Leandro y Hero, una leyenda de amor en el corazón del Bósforo

febrero 28th, 2010

La separación de Hero Y Leandro (William Etty)

La separación de Hero Y Leandro (William Etty)

Frecuentemente en la antigüedad el Bósforo se describía como un lugar peligroso y de difícil tránsito por la fuerza de sus corrientes. Polibio en sus Historias (IV, 43) señala que las aguas del Bósforo tras chocar contra unas puntas de Europa llamadas Hestia (quizás un montículo con un templo dedicado a esta diosa en la zona del barrio actual de  Ortaköy, en el extremo nordeste de Estambul), el agua vuelve a lanzarse y se precipita sobre la llamada Vaca, que es el lugar de Asia en donde, según cuenta el mito, Io se detuvo por primera vez una vez cruzó el estrecho. Esa zona se corresponde al barrio actual de Scútari, también llamado en la Antigüedad Crisópolis, lugar en el que se eleva, como una pequeña isla, la llamada “Torre de Hero”, atestiguada por el mismo Estrabón.y  alusiva a la leyenda de Hero y Leandro presente en la mitología  griega.

Hero y Leandro (J.M.W. Turner)

Hero y Leandro (J.M.W. Turner)

La leyenda de Leandro y Hero sitúa en torno a las aguas del Bósforo una historia de amor. En el origen de este mito quizás se encuentre en una leyenda local propia del Helesponto, probablemente popularizada gracias a uno o más escritores helenísticos y luego retomada por los latinos.
Leandro de Abido atravesaba a nado el Helesponto para visitar a su amada Hero, sacerdotisa de Afrodita en Sesto. En su tránsito lo guiaba la luz de una lámpara encendida por Hero. Una noche esta luz es apagada por una fuerte tormenta de verano, pierde su rumbo y parece ahogado. Hero al descubrirlo muerto se arroja desde la torre para morir a su lado.
Ovidio recrea el tema en sus poemas de juventud Heroidum epistolae XVIII, “Leandro a Hero” y XIX, “Hero a Leandro” y alude a la pareja en pasajes de Amores, Ars  y Tristia. Nos centramos en la Heroidum epistolae XIX en la que Hero refleja en su carta dirigida a Leandro los sentimientos que transitan por su corazón ante su ausencia: vacío e insatisfacción; miedo y confianza en su vuelta, pero ante todo el deseo del encuentro que es capaz de superar toda dificultad.

