en el cerebro de su creador; sólo comprendemos el pensamiento de un filósofo cuando ha sido pronunciado y una estatua cuando está formada. Toda creación debe materializarse, debe convertirse en materia, para que la comprendamos. Hasta la poesía más preciosa ha de quedar escrita primero en lápiz o tinta y sobre papel; un cuadro ha de quedar pintado sobre tela o madera; una estatua, modelada en mármol o bronce. Para resultarnos terrenalmente comprensible, la inspiración de un artista tiene que tomar formas materiales. Aquí encuentro, por fin, la oportunidad para conducirles un poco más cerca del proceso de la creación artística, pues es precisamente ese instante breve de la transición, cuando la idea artística pasa a la realización artística, el que a veces podemos observar. Aquí se nos abre una rendija estrecha para el estudio del artista, y así como las impresiones digitales del criminal ofrecen a la policía cierta posibilidad para reconstruir el crimen, así hallamos la posibilidad de descubrir algo del secreto del artista mediante las huellas que deja al realizar su tarea. Esas huellas que el artista deja en el lugar de su acción son sus trabajos previos; los primeros esquemas que el pintor hace de sus cuadros, los manuscritos y borradores del poeta y del músico. Estas son las únicas huellas visibles, el hilo de Ariadna que nos permite encontrar nuestro camino de regreso en ese laberinto misterioso. Y por fortuna encontramos tales documentos precisamente de nuestros artistas más grandes. Poseemos los esquemas de Miguel Angel, Rembrandt, el Greco y de Veláquez para sus grandes cuadros. Poseemos los manuscritos de Beethoven y Mozart y Bach y otros de Calderón y Montaigne. Podemos observar, pues, hasta cierto grado cómo se han ido formando las obras que conocemos y admiramos cual perfectas. Gracias a esos testimonios podemos volver a situarnos en las horas de la génesis artística y acercarnos humildemente al profundo arcano de las creaciones de artistas y pensadores.”

(Stefan Zweig, El misterio de la creación artística, pag. 18-21)

La prosa del mundo

Miércoles, octubre 21st, 2009

Alegoría de la Iglesia. Detalle de la fachada de la Catedral de Granada (Julio, 2009). Foto: Jose Martos

Alegoría de la Iglesia. Detalle de la fachada de la Catedral de Granada (Julio, 2009). Foto: Jose Martos

Michel Foucault en un bello ensayo “La prosa del mundo” contenido en su obra “Las palabras y las cosas. Una arqueología de las ciencias humanas”  (1968) realiza un profundo acercamiento a la riqueza de imágenes contenidas en el mundo y a las relaciones de semejanza que el ser humano, gracias a su creatividad, puede establecer entre ellas para generar un amplio escenario simbólico de representación artística. El autor dirige su mirada al universo simbólico que se generó hasta finales del siglo XVI para buscar las líneas inspiradoras del mismo:
“Hasta fines del siglo XVI, la semejanza ha desempeñado un papel constructivo en el saber de la cultura occidental. En gran parte, fue ella la que guió la exégesis e interpretación de los textos; la que organizó el juego de los símbolos, permitió el conocimiento de las cosas visibles e invisibles, dirigió el arte al representarlas. El mundo se enrollaba sobre sí mismo: la tierra repetía el cielo, los rostros se reflejaban en las estrellas y la hierba ocultaba en sus tallos los secretos que servían al hombre. La pintura imitaba el espacio. Y la representación -ya fuera fiesta o saber- se daba como repetición: teatro de la vida o espejo del mundo, he aquí el título de cualquier lenguaje, su manera de anunciarse y de formular su derecho a hablar.
ES necesario que nos detengamos un poco en este momento del tiempo en el que la semejanza va a desligarse de su pertinencia al saber y desaparecerá, cuando menos en parte, del horizonte del conocimiento. ¿Cómo se pensaba la similitud a fines del siglo XVI o aun a principios del XVII? ¿Cómo podía organizar las figuras del saber? Si es verdad que las cosas que se asemejaban eran infinitas ¿podemos, cuando menos, establecer las formas según las cuales podían llegar a ser semejantes unas a otras?
La trama semántica de la semejanza en el siglo XVI es muy rica: Amicitia, Aequalitas (contractus, consensus, matrimonium, societas, pax et similia), Consonantia, Concertus, Continuum, Paritas, Proporfio, Similitudo, Conjuctio, Copula. Existen, desde luego, muchas otras nociones que se entrecruzan en la superficie del pensamiento, se superponen, se refuerzan o se limitan. Por el momento, bastará con indicar las figuras principales que prescriben sus articulaciones al saber de la semejanza” (M. Foucault, Las palabras y las cosas).
Foucault se detiene en las cuatro formas de semejanza que han estado en la base de toda la creación artística y que son fundamentales para acercarnos a la producción artística, expresión de la capacidad estética y creativa del ser humano: la convenientia, la aemulatio, la analogía, las simpatías. Perder de vista esta clave de lectura del arte significa oscurecer la carga de sentido que encierra, expresión de una cultura situada en unas coordenadas espacio temporales determinadas. En efecto, el mundo, las realidades que nos rodean encierran una prosa que sólo una mirada simbólica puede leer y descifrar.

