Leandro y Hero, una leyenda de amor en el corazón del Bósforo

La separación de Hero Y Leandro (William Etty)

La separación de Hero Y Leandro (William Etty)

Frecuentemente en la antigüedad el Bósforo se describía como un lugar peligroso y de difícil tránsito por la fuerza de sus corrientes. Polibio en sus Historias (IV, 43) señala que las aguas del Bósforo tras chocar contra unas puntas de Europa llamadas Hestia (quizás un montículo con un templo dedicado a esta diosa en la zona del barrio actual de  Ortaköy, en el extremo nordeste de Estambul), el agua vuelve a lanzarse y se precipita sobre la llamada Vaca, que es el lugar de Asia en donde, según cuenta el mito, Io se detuvo por primera vez una vez cruzó el estrecho. Esa zona se corresponde al barrio actual de Scútari, también llamado en la Antigüedad Crisópolis, lugar en el que se eleva, como una pequeña isla, la llamada “Torre de Hero”, atestiguada por el mismo Estrabón.y  alusiva a la leyenda de Hero y Leandro presente en la mitología  griega.

Hero y Leandro (J.M.W. Turner)

Hero y Leandro (J.M.W. Turner)

La leyenda de Leandro y Hero sitúa en torno a las aguas del Bósforo una historia de amor. En el origen de este mito quizás se encuentre en una leyenda local propia del Helesponto, probablemente popularizada gracias a uno o más escritores helenísticos y luego retomada por los latinos.
Leandro de Abido atravesaba a nado el Helesponto para visitar a su amada Hero, sacerdotisa de Afrodita en Sesto. En su tránsito lo guiaba la luz de una lámpara encendida por Hero. Una noche esta luz es apagada por una fuerte tormenta de verano, pierde su rumbo y parece ahogado. Hero al descubrirlo muerto se arroja desde la torre para morir a su lado.
Ovidio recrea el tema en sus poemas de juventud Heroidum epistolae XVIII, “Leandro a Hero” y XIX, “Hero a Leandro” y alude a la pareja en pasajes de Amores, Ars  y Tristia. Nos centramos en la Heroidum epistolae XIX en la que Hero refleja en su carta dirigida a Leandro los sentimientos que transitan por su corazón ante su ausencia: vacío e insatisfacción; miedo y confianza en su vuelta, pero ante todo el deseo del encuentro que es capaz de superar toda dificultad.

