La ceremonia de la boda romana
Sábado, octubre 10th, 2009
Ruinas romanas de Bolonia (Octubre, 2008)
“En el día de sus esponsales, la novia, cuyo cabello había sido recogido la noche anterior en una redecilla roja, se vestía con las ropas que requería la costumbre: en primer lugar, se ponía una túnica lisa –túnica recta- ceñida por un cinturón de lana con doble nudo, el cingulum herculeum, sobre la que luego se colocaba un manto o palla de color azafrán, a juego con las sandalias. En el cuello llevaba un collar de metal; el tocado estaba formado por seis rodetes trenzados y postizos que se colocaban sobre el cabello y estaban separados por cintas o seni crines; era el mismo tocado que llevaban las Vestales durante todo su ministerio. Un flamante velo naranja, de aquí su nombre de flammeum, escondía púdicamente la parte superior del rostro y cubría el tocado; finalmente se colocaba una corona trenzada con mejorana y verbena, en tiempos de César y de Augusto, y con mirto y flor de naranjo en épocas posteriores. Una vez preparada y en compañía de los suyos, recibía al novio, a su familia y a los amigos. Entonces acudían todos juntos a un santuario cercano o al atrium de la casa para ofrecer un sacrificio a los dioses. Cuando la inmolación del animal elegido para la ocasión , algunas veces un cordero, ocasionalmente un buey y casi siempre un cerdo, había sido consumada, intervenían los auspex y los testigos. Estos, unas diez personas elegidas normalmente de ambos grupos, se limitaban a poner sus sellos sobre el contrato de matrimonio, cuando lo había, como simples comparsas sin voz. El auspex, vocablo intraducible que designa una función de augur familiar o privado, era indispensable en la ceremonia a pesar de no tener investidura sacerdotal ni peso oficial. Tras examinar las entrañas del animal, transmitía los buenos auspicios a la pareja, ya que de no ser así era señal de que los dioses rechazaban la unión y, por tanto, el matrimonio no podía ser válido. Si los augurios eran favorables, los novios se intercambiaban ante su presencia su mutuo consentimiento con una fórmula en la que parecían fundirse tanto sus vidas como sus voluntades: Ubi tu Gaius, ego Gaia. Entonces culminaba el rito y los asistentes prorrumpían en aclamaciones deseándoles buenos augurios: Feliciter! (Que la felicidad sea con vosotros). Su alegría se prolongaba en una fiesta que no terminaba hasta que caía la noche, momento en el que era obligado arrancar a la recién casada de los brazos de su madre y arrastrarla a la casa de su esposo. Un cortejo de flautistas seguidos por cinco ‹‹portantorchas›› abrían la comitiva. A lo largo del camino, todos cantaban alegres y picarescas canciones. Poco antes de llegar, llamaban a los niños y les tiraban nueces, esas nueces con las que la esposa jugaba de niña y cuya resonancia en el empedrado de la calle era presagio de una dicha fecunda. Ya cerca de la casa, tres amigos del marido se adelantaban. El paraninfo o pronubus, padrino de honor, llevaba la antorcha nupcial hecha de espino blanco fuertemente trenzado; los otros dos se hacían cargo de la novia, la cogían en brazos y la hacían cruzar , sin que sus pies tocasen el suelo, el umbral de su nuevo hogar engalanado con colgaduras blancas y ramas verdes. Tres damas de honor entraban detrás de la nova nupta; dos de ellas llevaban, una el bastidor de la novia y otra su huso, signos evidentes de sus virtudes y habilidades domésticas. Después de que el marido le ofreciera el agua y el fuego, la tercera, en realidad la primera dama de honor, o prónuba, la conducía al lecho nunpcial, momento en que el marido la invitaba a tomar posesión de su sitio; luego le quitaba la palla y desanudaba el nodus herculeus de su cintura, mientras los asistentes se retiraban con la discreción y la prisa que requerían la buena educación y la tradición.”
(Jérôme Carcopino, La vida cotidiana en Roma en el Apogeo del Imperio)
