Entre dos estrechos
Los historiadores cuentan las dudas que tuvo Constantino a la hora de elegir la ubicación de la ciudad de Constantinopla disputándose entre Sárdica, Troya y Bizancio. Sárdica, antigua ciudad del Reino de Tracia (la actual Sofía), no tardó en ser descartada. Pero Ilión, en el emplazamiento de la antigua Troya resultaba tentadora, frente a Bizancio, de forma que el emperador se debatía en ubicarla entre los dos estrechos estratégicos que se sitúan a cada extremo del mar de Mármara: el Bósforo o Dardanelos.
Por un lado Troya, o la mítica Ilión, estaba vinculada con Roma a través de la antigua epopeya de Eneas, celebrada por Virgilio. Pero además, en torno a Troya existía todo un halo épico, de resonancias mitológicas, relacionado con la antigua guerra de Troya y el dominio del paso del estrecho que controla la ciudad, tal y como narra el poema épico homérico de la Iliada.

Escena en la que se representa la guerra de Troya
Frente a otras épocas en las que se consideraba el acontecimiento de la guerra de Troya sin una base real sino mitología, algunos descubrimientos han puesto de manifiesto que esta contienda bélica se inserta dentro de la historia de Grecia y del Asia Menor en el segundo milenio a.C., enmarcada por la lucha por los dominios de los estrechos. Troya o Ilión era la capital de Troade, región de Asia Menor, situada cerca del Bósforo. Fundada por los pelasgos hacia el 1500 a.C. o por Dardano, o Tros, su nieto, su historia se confunde con las épocas mitológicas griegas.
Los trabajos arqueológicos, iniciados en 1870, por el arqueólogo Heinrich Schliemann (1822-1880), deslumbrado desde su infancia por la lectura de la Iliada, revelaron el emplazamiento de la ciudad de Ilión. El interés por localizar la Troya homérica le llevó a excavar en una colina cercana a Hissarlik, en un rincón del Asía Menor a seis kilómetros del mar Egeo y a poco más de cinco del estrecho de los Dardanelos. La importancia de los restos encontrados, frente a otros enclaves en los que trataba de ubicar, hicieron que se identificara este emplazamiento con la antigua Ilion o la ciudad de Troya de la Iliada. Hasta entonces Ilión y la Iliada fueron consideradas, durante milenios, pura imaginación de Homero y de los cantos en los que se inspiró.
Las excavaciones de Schliemann se continuaron en 1893 y 1894 por el profesor alemán Wilhelm Dòrpfeld. Posteriormente una misión americana de la Universidad de Cincinnati, bajo la dirección del profesor Cari Blegen, realizó nuevas y metódicas investigaciones en la colina de Hissarlik entre 1932 y 1938, que esclarecieron de forma más sistemática la historia de ese emplazamiento desde los comienzos de la edad del bronce (3000 a. C. aproximadamente) basta el final de la Antigüedad (400 d. C ) .
El prestigioso profesor Schlieman ya distinguió siete estratos, que numeró empezando por el más profundo, es decir, el más antiguo, y a los que llamó ciudades. Actualmente se diferencian nueve de tales estratos, y sólo el último, perteneciente a la época helenística y romana, puede decirse que es una verdadera ciudad. Las excavaciones han puesto de manifiesto que la Troya prehistórica, en cualquiera de sus fases, fue simplemente una ciudadela fortificada, en la que residía un rey o un caudillo, su corte y la guarnición necesaria para la defensa. La población estaba asentada en pequeñas aldeas y caseríos diseminados por la región, que en caso de peligro acudían a la ciudadela a refugiarse.
Los numerosos niveles que han distinguido los arqueólogos, en el mismo lugar, responden a los diversos avatares por los que transitó el asentamiento en el que se sucedieron destrucciones y refundaciones de la ciudad. La misma mitología no es ajena a estas continuas refundiciones, así, después de la construcción de las murallas, atribuidas a Poseidón y Apolo, fue saqueada por Hércules bajo el reinado de Laomedonte, que murió junto a sus hijos a excepción de Príamo.