“¡Ven, Leandro, para que de verdad pueda tener la salud que me mandaste por carta y de palabra! Inmenso es para mí el tiempo que retrasa mis placeres. ¡Perdóname la confesión! Soy impaciente en mi pasión. El mismo fuego nos abrasa, pero mis fuerzas no son las mismas; sospecho que los hombres tienen un natural más fuerte. Igual que lo es su cuerpo, es débil el corazón de las muchachas; añade más tiempo a tu demora y moriré. Vosotros, ya cazando, o ya ocupándoos de la rica tierra, pasáis largas temporadas en diversos entretenimientos. O bien os retienen los foros, o los regalos de la pringosa palestra, o gobernáis la brida de un caballo bien domado; ya cogéis el pájaro a lazo, ya el pez con anzuelo; y las últimas horas se diluyen con los vinos por delante. A mí, privada de todo eso, aun si me abrasara un fuego más suave, no me queda otra cosa que hacer sino amar. Y eso que me queda es lo que hago, amarte, oh mi único placer, y amarte más de lo que se me puede corres¬ponder. O bien cuchicheo con mi nodriza cosas de ti y le pregunto extrañada qué causa hay que retrase tu partida, o miro al mar y casi con tus mismas palabras insulto las aguas revueltas por el odioso viento, o cuando la malvada ola abandona por un tiempo su crueldad, me lamento de que, pudiendo venir ya, no quieres, y mientras me lamento llueven lágrimas de mis ojos enamorados, que mi anciana cómplice seca con sus temblorosos dedos. Muchas veces miro si en la orilla están tus pasos, como si conservara la arena las marcas sobre ella; y para preguntar por ti o escribirte pregunto si alguien viene de Abido o si alguien para Abido sale. ¿Qué voy a contarte de los muchos besos que doy a la ropa que te quitas antes de meterte en las aguas del Helesponto? Así, cuando se ha ido ya la luz, y la noche, el momento más amigo, expulsa al día y muestra las brillantes estrellas, en seguida dejo el farol, que no duerme, en lo alto de la almena, señal y guía del camino de siempre, y nos ponemos a dar vueltas al huso y a retorcer las hebras para engañar la larga espera en labores propias de mujeres. ¿Me preguntas de qué hablo durante tanto rato? Otra cosa no hay en mis labios que el nombre de Leandro. <¿Tú crees que habrá salido ya mi alegría de su casa, ama, o estarán todos despiertos y teme a los suyos? ¿Tú crees que ya se habrá quitado la ropa y que estará untándose el cuerpo de pringoso aceite?> Ella hace una especie de asentimiento, no porque le importen nuestros besos, sino porque el sueño traicionero le mueve su cabeza de anciana. Y al cabo de un momentito le digo: <Seguro que ya navega y ya sus flexibles brazos a golpes hienden las aguas>. Y cuando no he hecho sino unas pocas hebras que tocan el suelo, me pre¬gunto si estarás tal vez en la mitad del mar. Y ya miro a lo lejos, ya pido con voz temblorosa que una brisa favorable te haga fácil el camino. Mientras, a mis oídos llegan unas voces y yo me creo que cualquier ruido es el de tu llegada.
Así, cuando entre desengaños ha pasado la mayor parte de la noche, a mis ojos cansados les sorprende el sopor. Y es posible que tú, malvado, duermas conmigo a disgusto y que vengas pese a que no quieres venir. Porque me parece que te veo nadando ya cerca, y ahora creo que echas tus brazos mojados a mis hombros, ahora creo que te pongo el mismo manto de siempre por tu cuerpo empapado, ahora creo que en tu seno calientas mi pecho; y muchas más cosas que tiene que callar una lengua pudorosa, cosas que da gusto hacer, pero da vergüenza contar. ¡Pobre de mí! ¡Placer breve e irreal es ése, porque siempre te sueles ir tú detrás de mi sueño! ¡Ojalá que lleguemos un día a unirnos más fuerte los ardientes amantes y que a nuestro placer no le falte verdadera realidad! ¿Por qué he pasado fría tantas noches solitarias, por qué me faltas tantas veces, descuidado nadador? Reconozco que todavía el mar no está disponible para nadar; pero ayer por la noche hizo un viento más suave. ¿Por qué no lo aprovechaste? ¿Por qué temías lo que no iba a pasar? ¿Por qué se malogró un viaje tan bueno y no emprendiste