Constantinopla, el abrazo eterno del mar

diciembre 31st, 2009

Puente que une la zona asiática con la europea en la ciudad de Estambul (Enero, 2009). Foto: Jose Martos

Puente que une la zona asiática con la europea en la ciudad de Estambul (Enero, 2009). Foto: Jose Martos

La península rocosa sobre la que se situaba la antigua ciudad de Constantinopla, la actual Estambul, está situada en un lugar estratégico a caballo entre dos continentes. Ubicada en la línea divisoria entre dos universos, la ciudad estaba llamada a controlar tanto el itinerario terrestre desde Europa central hacia el Asia Menor por los Balcanes, como el paso marítimo  entre el sur de Rusia y el Mediterráneo a través del mar Negro. Su belleza y esplendor inspiró bellas páginas en la literatura antigua. Una de las más bellas descripciones del emplazamiento de la ciudad es la que nos ofrece Procopio de Cesarea, el destacado historiador bizantino del siglo VI, al que debemos gran parte de la información sobre el reinado del emperador Justiniano. En efecto, en su obra Tratado de los edificios, panegírico destinado a describir las numerosas obras públicas realizadas por el emperador Justiniano, prototipo de gobernante cristiano, encontramos esta descripción del  singular emplazamiento de Constantinopla , que hace posible que se funda en un abrazo con el mar por medio de los brazos de agua que la rodean:

“Entre las bienaventuranzas que colman la ciudad, el mar se despliega magníficamente a su alrededor, formando bahías curvas, que se cierran en brazos estrechos o se abren ampliamente; ello hace la ciudad excepcionalmente hermosa y ofrece a los navegantes el refugio de puertos tranquilos, que garantizan a su vez a la ciudad todas las necesidades de la existencia y le prodigan todas las cosas útiles en abundancia. Porque, en realidad, son dos mares los que comunican con ella, el Egeo por un lado, y del otro, el llamado Ponto Euxino; ambos  se unen al este de la ciudad, y al someter la tierra firme al asalto de sus masas de agua fundidas, realzan la belleza de la ciudad que rodea. La urbe está pues circundada por tres estrechos que se abren el uno sobre el otro, dispuestos de tal manera que adornan la ciudad al mismo tiempo que la sirven, todos navegables de maravilla, y cada uno capaz de alegrar la mirada y de ofrecer todo su espacio para la navegación. El del centro [el Bósforo], procedente del Ponto Euxino, se lanza directamente hacia la ciudad como para sumarse a su belleza, y en cada una de sus orillas se extiende un continente. Está encerrado entre sus riberas tanto y de tal manera que se riza y parece gloriarse de situar la ciudad a caballo entre Asia y Europa. Es como si un rio tranquilo fluyera hacia ella. Y el brazo que se extiende a la izquierda de éste [el mar de Mármara] está confinado entre sus orillas de un lado y de otro a lo largo de una gran distancia, poniendo al descubierto los bosques, las dulces praderas y los menores detalles de la orilla opuesta, que se deja ver desde la ciudad. Después, más allá, se ensancha y se lleva la costa de Asia muy lejos de la mirada. Sin embargo, las olas rompientes del mar siguen Orlando la ciudad hasta su límite a poniente. El tercer brazo [el Cuerno de Oro], que se bifurca del primero hacia la derecha a partir del lugar llamado Sycae [Gálata], bordea durante un largo trecho la orilla de la ciudad que mira  al norte y desemboca en la bahía que constituye su extremidad. Así, el mar despliega una guirnalda alrededor de la ciudad; por lo demás el límite de la ciudad lo forma la tierra que se extiende entre los dos brazos de mar, y es del tamaño necesario para encerrar allí la corona de las aguas. Esta bahía siempre está tranquila, dispuesta de tal modo por la naturaleza que ignora cualquier movimiento, como si se hubieran puesto  límite a las aguas turbulentas y que toda marejada estuviera desterrada de estos parajes para honrar a la ciudad. Y en invierno, incluso cuando se levantan vientos violentos a lo largo y ancho del estrecho, los barcos, desde que alcanzan la boca de la bahía, prosiguen su recorrido sin piloto y se amarran sin mayores precauciones. Porque la playa ofrece toda su extensión para la navegación; de tal manera que, cuando un barco echa el ancla, su popa está a flote y su proa descansa sobre la orilla, como si los dos elementos rivalizaran por saber cuál es de mayor utilidad.”

