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El nombre de “Baelo Claudia”

Lunes, febrero 28th, 2011

Dos son las fuentes documentales por los que conocemos el nombre de la ciudad de Baelo: las inscripciones de las monedas y los textos de autores griegos y latinos.

Moneda de la ciudad de Baelo Claudia. Foto: Comunidad Numística

En las monedas que la ciudad acuñó durante la época republicana aparece su nombre escrito como Bailo. También aparece el nombre grabado con caracteres libio-fenicios en algunas monedas que llevan una inscripción bilingüe, en la forma Byl´nn, que probablemente se pronunciara Bailonem o Bailonin.

El segundo grupo de testimonios proceden de algunos textos antiguos, escritos por diversos autores griegos y latinos, en los que se transmite el nombre de la ciudad con formas ligeramente distintas:

Belon, Estrabón, Greografía, III, I.8, hacia el  año 18 d.C.
Baelo, Plinio, Historia Natural, III, 7 y V, 2, el año 77 d.c.
Bello, Pomponio Mela, oriundo de la vecina ciudad de Iulia Tingentera, la actual Algeciras, en su Corografia, II, 96, hacia el año 40 d.C.
Bailon, Ptolomeo, Geografía, II, 4, 5, hacia el año 150 d.C.
Belo, Solino, De las cosas maravillosas del mundo, hacia el año 260 d.C.
Belo Claudia, en el Itinerario de Antonino, 407, 3, guía de caminos de fines del siglo III d.C.
Belon, Marciano de Heraclea, Periplo del mar exterior, hacia el año 400 d.C.
Belos, Esteban de Bizancio, Étnicas, hacia fines del siglo V.
Belo, Anónimo de Ravena, Cosmografía, 305, 15 hacia fines del siglo VII.
Bailo, Juan Tzetzés, Las quiliadas, VIII, 710. a principios del siglo XII.

Fuente:

Sillières, P. (1997), Baelo Claudia: una ciudad romana de la Bética. Sevilla: Casa de Velazquez.

La segunda fundación de Bizancio

Domingo, octubre 24th, 2010

Bizancio tras ser asociada a Roma pasó a ser el quicio del Imperio Romano. Hacia ella confluía la vía Egnatia que, partiendo desde Roma, atravesaba el Adriático y los Balcanes, conducía a las legiones hacia los campamentos orientales y propiciaba el intercambio comercial entre una las dos caras del imperio.

Descripción de la Vía Egnatia. Foto: Eric Gaba. Disponible en Wikimedia Commons

Descripción de la Vía Egnatia. Foto: Eric Gaba. Disponible en Wikimedia Commons

Bizancio tras ser asociada a Roma pasó a ser el quicio del Imperio Romano. Hacia ella confluía la Vía Egnatia que, continuando la Vía Appia, atravesaba el Adriático y los Balcanes, para conducir a las legiones hacia los campamentos orientales y propiciar el intercambio comercial entre una las dos caras del imperio.
Aureus Septimius Severus. Foto: Classical Numismatic Group, Inc. Disponible en Wikimedia Commonsnible en

Aureus Septimius Severus. Foto: Classical Numismatic Group, Inc. Disponible en Wikimedia Commons

Bizancio vivió una época de esplendor durante la Pax Romana. Dicha etapa de prosperidad se vio interrumpida  a finales del siglo II d. C. se vio envuelta en las crueles guerras civiles que siguieron a la muerte de Commodo (161-180 d.C.). En esta situación política Bizancio cometió el error de apoyar a Pescenio Nigro frente a Septimio Severo (193-211 d.C.), proclamado emperador  por el ejercito en el Danubio. La ciudad pagó con dureza el apoyo al rival de Septimio Severo, el cual, alcanzó las murallas de Bizancio y  la sometió a un asedio de tres años (193-196 d. C.). La fortaleza de las murallas, legendariamente inexpugnables, finalmente no pudieron resistir los ataques del ejercito del emperador, dejando expuesta a la ciudad a la crueldad de un  saqueo en el verano del 196. Bizancio fue tomada y destruida. Septimio Severo la rebajó al estatus de barriada, perdiendo su estatus de ciudad independiente,  y otorgó sus prerrogativas a Perinto (Heraclea, la actual Marmara Ereglisi), en la orilla europea del mar de Marmara.

