Archivo de la categoría ‘Estambul’

Las Simplegades, símbolo de la libertad del paso del estrecho del Bósforo

Viernes, febrero 5th, 2010
Estrecho del Bósforo (Enero, 2009). Foto: José Antonio Casares

Estrecho del Bósforo (Enero, 2009). Foto: José Antonio Casares

La importancia del paso del Bósforo y su peligrosidad, a cuyas laderas se asienta la ciudad de Estambul, antigua Constantinopla o Bizancio, hizo  que su historia no estuviese ausente del mundo de la mitología griega, en concreto los episodios de la búsqueda del Vellocino de Oro.
Según el testimonio de Apolonio de Rodas, en su Argonautica, Fineo había advertido a Jason y a los Argonautas que en su camino encontrarían unas rocas llamadas Simplegades, Planctai o Cianeas, que causaban el pánico de los viajeros. Dichas rocas, envueltas en una niebla espesa, defendían la entrada del Bósforo haciendo de él un lugar intransitable. Cuando un barco trataba de pasar entre ellas se unían y lo aplastaban impidiendo el tránsito.
Por consejo de Fineo, cuando la expedición llegó junto a tales escollos móviles, Eufemo soltó una paloma para que volase delante de Argo. Tan pronto las rocas notaron su presencia se unieron y cortaron las plumas de la cola de la paloma para, acto seguido, retroceder. Los Argonautas aprovecharon este momento para pasar remando a toda velocidad, ayudados por Atenea y la lira de Orfeo, y así sólo perdieron  el ornamento de la popa.
A partir de entonces, y de acuerdo con una profecía, las rocas quedaron fijas, una a cada lado del estrecho, y aunque la fuerza de la corriente hacía la nave inmanejable, los Argonautas tiraron de sus remos hasta que quedaron doblados como arcos y pudieron adentrarse en las aguas del Mar Negro.
Sin entrar en la veracidad de la historia, la clave del mito radica en la libertad de los estrechos conseguida por los Argonautas y mantenida en lo sucesivo por los navíos procedentes del sur. Las Simplegadas pasaron a ser, desde esta perspectiva, el símbolo de la libre travesía del Bósforo como paso hacia un mundo nuevo.

Fuentes: Graves, R.(1990), Los Mitos Griegos, 2. Madrid: Alianza Editorial; Yerasimos, S. (2007), Constantinopla. La herencia histórica de Estambul. París: Mengès.

El Bósforo o el “vado de la vaca”

Sábado, enero 23rd, 2010

Zeus conteplando a Io. Fresco Romano de Pompeya. Foto: Stefano Bolognini

Zeus conteplando a Io. Fresco Romano de Pompeya. Foto: Stefano Bolognini

El estrecho del Bósforo ha sido un misterio desde sus orígenes. Su curso, a lo lardo de los 31 kilómetros que unen el mar de Mármara con otro mar lejano y misterioso, el Ponto Euxino, era una prueba peligrosa a la que cualquier nave primitiva tenía que hacer frente. Este carácter misterioso y de prueba hizo que este paso no fuese olvidado por la mitología griega hasta tal punto que su mismo nombre “Bósforo” o “vado de vaca” esté vinculado a un mito de la Argólida. Según el mito Io salto por este lugar, convertida en vaca, para huir de la furia de Hera y alcanzar el continente asiático.
Io fue hija de Ínaco, uno de los patriarcas de los argivos hijo de Océano y Tetis. Io, una de las más bellas hijas de Ínaco fue sacerdotisa de Hera y hasta el mismo Zeus se fijó en ella. Zeus se enamoró y se unió a ella. Hera se encolerizó, al verlos juntos, y la convirtió en una vaca. La ató a un olivo en el bosque de Micenas y puso como guardián suyo a Argo, de la generación de Foroneo, que tenía ojos en todo el cuerpo y una gran fuerza.
Zeus al ver a Io convertida en una vaca se compadeció de ella y envió a Hermes para que robara a Io y Hermes lo consiguió haciendo que Argo cayera en un profundo sueño producido por las notas  de su siringa. Hera ante este hecho se encolerizó y envió un tábano a Io para que el insecto se pegara a su costado y esta vagara enloquecida de una región a otra.
Io pasó por el mar jónico, a quien dio nombre en su peregrinaje, llegó a Iliria, al Bósforo (vado de la vaca), por donde saltó a Asia y finalmente a Egipto donde se transformó nuevamente en mujer y dio a luz al hijo de Zeus, Épafo.
Pero la furia de Hera no terminó ahí, pues seguía enfurecida por la infidelidad de su esposo. Hera robó a Épafo y de nuevo Io tuvo que vagar por el mundo en su búsqueda. Al final lo encontró en Siria y volvió con él a Egipto, donde se casó con el rey Telégono y tras su muerte fue adorada como diosa con el nombre de Isis.