“¡Ven, Leandro, para que de verdad pueda tener la salud que me mandaste por carta y de palabra! Inmenso es para mí el tiempo que retrasa mis placeres. ¡Perdóname la confesión! Soy impaciente en mi pasión. El mismo fuego nos abrasa, pero mis fuerzas no son las mismas; sospecho que los hombres tienen un natural más fuerte. Igual que lo es su cuerpo, es débil el corazón de las muchachas; añade más tiempo a tu demora y moriré. Vosotros, ya cazando, o ya ocupándoos de la rica tierra, pasáis largas temporadas en diversos entretenimientos. O bien os retienen los foros, o los regalos de la pringosa palestra, o gobernáis la brida de un caballo bien domado; ya cogéis el pájaro a lazo, ya el pez con anzuelo; y las últimas horas se diluyen con los vinos por delante. A mí, privada de todo eso, aun si me abrasara un fuego más suave, no me queda otra cosa que hacer sino amar. Y eso que me queda es lo que hago, amarte, oh mi único placer, y amarte más de lo que se me puede corres¬ponder. O bien cuchicheo con mi nodriza cosas de ti y le pregunto extrañada qué causa hay que retrase tu partida, o miro al mar y casi con tus mismas palabras insulto las aguas revueltas por el odioso viento, o cuando la malvada ola abandona por un tiempo su crueldad, me lamento de que, pudiendo venir ya, no quieres, y mientras me lamento llueven lágrimas de mis ojos enamorados, que mi anciana cómplice seca con sus temblorosos dedos. Muchas veces miro si en la orilla están tus pasos, como si conservara la arena las marcas sobre ella; y para preguntar por ti o escribirte pregunto si alguien viene de Abido o si alguien para Abido sale. ¿Qué voy a contarte de los muchos besos que doy a la ropa que te quitas antes de meterte en las aguas del Helesponto? Así, cuando se ha ido ya la luz, y la noche, el momento más amigo, expulsa al día y muestra las brillantes estrellas, en seguida dejo el farol, que no duerme, en lo alto de la almena, señal y guía del camino de siempre, y nos ponemos a dar vueltas al huso y a retorcer las hebras para engañar la larga espera en labores propias de mujeres. ¿Me preguntas de qué hablo durante tanto rato? Otra cosa no hay en mis labios que el nombre de Leandro. <¿Tú crees que habrá salido ya mi alegría de su casa, ama, o estarán todos despiertos y teme a los suyos? ¿Tú crees que ya se habrá quitado la ropa y que estará untándose el cuerpo de pringoso aceite?> Ella hace una especie de asentimiento, no porque le importen nuestros besos, sino porque el sueño traicionero le mueve su cabeza de anciana. Y al cabo de un momentito le digo: <Seguro que ya navega y ya sus flexibles brazos a golpes hienden las aguas>. Y cuando no he hecho sino unas pocas hebras que tocan el suelo, me pre¬gunto si estarás tal vez en la mitad del mar. Y ya miro a lo lejos, ya pido con voz temblorosa que una brisa favorable te haga fácil el camino. Mientras, a mis oídos llegan unas voces y yo me creo que cualquier ruido es el de tu llegada.
Así, cuando entre desengaños ha pasado la mayor parte de la noche, a mis ojos cansados les sorprende el sopor. Y es posible que tú, malvado, duermas conmigo a disgusto y que vengas pese a que no quieres venir. Porque me parece que te veo nadando ya cerca, y ahora creo que echas tus brazos mojados a mis hombros, ahora creo que te pongo el mismo manto de siempre por tu cuerpo empapado, ahora creo que en tu seno calientas mi pecho; y muchas más cosas que tiene que callar una lengua pudorosa, cosas que da gusto hacer, pero da vergüenza contar. ¡Pobre de mí! ¡Placer breve e irreal es ése, porque siempre te sueles ir tú detrás de mi sueño! ¡Ojalá que lleguemos un día a unirnos más fuerte los ardientes amantes y que a nuestro placer no le falte verdadera realidad! ¿Por qué he pasado fría tantas noches solitarias, por qué me faltas tantas veces, descuidado nadador? Reconozco que todavía el mar no está disponible para nadar; pero ayer por la noche hizo un viento más suave. ¿Por qué no lo aprovechaste? ¿Por qué temías lo que no iba a pasar? ¿Por qué se malogró un viaje tan bueno y no emprendiste el camino? Aunque se te ofrezca en seguida una ocasión parecida de salir, la otra era más buena, sólo porque era anterior. <Pero el hondo mar se agita y cambia de aspecto en un instante>. Muchas veces, cuando te aligeras, llegas en menos tiempo. Yo creo que si el mal tiempo te cogiera aquí no tendrías nada de qué quejarte, y conmigo abrazada a ti jamás él te haría daño. Entonces yo sí que iba a escuchar feliz los vientos silbar y suplicaría que nunca estuvieran tranquilas las aguas. ¿Qué ha pasado entonces para que te hayas vuelto tan temeroso de las olas y respetes tanto al mar que antes desafiabas? Yo me acuerdo haberte visto llegar con el mar no menos cruel y amenazador que ahora, o no mucho menos; cuando te gritaba: ‘Arriésgate de manera que no tenga que llorar tu valor esta desgraciada’. ¿De dónde este extraño temor? ¿Dónde se ha ido aquella valentía? ¿Dónde está aquel gran nadador que desdeñaba al mar? Pero mejor es que seas así que como antes solías ser, y que recorras seguro tu ruta por aguas tranquilas, con tal de que sigas siendo el mismo, con tal de que me quieras como en tu carta, y aquella llama no se haga fría ceniza. No temo tanto que los vientos retrasen mis deseos como que tu amor, igual que este viento, ande errante; que ya no valga yo tanto la pena, y que los peligros superen a su causa y que veas en mí una recompensa más pequeña que el esfuerzo. A veces temo que mi lugar de nacimiento me perjudique y que se diga de mí que una muchacha tracia no está a la altura de un esposo abideno. Pero todo lo puedo soportar con paciencia menos que pases el tiempo enredado con cualquier rival, todo menos que los brazos de otra te rodeen el cuello y que con el nuevo amor llegue el final del nuestro. ¡Ay! Mejor morir que verme herida por ese crimen, mejor que mi muerte llegue antes que