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Byzas, y la fundación de Bizancio

Domingo, mayo 30th, 2010
Mapa en el que se representa el emplazamiento de la Antigua Bizancio, actual Estambul.

Mapa en el que se representa el emplazamiento de la Antigua Bizancio, actual Estambul.

Los orígenes de Bizancio están rodeados de leyendas míticas. Según la tradición un grupo de megarenses, procedentes de Megara, ciudad griega situada en la gran zona metropolitana de Atenas, dirigidos por el mítico Byzas, realizaron la fundación de Bizancio entre el 660 y el 658 a.C., con la clara intención de dominar el camino del mar por el estratégico paso. Apoyándonos en los testimonios de Hesiquio, Arriano, y Dionisio Bizantino, Byzas era hijo de una ninfa de la zona, Semystra, que se había casado con Phidaleia, hija del rey tracio Barbyzos. Según la leyenda, Byzas había recibido de Apolo, por medio de un oráculo en Delfos, la orden de fundar la colonia “enfrente de los ciegos” (Estrabón VII, 320; Tácito, Anales XII, 63).

Santuario de Apolo en Delfos (Julio, 2009). Foto: José Antonio Casares

Santuario de Apolo en Delfos (Julio, 2009). Foto: José Antonio Casares

Sin embargo, esta leyenda presenta distintas dificultades. Así el nombre del fundador mítico, Byzas, tiene más de tracio que de griego, y por tanto, cabe suponer, que la colonia no se fundara ex novo, sino que fuese una yuxtaposición de aldeas: una existente, cuyo nombre, según Plinio el joven, sería Lygos, habitada por pescadores tracios; y una nueva fundada por los colonos griegos que venían a convivir con los habitantes nativos por medio de pactos y de alianzas.
Si queda en duda la identidad de Byzas, ¿cuál es su función en de este conjunto de leyendas? ¿De dónde procede su identidad?. Byzas, al igual que otros personajes se fueron añadiendo a la memoria y tradición de la ciudad para enaltecer y mitificar el origen de la futura capital del Imperio Romano de Oriente, al igual que Rómulo está en el origen mítico de Roma, capital del Imperio Romano de Occidente.
Por tanto, en el corazón del conjunto de leyendas mitológicas que rodean los orígenes de Bizancio, los historiadores consideran, como hipótesis más plausible, que su fundación fue un proyecto griego en el que participaron los tracios. El acto de fundación constituye una gesta geopolítica de gran envergadura, muy en la línea de la política colonial griega de la época orientada al control de los estrechos, en este caso la peligrosa entrada sur del estrecho del Bósforo, el “Vado de la Vaca“.

Fuentes:

Elvira Barba, M.A. (2004), Las fundaciones de Constantinopla, en M. Cortés Arrese, Elogio de Constantinopla. Cuenca: Ediciones de la Universidad de Castilla la Mancha, 13-28.
Yerasimos, S. (2007),  Constantinopla. La herencia histórica de Estambul. Barcelona: Ullman&Köneman, 8.

Leandro y Hero, una leyenda de amor en el corazón del Bósforo

Domingo, febrero 28th, 2010

La separación de Hero Y Leandro (William Etty)

La separación de Hero Y Leandro (William Etty)

Frecuentemente en la antigüedad el Bósforo se describía como un lugar peligroso y de difícil tránsito por la fuerza de sus corrientes. Polibio en sus Historias (IV, 43) señala que las aguas del Bósforo tras chocar contra unas puntas de Europa llamadas Hestia (quizás un montículo con un templo dedicado a esta diosa en la zona del barrio actual de  Ortaköy, en el extremo nordeste de Estambul), el agua vuelve a lanzarse y se precipita sobre la llamada Vaca, que es el lugar de Asia en donde, según cuenta el mito, Io se detuvo por primera vez una vez cruzó el estrecho. Esa zona se corresponde al barrio actual de Scútari, también llamado en la Antigüedad Crisópolis, lugar en el que se eleva, como una pequeña isla, la llamada “Torre de Hero”, atestiguada por el mismo Estrabón.y  alusiva a la leyenda de Hero y Leandro presente en la mitología  griega.