Júpiter e Io. Ambrogio Figio

Júpiter e Io. Ambrogio Figio

Ovidio narra bellamente en su Metamorfosis este mito al que debe su nombre el Bósforo a cuyas orillas se asienta la ciudad de Estambul. Reproducimos el texto del autor romano:

“Hay un bosque en Hemonia rodeado por todas partes por una selva escarpada: lo llaman Tempe. Por allí el Peneo, nacido en las laderas del Pindo, fluye con aguas espumeantes, y cayendo pesadamente genera nieblas que se agitan en tenues volutas, salpica de fina lluvia las cimas de los árboles y ensordece con su fragor algo más que los alrededores. Esta es la morada, la sede, el santuario del gran rio, en donde, sentado en una cueva excavada en la roca, Peneo impartía sus dictados a las aguas y a las ninfas que las habitan. Allí se congregaron en primer lugar, sin saber si debían congratular o compadecer al padre de Dafne, los ríos de la región: el Esperquío, de orillas pobladas de álamos; el inquieto Enipeo, el viejo Apídano, el tranquilo Anfriso y el Eante, y después todos los demás ríos que, allí por donde los arrastra su ímpetu, conducen hasta el mar sus corrientes fatigadas por el tortuoso camino.

Tan sólo falta el Ínaco que, retirado en lo más profundo de su cueva, acrece son sus lágrimas el caudal de sus aguas y llora la pérdida de su hija Io; no sabe si está viva o si se encuentra entre los muertos, pero al no encontrarla en ningún sitio piensa que no está en ninguna parte, y su corazón teme lo peor.

Júpiter la había visto cuando regresaba desde el río de su padre, y le ha dicho: ‹‹Oh virgen digna de Júpiter, que harás dichoso con tus nupcias a no sé qué mortal, busca la sombra de aquellos profundos bosques (y le había mostrado las sombras de los bosques) ahora que el calor aprieta y el sol se encuentra en su punto más alto, en mitad de su recorrido. Y si acaso temes encaminarte tú sola entre las guaridas de las fieras, piensa que cuando penetres en los lugares recónditos del bosque estarás a salvo, protegida por un dios; y no un dios plebeyo, sino yo, que llevo en mi poderosa mano el cetro del cielo y arrojo los errantes rayos. ¡No huyas de mí!››. En efecto ella huía. Y ya había dejado atrás los pastos de Lerna y los campos de Lirceo plantados de árboles, cuando el dios, extendió un vasto manto de niebla que recubrió la región, puso fin a su fuga y le robó la virginidad.

Entre tanto, Juno había dirigido su mirada hacia el centro de la Argólida, y sorprendiéndose de que una niebla voladora hubiese traído un pleno día la oscuridad de la noche, comprendió que no se trataba de la niebla del río ni de la humedad que se desprende del suelo. Así miró a su alrededor buscando a su esposo, puesto que conocía bien las tretas de su marido, al que tantas veces había sorprendido ya. Y cuando no pudo encontrarle en el cielo, dijo: ‹‹O me equivoco, o estoy siendo traicionada››, y descendió de las altas regiones del éter se posó en la tierra y ordenó disipar las nieblas. Pero él había presentido la llegada de su esposa y había transformado el aspecto de la hija del Ínaco en el de una hermosa novilla. Aún así era bella. La Saturnia alaba, aunque de mala gana la belleza de la vaca, y no sólo pregunta quién es y de dónde viene, sino también a qué hato pertenece, casi como si supiera la verdad. Júpiter miente y le dice que ha nacido de la tierra, para evitar así que indague su origen; Juno le pide que se la regale.

¿Qué hacer? Cruel sería entregar a su amada, pero no hacerlo sería sospechoso; el pudor le impulsa hacia lo primero, pero el amor se lo impide. Y el amor habría vencido al pudor, pero si le hubiese negado la vaca, un regalo tan insignificante, a su hermana y compañera de lecho, habría podido entenderse que no era una vaca. Así la diosa obtuvo a su rival; pero no por eso abandonó inmediatamente su miedo, y siguió desconfiando de Júpiter y temiendo que pudiera volver a raptarla, hasta que se la entregó para su custodia a Argos, hijo de Aréstor.