El sentido del camino recorrido

Viernes, octubre 16th, 2009
Vista del castillo de Lanjarón (Octubre, 2009). Foto: Jose Martos.

Vista del castillo de Lanjarón (Octubre, 2009). Foto: Jose Martos.

“A estas alturas de la vida donde ahora me encuentro suele pararse uno a considerarla interrogativamente, viéndola ya un poco desde fuera. muy repetida en todos los tiempos fue la comparación con el viajero que, llegado a un punto, se vuelve a mirar el camino hecho; y quizá se pregunta este viajero acerca del sentido que su viaje tuvo. Me pregunto yo ahora, dejando a un lada la trillada metáfora, cuál ha podido ser para mí mismo el sentido de mi larga actividad de escritor”

(Francisco Ayala, Conversaciones)

El ilusorio ayer

Martes, septiembre 15th, 2009
Claustro del Monasterio de los Jerónimos (Lisboa. Abril, 2009). Foto: Jose Martos

Claustro del Monasterio de los Jerónimos (Lisboa. Abril, 2009). Foto: Jose Martos

“Una función del arte es legar un ilusorio ayer a la memoria de los hombres”
(Borges, Diccionario privado)




Espacio

Miércoles, septiembre 2nd, 2009
Detalle Puente Eifell (Porto, Junio 2007). Foto: Jose Martos

Detalle Puente Eifell (Porto, Junio 2007). Foto: Jose Martos

“Esta idea de diferencia, de desviación, fundamenta la noción misma de espacio, conjunto de posiciones distintas y coexistentes, externas unas a otras, definidas en relación unas a otras, por su exterioridad mutua y por las relaciones de proximidad, de vecindad o de alejamiento y asimismo por relaciones de orden, como por encima, por debajo y entre”.
(P. Bourdieu, Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción)

Proyectando sombras

Domingo, agosto 23rd, 2009

Interior de la Iglesia del Castillo de Calatrava la Nueva (Agosto, 2009). Foto: Jose Martos

Interior de la Iglesia del Castillo de Calatrava la Nueva (Agosto, 2009). Foto: Jose Martos

“Los cuentos son como focos y reflectores; iluminan partes del escenario dejando el resto en la oscuridad. Si iluminasen por igual la totalidad de la escena, no serían de ninguna utilidad. Después de todo, su tarea consiste en “resolver” la escena, dejándola dispuesta para el consumo visual e intelectual de los espectadores; crear un cuadro que sea posible asimilar, comprender y retener a partir de la anarquía de las manchas y borrones que no acertamos a enternder ni a descifrar.
Los cuentos ayudan a los buscadores de comprensión, separando lo relevante de lo irrelevante, las acciones de sus escenarios, la trama de su trasfondo, y los héroes o los villanos en el corazón de la trama de las legiones de figurantes y títeres. La misión de los cuentos es la de seleccionar y corresponde a su naturaleza incluir mediante la exclusión e iluminar proyectando sombras. Es un grave malentendido, amén de una injusticia, acusar a los cuentos de favorecer una parte de la escena al tiempo que desatiende otra. Sin la selección no habrá historia. Decir que “esta sería una buena historia de no omitir esto o aquello” es como afirmar que “estas serían una buenas ventanas para ver a través de las paredes de no estar enmarcadas y separadas por los muros que hay entre ellas”.
(Zygmunt Bauman, Vidas desperdiciadas)