Hero y Leandro (J.M.W. Turner)

Hero y Leandro (J.M.W. Turner)

La leyenda de Leandro y Hero sitúa en torno a las aguas del Bósforo una historia de amor. En el origen de este mito quizás se encuentre en una leyenda local propia del Helesponto, probablemente popularizada gracias a uno o más escritores helenísticos y luego retomada por los latinos.
Leandro de Abido atravesaba a nado el Helesponto para visitar a su amada Hero, sacerdotisa de Afrodita en Sesto. En su tránsito lo guiaba la luz de una lámpara encendida por Hero. Una noche esta luz es apagada por una fuerte tormenta de verano, pierde su rumbo y parece ahogado. Hero al descubrirlo muerto se arroja desde la torre para morir a su lado.
Ovidio recrea el tema en sus poemas de juventud Heroidum epistolae XVIII, “Leandro a Hero” y XIX, “Hero a Leandro” y alude a la pareja en pasajes de Amores, Ars  y Tristia. Nos centramos en la Heroidum epistolae XIX en la que Hero refleja en su carta dirigida a Leandro los sentimientos que transitan por su corazón ante su ausencia: vacío e insatisfacción; miedo y confianza en su vuelta, pero ante todo el deseo del encuentro que es capaz de superar toda dificultad.