La Iliada considera el Rapto de Helena el desencadenante de la guerra de Troya, aunque los verdaderos motivos debieron ser otros, ya que los estados griegos fueron presionados desde el norte, por pueblos que ya dominaban las armas de hierro y que penetraron en Grecia durante los últimos siglos del segundo milenio a. C. Así los reinos griegos debieron verse impulsados a buscar nuevos horizontes y atacaron Troya para hacerse con las rutas comerciales que los troyanos controlaban por su control del Estrecho de los Dardanelos y de las costas de Asia Menor. La coalición de las tribus griegas contó con un ejército de unos cien mil hombres bajo el mando de Agamenón, rey de Argos, junto a su hermano Menelao, rey de Esparta; Nestor, rey de Pilos; Aquiles, rey de Tesalia, Ulises, rey de Itaca y otros reyes y héroes como Diomedes, Ayax, Idomeneo, Filoctetes, etc. La ciudad cayó y fue incendiada, después de 10 años de asedio, y los supervivientes fueron exterminados o reducidos a esclavitud y deportados. El único héroe que se salvó fue Eneas, que tras un largo peregrinar se estableció en Italia para fundar una estirpe en la que Roma enraíza sus orígenes.

Escena de guerra en una vasija micénica (Museo Arqueológico de Atena. Julio, 2009). Foto: José Antonio Casares
Los hallazgos arqueológicos consideran el estrato VIIa como la Troya homérica por diversas razones: los restos arqueológicos muestran que fue destruida por el fuego; hay signos de violencia, que hacen pensar en un saqueo; en las calles se encontraron huesos humanos sin enterrar; y en el interior de algunas casas hay hasta diez y doce tinajas de casi 1,80 metros de fondo, destinadas a almacenar alimentos, como preparativos de un asedio. La cerámica micénica hallada en este estrato permite fechar la destrucción de Troya VIIa hacia 1250 a.C., concordando así con la fecha que Herodoto (II 145, 4) nos ofrece.
Todo este conjunto de acontecimientos históricos y mitológicos, junto a los factores estratégicos, confluían en la decisión que Constantino había de tomar, teniendo que elegir la ubicación de la ciudad entre dos estrechos: el del Bósforo o el de Dardanelos,; en los dos extremos del mar de Mármara. Valorando la situación de ambos se evidencia que el Helesponto es mucho más ancho y mucho más difícil de atravesar y controlar que el Bósforo. A esto se unía el hecho de que el relieve que se extiende detrás de la mítica Ilión hacía casi inaccesible el acceso al corazón de Asia Menor.
Gracias a la inspiración divina Constantino situó finalmente la ciudad sobre Bizancio. Pero de nuevo se veía abocado a una tomar nueva decisión para elegir la orilla sobre la que asentarla: Calcedonia o Bizancio. Situarla en la orilla asiática suponía disponer de los recursos de la próspera Asia Menor y situarse al abrigo asiático frente a los ataques bárbaros procedentes de Europa Central. La otra orilla, por el contrario, ofrecía las ventajas de la punta de Serail, posición estratégica natural que permitía controlar las embarcaciones que descendían por el Bósforo, así como el control del tránsito marítimo del Cuerno de Oro.
La decisión de Constantino fue un acto de sabiduría geopolítica que, al situar la capital en Europa, hizo posible privilegiar los lazos con Roma y preservarla de los ataques procedentes de Oriente, y reedificar la ciudad que estaba llamada a ser una Nueva Roma.
Fuentes:
Yerasimos, S. (2007), Constantinopla. La herencia histórica de Estambul. Barcelona: Ullman&Köneman, 26-27.
Introducción a la edición española de la Iliada preparada en 1963 por el Seminario de Filología Clásica de la Universidad de Salamanca.
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