La creación artística como aceptación de la realidad

Detalle de la fachada del nacimiento de la Sagrada Familia de Gaudí (Barcelona. Diciembre, 2009). Foto: José Antonio Casares

Detalle de la fachada del nacimiento de la Sagrada Familia de Gaudí (Barcelona. Diciembre, 2009). Foto: José Antonio Casares

La creación artística, como proceso complejo, encierra distintas experiencias que el artista refleja en su obra.  Son experiencias complementarias que dibujan procesos internos, que sólo el artista nos puede comunicar. Es su subjetividad  la que nos desvela lo que acontece en su interior al describirnos la genuina relación que se establece con la realidad circundante. Una relación que pasa por la escucha, la contemplación y la aceptación de la grandiosidad de la realidad exterior para convertirse en un nuevo “aedos” de la creación  que canta lo que previamente ha recibido:

 

El creador no es un hombre que construye cosas —como es un hombre que construye cosas el artista—, sino un hombre que espera, que cree, que cree en un alma de la realidad y la espera. «Se oye, no se busca», parece ser que dice Nietzsche. El alma misma de la realidad quiere ser escuchada y, a su vez, escucharnos; para ello, para esa comunicación nos propone algunos senderos materiales: la poesía, la pintura, la escultura, la música. Esos senderos no han sido ideados, inventados por el hombre, sino donados por la naturaleza real misma; por eso no podemos andar por ellos caprichosamente, por gustosidad íntima, ni por vanidad personal, ni por voluntad propia, ni por juego alegre o doliente, sino por obediencia. Ser artista creador no es robarle cosas a la realidad —para luego ser utilizadas en la cínica composición de una obra-objeto—, no es aprovecharse de la realidad, sino aceptarla. No se trata de ahondar en la realidad y perderse en su fondo, perder entonces la realidad externa y aparente, sustituirla por su fondo, por un fondo que, sin ella, sin su carne y su piel, no es más que una abstracción; algo que ha podido, a veces, tentar al mecanismo cerebral, Intelectual, del pensamiento y, por lo tanto, al artista artístico; no se trata —como intentara el surrealismo— de subir a la superficie lo profundo de la realidad, pisoteándola de pasada, es decir, colocando encima lo de debajo, en un vistoso acto subversivo, ligero y necio. El creador es siempre obediencia. La creación brota siempre de un sentimiento y el sentimiento es, claro está, obediente, apegado a su raíz, mientras que el mecanismo cerebral del pensamiento, que es de donde brota el arte artístico, es desobediente y despegado; el sentimiento se ajusta, se aprieta, se aferra, se humilla a lo real, mientras que el pensamiento se separa, se independiza orgullosamente de lo real hasta abismarse. Toda creación verdadera es, pues, servidumbre libre y alegre ante lo real; sólo así la realidad podrá recibirla en su seno, sumarla a su cuerpo. “El creador no es un hombre que construye cosas —como es un hombre que construye cosas el artista—, sino un hombre que espera, que cree, que cree en un alma de la realidad y la espera. «Se oye, no se busca», parece ser que dice Nietzsche. El alma misma de la realidad quiere ser escuchada y, a su vez, escucharnos; para ello, para esa comunicación nos propone algunos senderos materiales: la poesía, la pintura, la escultura, la música. Esos senderos no han sido ideados, inventados por el hombre, sino donados por la naturaleza real misma; por eso no podemos andar por ellos caprichosamente, por gustosidad íntima, ni por vanidad personal, ni por voluntad propia, ni por juego alegre o doliente, sino por obediencia. Ser artista creador no es robarle cosas a la realidad —para luego ser utilizadas en la cínica composición de una obra-objeto—, no es aprovecharse de la realidad, sino  aceptarla. No se trata de ahondar en la realidad y perderse en su fondo, perder entonces la realidad externa y aparente, sustituirla por su fondo, por un fondo que, sin ella, sin su carne y su piel, no es más que una abstracción; algo que ha podido, a veces, tentar al mecanismo cerebral, Intelectual, del pensamiento y, por lo tanto, al artista artístico; no se trata —como intentara el surrealismo— de subir a la superficie lo profundo de la realidad, pisoteándola de pasada, es decir, colocando encima lo de debajo, en un vistoso acto subversivo, ligero y necio. El creador es siempre obediencia. La creación brota siempre de un sentimiento y el sentimiento es, claro está, obediente, apegado a su raíz, mientras que el mecanismo cerebral del pensamiento, que es de donde brota el arte artístico, es desobediente y despegado; el sentimiento se ajusta, se aprieta, se aferra, se humilla a lo real, mientras que el pensamiento se separa, se independiza orgullosamente de lo real hasta abismarse. Toda creación verdadera es, pues, servidumbre libre y alegre ante lo real; sólo así la realidad podrá recibirla en su seno, sumarla a su cuerpo”

(Ramón Gaya, El sentimiento de la pintura. Obras completas, I. 15)

Tags: ,

Deje una respueta.