tu pecado. No digo estas cosas porque me hayas dado indicios del mal que se avecina, ni angustiada por un rumor reciente. Pero todo me da miedo, ¿o quién ha amado libre de angustias? La lejanía obliga a los ausentes a tener más miedo. ¡Qué suerte tienen esas que su presencia les obliga a darse cuenta de las faltas verdaderas, pero les impide temer las falsas! A mí tanto me afecta una infidelidad que no existe como se me escapa la verdadera, y uno y otro error me provocan la misma desazón. ¡Ay, ojalá llegues, o que sea el viento o tu padre, pero nunca una mujer, el motivo de tu retraso! Porque si me entero de alguna, me moriré, créeme, de dolor. Fáltame cuanto antes si buscas mi muerte. Pero ni tú me vas a faltar, ni yo tengo motivos para estos temores, y es el temporal envidioso el que lucha porque no llegues. ¡Ay de mí! ¡Qué olas tan enormes castigan la playa, y cómo desaparece la luz del día oculta por oscuras nubes! Quizá la piadosa madre de Hele haya venido al Ponto y rocía las aguas llorando a su hija ahogada ¿O quizá es su madrastra, convertida en diosa marina, la que castiga al mar conocido con el odiado nombre de su hijastra? Este sitio no es bueno, como está ahora, para las tiernas muchachas; por culpa de esta agua murió Hele, y por ellas sufro también yo. Pero ningún amor se debería ver contrariado con vientos por tu culpa, Neptuno, fiel a tu fuego: si no son vanos rumores de falsos delitos lo de Amimone y lo de Tiro, tan famosa por su belleza, y lo de la reluciente Alcíone, Ceix, y la hija de Hecateón y lo de Medusa, cuando su melena todavía no es¬taba atada con serpientes, y lo de la rubia Laódice, y Celeno, admitida en el cielo, y lo de muchas que recuerdo haber leído. Los poetas cantan que éstas al menos, y muchas otras, fueron, Neptuno, las que juntaron su delicado cuerpo con tu cuerpo. ¿Por qué, entonces, tú, que tantas veces has sentido los embates del amor, nos cierras con torbellinos el camino acostumbrado? ¡Basta, enemigo fiero! Traba tus combates con el ancho mar. Éste es un pequeño trecho de agua que separa dos continentes. A ti te cuadra chocar tu grandeza contra grandes barcos, o incluso enzarzarte con flotas enteras. Pero es una vergüenza que el dios del mar asuste a un joven nadador, es una hazaña indigna incluso de un estanque cualquiera. Él es, además, de noble e ilustre cuna, pero no se remonta su raza a tu odiado Ulises. Perdónalo y sálvanos a los dos; nada uno solo, pero de las mismas aguas dependen el cuerpo de Leandro y mis esperanzas. Y chisporrotea la luz -pues escribo al pie de ella-, chisporrotea y me da prósperas señales. A esto que mi ama vierte vino sobre las faustas llamas, y dice: <Mañana seremos más>, y bebió ella también. ¡Haz que seamos más, nadando y venciendo al mar, oh tú que formas parte de lo más hondo de mi corazón! Vuelve a tu campamento, desertor de tu amor y tu alianza. ¿Por qué se pone mi cuerpo en la mitad de la cama? No hay de qué temer; la propia Venus te ayudará en el peligro y ella, hija del mar, te extenderá en el mar un sendero. Muchas veces me entran gamas a mí misma de ir por las olas, pero veo que este mar suele ser más seguro para los hombres. ¿O por qué, si no, cuando Frixo y su hermana viajaron los dos por él, sólo la mujer dio nombre a este ancho mar? ¿Quizá temes que no haya tiempo suficiente para la vuelta, o que no puedas resistir el peso del doble esfuerzo? Pues acudamos a encontrarnos en medio del mar y crucemos nuestros besos allí en la superficie de las aguas, y después volvamos cada uno de nuevo a muestra ciudad; poca cosa, pero al menos será más que nada. Ojalá quisiera ceder ya este pudor que nos obliga a amarnos en secreto, o ya muestro amor, tan temeroso de las habladurías. Ahora luchan la pasión y la ver¬güenza, dos cosas que mal se avienen. No sé a cuál le haré caso; la una conviene, la otra gusta. Una vez que entró en la Cólquide Jasón el pagáseo, se llevó a la del Fasis montada en su nave ligera; una vez que llegó el seductor del Ida a Lacedemonia , en cuanto pudo se volvió con su botín. Tú, cuantas veces vienes en busca de tu amor, otras tantas lo abandonas, y aunque haya peligro para las naves, vuelves nadando. Sin embargo, galán vencedor de las enfurecidas aguas, procura desafiar al mar de tal manera que a la vez lo respetes. El mar hunde naves construidas con sabiduría; ¿crees tú que tus brazos van a ser más que los remos? Tú deseas nadar, y nadar les da miedo a los marineros; porque suele ser el escape de las naves naufragadas. ¡Pobre de mí! Deseo no convencerte de lo que te aconsejo, sé, válgame el cielo, más valiente de lo que lo son mis con¬sejos, con tal de que llegues aquí y me eches al cuello los brazos cansados de tanto agitar el mar. Pero a mí cada vez que me pongo frente al azul de las olas un no sé qué es¬pantoso me sobrecoge y me hiela el pecho. No memos me preocupa la visión de ayer por la moche, aunque la he ex¬piado con sacrificios. Era casi al amanecer, cuando ya la lámpara dormitaba, en ese momento en que aparecen los sueños verídicos las hebras se me cayeron de entre las manos, rendidas por el sopor, y dejé que en la almohada se recostase mi cuello. En esto que me pareció ver sin lugar a dudas un delfín que nadaba por las olas azotadas por el viento: el oleaje lo estrelló contra la esponjosa arena, y en ese instante, a la vez que el agua, lo abandonó al pobre la vida. Me da miedo, sea lo que sea; y en cuanto a ti, no te rías de mis sueños y no confíes tus brazos al mar si no está en calma. Si no por compasión hacia ti, por compasión hacia la mujer que amas, que nunca estará a salvo sí tú no lo estás. Sin embargo hay esperanza de una próxima tregua en las alborotadas aguas; surca entonces las aguas serenas con ánimo despreocupado. Mientras tanto, ya que no es transitable el mar para un nadador, que esta carta que te mando dulcifique la odiosa demora”.