(Procopio de Cesarea, Tratado de los edificios, I, V. 2-13)

La lampara de la Mezquita

diciembre 14th, 2009

Interior de la Mezquita Azul (Estambul. Enero, 2009). Foto: Jose Martos

Interior de la Mezquita Azul (Estambul. Enero, 2009). Foto: Jose Martos

Una de las imágenes que más impacta al entrar en una mezquita son las grandes lámparas que cuelgan de sus cúpulas. Nada más traspasar el dintel que da acceso al interior de la Mezquita Azul hace que dejes atrás el barullo de gente que rodea la inmediaciones del edificio, y en concreto el patio de la ablucciones. La luz ténue, el olor a aceite pefumado que desprende la gran lámpara que cuelga de sus cúpulas azules generan un ambiente que invita al recogimiento y al silencio. Pero, ¿qué sentido tienen estas lámparas, además de iluminar el interior.? Para comprender su sentido hay que remontarse a la vida de Mahoma. Su historia está envuelta por un cúmulo de hechos milagrosos y casi mágicos. Hay un episodio de la leyenda que nos ayuda a adentrarnos en el sentido de la gran lámpara que, por su forma, recuerda una gran tela de araña. En un momento de persecución y huida de Mahoma de sus enemigos, el Profeta se refugia en una cueva. La aparición milagrosa de una tela de araña en la boca de la cueva disuadió a los perseguidores de su presencia, haciendo que Mahoma escapara de ellos, llegara a Medina y fundara la primera comunidad musulmana. La lámpara de las mezquitas recuerdan al musulman el cuidado la protección que Alá tiene sobre el creyente.

Camino de Granada

diciembre 11th, 2009
Vista de Granada desde el Mirador de san Cristobal (Junio, 2009). Foto: Jose Martos

Vista de Granada desde el Mirador de san Cristobal (Junio, 2009). Foto: Jose Martos

Las crónicas de los viajeros nos han legado testimonios elocuentes de los vestigios de la historia. Entre las vicisitudes, las anécdotas y las percepciones de quienes, movidos por distintas razones, inician un camino de búsqueda, encontramos auténticos lugares de la memoria que nos ayudan a recuperar las raíces que conforman la ideosincrasia de un pueblo. Entre las distintas crónicas que poseemos sobresalen la de los autores  románticos. Su mirada, marcada por la profunda nostalgia del pasado y conmovidos por el inexorable paso del tiempo, se detiene en los vestigios que se encuentran en el camino. Sus crónicas son un duelo con el olvido para evitar que éste sepulte en el subsuelo del silencio la historia que ha conformado la idesosincrasia de pueblo o una cultura. Su mirada es una búsqueda de las costumbres, de las tradiciones, de los lugares que conforman una identidad colectiva.

Entre las crónicas del viejero romantico sobresalen las que escribió W. Irving, fruto de sus periplos por España. Los “Cuentos de la Alhambraconstituye una simbiosis de la crónica del viajero, el diario del caminante, y la recuperación de narraciones y leyendas que recopila en su itinerario. Es de destacar, entre otros muchos pasajes y narraciones memorables, la descripción de los preparativos de su viaje a Granada. Sus palabras nos han legado una descripción riquísima de imágenes y colorido de lo que contemplaron sus ojos, preámbulo del encuentro de la ciudad que lo fascinará y marcará profundamente:

El antiguo reino de Granada, cuyos lindes estamos a punto de penetrar, forma una de las regiones más montañosas de España. Vastas sierras elevan hacia un firmamento profundamente azul sus cimas abrasadas por el sol. Estas cadenas de montañas, manchadas con mármoles y granitos jaspeados y veteados, no muestran un solo árbol ni arbusto; pero en sus toscos y ásperos senos aparecen sumidos y se esparcen valles fértiles y verdeantes donde se disputan la supremacía el yermo y el plantío, cediendo en su oposición la propia roca que se encuentra forzada a rendir la higuera, el naranjo y el limonero y a florecer el arrayán y la roda.
En los sinuosos pasos de estas montañas, la vista de ciudades y aldeas amuralladas, construidas como nidos de águilas entre los peñascos y guarnecidas de almenas moriscas, cuando no de atalayas, a medio derruir ya, encaramadas sobre picos, altivos y soberbios en su elevación, llevan el ánimo a los días lejanos de la caballeresca contienda de cristianos y musulmanes y de la romántica aventura de la conquista de Granada. Al atravesar estas sierras sublimes, vese obligado el viajero a apearse de su caballo para conducirlo de la brida por cuestas y por altibajos recortados de modo desigual, como si fueran peldaños rotos de escalera desaparecida. En ocasiones, el camino sigue a lo largo de precipicios vertiginosos, sin parapeto que guarde de los abismos al caminante, y zambulléndose de pronto en declives rápidos y peligrosos. Otras veces, se desenvuelve ese camino entre barrancos, quebrados por los torrentes invernales, que constituyen la senda oculta del contrabandista, sin que aquí, y allí, y en todas partes, dejéis de tropezaros con aciaga cruz, monumento del robo y del asesinato, erigida sobre montón de piedras en lugar solitario, clara advertencia al viajero de que se halla en sitios frecuentados por bandidos, quizás más aún, de que el ojo avizor del bandolero le persigue y le acosa. Y, en suma, al rodear angostos valles os alarma ronco bramido, y veis sobre vuestras cabezas, en el lindero verdoso de la montaña, un hato de toros de casta, ese ganado andaluz bravo y fiero destinado a la lidia en las arenas españolas. He sentido horror agradable –permítaseme la frase- al contemplar casi a la mano animales tan terribles dotados de tremendo poderío, pastando en parajes silvestres y puede decirse que vírgenes de pisadas humanas. Seguramente estos toros no conocen más hombre que el pastor que les guarda; el sordo mugido que lanzan y su aspecto amenazador cuando fijan la atención hacia abajo desde las rocosas alturas que les sirven de hogar, añaden rusticidad al paisaje, ya hondamente silvestre.
Inconscientemente, me he entretenido en disquisición más larga de la que intentara con relación a las características generales de los viajes por España. Aun ha de perdonárseme una historieta, de tan sabroso regalo para la imaginación como todos los recuerdos que ese querido país despierta.
La ruta que mi amigo y yo elegimos para llegar a Granada sigue a través de regiones montañosas; en ellas, poco se diferencian los caminos de los senderos que sirven para la marcha de las cabalgaduras, y ni que decir tiene que son los más frecuentemente espiados por los salteadores. En tales circunstancias, adoptamos las precauciones que creíamos necesarias. Despachamos por medio de los arrieros la parte de mayor valor de nuestros equipajes con dos días o tres de anticipación, quedándonos con lo más imprescindible para el viaje, con el dinero preciso para los gastos de las jornadas y con un suplemento de pesos fuertes, que desde el primer momento denominamos “dinero para los ladrones”, al objeto de satisfacer con esa suma las exigencias de los “caballeros del camino” si nos asaltaban. Bien puede considerarse desafortunado el viandante que habiendo mostrado desgana de tomar esta precaución cae con la bolsa vacía entre las garras de esa gente. “Personas de nuestra calaña –dicen los bandidos- no se aventuran a correr los caminos, ni se arriesgan a galeras para que se les engañe”. Y acompañan a las palabras una buena zurra en las costillas del sagaz y artificioso viajero.
