La aporía de un progreso sin memoria

Junio 6th, 2010

En los acontecimientos acaecidos durante la Primera Guerra Mundial algunos pensadores como Franz Rosenzweing, Gershom Scholem y Walter Benjamin contemplan el inicio del desmoronamiento del modelo occidental de historia fundamentado en las ideas de continuidad, causalidad y progreso. Este modelo de historia postula un progreso concebido como un proceso creciente, orientado de menos a más, hacia un telos que guía el desarrollo de la historia. Prototipo de este modelo histórico podemos  considerar la concepción hegeliana de la histora, que ve en ella un proceso dialéctico en el que se despliega,a través de diversas etapas, el Absoluto.

Los autores anteriormente citados, por el contrario, conciben la historia como un proceso discontinuo, que encierra contradicciones, fracasos y dudas. A este respecto es importante el planteamiento crítico de Benjamin al evidenciar que una de las debilidades de este modelo de progreso, que arranca de la Ilustración, es la exclusión y el olvido de la memoria colectiva de los fracasos de la humanidad para centrarse en un modelo triunfalista que condena al silencio más profundo la experiencia de sufrimiento y desvalimiento de muchas personas a lo largo de las distintas etapas de la historia.

Según Benjamin la memoria es la encargada de despertar la porción o la cara ignorada y olvidada de la historia, la microhistoria de los vencidos. Para el autor el pasado tiene vida propia, asalta e interpela a la conciencia para incidir en el momento actual como una fuente crítica e interpeladora.  En la tesis IX sobre Filosofía de la Historia Walter Benjamin utiliza la imagen del ángel de la historia para hacer una crítica a esta idea de progreso que prescinde de la memoria para iniciar una huida hacia delante hacia la ilusión de un progreso que de antemano es mejor que lo conocido hasta el momento:

Angelus Novus (Klee)

Angelus Novus (Klee)

“Hay un cuadro de Klee que se llama Angelus Novus. En él se representa a un ángel que parece como si estuviese a punto de alejarse de algo que le tiene pasmado. Sus ojos están desmesuradamente abiertos, la boca abierta y extendidas las alas. Y éste debería ser el aspecto del ángel de la historia. Ha vuelto el rostro hacia el pasado. Donde a nosotros se nos manifiesta una cadena de datos, él ve una catástrofe única que amontona incansablemente ruina sobre ruina, arrojándolas a sus pies. Bien quisiera él detenerse, despertar a los muertos y recomponer lo despedazado. Pero desde el Paraíso sopla un huracán que se ha enredado en sus alas y que es tan fuerte que el ángel ya no puede cerrarlas. Este huracán lo empuja hacia el futuro, el cual le da la espalda, mientras que los montones de ruinas crecen ante él hasta el cielo. Este huracán es lo que nosotros llamamos progreso” (W. Benjamin, Tesis sobre filosofía de la historia).

¿Por qué el ángel de la historia debe de mirar hacia atrás? La tesis de Benjamin encierra dos argumentos:
a)    Un argumento epistemológico: es necesario e inevitable mirar hacia atrás para ver hacia delante, ya que sin el pasado no se puede entender el presente ni el futuro. El conocimiento debe basarse en lo materialmente existente. Es el pasado el que nos deja restos, a veces muy escondidos y difíciles de percibir, sobre los que fundamentar el futuro. La historia deja vestigios de los vencedores pero sepulta en el olvido la historia de los vencidos. De los vencidos no conocemos nombres ni podemos contemplar sus rostros ya que fueron condenados a habitar la ciudad del olvido.  Por tanto para comprender nuestro presente es necesario mirar con cuidado y respeto para encontrar las heridas y cicatrices que están sepultadas en el subsuelo de la historia.
b)    Un argumento ontológico: el futuro no existe en sí mismo  ya que el progreso no es una tendencia de acercamiento inevitable a un futuro mejor como si el tiempo fuese algo homogéneo que avanza automáticamente. El ángel de la historia va hacia delante, aún mirando hacia atrás sin poder controlarse, empujado por una fuerza a la que no puede resistirse, pero olvidando lo que deja atrás.

Nombres escritos en las paredes de la sinagoga Pinkas para recordar los 77297 judíos checos y eslovacos víctimas del holocausto. (Praga. Abril, 2010). Foto: Jose Martos

Nombres escritos en las paredes de la sinagoga Pinkas para recordar los 77297 judíos checos y eslovacos víctimas del holocausto. (Praga. Abril, 2010). Foto: Jose Martos

¿Por qué el ángel, del que nos habla Benjamin, percibe como ruinas lo que para nosotros constituye un progreso? ¿Es acaso, el autor, enemigo del progreso? La postura de Benjamin dista de ser contraria al progreso en general, pero sí a un modelo  de progreso que tuvo su carta de ciudadanía en la modernidad. El autor se posiciona ante el progreso que oculta el sufrimiento y el fracaso de la historia en aras a un progreso ilimitado de forma que éste constituye un fin que justifica todos los medios, da la espalda al pasado, huye hacia adelante, en una carrera frenética e ilimitada hacia un futuro mejor.
Pero en este modelo, criticado por Benjamin, ¿qué lugar ocupa los sufrimientos y la historia de desvalimiento de muchas personas?. Sencillamente representan el precio que hay que pagar para alcanzar la felicidad futura. De este modo el pasado se convierte en una ideología que refuerza los intereses de los vencedores y facilita la reproducción del sufrimiento que se dio en el pasado.
Frente a esta situación Benjamin propone una recuperación de la memoria como una responsabilidad frente a las víctimas para evitar que haya unas nuevas víctimas, reconociendo la vigencia de los derechos de los vencidos en un presente que se los niega y oculta.
Por tanto la reconstrucción de la historia presente pasa necesariamente por la memoria de los sin nombre. Los vencidos, a los que les arrancaron la vida, borraron su nombre, o están sepultados en las fosas del olvido, nos recuerdan que todos venimos de una tradición de la que hay que hacerse cargo. Una historia y una tradición permeada por el sufrimiento, la miseria, la injusticia, pero que el paso del tiempo no nos exime de la responsabilidad.
En esta línea de pensamiento el ángel de la historia pretende ver el futuro en el pasado. Un futuro que integra las esperanzas frustradas de las generaciones anteriores, que debe ser acogido por las generaciones actuales para desenmascarar a los vencedores del presente. Si se pierde de vista este recuerdo los vencedores de hoy se unirá a los de ayer, para legitimar, desde el silencio y el olvido los atropellos que se realizaron. Benjamin coloca, por tanto, en el centro la memoria del sufrimiento, como una forma de hacer justicia de la que nadie nos exime y  a su vez, posibilita el fundamento del verdadero progreso social que evita que se repitan los atropellos contra la humanidad.
Adorno, a raíz de la recuperación de la memoria de las víctimas de Auschwitz, captó con acierto esta situación que es transferible a otros contextos:

“Hitler ha impuesto a los hombres un nuevo imperativo categórico para su actual estado de esclavitud: el de orientar su pensamiento y su acción de modo que Auschwitz no se repita, que no vuelva a ocurrir nada semejante”.

Fuentes:

Benjamin, W. (1992), Tesis sobre filosofía de la historia, en Discursos interrumpidos, Taurus, Madrid, 1992.

De la Garza Camino, M.T. (2007), Tiempo y memoria en Walter Benjamin, en D. Finkelde, E. Webels, T. de la Garza, F. Mancera (coords), Topografías de la modernidad. El pensamiento de Walter Benjamin. Mexico: UNAM, 173-202.

Hermes, el mensajero de los dioses y el origen de la hermeneútica

Mayo 18th, 2010
Hermes. Julius Schnorr von Carolsfeld (1794–1872)

Hermes. Julius Schnorr von Carolsfeld (1794–1872)

Hermes, el dios mediador está simbólicamente en el origen de la palabra hermeneia que significa inicialmente “interpretación” y “expresión”. Homero, en el Himno XVIII, describe a Hermes como el “raudo mensajero de los dioses”, “el de la profética voz”, encargado de hacer inteligibles y expresar en palabras humanas los mensajes de los dioses.
En efecto, entre los distintos atributos que la mitología señala de Hermes, sobresale su carácter de mensajero de los dioses.  Los artistas lo representan llevando en su manos el caduceo, vara de oro que le regaló Zeus, calzando unas sandalias aladas, y con el pétaso, sombrero de alas anchas que usaban  los viajeros. Cómo una ráfaga de viento, Hermes, el dios alado, atravesaba continentes y mares para transmitir los mensajes de la divinidad. Como heraldo e intérprete, Hermes tenía una especial capacidad de expresión y elocuencia. Era el Hermes Logos, patrón de los retóricos, los filósofos y los hombres de letras.
La mitología no pasó de largo ante esta dimensión o atributo de Hermes. Cuenta el mito  que cuando Zeus se unió a Io, en Argos, le pidió a Hermes que distrajera a los habitantes de la ciudad para que no lo descubrieran. Hermes les dirigió entonces la palabra con talento y elocuencia que los habitantes de Argos lo escucharon durante horas.
El concepto de hermenéutica es relativamente nuevo dentro del pensamiento contemporáneo. En efecto, cuando H.G. Gadamer publica “Verdad y Método”, no se atreve a subtitularlo como “Fundamentos de una hermeneútica filosófica” por temor a una no aceptación en el ámbito filosófico-académico. El tiempo, y la polémica suscitada a raíz de la primera edición del texto, hicieron posible que quince años después la obra llevase como subtítulo el término “hermeneútica”.

Sin embargo dirigir nuestra mirada a la hermeneútica significa adentrarnos en el pensamiento griego. Aristóteles, en su Peri hermeneias, puso las bases de lo que posteriormente constituirá el pensamiento hermeneútico. A partir de estas raíces, la evolución del pensamiento ha ido fraguando un corpus hermeneútico que ha revestido distintos rostros en cada etapa histórica: desde la Edad Media, la exégesis bíblica, con los distintos sentidos de la Escritura, pasando por el desarrollo de las técnicas filológicas en el Renacimiento, hasta llegar la propuesta de una hermeneútica filosófica y su impacto en las ciencias humanas.El rostro de Hermes, como mensajero e intérprete de los dioses, sigue estando presente en el pensamiento hermeneútico actual como una invitación a abordar una búsqueda crítica de sentido y de comprensión de la realidad  interior y exterior que circunda la vida del hombre.

Fuentes:

Garazalza, L.( 2002), Introducción a la hermeneútica contemporánea. Cultura, simbolismo y sociedad. Barcelona: Anthropos, 5.
Mavromataki, M. (1997), Mitología Griega. Atenas: Ediciones Xaitali, 76-81.