(OVIDIO.  Cartas de las heroínas, 19 [Traducción: Vicente Cristóbal López])

Hero y Leandro (Etty William)

Hero y Leandro (Etty William)

Entre dos estrechos

febrero 13th, 2010

Los historiadores cuentan las dudas que tuvo Constantino a la hora de elegir la ubicación de la ciudad de Constantinopla disputándose entre Sárdica, Troya y Bizancio. Sárdica, antigua ciudad del Reino de Tracia (la actual Sofía), no tardó  en ser descartada.  Pero Ilión, en el emplazamiento de la antigua Troya resultaba tentadora, frente a Bizancio, de forma que el emperador se debatía en ubicarla entre los dos estrechos estratégicos que se sitúan a cada extremo del mar de Mármara: el Bósforo o Dardanelos.
Por un lado Troya, o la mítica Ilión, estaba vinculada con Roma a través de la antigua epopeya de Eneas, celebrada por Virgilio. Pero además, en torno a Troya existía todo un halo épico, de resonancias mitológicas, relacionado con la antigua guerra de Troya y el dominio del paso del estrecho que controla la ciudad, tal y como narra el poema épico homérico de la Iliada.

Escena en la que se representa la guerra de Troya

Escena en la que se representa la guerra de Troya

Frente a otras épocas en las que se consideraba el acontecimiento de la guerra de Troya sin una base real sino mitología, algunos descubrimientos han puesto de manifiesto que esta contienda bélica se inserta dentro de la historia de Grecia y del  Asia Menor en el segundo milenio a.C., enmarcada por la lucha por los dominios de los estrechos. Troya o Ilión era la capital de Troade, región de Asia Menor, situada cerca del Bósforo. Fundada por los pelasgos hacia el 1500 a.C. o por Dardano, o Tros, su nieto, su historia se confunde con las épocas mitológicas griegas.
Los trabajos arqueológicos, iniciados en 1870,  por el arqueólogo Heinrich Schliemann (1822-1880), deslumbrado desde su infancia por la lectura de la Iliada, revelaron el emplazamiento de la ciudad de Ilión. El interés por localizar la Troya homérica le llevó a excavar en una colina cercana a Hissarlik, en un rincón del Asía Menor a seis kilómetros del mar Egeo y a poco más de cinco del estrecho de los Dardanelos. La importancia de los restos encontrados, frente a otros enclaves en los que trataba de ubicar, hicieron que se identificara este emplazamiento con la antigua Ilion o  la ciudad de Troya de la Iliada. Hasta entonces Ilión y la Iliada fueron consideradas, durante milenios, pura imaginación de Homero y de los cantos en los que se inspiró.
Las excavaciones de Schliemann se continuaron en 1893 y 1894 por el profesor alemán Wilhelm Dòrpfeld. Posteriormente una misión americana de la Universidad de Cincinnati, bajo la dirección del profesor Cari Blegen, realizó nuevas y metódicas investigaciones en la colina de Hissarlik entre 1932 y 1938, que esclarecieron de forma más sistemática la historia de ese emplazamiento desde los comienzos de la edad del bronce (3000 a. C. aproximadamente) basta el final de la Antigüedad (400 d. C ) .
El prestigioso profesor Schlieman ya distinguió siete estratos, que numeró empezando por el más profundo, es decir, el más antiguo, y a los que llamó ciudades. Actualmente se diferencian nueve de tales estratos, y sólo el último, perteneciente a la época helenística y romana, puede decirse que es una verdadera ciudad. Las excavaciones han puesto de manifiesto que la Troya prehistórica, en cualquiera de sus fases, fue simplemente una ciudadela fortificada, en la que residía un rey o un caudillo, su corte y la guarnición necesaria para la defensa. La población estaba asentada en pequeñas aldeas y caseríos diseminados por la región, que en caso de peligro acudían a la ciudadela a refugiarse.
Los numerosos niveles que han distinguido los arqueólogos, en el mismo lugar, responden  a los diversos avatares  por los que transitó el asentamiento en el que se sucedieron destrucciones y refundaciones de la ciudad. La misma mitología no es ajena a estas continuas refundiciones, así, después de la construcción de las murallas, atribuidas a Poseidón y Apolo, fue saqueada por Hércules bajo el reinado de Laomedonte, que murió junto a sus hijos a excepción de Príamo.
La Iliada considera el Rapto de Helena el desencadenante de la guerra de Troya, aunque los verdaderos motivos debieron ser otros, ya que los estados griegos fueron presionados desde el norte, por pueblos que ya dominaban las armas de hierro y que penetraron en Grecia durante los últimos siglos del segundo milenio a. C. Así los reinos griegos debieron verse impulsados a buscar nuevos horizontes y atacaron Troya para hacerse con las rutas comerciales que los troyanos controlaban por su control del Estrecho de los Dardanelos y de las costas de Asia Menor. La coalición de las tribus griegas contó con un ejército de unos cien mil hombres bajo el mando de Agamenón, rey de Argos, junto a su hermano Menelao, rey de Esparta; Nestor, rey de Pilos; Aquiles, rey de Tesalia, Ulises, rey de Itaca y otros reyes y héroes como Diomedes, Ayax, Idomeneo, Filoctetes, etc. La ciudad cayó y fue incendiada, después de 10 años de asedio, y los supervivientes fueron exterminados o reducidos a esclavitud y deportados. El único héroe que se salvó fue Eneas, que tras un largo peregrinar se estableció en Italia para fundar una estirpe en la que Roma enraíza sus orígenes.

