El Bósforo o el “vado de la vaca”

Zeus conteplando a Io. Fresco Romano de Pompeya. Foto: Stefano Bolognini

Zeus conteplando a Io. Fresco Romano de Pompeya. Foto: Stefano Bolognini

El estrecho del Bósforo ha sido un misterio desde sus orígenes. Su curso, a lo lardo de los 31 kilómetros que unen el mar de Mármara con otro mar lejano y misterioso, el Ponto Euxino, era una prueba peligrosa a la que cualquier nave primitiva tenía que hacer frente. Este carácter misterioso y de prueba hizo que este paso no fuese olvidado por la mitología griega hasta tal punto que su mismo nombre “Bósforo” o “vado de vaca” esté vinculado a un mito de la Argólida. Según el mito Io salto por este lugar, convertida en vaca, para huir de la furia de Hera y alcanzar el continente asiático.
Io fue hija de Ínaco, uno de los patriarcas de los argivos hijo de Océano y Tetis. Io, una de las más bellas hijas de Ínaco fue sacerdotisa de Hera y hasta el mismo Zeus se fijó en ella. Zeus se enamoró y se unió a ella. Hera se encolerizó, al verlos juntos, y la convirtió en una vaca. La ató a un olivo en el bosque de Micenas y puso como guardián suyo a Argo, de la generación de Foroneo, que tenía ojos en todo el cuerpo y una gran fuerza.
Zeus al ver a Io convertida en una vaca se compadeció de ella y envió a Hermes para que robara a Io y Hermes lo consiguió haciendo que Argo cayera en un profundo sueño producido por las notas  de su siringa. Hera ante este hecho se encolerizó y envió un tábano a Io para que el insecto se pegara a su costado y esta vagara enloquecida de una región a otra.
Io pasó por el mar jónico, a quien dio nombre en su peregrinaje, llegó a Iliria, al Bósforo (vado de la vaca), por donde saltó a Asia y finalmente a Egipto donde se transformó nuevamente en mujer y dio a luz al hijo de Zeus, Épafo.
Pero la furia de Hera no terminó ahí, pues seguía enfurecida por la infidelidad de su esposo. Hera robó a Épafo y de nuevo Io tuvo que vagar por el mundo en su búsqueda. Al final lo encontró en Siria y volvió con él a Egipto, donde se casó con el rey Telégono y tras su muerte fue adorada como diosa con el nombre de Isis.

Júpiter e Io. Ambrogio Figio

Júpiter e Io. Ambrogio Figio

Ovidio narra bellamente en su Metamorfosis este mito al que debe su nombre el Bósforo a cuyas orillas se asienta la ciudad de Estambul. Reproducimos el texto del autor romano:

“Hay un bosque en Hemonia rodeado por todas partes por una selva escarpada: lo llaman Tempe. Por allí el Peneo, nacido en las laderas del Pindo, fluye con aguas espumeantes, y cayendo pesadamente genera nieblas que se agitan en tenues volutas, salpica de fina lluvia las cimas de los árboles y ensordece con su fragor algo más que los alrededores. Esta es la morada, la sede, el santuario del gran rio, en donde, sentado en una cueva excavada en la roca, Peneo impartía sus dictados a las aguas y a las ninfas que las habitan. Allí se congregaron en primer lugar, sin saber si debían congratular o compadecer al padre de Dafne, los ríos de la región: el Esperquío, de orillas pobladas de álamos; el inquieto Enipeo, el viejo Apídano, el tranquilo Anfriso y el Eante, y después todos los demás ríos que, allí por donde los arrastra su ímpetu, conducen hasta el mar sus corrientes fatigadas por el tortuoso camino.

Tan sólo falta el Ínaco que, retirado en lo más profundo de su cueva, acrece son sus lágrimas el caudal de sus aguas y llora la pérdida de su hija Io; no sabe si está viva o si se encuentra entre los muertos, pero al no encontrarla en ningún sitio piensa que no está en ninguna parte, y su corazón teme lo peor.

Júpiter la había visto cuando regresaba desde el río de su padre, y le ha dicho: ‹‹Oh virgen digna de Júpiter, que harás dichoso con tus nupcias a no sé qué mortal, busca la sombra de aquellos profundos bosques (y le había mostrado las sombras de los bosques) ahora que el calor aprieta y el sol se encuentra en su punto más alto, en mitad de su recorrido. Y si acaso temes encaminarte tú sola entre las guaridas de las fieras, piensa que cuando penetres en los lugares recónditos del bosque estarás a salvo, protegida por un dios; y no un dios plebeyo, sino yo, que llevo en mi poderosa mano el cetro del cielo y arrojo los errantes rayos. ¡No huyas de mí!››. En efecto ella huía. Y ya había dejado atrás los pastos de Lerna y los campos de Lirceo plantados de árboles, cuando el dios, extendió un vasto manto de niebla que recubrió la región, puso fin a su fuga y le robó la virginidad.