Alquilamos para nuestra montura dos excelentes corceles y un tercero para el escaso equipaje que llevábamos y para que condujera a un fuerte mocetón robusto vizcaíno que contratamos a fin de que en todo momento fuera nuestro guía, nuestro mozo de caballos, nuestro criado y nuestro guarda. Para que mejor cumpliera este último cometido le proveímos de un trabuco, con el cual nos prometió solemnemente defendernos contra los rateros y los salteadores solitarios; pero bien hizo la excepción  de la cuadrillas numerosas, citando como ejemplo los “Niños de Écija”, contra quienes desde luego se confesó impotente para hacerles frente y combatir, afirmando: “Son más valientes que yo”. No hacía nuestro mozalbete, antes de comenzar el viaje, otra cosa con mayor afán que vanagloriarse del arma y del posible coraje que pensaba demostrar usándola; pero los hechos desacreditaron sus baladronadas, porque tuvo la carabina que sufrir la vergüenza de verse colgada de la albarda sin que su dueño le calzara una sola bala.
Según el convenio que hicimos el tratante que nos alquiló los caballos tenía que encargarse a sus expensas de alimentarlos y de cuidarlos, así como del mantenimiento de nuestro escudero, a quien para estos fines entregamos determinada cantidad. Tuvimos, sin embargo, el buen cuidado de advertir privadamente a este último que, no obstante el trato que cerramos con el alquilador, todo resultaría en provecho suyo si nos mostraba lealtad y nos rendía buenos servicios, ya que era intención nuestra abonar su manutención y el cuidado de los caballos y dejar para su bolsillo el dinero que a tales propósitos le hubimos dado. Esta promesa, para nuestro vizcaino inesperada, de tamañan liberalidad, y un cigarro puro que le dimos, ganaron completamente su corazón. El mocetón nos resultó, en verdad, adicto, animoso, de sentimientos levantados, y tan dado a sentencias y a refranes como lo fue la maravilla y la excelencia de los escuderos, el famoso Sancho Panza, con cuyo nombre, por cierto, llamamos al nuestro; y aunque lo tratemos en todas ocasiones con familiaridad de compañero, ni un solo instante se permitió -legitimo y castizo español- traspasar los límites de una respetable convivencia y compostura, ni aun cuando se entregaba a los raptos de franca y extrema hilaridad que solían dominarle.
Estos fueron nuestros preparativos para el viaje. Pero, sobre todo nos proveímos de un ilimitado depósito de buen humor y de una excelente disposición a encontranos siempre complacidos, tomando las cosas coo se presentaran, malas o buenas, y determinados a hacer nuestras correrías al estilo contrabandista, mezclándonos con toda clase de gente y en las condiciones o circunstancias que fueran, en una especie de caaradería ociosa y vagabunda. Creíamos que éste era el modo mejor de viajar por España. En semejante disposición de ánimo el viajero y ante tal determinación, ¡qué gran país es éste donde la posada más pobre y mísera aparece tan llena de aventuras como un castilo encantado, y cada comida que esa posada os brinda es una hazaña! Que se quejen y murmuren cuantos quieran quejarse y murmurar de la falta de buenos caminos y de hoteles suntuosos y de todas las comodidades esmeradas y primorosas que ofrecen los países educados y civilizados en lo común  y en lo trivial, en la sumisión y en el genio apocado. ¡Déseme a mí, en cambio, trepar por las montañas escabrosas, errar al azar por los caminos, gozar estos modales bruscos, semibravíos, pero francos y hospitalarios, que prestan sabor apetitoso y comunican deleitosa fragancia a la amada, romántica y vieja España!