“¡Ven, Leandro, para que de verdad pueda tener la salud que me mandaste por carta y de palabra! Inmenso es para mí el tiempo que retrasa mis placeres. ¡Perdóname la confesión! Soy impaciente en mi pasión. El mismo fuego nos abrasa, pero mis fuerzas no son las mismas; sospecho que los hombres tienen un natural más fuerte. Igual que lo es su cuerpo, es débil el corazón de las muchachas; añade más tiempo a tu demora y moriré. Vosotros, ya cazando, o ya ocupándoos de la rica tierra, pasáis largas temporadas en diversos entretenimientos. O bien os retienen los foros, o los regalos de la pringosa palestra, o gobernáis la brida de un caballo bien domado; ya cogéis el pájaro a lazo, ya el pez con anzuelo; y las últimas horas se diluyen con los vinos por delante. A mí, privada de todo eso, aun si me abrasara un fuego más suave, no me queda otra cosa que hacer sino amar. Y eso que me queda es lo que hago, amarte, oh mi único placer, y amarte más de lo que se me puede corres¬ponder. O bien cuchicheo con mi nodriza cosas de ti y le pregunto extrañada qué causa hay que retrase tu partida, o miro al mar y casi con tus mismas palabras insulto las aguas revueltas por el odioso viento, o cuando la malvada ola abandona por un tiempo su crueldad, me lamento de que, pudiendo venir ya, no quieres, y mientras me lamento llueven lágrimas de mis ojos enamorados, que mi anciana cómplice seca con sus temblorosos dedos. Muchas veces miro si en la orilla están tus pasos, como si conservara la arena las marcas sobre ella; y para preguntar por ti o escribirte pregunto si alguien viene de Abido o si alguien para Abido sale. ¿Qué voy a contarte de los muchos besos que doy a la ropa que te quitas antes de meterte en las aguas del Helesponto? Así, cuando se ha ido ya la luz, y la noche, el momento más amigo, expulsa al día y muestra las brillantes estrellas, en seguida dejo el farol, que no duerme, en lo alto de la almena, señal y guía del camino de siempre, y nos ponemos a dar vueltas al huso y a retorcer las hebras para engañar la larga espera en labores propias de mujeres. ¿Me preguntas de qué hablo durante tanto rato? Otra cosa no hay en mis labios que el nombre de Leandro. <¿Tú crees que habrá salido ya mi alegría de su casa, ama, o estarán todos despiertos y teme a los suyos? ¿Tú crees que ya se habrá quitado la ropa y que estará untándose el cuerpo de pringoso aceite?> Ella hace una especie de asentimiento, no porque le importen nuestros besos, sino porque el sueño traicionero le mueve su cabeza de anciana. Y al cabo de un momentito le digo: <Seguro que ya navega y ya sus flexibles brazos a golpes hienden las aguas>. Y cuando no he hecho sino unas pocas hebras que tocan el suelo, me pre¬gunto si estarás tal vez en la mitad del mar. Y ya miro a lo lejos, ya pido con voz temblorosa que una brisa favorable te haga fácil el camino. Mientras, a mis oídos llegan unas voces y yo me creo que cualquier ruido es el de tu llegada.
Así, cuando entre desengaños ha pasado la mayor parte de la noche, a mis ojos cansados les sorprende el sopor. Y es posible que tú, malvado, duermas conmigo a disgusto y que vengas pese a que no quieres venir. Porque me parece que te veo nadando ya cerca, y ahora creo que echas tus brazos mojados a mis hombros, ahora creo que te pongo el mismo manto de siempre por tu cuerpo empapado, ahora creo que en tu seno calientas mi pecho; y muchas más cosas que tiene que callar una lengua pudorosa, cosas que da gusto hacer, pero da vergüenza contar. ¡Pobre de mí! ¡Placer breve e irreal es ése, porque siempre te sueles ir tú detrás de mi sueño! ¡Ojalá que lleguemos un día a unirnos más fuerte los ardientes amantes y que a nuestro placer no le falte verdadera realidad! ¿Por qué he pasado fría tantas noches solitarias, por qué me faltas tantas veces, descuidado nadador? Reconozco que todavía el mar no está disponible para nadar; pero ayer por la noche hizo un viento más suave. ¿Por qué no lo aprovechaste? ¿Por qué temías lo que no iba a pasar? ¿Por qué se malogró un viaje tan bueno y no emprendiste el camino? Aunque se te ofrezca en seguida una ocasión parecida de salir, la otra era más buena, sólo porque era anterior. <Pero el hondo mar se agita y cambia de aspecto en un instante>. Muchas veces, cuando te aligeras, llegas en menos tiempo. Yo creo que si el mal tiempo te cogiera aquí no tendrías nada de qué quejarte, y conmigo abrazada a ti jamás él te haría daño. Entonces yo sí que iba a escuchar feliz los vientos silbar y suplicaría que nunca estuvieran tranquilas las aguas. ¿Qué ha pasado entonces para que te hayas vuelto tan temeroso de las olas y respetes tanto al mar que antes desafiabas? Yo me acuerdo haberte visto llegar con el mar no menos cruel y amenazador que ahora, o no mucho menos; cuando te gritaba: ‘Arriésgate de manera que no tenga que llorar tu valor esta desgraciada’. ¿De dónde este extraño temor? ¿Dónde se ha ido aquella valentía? ¿Dónde está aquel gran nadador que desdeñaba al mar? Pero mejor es que seas así que como antes solías ser, y que recorras seguro tu ruta por aguas tranquilas, con tal de que sigas siendo el mismo, con tal de que me quieras como en tu carta, y aquella llama no se haga fría ceniza. No temo tanto que los vientos retrasen mis deseos como que tu amor, igual que este viento, ande errante; que ya no valga yo tanto la pena, y que los peligros superen a su causa y que veas en mí una recompensa más pequeña que el esfuerzo. A veces temo que mi lugar de nacimiento me perjudique y que se diga de mí que una muchacha tracia no está a la altura de un esposo abideno. Pero todo lo puedo soportar con paciencia menos que pases el tiempo enredado con cualquier rival, todo menos que los brazos de otra te rodeen el cuello y que con el nuevo amor llegue el final del nuestro. ¡Ay! Mejor morir que verme herida por ese crimen, mejor que mi muerte llegue antes que