Las simpatías o las semejanzas líquidas

Febrero 17th, 2010

Campo de girasoles (El Coronil, Sevilla). Foto: Jose Antonio Casares

Campo de girasoles (El Coronil, Sevilla). Foto: Jose Antonio Casares

M. Foucault termina su presentación de los distintos tipos de semejanzas que han inspirado gran parte de la riqueza simbólica del Medievo deteniéndose en las simpatías. Quizás sea la forma de semejanza más libre de todas, ya que establece una serie de lazos de unión, volátiles y sutiles, capaces de crear significados que en modo alguno están preestablecidos. La liquidez de la simpatía hace que no responda a ningún plan rigido y sistematico, abriendo un horizonte insospechado para la creatividad del artista. Junto a la la convenientia, la aemulatio,  y la analogía la simpatía es un testimonio fehaciente de cómo el hombre y la mujer de todos los tiempos es capaz de transcender la mera naturaleza para crear un universo de significados con la potencialidad de descubrir dimensiones que una simple mirada superficial no puede reconocer:

“Por último, la cuarta forma de semejanza queda asegurada por el juego de las simpatías. Aquí no existe ningún camino determinado de antemano, ninguna distancia está supuesta, ningún encadenamiento prescrito. La simpatía juega en estado libre en las profundidades del mundo. Recorre en un instante los más vastos espacios: del planeta al hombre regido por él, cae la simpatía de lejos como un rayo; por el contrarío puede nacer de un solo contacto —como “estas rosas de duelo que servirán para las exequias”, que, por su sola cercanía a la muerte, harán que toda persona que respire su perfume se sienta “triste y agonizante” (C. Porta, Magiae naturalis, p. 72).
Pero su poder es tan grande que no se contenta con surgir de un contacto único y con recorrer los espacios; suscita el movimiento de las cosas en el mundo y provoca los acercamientos más distantes. Es el principio de la movilidad: atrae lo pesado, hacia la pesantez del suelo y lo ligero hacia el éter sin peso; lleva las raíces hacia el agua y hace girar, con la curva del sol, a la gran flor amarilla del girasol. Es más, al atraer unas cosas hacia las otras por un movimiento exterior y visible, suscita secretamente un movimiento interior —un desplazamiento de cualidades que se relevan unas a otras; el fuego, por ser cálido y ligero, se eleva en el aire hacia el cual se enderezan incansablemente sus llamas; pero pierde su propia sequedad (que lo emparienta con la tierra) y adquiere así una humedad (que lo liga al agua y al aire); desaparece después en un ligero vapor, en humo blanco, en nube: se ha convertido en aire. La simpatía es un ejemplo de lo Mismo tan fuerte y tan apremiante que no se contenta con ser una de las formas de lo semejante; tiene el peligroso poder de asimilar, de hacer las cosas idénticas unas a otras, de mezclarlas, de hacerlas desaparecer en su individualidad —así, pues, de hacerlas extrañas a lo que eran. La simpatía transforma. Altera, pero siguiendo la dirección de lo idéntico, de tal manera que si no se nivelara su poder, el mundo se reduciría a un punto, a una masa homogénea, a la melancólica figura de lo Mismo: todas sus partes tenderían unas a otras y se comunicarían entre sí sin ruptura ni distancia, como las cadenas de metal, suspendidas por simpatía del atractivo de un solo imán.
Por ello, la simpatía es compensada por su figura gemela, la antipatía. Ésta mantiene a las cosas en su aislamiento e impide la asimilación; encierra cada especie en su diferencia obstinada y su propensión a perseverar en lo que es: “Es cosa bien sabida que existe odio entre las plantas… se dice que el olivo y la vid odian a la col; el pepino huye del olivo… Si se sobreentiende que se cruzan por el calor del sol y el humor de la tierra, es necesario que todo árbol opaco y espeso sea pernicioso para los otros, lo mismo que el que tiene mucha raíz” (J. Cardano, De subtilitate reru, 1552, p.154)  Así, hasta el infinito, a través del tiempo, los seres del mundo se odian y mantienen su feroz apetito en contra de toda simpatía. “La rata de la India es perniciosa para el cocodrilo, pues la Naturaleza se lo ha dado por enemigo; de tal modo que cuando el feroz se goza al sol, le tiende una trampa con sagacidad mortal; dándose cuenta de que el cocodrilo, adormecido en su deleite, duerme con el hocico abierto, se mete por allí y se cuela por el largo gaznate hasta el vientre, cuyas entrañas roe y sale al fin por el vientre de la bestia muerta” . Pero, a su vez, todos los enemigos de la rata la acechan: ya que está en discordia con la araña y “combatiendo muchas veces con el áspid, muere”. Por medio de este juego de la antipatía que las dispersa, a la vez que las atrae al combate, las convierte en asesinas y las expone a su vez a la muerte, sucede que las cosas, las bestias y todas las figuras del mundo Siguen siendo lo que son. La identidad de la cosa, el hecho de que puedan asemejarse a las otras y aproximarse a ellas, pero sin engullirlas y conservando su singularidad —es el balance continuo de la simpatía y la antipatía que le corresponde. Explica que las cosas se crucen, se desarrollen, se mezclen, desaparezcan, mueran y se recobren indefinidamente; en suma, que haya un espacio (que, sin embargo, no carece de referencia ni de repetición, de puerto de similitud) y un tiempo (que, sin embargo, permite reaparecer indefinidamente las mismas figuras, las mismas especies, los mismos elementos). “Por mucho que de suyo los cuatro cuerpos (agua, aire, fuego y tierra) sean simples y tengan sus cualidades distintas, dado que el Creador ordenó que los cuerpos elementales estén compuestos de elementos mezclados, tal es la razón por la que sus conveniencias y discordancias son notables, lo que se conoce por sus cualidades. El elemento del fuego es cálido y seco; tiene por la tanto antipatía hacia los del agua que es fría y húmeda. El aire es cálido y húmedo, la tierra fría es seca, es la antipatía. Para hacerlos concordar, el aire ha sido puesto entre el fuego y el agua, el agua entre la tierra y el aire. En tanto que el aire es cálido, se avecina bien con el fuego y su humedad se acomoda a la del agua. De nuevo, dado que su humedad es templada, modera el calor del fuego y recibe ayuda de él, como por otra parte, por su calor mediocre, entibia la frialdad húmeda del agua. La humedad del agua es calentada por el calor del aire y alivia la fría sequedad de la tierra.” (S.G.S., Annotations au Grand Miroir du Monde de Duchesne, p.498).  La soberanía de la pareja simpatía-antipatía, el movimiento y la dispersión que prescribe, dan lugar a todas las formas de la semejanza. De este modo, se retoman y explican las tres primeras similitudes. Todo el volumen del mundo, todas las vecindades de la conveniencia, todos los ecos de la emulación, todos los encadenamientos de la analogía, son sostenidos, mantenidos y duplicados por este espacio de la simpatía y de la antipatía que no cesa de acercar las cosas y de tenerlas a distancia. Por medio de este juego, el mundo permanece idéntico; las semejanzas siguen siendo lo que son y asemejándose. Lo mismo sigue lo mismo, encerrado en sí mismo.”

