Archivo del mes enero, 2011

Trasvasando la puerta de la esclavitud

sábado, enero 29th, 2011
Puerta de entrada del campo de concentración de Auschwitz

Puerta de entrada del campo de concentración de Auschwitz

Contra el olvido se yergue la voz del testigo“, comenta Reyes Mate en su obra “Memoria de Auschwitz“. La conmemoración del 66º aniversario de la liberación de los prisioneros de Auschwitz por las tropas soviéticas es un motivo oportuno para recuperar la voz de los testigos que se levantan, como una voz provocativa e interpelante, para denunciar el atropello de la dignidad de la persona humana acaecida en aquellas tumbas abiertas en el corazón de la historia. El testigo recuerda una historia que narra como una experiencia única que va mas allá de toda comprensión. Su testimonio es una puerta abierta que pone en comunicación el pasado con el presente, acercándonos las vivencias que han dejado una cicatriz en la epidermis de la historia, difícil de cerrar, por la que fluyen los gritos de las victimas reclamando justicia. Los testigos de los campos de concentración, al unir en su palabra la fuerza de la narración con la interpelación del testimonio, son una sentencia viva que clama justicia. Silenciar su voz es  condenar al olvido un episodio vergonzante de la historia, suceptible de volver a repetirse en determinados lugares de nuestro planeta. Entre los testigos de la masacre sobresale Primo Levi, quien en su trilogía, nos ha dejado un testimonio cargado de preguntas difíciles de responder. Con motivo de este aniversario recuperamos el relato de la salida del campo de concentración de Auschwitz en la mañana de aquel memorable 27 de enero de 1945.

“La mañana nos trajo las primeras señales de libertad. Llegaron (evidentemente mandados por los rusos) una veintena de civiles polacos, hombres y mujeres, que con escasísimo entusiasmo empezaron a moverse para pone orden y limpieza entre los barracones y llevarse los cadáveres. Hacia mediodía llegó un niño asustado que arrastraba una vaca por el cabezal: nos dio a entender que era para nosotros y que nos la mandaban los rusos, luego abandonó el animal y salió huyendo como quien lleva el diablo. Imposible decir cómo el pobre animal fue muerto en pocos minutos, vaciadas sus entrañas, descuartizado, y cómo sus despojos se esparcieron por todos los rincones del campo donde anidaban los supervivientes. A partir del día siguiente vimos dar vueltas por el campo a más muchachas polacas, pálidas de compasión y de asco: limpiaban a los enfermos y les curaban las heridas lo mejor que podían. También encendieron una hoguera enorme en medio del campo, que alimentaban con los pedazos de los barracones derrumbados, y sobre la que hacían una sopa en recipientes improvisados. Por fin, al tercer día se vio entrar en el campo una carreta de cuatro ruedas guiada festivamente por Yankel, un Häftling: era un joven judío ruso, puede que el único ruso entre los supervivientes y, como tal, se había encontrado naturalmente revestido de la función de intérprete y de oficial de enlace con los mandos soviéticos. Entre sonoros trallazos anunció que estaba encargado de llevar al Lager central de Auschwitz  transformado en un hospital gigante a todos los que quedábamos vivos, en grupos pequeños de treinta o cuarenta al día, empezando por los enfermos más graves. Mientras tanto había empezado el deshielo que temíamos hacía tantos días y a medida que la nieve iba desapareciendo el campo se convertía en una sucia ciénaga. Los cadáveres y las inmundicias hacían irrespirable el aire nebuloso y blando. Y la muerte no había dejado de atacar: morían a decenas los enfermos en sus literas frías, y morían acá y allá, por las carreteras fangosas, como fulminados, los supervivientes más ávidos que, siguiendo ciegamente los impulsos imperiosos de nuestra antigua hambre, se habían atracado con las raciones de carne que los rusos, que seguían enzarzados en combate en frentes no lejanos, nos hacían llegar al campo irregularmente: unas veces poco, otras nada, otras en una abundancia disparatada. Pero de todo cuanto ocurría a mi alrededor yo no me daba cuenta más que de manera intermitente y confusa. Parecía que el cansancio y la enfermedad como bestias feroces y viles, hubiesen estado en acecho al momento en que me despojaba de toda defensa para echárseme encima. Yacía en un torpor febril, consciente sólo a medias, fraternalmente asistido por Charles, atormentado por la sed y por agudos dolores en las articulaciones. No había médicos ni medicinas. Me dolía también la garganta y tenía media cara hinchada: la piel se me había puesto roja y rugosa, y me ardía como si me hubiese quemado; tal vez sufría de muchas enfermedades a la vez. Cuando me llegó la hora de subir a la carreta de Yankel ya no podía tenerme en pie. Me alzaron al carro Charles y Arthur, junto con una carga de moribundos de los que no me sentía muy distinto. Lloviznaba, y el cielo estaba bajo y oscuro. Mientras el lento paso de los caballos de Yankel me arrastraba hacia la lejanísima libertad, desfilaron por última vez ante mis ojos los barracones donde había sufrido y había madurado, la plaza de la Lista en la que se erguían ahora, una cosa al lado de la otra, la horca y un gigantesco árbol de Navidad, y la puerta de la esclavitud sobre la que, ya inútiles, se leían aún las tres palabras  sarcásticas: «Arbeit Macht Frei», «El trabajo nos hace libres»” (Primo Levi, La tregua).
Fuentes:
-Levi, P. (2005). La tregua. Barcelona: El Aleph.
-Mate, R. (2003). Memoria de Auschwitz. Madrid: Trotta.
Alambrada (Granada, 2007). Foto: José Antonio Casares

Alambrada (Granada, 2007). Foto: José Antonio Casares