tu pecado. No digo estas cosas porque me hayas dado indicios del mal que se avecina, ni angustiada por un rumor reciente. Pero todo me da miedo, ¿o quién ha amado libre de angustias? La lejanía obliga a los ausentes a tener más miedo. ¡Qué suerte tienen esas que su presencia les obliga a darse cuenta de las faltas verdaderas, pero les impide temer las falsas! A mí tanto me afecta una infidelidad que no existe como se me escapa la verdadera, y uno y otro error me provocan la misma desazón. ¡Ay, ojalá llegues, o que sea el viento o tu padre, pero nunca una mujer, el motivo de tu retraso! Porque si me entero de alguna, me moriré, créeme, de dolor. Fáltame cuanto antes si buscas mi muerte. Pero ni tú me vas a faltar, ni yo tengo motivos para estos temores, y es el temporal envidioso el que lucha porque no llegues. ¡Ay de mí! ¡Qué olas tan enormes castigan la playa, y cómo desaparece la luz del día oculta por oscuras nubes! Quizá la piadosa madre de Hele haya venido al Ponto y rocía las aguas llorando a su hija ahogada ¿O quizá es su madrastra, convertida en diosa marina, la que castiga al mar conocido con el odiado nombre de su hijastra? Este sitio no es bueno, como está ahora, para las tiernas muchachas; por culpa de esta agua murió Hele, y por ellas sufro también yo. Pero ningún amor se debería ver contrariado con vientos por tu culpa, Neptuno, fiel a tu fuego: si no son vanos rumores de falsos delitos lo de Amimone y lo de Tiro, tan famosa por su belleza, y lo de la reluciente Alcíone, Ceix, y la hija de Hecateón y lo de Medusa, cuando su melena todavía no es¬taba atada con serpientes, y lo de la rubia Laódice, y Celeno, admitida en el cielo, y lo de muchas que recuerdo haber leído. Los poetas cantan que éstas al menos, y muchas otras, fueron, Neptuno, las que juntaron su delicado cuerpo con tu cuerpo. ¿Por qué, entonces, tú, que tantas veces has sentido los embates del amor, nos cierras con torbellinos el camino acostumbrado? ¡Basta, enemigo fiero! Traba tus combates con el ancho mar. Éste es un pequeño trecho de agua que separa dos continentes. A ti te cuadra chocar tu grandeza contra grandes barcos, o incluso enzarzarte con flotas enteras. Pero es una vergüenza que el dios del mar asuste a un joven nadador, es una hazaña indigna incluso de un estanque cualquiera. Él es, además, de noble e ilustre cuna, pero no se remonta su raza a tu odiado Ulises. Perdónalo y sálvanos a los dos; nada uno solo, pero de las mismas aguas dependen el cuerpo de Leandro y mis esperanzas. Y chisporrotea la luz -pues escribo al pie de ella-, chisporrotea y me da prósperas señales. A esto que mi ama vierte vino sobre las faustas llamas, y dice: <Mañana seremos más>, y bebió ella también. ¡Haz que seamos más, nadando y venciendo al mar, oh tú que formas parte de lo más hondo de mi corazón! Vuelve a tu campamento, desertor de tu amor y tu alianza. ¿Por qué se pone mi cuerpo en la mitad de la cama? No hay de qué temer; la propia Venus te ayudará en el peligro y ella, hija del mar, te extenderá en el mar un sendero. Muchas veces me entran gamas a mí misma de ir por las olas, pero veo que este mar suele ser más seguro para los hombres. ¿O por qué, si no, cuando Frixo y su hermana viajaron los dos por él, sólo la mujer dio nombre a este ancho mar? ¿Quizá temes que no haya tiempo suficiente para la vuelta, o que no puedas resistir el peso del doble esfuerzo? Pues acudamos a encontrarnos en medio del mar y crucemos nuestros besos allí en la superficie de las aguas, y después volvamos cada uno de nuevo a muestra ciudad; poca cosa, pero al menos será más que nada. Ojalá quisiera ceder ya este pudor que nos obliga a amarnos en secreto, o ya muestro amor, tan temeroso de las habladurías. Ahora luchan la pasión y la ver¬güenza, dos cosas que mal se avienen. No sé a cuál le haré caso; la una conviene, la otra gusta. Una vez que entró en la Cólquide Jasón el pagáseo, se llevó a la del Fasis montada en su nave ligera; una vez que llegó el seductor del Ida a Lacedemonia , en cuanto pudo se volvió con su botín. Tú, cuantas veces vienes en busca de tu amor, otras tantas lo abandonas, y aunque haya peligro para las naves, vuelves nadando. Sin embargo, galán vencedor de las enfurecidas aguas, procura desafiar al mar de tal manera que a la vez lo respetes. El mar hunde naves construidas con sabiduría; ¿crees tú que tus brazos van a ser más que los remos? Tú deseas nadar, y nadar les da miedo a los marineros; porque suele ser el escape de las naves naufragadas. ¡Pobre de mí! Deseo no convencerte de lo que te aconsejo, sé, válgame el cielo, más valiente de lo que lo son mis con¬sejos, con tal de que llegues aquí y me eches al cuello los brazos cansados de tanto agitar el mar. Pero a mí cada vez que me pongo frente al azul de las olas un no sé qué es¬pantoso me sobrecoge y me hiela el pecho. No memos me preocupa la visión de ayer por la moche, aunque la he ex¬piado con sacrificios. Era casi al amanecer, cuando ya la lámpara dormitaba, en ese momento en que aparecen los sueños verídicos las hebras se me cayeron de entre las manos, rendidas por el sopor, y dejé que en la almohada se recostase mi cuello. En esto que me pareció ver sin lugar a dudas un delfín que nadaba por las olas azotadas por el viento: el oleaje lo estrelló contra la esponjosa arena, y en ese instante, a la vez que el agua, lo abandonó al pobre la vida. Me da miedo, sea lo que sea; y en cuanto a ti, no te rías de mis sueños y no confíes tus brazos al mar si no está en calma. Si no por compasión hacia ti, por compasión hacia la mujer que amas, que nunca estará a salvo sí tú no lo estás. Sin embargo hay esperanza de una próxima tregua en las alborotadas aguas; surca entonces las aguas serenas con ánimo despreocupado. Mientras tanto, ya que no es transitable el mar para un nadador, que esta carta que te mando dulcifique la odiosa demora”.