Escena de guerra en una vasija micénica (Museo Arqueológico de Atena. Julio, 2009). Foto: José Antonio Casares

Escena de guerra en una vasija micénica (Museo Arqueológico de Atena. Julio, 2009). Foto: José Antonio Casares

Los hallazgos arqueológicos consideran el estrato VIIa como la Troya homérica por diversas razones: los restos arqueológicos muestran que fue destruida por el fuego; hay signos de violencia, que hacen pensar en un saqueo; en las calles se encontraron huesos humanos sin enterrar; y en el interior de algunas casas hay hasta diez y doce tinajas de casi 1,80 metros de fondo, destinadas a almacenar alimentos, como preparativos de un asedio. La cerámica micénica hallada en este estrato permite fechar la destrucción de Troya VIIa hacia 1250 a.C., concordando así con la fecha que Herodoto (II  145, 4) nos ofrece.
Todo este conjunto de acontecimientos históricos y mitológicos, junto a los factores estratégicos, confluían en la decisión que Constantino había de tomar, teniendo que elegir la ubicación de la ciudad entre dos estrechos: el del Bósforo o el de Dardanelos,; en los dos extremos del mar de Mármara. Valorando la situación de ambos se evidencia que  el Helesponto es mucho más ancho y mucho más difícil de atravesar y controlar que el Bósforo. A esto se unía el hecho de que  el relieve que se extiende detrás de la mítica Ilión hacía casi inaccesible el acceso al corazón de Asia Menor.
Gracias a la inspiración divina Constantino situó finalmente  la ciudad sobre Bizancio. Pero de nuevo se veía abocado a una tomar nueva decisión para  elegir la orilla sobre la que asentarla: Calcedonia o Bizancio. Situarla en la orilla asiática suponía disponer de los recursos de la próspera Asia  Menor y situarse al abrigo asiático frente a los ataques bárbaros procedentes de Europa Central. La otra orilla, por el contrario, ofrecía las ventajas de la punta de Serail, posición estratégica natural que permitía controlar las embarcaciones que descendían por el Bósforo, así como el control del tránsito marítimo  del Cuerno de Oro.
La decisión de Constantino fue un acto de sabiduría geopolítica que, al situar la capital en Europa, hizo posible privilegiar los lazos con Roma y preservarla de los ataques procedentes de Oriente, y reedificar la ciudad que estaba llamada a ser una Nueva Roma.

Fuentes:

Yerasimos, S. (2007),  Constantinopla. La herencia histórica de Estambul. Barcelona: Ullman&Köneman, 26-27.
Introducción a la edición española de la Iliada preparada en 1963 por el Seminario de Filología Clásica de la Universidad de Salamanca.