(Michel Foucault, La prosa del mundo, 32-34)

Los mil misterios de la creación artística

Febrero 10th, 2010
La mano del pintor (Granada, Julio 2009). Foto: José Antonio Casares

La mano del pintor (Granada, Julio 2009). Foto: José Antonio Casares

Las realidades complejas suponen realizar acercamientos holísticos y situados que nos permitan abordarlas en profundidad para no perder ninguno elemento de los que intervienen. A la hora de acercarnos a la poliédrica y misteriosa realidad  de la creación artística, con frecuencia, surgen voces que ofrecen visiones  parciales que contemplan de manera unidimensional una acción en la que se dan cita diversos factores que toman rostros concretos en las coordenadas espacio-temporales en las que  se insertan De este tipo de aprehensiones emanan posturas que hacen inclinar, de forma unidimensional, los dos polos entre los que transita el artista en el momento del extasis creador: la inspiración y el esfuerzo. En cada acto de creación los dos factores interactúan de formas diversas, tal y como señala Zweing, hasta surgir tantos misterios creativos como artistas han existido a la largo de la historia. Sólo la búsqueda de las huellas que deja cada artista nos permite adentrarnos en el mundo mágico de la creación artística en sus diversas manifestaciones:

“En realidad, los dos estados suelen estar mezclados misteriosamente en el artista. No basta que el artista esté inspirado para que produzca. Debe, además, trabajar y trabajar para llevar esa inspiración a la forma perfecta. La fórmula verdadera de la creación artística no es, pues, inspiración o trabajo,  sino inspiración más trabajo, exaltación más paciencia, deleite creador más tormento creador.

Cada artista posee la idea presente como un sueño, ¿y quién pudiera decir de dónde proceden las ideas? ¿Quién podría decir de qué profundidades de la naturaleza humana o de qué altura del cielo proceden esos rayos divinos que de repente resplandecen en el artista? Pero sólo resplandecen por instantes con ese brillo maravilloso. Luego se apagan y entonces comienza para el artista la tarea de reproducir esa visión interior, única. Procura entonces hacer visible a la humanidad para todos los tiempos lo que él mismo vislumbró en un instante de iluminación.

El pintor tratará de fijar en la materia basta de la tela el cuadro que ha visto con los ojos del espíritu. El músico tratará de retener con el número limitado de los instrumentos terrenales la sucesión de sonidos que le sonaba como en sueños. Siempre es el mismo proceso: un sueño se convierte en fenómeno duradero, una idea toma forma, lo inconsciente de un solo hombre genial llega a la conciencia de la humanidad entera. Pero no hay regla ni ley para esa misteriosa transformación química en cada artista aislado, ninguno obra igual que el otro, y tal como ninguna hora de amor se parece sobre la tierra a otra hora de amor, si bien siempre se trata de amor, así ninguna obra de creación parécese exactamente a la otra, a pesar de que siempre se trata de producir. Por eso tal vez no estaba muy acertado el título de mi disertación “El misterio de la creación artística”, y quizá habría dicho mejor: “los mil misterios de la creación artística“, pues cada artista agrega al gran arcano de la creación uno nuevo: su misterio propio, personal”.

(Stefan Zweig, El misterio de la creación artística, pag. 30-32)

Palabras compartidas

Febrero 1st, 2010
Detalle de la Puerta de Coronería de la Catedral de Burgos (Noviembre, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

Detalle de la Puerta de Coronería de la Catedral de Burgos (Noviembre, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

“La palabra es mitad de quien la pronuncia, mitad de quien la escucha”

(M. de Montaigne)

La “analogía” o el espacio de la irradiación

Enero 28th, 2010
Serpenteando sobre el monte. Detalle de la muralla del castillo de Sintra (Abril, 2009). Foto: Jose Martos

Serpenteando sobre el monte. Detalle de la muralla del castillo de Sintra (Abril, 2009). Foto: Jose Martos

El hombre de la Edad Media observa la realidad que le circunda para descubrir un conjunto de semejanzas por las que pone en relación las cosas visibles con las invisibles, el firmamento  con la tierra, el hombre con la realidad que le rodea. La analogía viene a canalizar este sistema de relaciones para crear una constelación de significados y la rica simbología que contiene las expresiones artísticas del arte medieval. Michel Foucault describe bellamente, junto a la convenientia y la aemulatio, el sentido de la analogía como potencial creador y expresión de aquellos significados que las cosas, por sí solas, no pueden expresar.