(OVIDIO.  Cartas de las heroínas, 19 [Traducción: Vicente Cristóbal López])

Hero y Leandro (Etty William)

Hero y Leandro (Etty William)

Las Simplegades, símbolo de la libertad del paso del estrecho del Bósforo

Viernes, febrero 5th, 2010
Estrecho del Bósforo (Enero, 2009). Foto: José Antonio Casares

Estrecho del Bósforo (Enero, 2009). Foto: José Antonio Casares

La importancia del paso del Bósforo y su peligrosidad, a cuyas laderas se asienta la ciudad de Estambul, antigua Constantinopla o Bizancio, hizo  que su historia no estuviese ausente del mundo de la mitología griega, en concreto los episodios de la búsqueda del Vellocino de Oro.
Según el testimonio de Apolonio de Rodas, en su Argonautica, Fineo había advertido a Jason y a los Argonautas que en su camino encontrarían unas rocas llamadas Simplegades, Planctai o Cianeas, que causaban el pánico de los viajeros. Dichas rocas, envueltas en una niebla espesa, defendían la entrada del Bósforo haciendo de él un lugar intransitable. Cuando un barco trataba de pasar entre ellas se unían y lo aplastaban impidiendo el tránsito.
Por consejo de Fineo, cuando la expedición llegó junto a tales escollos móviles, Eufemo soltó una paloma para que volase delante de Argo. Tan pronto las rocas notaron su presencia se unieron y cortaron las plumas de la cola de la paloma para, acto seguido, retroceder. Los Argonautas aprovecharon este momento para pasar remando a toda velocidad, ayudados por Atenea y la lira de Orfeo, y así sólo perdieron  el ornamento de la popa.
A partir de entonces, y de acuerdo con una profecía, las rocas quedaron fijas, una a cada lado del estrecho, y aunque la fuerza de la corriente hacía la nave inmanejable, los Argonautas tiraron de sus remos hasta que quedaron doblados como arcos y pudieron adentrarse en las aguas del Mar Negro.
Sin entrar en la veracidad de la historia, la clave del mito radica en la libertad de los estrechos conseguida por los Argonautas y mantenida en lo sucesivo por los navíos procedentes del sur. Las Simplegadas pasaron a ser, desde esta perspectiva, el símbolo de la libre travesía del Bósforo como paso hacia un mundo nuevo.