Las Simplegades, símbolo de la libertad del paso del estrecho del Bósforo

febrero 5th, 2010
Estrecho del Bósforo (Enero, 2009). Foto: José Antonio Casares

Estrecho del Bósforo (Enero, 2009). Foto: José Antonio Casares

La importancia del paso del Bósforo y su peligrosidad, a cuyas laderas se asienta la ciudad de Estambul, antigua Constantinopla o Bizancio, hizo  que su historia no estuviese ausente del mundo de la mitología griega, en concreto los episodios de la búsqueda del Vellocino de Oro.
Según el testimonio de Apolonio de Rodas, en su Argonautica, Fineo había advertido a Jason y a los Argonautas que en su camino encontrarían unas rocas llamadas Simplegades, Planctai o Cianeas, que causaban el pánico de los viajeros. Dichas rocas, envueltas en una niebla espesa, defendían la entrada del Bósforo haciendo de él un lugar intransitable. Cuando un barco trataba de pasar entre ellas se unían y lo aplastaban impidiendo el tránsito.
Por consejo de Fineo, cuando la expedición llegó junto a tales escollos móviles, Eufemo soltó una paloma para que volase delante de Argo. Tan pronto las rocas notaron su presencia se unieron y cortaron las plumas de la cola de la paloma para, acto seguido, retroceder. Los Argonautas aprovecharon este momento para pasar remando a toda velocidad, ayudados por Atenea y la lira de Orfeo, y así sólo perdieron  el ornamento de la popa.
A partir de entonces, y de acuerdo con una profecía, las rocas quedaron fijas, una a cada lado del estrecho, y aunque la fuerza de la corriente hacía la nave inmanejable, los Argonautas tiraron de sus remos hasta que quedaron doblados como arcos y pudieron adentrarse en las aguas del Mar Negro.
Sin entrar en la veracidad de la historia, la clave del mito radica en la libertad de los estrechos conseguida por los Argonautas y mantenida en lo sucesivo por los navíos procedentes del sur. Las Simplegadas pasaron a ser, desde esta perspectiva, el símbolo de la libre travesía del Bósforo como paso hacia un mundo nuevo.

Fuentes: Graves, R.(1990), Los Mitos Griegos, 2. Madrid: Alianza Editorial; Yerasimos, S. (2007), Constantinopla. La herencia histórica de Estambul. París: Mengès.

El Bósforo o el “vado de la vaca”

enero 23rd, 2010

Zeus conteplando a Io. Fresco Romano de Pompeya. Foto: Stefano Bolognini

Zeus conteplando a Io. Fresco Romano de Pompeya. Foto: Stefano Bolognini

El estrecho del Bósforo ha sido un misterio desde sus orígenes. Su curso, a lo lardo de los 31 kilómetros que unen el mar de Mármara con otro mar lejano y misterioso, el Ponto Euxino, era una prueba peligrosa a la que cualquier nave primitiva tenía que hacer frente. Este carácter misterioso y de prueba hizo que este paso no fuese olvidado por la mitología griega hasta tal punto que su mismo nombre “Bósforo” o “vado de vaca” esté vinculado a un mito de la Argólida. Según el mito Io salto por este lugar, convertida en vaca, para huir de la furia de Hera y alcanzar el continente asiático.
Io fue hija de Ínaco, uno de los patriarcas de los argivos hijo de Océano y Tetis. Io, una de las más bellas hijas de Ínaco fue sacerdotisa de Hera y hasta el mismo Zeus se fijó en ella. Zeus se enamoró y se unió a ella. Hera se encolerizó, al verlos juntos, y la convirtió en una vaca. La ató a un olivo en el bosque de Micenas y puso como guardián suyo a Argo, de la generación de Foroneo, que tenía ojos en todo el cuerpo y una gran fuerza.
Zeus al ver a Io convertida en una vaca se compadeció de ella y envió a Hermes para que robara a Io y Hermes lo consiguió haciendo que Argo cayera en un profundo sueño producido por las notas  de su siringa. Hera ante este hecho se encolerizó y envió un tábano a Io para que el insecto se pegara a su costado y esta vagara enloquecida de una región a otra.
Io pasó por el mar jónico, a quien dio nombre en su peregrinaje, llegó a Iliria, al Bósforo (vado de la vaca), por donde saltó a Asia y finalmente a Egipto donde se transformó nuevamente en mujer y dio a luz al hijo de Zeus, Épafo.
Pero la furia de Hera no terminó ahí, pues seguía enfurecida por la infidelidad de su esposo. Hera robó a Épafo y de nuevo Io tuvo que vagar por el mundo en su búsqueda. Al final lo encontró en Siria y volvió con él a Egipto, donde se casó con el rey Telégono y tras su muerte fue adorada como diosa con el nombre de Isis.

Júpiter e Io. Ambrogio Figio

Júpiter e Io. Ambrogio Figio

Ovidio narra bellamente en su Metamorfosis este mito al que debe su nombre el Bósforo a cuyas orillas se asienta la ciudad de Estambul. Reproducimos el texto del autor romano:

“Hay un bosque en Hemonia rodeado por todas partes por una selva escarpada: lo llaman Tempe. Por allí el Peneo, nacido en las laderas del Pindo, fluye con aguas espumeantes, y cayendo pesadamente genera nieblas que se agitan en tenues volutas, salpica de fina lluvia las cimas de los árboles y ensordece con su fragor algo más que los alrededores. Esta es la morada, la sede, el santuario del gran rio, en donde, sentado en una cueva excavada en la roca, Peneo impartía sus dictados a las aguas y a las ninfas que las habitan. Allí se congregaron en primer lugar, sin saber si debían congratular o compadecer al padre de Dafne, los ríos de la región: el Esperquío, de orillas pobladas de álamos; el inquieto Enipeo, el viejo Apídano, el tranquilo Anfriso y el Eante, y después todos los demás ríos que, allí por donde los arrastra su ímpetu, conducen hasta el mar sus corrientes fatigadas por el tortuoso camino.