El emperador no tardó mucho tiempo en darse cuenta del desacierto estratégico que suponía la destrucción de Bizancio como fruto  de las represalias ante el apoyo de su rival. El cambio de parecer de Septimio Severo propició la reconstrucción de Bizancio, es decir, su segunda fundación. Los historiadores presentan este hecho como una concesión a su hijo Antonino Caracalla.  Elio Esparciano rememora este momento al hacer la semblanza del emperador Caracalla en la Historia Augusta:
“con su mediación  logró devolver sus antiguos derechos a los habitantes de Antioquía y Bizancio, contra los que Severo se había irritado por ayudar a Nigro” (13. 1,7).
Antonina , nuevo nombre que recibió la ciudad en honor  al hijo del emperador, Antonino Caracalla, pronto recuperó el nombre de Bizancio. A raíz de los trabajos de reconstrucción  la concibieron como una ciudad nueva,  aunque en un primer momento no se reconstruyeron las murallas, ni se amplió su espacio. La novedad radica en la renovación arquitectónica que se acometió para  modificar el tejido urbano. Se restauraron templos y edificios destruidos, como el  Strategion, antigua sede del gobierno en la ciudad griega; dichos edificios se reconstruyen siguiendo nuevos modelos para dar a la antigua ciudad griega  un aspecto romano. Entre las grandes obras que acomete el emperador, y continuarán sus sucesores, se pueden destacar  la monumentalización de la Mese, vía que unía la puerta principal de la muralla con la plaza central, y del Testrastoon, espacio rectangular y porticado, a modo de foro, situado en el lugar de la antigua ágora. Junto al Testrastoon se construyó un Hipódromo – siguiendo el modelo del Circo Máximo de Roma- y junto a él, en el lugar que ocupaba la estatua de Helio Zeuxippos, se ubicaron las Termas de Zeuxippos, según el esquema tradicional de las termas imperiales. En la antigua acrópolis se situó un teatro y el llamado Kinegeion, probablemente un anfiteatro para venationes.
En el 211, a la muerte de Septimio Severo, se planteó   la división del imperio entre sus hijos Caracalla, que conservaría Occidente con Roma como capital, y su hermano Geta, que se instalaría en Antioquía o en Alejandría para reinar sobre Oriente. Este proyecto, de haberse llevado a cabo, habría convertido a Bizancio en una ciudad fronteriza, olvidando su vocación de ser puente de unión entre norte y sur, este y oeste. Este primer intento de división no llegó a hacerse realidad, ya que Caracalla, después de asesinar a su hermano, reinó en solitario sobre todo el imperio.
Imagen del emperador Galieno, representada en un sestercio. Foto: Classical Numismatic Group, Inc. Disponible en: Wikimedia Commons

Imagen del emperador Galieno, representada en un sestercio. Foto: Classical Numismatic Group, Inc. Disponible en: Wikimedia Commons

La agitada vida política que atravesó el imperio pronto se hizo eco en la ciudad, olvidándose el sueño de esplendor que se aventuraba a raíz de la reconstrucción. Trebelio Polión en el capítulo de la Historia Augusta dedicado al emperador Galieno (252-260 d.C.)  describe algunos episodios de la vida de Bizancio que reflejan la situación de anarquía que reinaba en el imperio. De nuevo la destrucción y la desolación acampa sobre la ciudad:

“Para que en la época de su reinado no faltase ninguna desgracia, la ciudad de Bizancio, famosa por las guerras navales y  puerto del Ponto, fue destruida de tal manera por los soldados del propio Galieno que no hubo ni un solo superviviente. Y no se podía encontrar entre los bizantinos una familia antigua si no fuera porque alguno, ocupado en un viaje o enrolado en el ejercito, se libró de la matanza y pudo representar la antigüedad o nobleza de su linaje. (Galieno), finalmente, marchó a Bizancio para vengar a sus habitantes y , aunque no pensaba que pudiera ser recibido dentro de los muros de la ciudad, se le permitió la entrada al día siguiente mediante un acuerdo; pero, después, rompió éste y dio muerte a todos los soldados, que desarmados se hallaban rodeados en círculos por los contingentes del emperador” (6,8 a 7.2).
FUENTES:
-ELVIRA BARBA, M.A. (2004), Las fundaciones de Constantinopla, en M. Cortés Arrese, Elogio de Constantinopla. Cuenca: Ediciones de la Universidad de Castilla la Mancha, 13-28.
-PICÓN, V., CASCÓN, A. (1989), Historia Augusta.  Akal: Madrid.
-YERASIMOS, S. (2007),  Constantinopla. La herencia histórica de Estambul. Barcelona: Ullman&Köneman.