Cien ojos tenía Argos en su cabeza: descansaban por turnos, de dos en dos, mientras los otros permanecían abiertos y se mantenían alerta. Se pusiera como se pusiera, siempre miraba a Io; la tenía ante sus ojos aunque estuviese de espaldas. Durante el día le permitía pacer, pero cuando el sol se había ocultado en las profundidades de la tierra la encerraba y rodeaba su cuello de una indigna soga […] Un día llegó a las orillas en las que antes acostumbraba a jugar, a las orillas de Ínaco: cuando vio el rostro y los cuernos de su nueva figura reflejados en las olas se asustó  y huyó turbada por su propia imagen. Las Náyades no saben quién es, el propio Ínaco no la reconoce; pero ella sigue a su padre y a sus hermanas, deja que la acaricien y se ofrece ante sus ojos. El viejo Ínaco recogió unas hierbas para dárselas: ella lame las manos de su padre y besa sus palmas y no puede contener las lágrimas; y si pudiera hablar, le pediría ayuda y le revelaría su nombre y su desgracia. En lugar de palabras empleó letras, que trazó con su pezuña sobre la arena para dar triste razón de la transformación de su cuerpo […]

Pero el rey de los dioses no puede soportar más que la Forónida padezca tantos males, así que llama a su hijo Mercurio, engendrado por la brillante Pléyade y le ordena dar muerte a Argos […] En su inmensa tortura, a Io sólo le quedaba llegar hasta ti, oh Nilo; cuando llegó cayó de rodillas en la orilla, y echando el cuello hacia atrás, pues era todo lo que podía hacer, y alzando el rostro hacia las estrellas, pareció con sus gemidos, sus lagrimas y sus lastimeros mugidos se lamentaba ante Júpiter y le pedía que pusiera fin a sus males […] Una vez apaciguada la diosa, Io recupera su aspecto anterior y vuelve a convertirse en lo que era […] Ahora es una diosa famosísima a quien adoran las muchedumbres vestida de Lino”

(Ovidio, Metamorfosis. Libro I)

Io con Isis en Egipto.

Io con Isis en Egipto.

Constantinopla, el abrazo eterno del mar

Jueves, diciembre 31st, 2009

Puente que une la zona asiática con la europea en la ciudad de Estambul (Enero, 2009). Foto: Jose Martos

Puente que une la zona asiática con la europea en la ciudad de Estambul (Enero, 2009). Foto: Jose Martos

La península rocosa sobre la que se situaba la antigua ciudad de Constantinopla, la actual Estambul, está situada en un lugar estratégico a caballo entre dos continentes. Ubicada en la línea divisoria entre dos universos, la ciudad estaba llamada a controlar tanto el itinerario terrestre desde Europa central hacia el Asia Menor por los Balcanes, como el paso marítimo  entre el sur de Rusia y el Mediterráneo a través del mar Negro. Su belleza y esplendor inspiró bellas páginas en la literatura antigua. Una de las más bellas descripciones del emplazamiento de la ciudad es la que nos ofrece Procopio de Cesarea, el destacado historiador bizantino del siglo VI, al que debemos gran parte de la información sobre el reinado del emperador Justiniano. En efecto, en su obra Tratado de los edificios, panegírico destinado a describir las numerosas obras públicas realizadas por el emperador Justiniano, prototipo de gobernante cristiano, encontramos esta descripción del  singular emplazamiento de Constantinopla , que hace posible que se funda en un abrazo con el mar por medio de los brazos de agua que la rodean:

“Entre las bienaventuranzas que colman la ciudad, el mar se despliega magníficamente a su alrededor, formando bahías curvas, que se cierran en brazos estrechos o se abren ampliamente; ello hace la ciudad excepcionalmente hermosa y ofrece a los navegantes el refugio de puertos tranquilos, que garantizan a su vez a la ciudad todas las necesidades de la existencia y le prodigan todas las cosas útiles en abundancia. Porque, en realidad, son dos mares los que comunican con ella, el Egeo por un lado, y del otro, el llamado Ponto Euxino; ambos  se unen al este de la ciudad, y al someter la tierra firme al asalto de sus masas de agua fundidas, realzan la belleza de la ciudad que rodea. La urbe está pues circundada por tres estrechos que se abren el uno sobre el otro, dispuestos de tal manera que adornan la ciudad al mismo tiempo que la sirven, todos navegables de maravilla, y cada uno capaz de alegrar la mirada y de ofrecer todo su espacio para la navegación. El del centro [el Bósforo], procedente del Ponto Euxino, se lanza directamente hacia la ciudad como para sumarse a su belleza, y en cada una de sus orillas se extiende un continente. Está encerrado entre sus riberas tanto y de tal manera que se riza y parece gloriarse de situar la ciudad a caballo entre Asia y Europa. Es como si un rio tranquilo fluyera hacia ella. Y el brazo que se extiende a la izquierda de éste [el mar de Mármara] está confinado entre sus orillas de un lado y de otro a lo largo de una gran distancia, poniendo al descubierto los bosques, las dulces praderas y los menores detalles de la orilla opuesta, que se deja ver desde la ciudad. Después, más allá, se ensancha y se lleva la costa de Asia muy lejos de la mirada. Sin embargo, las olas rompientes del mar siguen Orlando la ciudad hasta su límite a poniente. El tercer brazo [el Cuerno de Oro], que se bifurca del primero hacia la derecha a partir del lugar llamado Sycae [Gálata], bordea durante un largo trecho la orilla de la ciudad que mira  al norte y desemboca en la bahía que constituye su extremidad. Así, el mar despliega una guirnalda alrededor de la ciudad; por lo demás el límite de la ciudad lo forma la tierra que se extiende entre los dos brazos de mar, y es del tamaño necesario para encerrar allí la corona de las aguas. Esta bahía siempre está tranquila, dispuesta de tal modo por la naturaleza que ignora cualquier movimiento, como si se hubieran puesto  límite a las aguas turbulentas y que toda marejada estuviera desterrada de estos parajes para honrar a la ciudad. Y en invierno, incluso cuando se levantan vientos violentos a lo largo y ancho del estrecho, los barcos, desde que alcanzan la boca de la bahía, prosiguen su recorrido sin piloto y se amarran sin mayores precauciones. Porque la playa ofrece toda su extensión para la navegación; de tal manera que, cuando un barco echa el ancla, su popa está a flote y su proa descansa sobre la orilla, como si los dos elementos rivalizaran por saber cuál es de mayor utilidad.”