“La tercera forma de similitud es la analogía. Viejo concepto familiar ya a la ciencia griega y al pensamiento medieval, pero cuyo uso ha llegado a ser probablemente diferente. En esta analogía se superponen la convenientia y la aemulatio. Al igual que ésta, asegura el maravilloso enfrentamiento de las semejanzas a través del espacio; pero habla, como aquella, de ajustes, de ligas y de juntura. Su poner es inmenso, pues las similitudes de las que trata no son las visibles y macizas de las cosas mismas; basta con que sean las semejanzas más sutiles de las relaciones. Así aligerada, puede ofrecer, a partir de un mismo punto, un número infinito de parentescos. Por ejemplo, la relación de los astros con el cielo en el que centellean se encuentra de nuevo así: de la hierba a la tierra, de los vivientes al globo que habitan, de los minerales y los diamantes a las rocas en las que están enterrados, de los órganos de los sentidos al rostro que animan, de las manchas de la piel al cuerpo que marcan en secreto. Una analogía puede volverse también sobre sí misma sin ser, por ello, impugnada. La vieja analogía de la planta y el animal (el vegetal es un animal que está de cabeza, con la boca –o sea las raíces- hundida en la tierra) no es criticada ni borrada por Cesalpino; por el contrario la refuerza, la multiplica por sí misma, al descubrir que la planta es un animal erguido, cuyos principios nutritivos suben del fondo hacia la cima, a lo largo de un tallo que se extiende como un cuerpo y termina en una cabeza –rama, flores, hojas: relación inversa, pero no contradictoria, con la primera analogía que pone <<la raíz en la parte inferior de la planta, el tallo en la parte superior, porque entre los animales, la red venosa empieza también en la parte inferior del vietre y la vena principal sube hacia el corazón y la cabeza>> (Cesalpino, De plantis libri XVI).
Tanto esta reversibilidad como esta polivalencia dan a la analogía un campo universal de aplicación. Por medio de ella, pueden relacionarse todas las figuras del mundo. Sin embargo, existe en este espacio surcado en todas direcciones, un punto privilegiado: ésta saturado de analogías (cada una puede encontrar allí su punto de apoyo) y, pasando por él, las relaciones se invierten sin alterarse. Este punto es el hombre; está en proporción con el cielo, y también con los animales y las plantas, lo mismo que con la tierra, los metales, las estalactitas o las tormentas. Erguido entre las faces del mundo, tienen relación con el firmamento (su rostro es a su cuerpo lo que la faz del cielo al éter; su pulso palpita en sus venas como los astros circulan según sus vías propias; las siete aberturas forman en su rostro lo que son los siete planetas del cielo); pero equilibra todas estas relaciones y se las reencuentra, similares, en la analogía del animal humano con la tierra en que habita: su carne es gleba; sus huesos, rocas; sus venas, grandes ríos; su vejiga, el mar y sus siete miembros principales, los siete metales que se ocultan en el fondo de las minas. El cuerpo del hombre es siempre la mitad posible de un atlas universal. Sabemos que Pierre Belon trazó, hasta el más mínimo detalle, la primera lámina comparativa del esqueleto humano y el de las aves: se ve ahí <<el alón llamado apéndice que está en proporción en el ala, en lugar del pulgar de la mano; la extremidad del alón que es como los dedos en nosotros….; los huesos dados por patas a las aves corresponden a nuestro talón; así como nosotros tenemos cuatro dedos menores en el pie, las aves tienen cuatro dedos, de los cuales el de atrás se da en proporción, como el dedo gordo en nosotros>> (P. Belon, Histoire de la nature des oiseaux, Paris, 1555, 37) Toda esta precisión sólo puede ser anatomía comparada para quien la ve armado con los conocimientos del siglo XIX. Sucede que la reja a través de la cual dejamos llegar hasta nuestro  saber las figuras de la semejanza, corta de nuevo en este punto (y casi sólo en él) lo que había dispuesto sobre las cosas el saber del siglo XVI.
Pero a decir verdad, la descripción de Belon no hace sino destacar la positividad que la ha hecho posible en su época. No es ni más científica ni más racional que la observación  de Aldrovandi cuando compara las partes bajas del hombre con los lugares infectos del mundo, con el infierno, con sus tinieblas, con los condenados que son como los excrementos del Universo; pertenece a la misma cosmografía analógica y la tempestad: ésta empieza cuando el aire se hace pesado y se agita, la crisis en el momento en el que los pensamientos se hacen pesados, inquietos; después las nubes se hacinan, el vientre se hincha, la tormenta estalla y la vejiga se rompe; los rayos fulminan en tanto que los ojos brillan con un fulgor terrible, cae la lluvia, la boca espumea, los relámpagos se desencadenan en tanto que los espíritus hacen estallar la piel; pero he aquí que el tiempo aclara de nuevo y la razón se restablece en el enfermo. El espacio de las analogías es, en el fondo, un espacio de irradiación. Por toda partes, el hombre se preocupa por sí mismo; pero, a la inversa, este mismo hombre trasmite las semejanzas que el recibe del mundo. Es el gran foco de las proporciones – el centro en el que vienen a apoyarse las relaciones y de donde son reflejadas de nuevo.”

(Michel Foucault, La prosa del mundo, 30-32)

Hemos aprendido

Enero 20th, 2010
Alambrada (Granada. Octubre, 2007). Foto: Jose Antonio Casares

Alambrada (Granada. Octubre, 2007). Foto: Jose Antonio Casares

Cualquier situación vital nueva lleva consigo un aprendizaje que ayuda a adaptarse al nuevo contexto en el que la vida se desarrolla. El cambio de lugar de residencia, la inserción en un puesto de trabajo o la pérdida del mismo, la asunción de una situación novedosa hasta el momento, desencadena en la persona un proceso de aprendizaje en el que descubre las connotaciones que van a determinar el cauce de su existencia en el futuro. Es un proceso doloroso, cercano a la crisis, en el que se tambalean muchas de las seguridades que hasta el momento constituían un pilar sobre el que descansar y aparecen nuevas seguridades, desconocidas antes del cambio. Primo Levi, en su obra “Si esto es un hombre” es testigo del aprendizaje que acarrea la entrada en el campo de concentración con el consiguiente proceso de despersonalización y devastación exterior e interior que sufren los deportados. Este texto refleja tal situación:

“Hemos aprendido bien pronto que los huéspedes del Lager se dividen en tres categorías: los criminales, los políticos y los judíos. Todos van vestidos a rayas, todos son Häftlinge, pero los criminales llevan junto al número, cosido en la chaqueta, un triángulo verde; los políticos un triángulo rojo; los judíos, que son la mayoría, llevan la estrella hebraica, roja y amarilla. Hay SS pero pocos y fuera del campo, y se ven relativamente poco: nuestros verdaderos dueños son los triángulos verdes, que tienen plena potestad sobre nosotros, y además aquéllos de las otras dos categorías que se prestan a secundarles: y que no son pocos.
Y hay otra cosa que hemos aprendido, más o menos rápidamente, según el carácter de cada cual; a responder Jawohl, a no hacer preguntas, a fingir siempre que hemos entendido. Hemos aprendido el valor de los alimentos; ahora también nosotros raspamos diligentemente el fondo de la escudilla después del rancho, y nos la ponemos bajo el mentón cuando comemos pan para no desperdiciar las migas. También sabemos ahora que no es lo mismo recibir un cucharón de sopa de la superficie que del fondo del caldero y ya estamos en condiciones de calcular, basándonos en la capacidad de los distintos calderos, cuál es el sitio más conveniente al que aspirar cuando hay que hacer cola.
Hemos aprendido que todo es útil; el hilo de alambre para atarse los zapatos; los harapos para convertirlos en plantillas para los pies; los papeles, para rellenar (ilegalmente) la chaqueta y protegerse del frío. Hemos aprendido que en cualquier parte pueden robarte, o mejor, que te roban automáticamente en cuanto te falla la atención; y para evitarlo hemos tenido que aprender el arte de dormir con la cabeza sobre un lío hecho con la chaqueta que contiene todo cuanto poseemos, de la escudilla a los zapatos.
Conocemos ya buena parte del reglamento del campo, que es extraordinariamente complicado. Las prohibiciones son innumerables: acercarse más de dos metros a las alambradas; dormir con la chaqueta puesta, sin calzoncillos o con el gorro puesto; usar determinados lavabos o letrinas que son nur für Kapos o nur für Reichsdeutsche; no ir a la ducha los días prescritos, e ir los días no prescritos; salir del barracón con la chaqueta desabrochada o con el cuello levantado; llevar debajo de la ropa papel o paja contra el frío; lavarse si no es con el torso desnudo.
Infinitos e insensatos son los ritos que hay que cumplir: cada día por la mañana hay que hacer «la cama» dejándola completamente lisa; sacudir los zuecos fangosos y repugnantes de la grasa de las máquinas, raspar de las ropas las manchas de fango (las manchas de barniz, de grasa y de herrumbre se admiten, sin embargo); por las noches hay que someterse a la revisión de los piojos y a la revisión del lavado de los pies; los sábados hay que afeitarse la cara y la cabeza, remendarse o dar a remendar los harapos; los domingos, someterse a la revisión general de la sarna, y a la revisión de los botones de la chaqueta, que tienen que ser cinco.”

(Primo Levi, Si esto es un hombre)

La “aemulatio” o las dos caras de un espejo

Diciembre 29th, 2009
Detalle de una pintura bizantina (Museo de Arte Bizantino. Atena. Julio, 2009). Foto: Jose Martos

Detalle de una pintura bizantina (Museo de" Arte Bizantino. Atena. Julio, 2009). Foto: Jose Martos

La segunda forma de semejanza que desarolla M. Foucault en su ensayo “La prosa del mundo” es la aemulatio. Como potencial creativo la aemulatio pone en relación sentidos dispersos en el universo para construir con ellos una nueva relación de semejanza igual a las dos caras de un espejo o las dos cara de una moneda. La aemulatio, por tanto, en palabras de Foucault, es:

“una especie de conveniencia que estaría libre de la ley del lugar y jugaría, inmóvil, en la distancia. Un poco como es la connivencia espacial se hubiera roto y los eslabones de la cadena, separados, reprodujeran sus círculos, lejos unos de otros según una semejanza sin contacto. Hay en la emulación algo del reflejo y del espejo; por medio de ella se responden las cosas dispersas a través del mundo. De lejos, el rostro es el émulo del cielo, así como la mente es el reflejo del hombre, imperfectamente, la sabiduría de Dios, así los dos ojos, con su claridad limitada, reflejan la gran iluminación que hacen resplandecer, en el cielo, el sol y la luna; la boca es Venus, ya que por ella pasan los besos y las palabras de amor; la nariz nos entrega una imagen minúscula del cetro de Júpiter y del caduceo de Mercurio. Por medio de esta relación de emulación, las cosas pueden imitarse de un cabo a otro del universo sin encadenamiento ni proximidad; por su reduplicación especular, el mundo abóle la distancia que le es propia; triunfa así sobre el lugar que le es dado a cada cosa. ¿Cuáles son los primeros  de estos reflejos que recorren el espacio? ¿Dónde está la realidad y dónde la imagen proyectada? Con frecuencia resulta imposible decirlo, pues la emulación es una especie de gemelidad natural de las cosas; nace de un pliegue del ser cuyos dos lados, de inmediato, se enfrentan. Paracelso (Liber Paramirum) compara este desdoblamiento fundamental del mundo con la imagen de dos gemelos “que se asemejan de modo perfecto, sin que sea posible a persona alguna decir cuál ha dado al otro su similitud”.
Sin embargo, la emulación deja inertes, una frente a otra, las dos figuras reflejadas que opone. Sucede que una sea la más débil y acoja la fuerte influencia de la que se refleja en su espejo pasivo. ¿Acaso no imprimen las estrellas sobre las hierbas de la tierra, cuyo modelo sin cambio son, la forma inalterable, y sobre las cuales les ha sido dado verter secretamente toda la dinastía de sus influencias? La tierra sombría es el espejo del cielo sembrado, pero en esta justa los dos rivales no tienen un valor ni una dignidad iguales. Los claros de la hierba reproducen, sin violencia, la forma pura del cielo: “Las estrellas –dice Crollius- son la matriz de todas las hierbas de la tierra y cada estrella del cielo es sólo la prefiguración espiritual de una hierba, tal como la representa, de tal manera que cada hierba o planta es una estrella terrestre que mira al cielo, del mismo modo que cada estrella es una planta celeste en forma espiritual, que sólo es diferente por su materia de las terrestres… las plantas y las hierbas celestes se vuelven hacia el lado de la tierra y miran a las hierbas que han procreado, insuflándoles alguna virtud particular.
Pero sucede también que la justa permanece abierta y que el tranquilo espejo no refleja más que la imagen de “dos soldados irritados”. Ahora, la similitud se convierte en el combate de una forma contra otra –o, mejor dicho, de una forma separada de sí por el peso de la materia o la distancia de los lugares. El hombre de Paracdso está, como el firmamento, “constelado de astros”; pero no le está ligado como “el ladrón a las galeras, el asesino al potro, el pez al pescador, el animal a quien le da caza”. Pertenece al firmamento del hombre el ser “libre y poderoso”, “no obedecer orden alguno” “no estar regido por ninguna de las otras criaturas”. Su cielo interior puede ser autónomo y reposar sólo en sí mismo, a condición de que por su sabiduría, que es también saber, llegue a ser semejante al orden del mundo, lo retoque en sí y equilibre así en su firmamento interno aquel en el que centellean las estrellas verdaderas. Así, pues, esta sabiduría del espejo comprenderá a su vez al mundo en el que estaba colocada; su gran anillo girará hasta el fondo del cielo y más allá; el hombre descubrirá que él contiene “las estrellas en el interior de sí mismo… y que lleva así al firmamento con todas sus influencias” (Crollius, Tractatus novus de signaturis rerum internis).
Así, pues, la emulación se da primero bajo la forma de un simple reflejo, furtivo y lejano; recorre en silencio los espacios del mundo. Pero la distancia que atraviesa no queda anulada por su sutil metáfora; permanece abierta para la visibilidad. En este duelo, las dos figuras que se enfrentan se amparan  una a otra. Lo semejante comprende a lo semejante que, a su vez, lo rodea y que quizá será de nuevo comprendido por una duplicación que tiene el poder de proseguir al infinito. Los anillos de emulación no forman una cadena como los elementos de la conveniencia: son más bien círculos concéntricos, reflejados y rivales.”

Michael Foucault, La prosa del mundo.

Tras las huellas

Diciembre 13th, 2009
Borrador de una obra de arte

Borrador de una obra de arte

Ante la dificultad de penetrar en la interioridad del artista absorto en el acto creativo, Stefan Zweig apunta un camino de indagación para atisbar el proceso que acaece durante el proceso creador. El autor lo compara a la búsqueda que la policía realiza para clarificar un delito. Por medio de los vestigios que jalonan el proceso creador que se plasman en bocetos, dibujos, escritos, notas de campo podemos conocer e iluminar el silencio del artista mientras da a luz su obra.

“Pues bien; ¿qué hace la policía en el caso en que un malhechor se niega a informar sobre su acción? Prosigue independientemente la búsqueda de más material, y lo hace en el propio lugar en que se cometió el crimen. Trata de reconstruir el hecho y sus fases, basándose en huellas que el autor acaso ha dejado en el lugar del crimen: impresiones digitales, objetos olvidados. ¡Hagamos nosotros otro tanto! Pero, preguntarán ustedes tal vez, ¿cómo podemos hallar huellas en el lugar donde se realiza la creación artística? ¿No es ése un proceso invisible, no tiene por escenario un lugar inaccesible, el cerebro del artista? ¿No indica ya la mera palabra “inspiración”, inspiratio, bien a las claras, que el proceso de la creación artística es algo inmaterial? A ello quisiera contestar esto: no confundamos la inspiración artística con la creación, la obra artística. Vivimos en un mundo material, y sólo somos capaces de comprender lo que se ofrece visiblemente a nuestros sentidos. Para nosotros, una flor no es flor todavía mientras permanece encerrada en su capullo y mientras su germen yace aún bajo tierra, sino que lo es sólo cuando se despliega visiblemente en forma y color. De igual modo, solamente logramos comprender una melodía cuando llega a ser audible, pero no así cuando nace en el cerebro de su creador; sólo comprendemos el pensamiento de un filósofo cuando ha sido pronunciado y una estatua cuando está formada. Toda creación debe materializarse, debe convertirse en materia, para que la comprendamos. Hasta la poesía más preciosa ha de quedar escrita primero en lápiz o tinta y sobre papel; un cuadro ha de quedar pintado sobre tela o madera; una estatua, modelada en mármol o bronce. Para resultarnos terrenalmente comprensible, la inspiración de un artista tiene que tomar formas materiales. Aquí encuentro, por fin, la oportunidad para conducirles un poco más cerca del proceso de la creación artística, pues es precisamente ese instante breve de la transición, cuando la idea artística pasa a la realización artística, el que a veces podemos observar. Aquí se nos abre una rendija estrecha para el estudio del artista, y así como las impresiones digitales del criminal ofrecen a la policía cierta posibilidad para reconstruir el crimen, así hallamos la posibilidad de descubrir algo del secreto del artista mediante las huellas que deja al realizar su tarea. Esas huellas que el artista deja en el lugar de su acción son sus trabajos previos; los primeros esquemas que el pintor hace de sus cuadros, los manuscritos y borradores del poeta y del músico. Estas son las únicas huellas visibles, el hilo de Ariadna que nos permite encontrar nuestro camino de regreso en ese laberinto misterioso. Y por fortuna encontramos tales documentos precisamente de nuestros artistas más grandes. Poseemos los esquemas de Miguel Angel, Rembrandt, el Greco y de Veláquez para sus grandes cuadros. Poseemos los manuscritos de Beethoven y Mozart y Bach y otros de Calderón y Montaigne. Podemos observar, pues, hasta cierto grado cómo se han ido formando las obras que conocemos y admiramos cual perfectas. Gracias a esos testimonios podemos volver a situarnos en las horas de la génesis artística y acercarnos humildemente al profundo arcano de las creaciones de artistas y pensadores.”