(W. Irving, Cuentos de la Alhambra, 17-20)

Los dioses griegos y las ciudades-Estado

noviembre 27th, 2009
Vista de la Acrópolis desde el templo de Zeus Olímpico (Atenas. Julio, 2009). Foto: Jose Martos

Vista de la Acrópolis desde el templo de Zeus Olímpico (Atenas. Julio, 2009). Foto: Jose Martos

Las ciudades griegas antiguas disponían de su propio panteón, aunque las grandes divinidades centrales eran las mismas en toda Grecia pues su origen estaba vinculado a las necesidades comunes de una misma nación. Las primeras referencias escritas a los dioses griegos datan del periodo micénico. En unas tablillas de arcilla, que se encontraron en los palacios micénicos de Pelios y Cnosos, datadas aproximadamente en los años 1400-1200 a.C., se pueden leer unas inscripciones en las que se recogen los nombres de Zeus, Poseidón, Ares y Dionisio. El panteón olímpico se formó hacia los siglos X-IX A.C. (periodo geométrico) y prevalecieron en la conciencia de los griegos gracias a las epopeyas de Homero (Iliada y Odisea) que alcanzaron una enorme resonancia en toda la Antiguedad. Cuando se crearon las ciudades-Estado griegas en el siglo VIII a. C., las concepciones religiosas de los griegos se renovaron y enriquecieron con nuevos elementos y se crearon las primeras zonas organizadas para el culto y adoración de los dioses. La forma ya terminada del antiguo sistema religioso griego se alcanzó en los periodos arcaico y clásico (siglo VI-V a.C.) cuando la civilización griega llegó a su máximo esplendor.

Fuentes: María Mavromataki (1997), Mitología Griega. Ediciones Xaitali, Atenas, 23.

Los dioses griegos, arquetipos del hombre

noviembre 22nd, 2009
Representaciones de dioses griegos en una vasija de ceráica (Museo Arqueológico de Atenas. Julio, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

Representaciones de dioses griegos en una vasija de ceráica (Museo Arqueológico de Atenas. Julio, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

La religión antigua en Grecia se caracteriza por el politeísmo. Entre los griegos antiguos los dioses en su conjunto representaban un solo concepto: el de la naturaleza en todos sus aspectos. Cada dios, individualmente, estaba acompañado por una o varias de las fuerzas de la naturaleza. El papel de los dioses para los griegos no había sido tanto el de la creación del mundo, cuanto el de la conservación de su orden y su armonía. De esta forma a cada uno de ellos se le otorgaron una serie de atributos específicos cargados de un gran simbolismo: los dioses interpretaban todos los fenómenos de la naturaleza que eran inexplicables y ejercían una labor  de guardianes del equilibrio de la naturaleza  y de la sociedad. Para los griegos los dioses eran inmortales, todopoderosos y magníficos. Podían controlar a los seres vivos en todos los aspectos de su vida, sus relaciones, nacimiento y su muerte.
Las divinidades no eran una realidad lejana e inaccesible, sino algo que el hombre podía escuchar con facilidad, que podía ver, tocar y oír. Los dioses en su conjunto eran el prototipo del hombre perfecto en el que confluían y se armonizaban complementariamente el conjunto de contradicciones que rodean la vida del ser humano. Pero al contrario de un ser humano, ellos estaban libres de las privaciones y prohibiciones de la vida, no sufría dolor o moría, podían disfrutar de todo cuanto se le ofreciera; enamorarse, encorelizarse o sentir celos sin tener que reprimir o limitar sus sentimientos; podían beber o embriagarse, divertirse y vivir en compañía de su creación. Los antiguos griegos adjudicaron a los dioses todos los dones que anhelaban tener y de los que carecían debido a su naturaleza humana.
El antropomorfismo de los dioses de Grecia no estaba en contradicción con su esencia divina. Los rasgos que el hombre confería a los dioses funcionaban como prototipo de la conducta humana y constituían los ideales que los mortales habían determinado para sí mismos. La semejanza física entre los dioses y los hombres obedecía a los mismos motivos. Las idealizadas figuras divinas, tal como se habían formado en el pensamiento de los griegos antiguos, no eran más que la imagen del modelo o arquetipo al que los hombres querían acercarse. Así los dioses tomaron la figura humana solamente cuando querían aparecerse ante los mortales. En este sentido, su cuerpo no era necesariamente un cuerpo material, sino un campo de energía que irradiaba fuerzas sobrenaturales.

Fuente: María Mavromataki (1997), Mitología Griega. Ediciones Xaitali, Atenas, 20-23.