Fuentes: Graves, R.(1990), Los Mitos Griegos, 2. Madrid: Alianza Editorial; Yerasimos, S. (2007), Constantinopla. La herencia histórica de Estambul. París: Mengès.

La lampara de la Mezquita

Lunes, diciembre 14th, 2009

Interior de la Mezquita Azul (Estambul. Enero, 2009). Foto: Jose Martos

Interior de la Mezquita Azul (Estambul. Enero, 2009). Foto: Jose Martos

Una de las imágenes que más impacta al entrar en una mezquita son las grandes lámparas que cuelgan de sus cúpulas. Nada más traspasar el dintel que da acceso al interior de la Mezquita Azul hace que dejes atrás el barullo de gente que rodea la inmediaciones del edificio, y en concreto el patio de la ablucciones. La luz ténue, el olor a aceite pefumado que desprende la gran lámpara que cuelga de sus cúpulas azules generan un ambiente que invita al recogimiento y al silencio. Pero, ¿qué sentido tienen estas lámparas, además de iluminar el interior.? Para comprender su sentido hay que remontarse a la vida de Mahoma. Su historia está envuelta por un cúmulo de hechos milagrosos y casi mágicos. Hay un episodio de la leyenda que nos ayuda a adentrarnos en el sentido de la gran lámpara que, por su forma, recuerda una gran tela de araña. En un momento de persecución y huida de Mahoma de sus enemigos, el Profeta se refugia en una cueva. La aparición milagrosa de una tela de araña en la boca de la cueva disuadió a los perseguidores de su presencia, haciendo que Mahoma escapara de ellos, llegara a Medina y fundara la primera comunidad musulmana. La lámpara de las mezquitas recuerdan al musulman el cuidado la protección que Alá tiene sobre el creyente.

Tarantela

Domingo, octubre 25th, 2009

Danzas en la música del Laúd, Guitarra y Vihuela. Foto: F. Herrera y M. Weber

Danzas en la música del Laúd, Guitarra y Vihuela. Foto: F. Herrera y M. Weber

La tarantela es un baile popular del sur de Italia, de las regiones italianas de Apulia, Basilicata, Calabria, Molise, Campania y Sicilia. Para algunos el nombre de esta danza napolitana, originaria de Tarento, procede del término tarántula, araña de ocho patas, dos grandes palpos maxilares, y un cefalotórax de color ceniciento cuyo cuerpo mide unos tres centímetros de largo.
El origen de la tarantela es muy antiguo, vinculado al ámbito litúrgico, ritual y terapéutico. En efecto, esta danza medicinal se bailaba en las procesiones paganas del siglo XV; las personas víctimas de la picadura de la tarántula, se entregaban de cuerpo y alma a un baile desenfrenado para poder curarse. Hasta muy entrado el siglo XX, en Sicilia y en Aragón, persistía la costumbre de danzar la tarantela con el fin de curar los efectos producidos por la mordedura de la araña. Dice Covarrubias, en el Tesoro de la Lengua Castellana (1611), que la mordedura de la tarántula “se cura al son de instrumentos, porque el paciente, moviéndose al compás del son, disimula su mal”. La tarantela ritual y simbólica, iba acompañada de músicos terapeutas que tenía un papel muy importante durante el curso de esta ceremonia; eran estos mismos terapeutas los que se encargaban  de hacer bailar al “tarantulado” por los siguientes tonos: LA mayor, RE mayor, Re menor y La menor. El grupo de músicos estaba integrado por un guitarrista, un tocador de bandurria, un violinista y un acordeonista. Así el Padre Athanasius Kirche (1601-1680) en su tratado Magnes sive De arte magnetica (Roma, 1641), cita la tarantela entre los ejemplos de aires musicales que estaban considerados en la tradición popular como un remedio contra el tarantulismo.
Encontramos diversos testimonios del uso terapeútico de la tarantela. Algunos a reconociendo su poder sanador:

“De cualquier modo que se haga la música, de viva voz o con instrumentos, con tal que la sonata sea proporcionada al veneno, cesa el tarantulismo aunque el enfermo parezca en el último extremo. La guitarra y el violín son los más usados pero es de creer que aun en los más groseros, como la zampoña o la flauta pastoril, hagan el mismo efecto si con ellos se toca la tarantela u otro análogo, las chirimías, dulzaínas y otros instrumentos de aire que forman un sonido agudo y pentrante como el clarín, clarinete, etc, les cansarán más pronto. Y sería más acertado experimentarla. Tocando la tarantela u otra sonata adecuada al veneno, comienza el paciente a mover los dedos de los pies y manos, sintiendo al mismo tiempo alegría y alivio en los síntomas, sigue después el movimiento de todos los miembros, crece este hasta el punto en pie y empieza a bailar con tal fuerza y velocidad y arreglo como si fuera el más diestro maestro de danza, causando admiración de los circunstantes. En tal modo nota las disonancias y percibe cualquier golpe mal dado, y mucho más si lánguidamente la sigue el tocador o de intento muda de tocata. Entonces suspende el baile, se queja lastimosamente, padece varias  contorsiones en todo el cuerpo, cae desmayado en tierra si no lo sostienen y encarecidamente ruega que no toquen aquel son y vuelvan a la tarantela. Empezada esta, torna a bailar con igual velocidad y compás, suda, se le pone en la cama y toma caldo u otro alimento ligero, sigue el sudor y desvanecido este vuelve al baile del mismo modo y por igual música. Se repite esto varias veces, hasta que aquella no le mueve, creyéndole entonces curado. Si llegó el remedio a tiempo, antes que el veneno se radicase o imprimiese altamente en alguna entraña (que, cuando esto sucede, es en el estómago o corazón) y se acertó con la sonata, es curado brevemente el enfermo en el espacio de cuatro días por lo regular, aun cuando no faltan historias de las nuestras en que se extendió el baile a más tiempo para lograr la curación” (Francisco Cid, Efectos de la música en los tarantulados).

Otros contemplan con cierto recelo el poder curativo ante las picaduras de las tarántulas:

“Pero concediendo a la tarantela alguna virtud para la curación de la picadura de la tarántula, creo yo que resulta esta de la alegría que infunden ciertas composiciones de música y su modo de obrar sobre el sistema nervioso; de la influencia de la tarantela sobre la imaginación de los pacientes infundiéndoles una  consoladora esperanza, y del sudor copioso que produce movimiento tan agitado, en un país cálido, durante el rigor del verano y en una habitación  atestada de curiosos que presencian el espectáculo; siendo muy probable que otra tocata cualquiera, igualmente alegre y bailable, produjese igual efecto en un país donde no sea conocida la tarantela, si es que allí se lograba hacer bailar al enfermo faltándole la preocupación  que sin duda hace el principal gasto. En apoyo de este parecer viene el hecho del tarantulado que se curó bailando el minué” (Auguste Theodor Vidal de Cassis, Tratado de patología externa y de medicina operatoria).

La tarantela profana que se baila actualmente, es completamente diferente de la precedente, tanto por su ritmo, como por su coreografía;  es una danza viva, alegre, a veces violenta, comportando ritmos de 6/8, 12/8, y 3/4, con música compuesta de tresillos repetidos que,  según autores “electrificaban” y hacían desvanecer a los enfermos…”; se bailaba por una o varias parejas cogidas de la mano; cuando la pareja se separaba, el acompañante perseguía a su compañera; cuando eran varios, se asemejaba a una especie de desfile parecido a una farándula.
Con o sin poder taumatúrgico encontramos bellos ejemplos de tarantelas que son capaces de conmover y suscitar sentimientos de alegría y gozo.