el camino? Aunque se te ofrezca en seguida una ocasión parecida de salir, la otra era más buena, sólo porque era anterior. <Pero el hondo mar se agita y cambia de aspecto en un instante>. Muchas veces, cuando te aligeras, llegas en menos tiempo. Yo creo que si el mal tiempo te cogiera aquí no tendrías nada de qué quejarte, y conmigo abrazada a ti jamás él te haría daño. Entonces yo sí que iba a escuchar feliz los vientos silbar y suplicaría que nunca estuvieran tranquilas las aguas. ¿Qué ha pasado entonces para que te hayas vuelto tan temeroso de las olas y respetes tanto al mar que antes desafiabas? Yo me acuerdo haberte visto llegar con el mar no menos cruel y amenazador que ahora, o no mucho menos; cuando te gritaba: ‘Arriésgate de manera que no tenga que llorar tu valor esta desgraciada’. ¿De dónde este extraño temor? ¿Dónde se ha ido aquella valentía? ¿Dónde está aquel gran nadador que desdeñaba al mar? Pero mejor es que seas así que como antes solías ser, y que recorras seguro tu ruta por aguas tranquilas, con tal de que sigas siendo el mismo, con tal de que me quieras como en tu carta, y aquella llama no se haga fría ceniza. No temo tanto que los vientos retrasen mis deseos como que tu amor, igual que este viento, ande errante; que ya no valga yo tanto la pena, y que los peligros superen a su causa y que veas en mí una recompensa más pequeña que el esfuerzo. A veces temo que mi lugar de nacimiento me perjudique y que se diga de mí que una muchacha tracia no está a la altura de un esposo abideno. Pero todo lo puedo soportar con paciencia menos que pases el tiempo enredado con cualquier rival, todo menos que los brazos de otra te rodeen el cuello y que con el nuevo amor llegue el final del nuestro. ¡Ay! Mejor morir que verme herida por ese crimen, mejor que mi muerte llegue antes que tu pecado. No digo estas cosas porque me hayas dado indicios del mal que se avecina, ni angustiada por un rumor reciente. Pero todo me da miedo, ¿o quién ha amado libre de angustias? La lejanía obliga a los ausentes a tener más miedo. ¡Qué suerte tienen esas que su presencia les obliga a darse cuenta de las faltas verdaderas, pero les impide temer las falsas! A mí tanto me afecta una infidelidad que no existe como se me escapa la verdadera, y uno y otro error me provocan la misma desazón. ¡Ay, ojalá llegues, o que sea el viento o tu padre, pero nunca una mujer, el motivo de tu retraso! Porque si me entero de alguna, me moriré, créeme, de dolor. Fáltame cuanto antes si buscas mi muerte. Pero ni tú me vas a faltar, ni yo tengo motivos para estos temores, y es el temporal envidioso el que lucha porque no llegues. ¡Ay de mí! ¡Qué olas tan enormes castigan la playa, y cómo desaparece la luz del día oculta por oscuras nubes! Quizá la piadosa madre de Hele haya venido al Ponto y rocía las aguas llorando a su hija ahogada ¿O quizá es su madrastra, convertida en diosa marina, la que castiga al mar conocido con el odiado nombre de su hijastra? Este sitio no es bueno, como está ahora, para las tiernas muchachas; por culpa de esta agua murió Hele, y por ellas sufro también yo. Pero ningún amor se debería ver contrariado con vientos por tu culpa, Neptuno, fiel a tu fuego: si no son vanos rumores de falsos delitos lo de Amimone y lo de Tiro, tan famosa por su belleza, y lo de la reluciente Alcíone, Ceix, y la hija de Hecateón y lo de Medusa, cuando su melena todavía no es¬taba atada con serpientes, y lo de la rubia Laódice, y Celeno, admitida en el cielo, y lo de muchas que recuerdo haber leído. Los poetas cantan que éstas al menos, y muchas otras, fueron, Neptuno, las que juntaron su delicado cuerpo con tu cuerpo. ¿Por qué, entonces, tú, que tantas veces has sentido los embates del amor, nos cierras con torbellinos el camino acostumbrado? ¡Basta, enemigo fiero! Traba tus combates con el ancho mar. Éste es un pequeño trecho de agua que separa dos continentes. A ti te cuadra chocar tu grandeza contra grandes barcos, o incluso enzarzarte con flotas enteras. Pero es una vergüenza que el dios del mar asuste a