Tan sólo falta el Ínaco que, retirado en lo más profundo de su cueva, acrece son sus lágrimas el caudal de sus aguas y llora la pérdida de su hija Io; no sabe si está viva o si se encuentra entre los muertos, pero al no encontrarla en ningún sitio piensa que no está en ninguna parte, y su corazón teme lo peor.

Júpiter la había visto cuando regresaba desde el río de su padre, y le ha dicho: ‹‹Oh virgen digna de Júpiter, que harás dichoso con tus nupcias a no sé qué mortal, busca la sombra de aquellos profundos bosques (y le había mostrado las sombras de los bosques) ahora que el calor aprieta y el sol se encuentra en su punto más alto, en mitad de su recorrido. Y si acaso temes encaminarte tú sola entre las guaridas de las fieras, piensa que cuando penetres en los lugares recónditos del bosque estarás a salvo, protegida por un dios; y no un dios plebeyo, sino yo, que llevo en mi poderosa mano el cetro del cielo y arrojo los errantes rayos. ¡No huyas de mí!››. En efecto ella huía. Y ya había dejado atrás los pastos de Lerna y los campos de Lirceo plantados de árboles, cuando el dios, extendió un vasto manto de niebla que recubrió la región, puso fin a su fuga y le robó la virginidad.

Entre tanto, Juno había dirigido su mirada hacia el centro de la Argólida, y sorprendiéndose de que una niebla voladora hubiese traído un pleno día la oscuridad de la noche, comprendió que no se trataba de la niebla del río ni de la humedad que se desprende del suelo. Así miró a su alrededor buscando a su esposo, puesto que conocía bien las tretas de su marido, al que tantas veces había sorprendido ya. Y cuando no pudo encontrarle en el cielo, dijo: ‹‹O me equivoco, o estoy siendo traicionada››, y descendió de las altas regiones del éter se posó en la tierra y ordenó disipar las nieblas. Pero él había presentido la llegada de su esposa y había transformado el aspecto de la hija del Ínaco en el de una hermosa novilla. Aún así era bella. La Saturnia alaba, aunque de mala gana la belleza de la vaca, y no sólo pregunta quién es y de dónde viene, sino también a qué hato pertenece, casi como si supiera la verdad. Júpiter miente y le dice que ha nacido de la tierra, para evitar así que indague su origen; Juno le pide que se la regale.

¿Qué hacer? Cruel sería entregar a su amada, pero no hacerlo sería sospechoso; el pudor le impulsa hacia lo primero, pero el amor se lo impide. Y el amor habría vencido al pudor, pero si le hubiese negado la vaca, un regalo tan insignificante, a su hermana y compañera de lecho, habría podido entenderse que no era una vaca. Así la diosa obtuvo a su rival; pero no por eso abandonó inmediatamente su miedo, y siguió desconfiando de Júpiter y temiendo que pudiera volver a raptarla, hasta que se la entregó para su custodia a Argos, hijo de Aréstor.

Cien ojos tenía Argos en su cabeza: descansaban por turnos, de dos en dos, mientras los otros permanecían abiertos y se mantenían alerta. Se pusiera como se pusiera, siempre miraba a Io; la tenía ante sus ojos aunque estuviese de espaldas. Durante el día le permitía pacer, pero cuando el sol se había ocultado en las profundidades de la tierra la encerraba y rodeaba su cuello de una indigna soga […] Un día llegó a las orillas en las que antes acostumbraba a jugar, a las orillas de Ínaco: cuando vio el rostro y los cuernos de su nueva figura reflejados en las olas se asustó  y huyó turbada por su propia imagen. Las Náyades no saben quién es, el propio Ínaco no la reconoce; pero ella sigue a su padre y a sus hermanas, deja que la acaricien y se ofrece ante sus ojos. El viejo Ínaco recogió unas hierbas para dárselas: ella lame las manos de su padre y besa sus palmas y no puede contener las lágrimas; y si pudiera hablar, le pediría ayuda y le revelaría su nombre y su desgracia. En lugar de palabras empleó letras, que trazó con su pezuña sobre la arena para dar triste razón de la transformación de su cuerpo […]

Pero el rey de los dioses no puede soportar más que la Forónida padezca tantos males, así que llama a su hijo Mercurio, engendrado por la brillante Pléyade y le ordena dar muerte a Argos […] En su inmensa tortura, a Io sólo le quedaba llegar hasta ti, oh Nilo; cuando llegó cayó de rodillas en la orilla, y echando el cuello hacia atrás, pues era todo lo que podía hacer, y alzando el rostro hacia las estrellas, pareció con sus gemidos, sus lagrimas y sus lastimeros mugidos se lamentaba ante Júpiter y le pedía que pusiera fin a sus males […] Una vez apaciguada la diosa, Io recupera su aspecto anterior y vuelve a convertirse en lo que era […] Ahora es una diosa famosísima a quien adoran las muchedumbres vestida de Lino”

(Ovidio, Metamorfosis. Libro I)

Io con Isis en Egipto.