(Procopio de Cesarea, Tratado de los edificios, I, V. 2-13)

La ciudad de la tumbas

Lunes, noviembre 9th, 2009
Cementerio junto a una mezquita (Estambul. Enero, 2009)

Cementerio junto a una mezquita (Estambul. Enero, 2009)

Repica el agua en la verde maleza
que ahoga las tumbas de los antepasados:
estelas inclinadas y hundidas en la tierra
llevan grabadas frases que en su vida
los muertos idearon. Sentencias y deseos,
sueños tallados en la piedra.
Y ahora la lluvia toca sus pensamientos
y resuena también, verde y furiosa,
en la maleza que es su única amiga.
Dentro parpadean las lámparas de la mezquita
y se inclinan las sombras de los fieles.
Aquí fuera la lluvia, la lluvia que viene
de ese cielo tan gris, como el polvillo viejo
de los huesos; tan gris como el destino
de ceniza que a todos nos espera.
(José Luis Lupiañez, El Sueño de Estambul)

Estambul, la siempre poderosa

Miércoles, octubre 7th, 2009
Vista de Estambul desde el Cuerno de Oro

Vista de Estambul desde el Cuerno de Oro

“Bizancio, Constantinopla, Estambul, tres nombres sucesivos e igualmente prestigiosos para una misma ciudad, que sugieren la larga duración de una metrópoli, la acumulación de estratos excepcionales de ciudadanía, pero también una sucesión compleja de fases de prosperidad y de declive. Algunas fechas marcan, subrayándolo, este recorrido: 658 a.C para la creación de Bizancio, 1453 para su conquista por los turcos, 1923 para la designación de Ankara como capital de la joven república turca y, a partir de esta fecha, para marcar el inicio de la dicotomía entre capital política y capital económica.
Afectada en un primer momento por la llegada de la nueva pretendiente anatólica, Estambul, que tenía una población  de 1.150.000 habitantes en 1914, cayó a 691.000 en 1927 antes de retomar la delantera, incluso quemando etapas, atrayendo a masas de inmigrantes más sensibles a los encantos de un emplazamiento costero incomparable, que al  rigor continental y a las facilidades de instalación en la capital del Estado. En 1976, Estambul pasaba de tres millones de habitantes y, en su configuración extensa, ampara actualmente a más de siete millones de habitantes frente a los 2,6 de Ankara.
[…]El emplazamiento de Estambul es de hecho excepcional, ofreciendo una triple encrucijada local (mar de Mármara, Bósforo y Cuerno de Oro) e internacional (Europa-Asia, Turquía-Bulgaria, mar Mediterraneo-mar Negro-. Esta situación ha favorecido el desarrollo de un frente de instalaciones marítimas complejas (puertos comerciales, industriales, pesqueros, de viajeros, instalaciones militares, playas y centros de veraneo- que se extienden 50 kilómetros a lo largo del mar de Mármara y 2 kilómetros a lo largo del estrecho del Bósforo.
[…]Sin embargo, Estambul sigue siendo una metrópoli de contacto. Es el ‹Próximo Occidente› de los países árabes, tarea en la que suplanta a Beirut, relegada durante la guerra libanesa. Atrae cada vez más a los árabes del Golfo para sus ‹estancias europeas›. Ha desarrollado mucho, después de los años ochenta, sus intercambios con Oriente Medio, ayudada en esto por su pertenencia al mundo musulmán. Como Atenas, vecina y rival, sueña con una integración política y económica a Europa, de la que sería, sin duda, la primera beneficiaria dentro del conjunto turco”.

(Jean-François Troin, Las metrópolis del Mediterráneo: ciudades bisagra, ciudades frontera)