Entre tanto, Juno había dirigido su mirada hacia el centro de la Argólida, y sorprendiéndose de que una niebla voladora hubiese traído un pleno día la oscuridad de la noche, comprendió que no se trataba de la niebla del río ni de la humedad que se desprende del suelo. Así miró a su alrededor buscando a su esposo, puesto que conocía bien las tretas de su marido, al que tantas veces había sorprendido ya. Y cuando no pudo encontrarle en el cielo, dijo: ‹‹O me equivoco, o estoy siendo traicionada››, y descendió de las altas regiones del éter se posó en la tierra y ordenó disipar las nieblas. Pero él había presentido la llegada de su esposa y había transformado el aspecto de la hija del Ínaco en el de una hermosa novilla. Aún así era bella. La Saturnia alaba, aunque de mala gana la belleza de la vaca, y no sólo pregunta quién es y de dónde viene, sino también a qué hato pertenece, casi como si supiera la verdad. Júpiter miente y le dice que ha nacido de la tierra, para evitar así que indague su origen; Juno le pide que se la regale.

¿Qué hacer? Cruel sería entregar a su amada, pero no hacerlo sería sospechoso; el pudor le impulsa hacia lo primero, pero el amor se lo impide. Y el amor habría vencido al pudor, pero si le hubiese negado la vaca, un regalo tan insignificante, a su hermana y compañera de lecho, habría podido entenderse que no era una vaca. Así la diosa obtuvo a su rival; pero no por eso abandonó inmediatamente su miedo, y siguió desconfiando de Júpiter y temiendo que pudiera volver a raptarla, hasta que se la entregó para su custodia a Argos, hijo de Aréstor.

Cien ojos tenía Argos en su cabeza: descansaban por turnos, de dos en dos, mientras los otros permanecían abiertos y se mantenían alerta. Se pusiera como se pusiera, siempre miraba a Io; la tenía ante sus ojos aunque estuviese de espaldas. Durante el día le permitía pacer, pero cuando el sol se había ocultado en las profundidades de la tierra la encerraba y rodeaba su cuello de una indigna soga […] Un día llegó a las orillas en las que antes acostumbraba a jugar, a las orillas de Ínaco: cuando vio el rostro y los cuernos de su nueva figura reflejados en las olas se asustó  y huyó turbada por su propia imagen. Las Náyades no saben quién es, el propio Ínaco no la reconoce; pero ella sigue a su padre y a sus hermanas, deja que la acaricien y se ofrece ante sus ojos. El viejo Ínaco recogió unas hierbas para dárselas: ella lame las manos de su padre y besa sus palmas y no puede contener las lágrimas; y si pudiera hablar, le pediría ayuda y le revelaría su nombre y su desgracia. En lugar de palabras empleó letras, que trazó con su pezuña sobre la arena para dar triste razón de la transformación de su cuerpo […]

Pero el rey de los dioses no puede soportar más que la Forónida padezca tantos males, así que llama a su hijo Mercurio, engendrado por la brillante Pléyade y le ordena dar muerte a Argos […] En su inmensa tortura, a Io sólo le quedaba llegar hasta ti, oh Nilo; cuando llegó cayó de rodillas en la orilla, y echando el cuello hacia atrás, pues era todo lo que podía hacer, y alzando el rostro hacia las estrellas, pareció con sus gemidos, sus lagrimas y sus lastimeros mugidos se lamentaba ante Júpiter y le pedía que pusiera fin a sus males […] Una vez apaciguada la diosa, Io recupera su aspecto anterior y vuelve a convertirse en lo que era […] Ahora es una diosa famosísima a quien adoran las muchedumbres vestida de Lino”

(Ovidio, Metamorfosis. Libro I)

Io con Isis en Egipto.

Io con Isis en Egipto.

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4 Responses a “El Bósforo o el “vado de la vaca””

  1. El Bósforo o el “vado de la vaca” dice:

    […] El Bósforo o el “vado de la vaca” http://www.aristas.org/raices/el-bosforo-o-el-vado-de-la-vaca  por estroncio hace 4 segundos […]

  2. Raíces » Archivo del blog » Leandro y Hero, una leyenda de amor en el corazón del Bósforo dice:

    […] en el extremo nordeste de Estambul), el agua vuelve a lanzarse y se precipita sobre la llamada Vaca, que es el lugar de Asia en donde, según cuenta el mito, Io se detuvo por primera vez una vez […]

  3. Raíces » Archivo del blog » Byzas, y la fundación de Bizancio dice:

    […] Sin embargo, esta leyenda presenta distintas dificultades. Así el nombre del fundador mítico, Byzas, tiene más de tracio que de griego, y por tanto, cabe suponer, que la colonia no se fundara ex novo, sino que fuese una yuxtaposición de aldeas: una existente, cuyo nombre, según Plinio el joven, sería Lygos, habitada por pescadores tracios; y una nueva fundada por los colonos griegos que venían a convivir con los habitantes nativos por medio de pactos y de alianzas. Si queda en duda la identidad de Byzas, ¿cuál es su función en de este conjunto de leyendas? ¿De dónde procede su identidad?. Byzas, al igual que otros personajes se fueron añadiendo a la memoria y tradición de la ciudad para enaltecer y mitificar el origen de la futura capital del Imperio Romano de Oriente, al igual que Rómulo está en el origen mítico de Roma, capital del Imperio Romano de Occidente. Por tanto, en el corazón del conjunto de leyendas mitológicas que rodean los orígenes de Bizancio, los historiadores consideran, como hipótesis más plausible, que su fundación fue un proyecto griego en el que participaron los tracios. El acto de fundación constituye una gesta geopolítica de gran envergadura, muy en la línea de la política colonial griega de la época orientada al control de los estrechos, en este caso la peligrosa entrada sur del estrecho del Bósforo, el “Vado de la Vaca“. […]

  4. federico salgueiro dice:

    Excelente! lo compatiremos!

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