un joven nadador, es una hazaña indigna incluso de un estanque cualquiera. Él es, además, de noble e ilustre cuna, pero no se remonta su raza a tu odiado Ulises. Perdónalo y sálvanos a los dos; nada uno solo, pero de las mismas aguas dependen el cuerpo de Leandro y mis esperanzas. Y chisporrotea la luz -pues escribo al pie de ella-, chisporrotea y me da prósperas señales. A esto que mi ama vierte vino sobre las faustas llamas, y dice: <Mañana seremos más>, y bebió ella también. ¡Haz que seamos más, nadando y venciendo al mar, oh tú que formas parte de lo más hondo de mi corazón! Vuelve a tu campamento, desertor de tu amor y tu alianza. ¿Por qué se pone mi cuerpo en la mitad de la cama? No hay de qué temer; la propia Venus te ayudará en el peligro y ella, hija del mar, te extenderá en el mar un sendero. Muchas veces me entran gamas a mí misma de ir por las olas, pero veo que este mar suele ser más seguro para los hombres. ¿O por qué, si no, cuando Frixo y su hermana viajaron los dos por él, sólo la mujer dio nombre a este ancho mar? ¿Quizá temes que no haya tiempo suficiente para la vuelta, o que no puedas resistir el peso del doble esfuerzo? Pues acudamos a encontrarnos en medio del mar y crucemos nuestros besos allí en la superficie de las aguas, y después volvamos cada uno de nuevo a muestra ciudad; poca cosa, pero al menos será más que nada. Ojalá quisiera ceder ya este pudor que nos obliga a amarnos en secreto, o ya muestro amor, tan temeroso de las habladurías. Ahora luchan la pasión y la ver¬güenza, dos cosas que mal se avienen. No sé a cuál le haré caso; la una conviene, la otra gusta. Una vez que entró en la Cólquide Jasón el pagáseo, se llevó a la del Fasis montada en su nave ligera; una vez que llegó el seductor del Ida a Lacedemonia , en cuanto pudo se volvió con su botín. Tú, cuantas veces vienes en busca de tu amor, otras tantas lo abandonas, y aunque haya peligro para las naves, vuelves nadando. Sin embargo, galán vencedor de las enfurecidas aguas, procura desafiar al mar de tal manera que a la vez lo respetes. El mar hunde naves construidas con sabiduría; ¿crees tú que tus brazos van a ser más que los remos? Tú deseas nadar, y nadar les da miedo a los marineros; porque suele ser el escape de las naves naufragadas. ¡Pobre de mí! Deseo no convencerte de lo que te aconsejo, sé, válgame el cielo, más valiente de lo que lo son mis con¬sejos, con tal de que llegues aquí y me eches al cuello los brazos cansados de tanto agitar el mar. Pero a mí cada vez que me pongo frente al azul de las olas un no sé qué es¬pantoso me sobrecoge y me hiela el pecho. No memos me preocupa la visión de ayer por la moche, aunque la he ex¬piado con sacrificios. Era casi al amanecer, cuando ya la lámpara dormitaba, en ese momento en que aparecen los sueños verídicos las hebras se me cayeron de entre las manos, rendidas por el sopor, y dejé que en la almohada se recostase mi cuello. En esto que me pareció ver sin lugar a dudas un delfín que nadaba por las olas azotadas por el viento: el oleaje lo estrelló contra la esponjosa arena, y en ese instante, a la vez que el agua, lo abandonó al pobre la vida. Me da miedo, sea lo que sea; y en cuanto a ti, no te rías de mis sueños y no confíes tus brazos al mar si no está en calma. Si no por compasión hacia ti, por compasión hacia la mujer que amas, que nunca estará a salvo sí tú no lo estás. Sin embargo hay esperanza de una próxima tregua en las alborotadas aguas; surca entonces las aguas serenas con ánimo despreocupado. Mientras tanto, ya que no es transitable el mar para un nadador, que esta carta que te mando dulcifique la odiosa demora”.

(OVIDIO.  Cartas de las heroínas, 19 [Traducción: Vicente Cristóbal López])

Hero y Leandro (Etty William)

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  1. ESTAMBUL, CRÓNICA LITERARIA DE UN VIAJE INICIÁTICO /3 | METÁFORAS XXI dice:

    […] http://www.aristas.org/raices/leandro-y-hero-una-leyenda-de-amor-en-el-corazon-del-bosforo   ( leyenda ) […]

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