Io con Isis en Egipto.

Constantinopla, el abrazo eterno del mar

diciembre 31st, 2009

Puente que une la zona asiática con la europea en la ciudad de Estambul (Enero, 2009). Foto: Jose Martos

Puente que une la zona asiática con la europea en la ciudad de Estambul (Enero, 2009). Foto: Jose Martos

La península rocosa sobre la que se situaba la antigua ciudad de Constantinopla, la actual Estambul, está situada en un lugar estratégico a caballo entre dos continentes. Ubicada en la línea divisoria entre dos universos, la ciudad estaba llamada a controlar tanto el itinerario terrestre desde Europa central hacia el Asia Menor por los Balcanes, como el paso marítimo  entre el sur de Rusia y el Mediterráneo a través del mar Negro. Su belleza y esplendor inspiró bellas páginas en la literatura antigua. Una de las más bellas descripciones del emplazamiento de la ciudad es la que nos ofrece Procopio de Cesarea, el destacado historiador bizantino del siglo VI, al que debemos gran parte de la información sobre el reinado del emperador Justiniano. En efecto, en su obra Tratado de los edificios, panegírico destinado a describir las numerosas obras públicas realizadas por el emperador Justiniano, prototipo de gobernante cristiano, encontramos esta descripción del  singular emplazamiento de Constantinopla , que hace posible que se funda en un abrazo con el mar por medio de los brazos de agua que la rodean:

“Entre las bienaventuranzas que colman la ciudad, el mar se despliega magníficamente a su alrededor, formando bahías curvas, que se cierran en brazos estrechos o se abren ampliamente; ello hace la ciudad excepcionalmente hermosa y ofrece a los navegantes el refugio de puertos tranquilos, que garantizan a su vez a la ciudad todas las necesidades de la existencia y le prodigan todas las cosas útiles en abundancia. Porque, en realidad, son dos mares los que comunican con ella, el Egeo por un lado, y del otro, el llamado Ponto Euxino; ambos  se unen al este de la ciudad, y al someter la tierra firme al asalto de sus masas de agua fundidas, realzan la belleza de la ciudad que rodea. La urbe está pues circundada por tres estrechos que se abren el uno sobre el otro, dispuestos de tal manera que adornan la ciudad al mismo tiempo que la sirven, todos navegables de maravilla, y cada uno capaz de alegrar la mirada y de ofrecer todo su espacio para la navegación. El del centro [el Bósforo], procedente del Ponto Euxino, se lanza directamente hacia la ciudad como para sumarse a su belleza, y en cada una de sus orillas se extiende un continente. Está encerrado entre sus riberas tanto y de tal manera que se riza y parece gloriarse de situar la ciudad a caballo entre Asia y Europa. Es como si un rio tranquilo fluyera hacia ella. Y el brazo que se extiende a la izquierda de éste [el mar de Mármara] está confinado entre sus orillas de un lado y de otro a lo largo de una gran distancia, poniendo al descubierto los bosques, las dulces praderas y los menores detalles de la orilla opuesta, que se deja ver desde la ciudad. Después, más allá, se ensancha y se lleva la costa de Asia muy lejos de la mirada. Sin embargo, las olas rompientes del mar siguen Orlando la ciudad hasta su límite a poniente. El tercer brazo [el Cuerno de Oro], que se bifurca del primero hacia la derecha a partir del lugar llamado Sycae [Gálata], bordea durante un largo trecho la orilla de la ciudad que mira  al norte y desemboca en la bahía que constituye su extremidad. Así, el mar despliega una guirnalda alrededor de la ciudad; por lo demás el límite de la ciudad lo forma la tierra que se extiende entre los dos brazos de mar, y es del tamaño necesario para encerrar allí la corona de las aguas. Esta bahía siempre está tranquila, dispuesta de tal modo por la naturaleza que ignora cualquier movimiento, como si se hubieran puesto  límite a las aguas turbulentas y que toda marejada estuviera desterrada de estos parajes para honrar a la ciudad. Y en invierno, incluso cuando se levantan vientos violentos a lo largo y ancho del estrecho, los barcos, desde que alcanzan la boca de la bahía, prosiguen su recorrido sin piloto y se amarran sin mayores precauciones. Porque la playa ofrece toda su extensión para la navegación; de tal manera que, cuando un barco echa el ancla, su popa está a flote y su proa descansa sobre la orilla, como si los dos elementos rivalizaran por saber cuál es de mayor utilidad.”

(Procopio de Cesarea, Tratado de los edificios, I, V. 2-13)