(Stefan Zweig, El misterio de la creación artística, pag. 18-21)

Entre la autobiografía y el relato de vida

Noviembre 29th, 2009

Narrando la vida (Foto: Jose Antonio Casares)

Narrando la vida (Foto: Jose Antonio Casares)

Con frecuencia se produce una confusión en el uso del término “relato de vida” identificándolo con el relato completo de la vida de una persona en la que se recoge la historia del discurrir íntegro de la existencia de un individuo. El autor o la autora de este tipo de relato dirige su mirada a cada instante de su vivir, desde el nacimiento hasta su situación actual, pasando por la infancia, adolescencia, adultez y describiendo, junto a su situación interior, cada contexto social e interpersonal que rodean estos episodios.
Esta representación total se halla presente en nuestra cultura a partir de la publicación de las Confesiones de Jean-Jacques Rousseau: nos referimos al género de la autobiografía. El autor comienza su obra con una declaración de intenciones:

“Emprendo una obra de la que no hay ejemplo y que no tendrá imitadores. Quiero mostrar a mis semejantes un hombre en toda la verdad de la Naturaleza y ese hombre seré yo. Sólo yo. Conozco mis sentimientos y conozco a los hombres. No soy como ninguno de cuantos he visto, y me atrevo a creer que no soy como ninguno de cuantos existen. Si no soy mejor, a lo menos soy distinto de ellos. Si la Naturaleza ha obrado bien o mal rompiendo el molde en que me ha vaciado, sólo podrá juzgarse después de haberme leído”.

El autor reviste su obra de una cierta solemnidad como síntesis de su vida, testimonio de sus acciones, expresión de su individualidad, reconocimiento de su debilidad y gratitud por los beneficios recibidos. Un testimonio definitivo que servirá de confesión ante Dios el día del Juicio Final. Con su Confesiones en la mano se presentará ante el Tribunal Divino y dirá:

“He aquí lo que hice, lo que pensé y lo que fui. Con igual franqueza dije lo bueno y lo malo. Nada malo me callé ni me atribuí nada bueno; si me ha sucedido emplear algún adorno insignificante, lo hice sólo para llenar un vacío de mi memoria. Pude haber supuesto cierto lo que pudo haberlo sido, más nunca lo que sabía que era falso. Me he mostrado como fui, despreciable y vil, o bueno, generoso y sublime cuando lo he sido. He descubierto mi alma tal como Tú la has visto, ¡oh Ser Supremo! Reúne en torno mío la innumerable multitud de mis semejantes para que escuchen mis confesiones, lamenten mis flaquezas, se avergüencen de mis miserias. Que cada cual luego descubra su corazón a los pies de tu trono con la misma sinceridad; y después que alguno se atreva a decir en tu presencia: “Yo fui mejor que ese hombre.”

El término autobiografía se ha aplicado irreflexivamente al relato de vida sin tener en cuenta un aspecto clave que los diferencia profundamente. La autobiografía se fundamenta en un ideal al que solo se puede acceder al precio de un largo trabajo con una sola persona. Por el contrario el relato de vida se centra en un episodio cualquiera de la experiencia vivida de una persona que narra o cuenta, con sencillez y naturalidad, sus vivencias, describe el contexto en el que ocurrieron, exterioriza su significado, evalúa su impacto y plantea sus inquietudes.
Un relato de vida nace al hilo de la vida y de la experiencia diaria. La conversación espontánea de dos personas en torno a un café, en el banco de la plaza del pueblo, a los pies de la torre del pueblo que los ha visto crecer, en la calidez de una tarde de otoño contemplando la lluvia golpear el cristal de la ventana o en la quietud de la conversación de un grupo de amigos una noche de verano, constituyen ámbitos de intercambio de vivencia y confidencias que exteriorizan el mosaico multidimensional de la experiencia vivida. Daniel Bertaux afirma que “desde el momento en que aparece la forma narrativa en una conversación y el sujeto la utiliza para examinar  el contenido de su experiencia vivida, entonces decimos  que se trata de un relato de vida” (D. Bertaux, Los relatos de vida, 2005: 36).
Todos somos portadores de ricas experiencias que nos han conformado, nos han tallado como la gubia a la madera, nos han forjado con el fuego al hierro. En dichas narraciones, sin la solemnidad ni la intencionalidad de quien escribe una autobiografía, reflejamos pequeños destellos, cargados de luz y elocuencia, del camino recorrido. Son palabras epifánicas que hacen comprender lo que somos y tenemos. Es un abrir la puerta del corazón a quien queremos hacer partícipe de las pequeñas experiencias que son testimonio elocuente del sentido que orienta nuestra vida.