 

La ceremonia de la boda romana

Sábado, octubre 10th, 2009
Ruinas romanas de Bolonia (Octubre, 2008)

Ruinas romanas de Bolonia (Octubre, 2008)

“En el día de sus esponsales, la novia, cuyo cabello había sido recogido la noche anterior en una redecilla roja, se vestía con las ropas que requería la costumbre: en primer lugar, se ponía una túnica lisa –túnica recta- ceñida por un cinturón  de lana con doble nudo, el cingulum herculeum, sobre la que luego se colocaba un manto o palla de color azafrán, a juego  con las sandalias. En el cuello llevaba un collar de metal; el tocado estaba formado por seis rodetes trenzados y postizos que se colocaban  sobre el cabello y estaban separados por cintas o seni crines; era el mismo tocado  que llevaban las Vestales durante todo su ministerio. Un flamante velo naranja, de aquí su nombre de flammeum, escondía púdicamente la parte superior del rostro y cubría el tocado; finalmente se colocaba una  corona trenzada con mejorana y verbena, en tiempos de César y de Augusto, y con mirto y flor de naranjo en épocas posteriores. Una vez preparada y en compañía de los suyos, recibía al novio, a su familia y a los amigos. Entonces acudían  todos juntos a un santuario cercano o al atrium de la casa para ofrecer un sacrificio a los dioses. Cuando  la inmolación  del animal elegido para la ocasión , algunas veces un cordero, ocasionalmente un buey y casi siempre un cerdo, había sido consumada, intervenían los auspex y los testigos. Estos, unas diez personas elegidas normalmente de ambos grupos, se limitaban a poner sus sellos sobre el contrato de matrimonio, cuando lo había, como simples comparsas sin voz. El auspex, vocablo intraducible que designa una función de augur familiar o privado, era indispensable en la ceremonia a pesar de no tener investidura sacerdotal ni peso oficial. Tras examinar las entrañas del animal, transmitía los buenos auspicios a la pareja, ya que de no ser así era señal de que los dioses rechazaban  la unión y, por tanto, el matrimonio no podía ser válido. Si los augurios eran favorables, los novios se intercambiaban ante su presencia su mutuo consentimiento con una fórmula en la que parecían fundirse tanto sus vidas como sus voluntades: Ubi tu Gaius, ego Gaia. Entonces culminaba el rito y los asistentes prorrumpían en aclamaciones deseándoles buenos augurios: Feliciter! (Que la felicidad sea con vosotros). Su alegría se prolongaba en una fiesta que no terminaba hasta que caía la noche, momento en el que era obligado arrancar a la recién casada de los brazos de su madre y arrastrarla a la casa de su esposo. Un cortejo de flautistas seguidos por cinco ‹‹portantorchas›› abrían la comitiva. A lo largo del camino, todos cantaban  alegres y picarescas canciones. Poco antes de llegar, llamaban  a los niños y les tiraban nueces, esas nueces con las que la esposa jugaba de niña y cuya resonancia en el empedrado de la calle era presagio de una dicha fecunda. Ya cerca de la casa, tres amigos del marido se adelantaban. El paraninfo o pronubus, padrino de honor, llevaba la antorcha nupcial hecha de espino blanco fuertemente trenzado; los otros  dos se hacían cargo de la novia, la cogían en brazos y la hacían cruzar , sin que sus pies tocasen el suelo, el umbral de su nuevo hogar engalanado con colgaduras blancas y ramas verdes. Tres damas de honor entraban  detrás de la nova nupta; dos de ellas llevaban, una el bastidor  de la novia y otra su huso, signos evidentes de sus virtudes y habilidades domésticas. Después de que el marido le ofreciera  el agua y el fuego, la tercera, en realidad la primera dama de honor, o prónuba, la conducía al lecho nunpcial, momento en que el marido la invitaba a tomar posesión de su sitio; luego le quitaba la palla y desanudaba el nodus herculeus de su cintura, mientras los asistentes se retiraban con la discreción y la prisa que requerían la buena educación y la tradición.”

(Jérôme Carcopino, La vida cotidiana en Roma en el Apogeo del Imperio)