Archivo de la categoría ‘Estambul’

La segunda fundación de Bizancio

Domingo, Octubre 24th, 2010

Bizancio tras ser asociada a Roma pasó a ser el quicio del Imperio Romano. Hacia ella confluía la vía Egnatia que, partiendo desde Roma, atravesaba el Adriático y los Balcanes, conducía a las legiones hacia los campamentos orientales y propiciaba el intercambio comercial entre una las dos caras del imperio.

Descripción de la Vía Egnatia. Foto: Eric Gaba. Disponible en Wikimedia Commons

Descripción de la Vía Egnatia. Foto: Eric Gaba. Disponible en Wikimedia Commons

Bizancio tras ser asociada a Roma pasó a ser el quicio del Imperio Romano. Hacia ella confluía la Vía Egnatia que, continuando la Vía Appia, atravesaba el Adriático y los Balcanes, para conducir a las legiones hacia los campamentos orientales y propiciar el intercambio comercial entre una las dos caras del imperio.
Aureus Septimius Severus. Foto: Classical Numismatic Group, Inc. Disponible en Wikimedia Commonsnible en

Aureus Septimius Severus. Foto: Classical Numismatic Group, Inc. Disponible en Wikimedia Commons

Bizancio vivió una época de esplendor durante la Pax Romana. Dicha etapa de prosperidad se vio interrumpida  a finales del siglo II d. C. se vio envuelta en las crueles guerras civiles que siguieron a la muerte de Commodo (161-180 d.C.). En esta situación política Bizancio cometió el error de apoyar a Pescenio Nigro frente a Septimio Severo (193-211 d.C.), proclamado emperador  por el ejercito en el Danubio. La ciudad pagó con dureza el apoyo al rival de Septimio Severo, el cual, alcanzó las murallas de Bizancio y  la sometió a un asedio de tres años (193-196 d. C.). La fortaleza de las murallas, legendariamente inexpugnables, finalmente no pudieron resistir los ataques del ejercito del emperador, dejando expuesta a la ciudad a la crueldad de un  saqueo en el verano del 196. Bizancio fue tomada y destruida. Septimio Severo la rebajó al estatus de barriada, perdiendo su estatus de ciudad independiente,  y otorgó sus prerrogativas a Perinto (Heraclea, la actual Marmara Ereglisi), en la orilla europea del mar de Marmara.

El emperador no tardó mucho tiempo en darse cuenta del desacierto estratégico que suponía la destrucción de Bizancio como fruto  de las represalias ante el apoyo de su rival. El cambio de parecer de Septimio Severo propició la reconstrucción de Bizancio, es decir, su segunda fundación. Los historiadores presentan este hecho como una concesión a su hijo Antonino Caracalla.  Elio Esparciano rememora este momento al hacer la semblanza del emperador Caracalla en la Historia Augusta:
“con su mediación  logró devolver sus antiguos derechos a los habitantes de Antioquía y Bizancio, contra los que Severo se había irritado por ayudar a Nigro” (13. 1,7).
Antonina , nuevo nombre que recibió la ciudad en honor  al hijo del emperador, Antonino Caracalla, pronto recuperó el nombre de Bizancio. A raíz de los trabajos de reconstrucción  la concibieron como una ciudad nueva,  aunque en un primer momento no se reconstruyeron las murallas, ni se amplió su espacio. La novedad radica en la renovación arquitectónica que se acometió para  modificar el tejido urbano. Se restauraron templos y edificios destruidos, como el  Strategion, antigua sede del gobierno en la ciudad griega; dichos edificios se reconstruyen siguiendo nuevos modelos para dar a la antigua ciudad griega  un aspecto romano. Entre las grandes obras que acomete el emperador, y continuarán sus sucesores, se pueden destacar  la monumentalización de la Mese, vía que unía la puerta principal de la muralla con la plaza central, y del Testrastoon, espacio rectangular y porticado, a modo de foro, situado en el lugar de la antigua ágora. Junto al Testrastoon se construyó un Hipódromo – siguiendo el modelo del Circo Máximo de Roma– y junto a él, en el lugar que ocupaba la estatua de Helio Zeuxippos, se ubicaron las Termas de Zeuxippos, según el esquema tradicional de las termas imperiales. En la antigua acrópolis se situó un teatro y el llamado Kinegeion, probablemente un anfiteatro para venationes.
En el 211, a la muerte de Septimio Severo, se planteó   la división del imperio entre sus hijos Caracalla, que conservaría Occidente con Roma como capital, y su hermano Geta, que se instalaría en Antioquía o en Alejandría para reinar sobre Oriente. Este proyecto, de haberse llevado a cabo, habría convertido a Bizancio en una ciudad fronteriza, olvidando su vocación de ser puente de unión entre norte y sur, este y oeste. Este primer intento de división no llegó a hacerse realidad, ya que Caracalla, después de asesinar a su hermano, reinó en solitario sobre todo el imperio.
Imagen del emperador Galieno, representada en un sestercio. Foto: Classical Numismatic Group, Inc. Disponible en: Wikimedia Commons

Imagen del emperador Galieno, representada en un sestercio. Foto: Classical Numismatic Group, Inc. Disponible en: Wikimedia Commons

La agitada vida política que atravesó el imperio pronto se hizo eco en la ciudad, olvidándose el sueño de esplendor que se aventuraba a raíz de la reconstrucción. Trebelio Polión en el capítulo de la Historia Augusta dedicado al emperador Galieno (252-260 d.C.)  describe algunos episodios de la vida de Bizancio que reflejan la situación de anarquía que reinaba en el imperio. De nuevo la destrucción y la desolación acampa sobre la ciudad:

“Para que en la época de su reinado no faltase ninguna desgracia, la ciudad de Bizancio, famosa por las guerras navales y  puerto del Ponto, fue destruida de tal manera por los soldados del propio Galieno que no hubo ni un solo superviviente. Y no se podía encontrar entre los bizantinos una familia antigua si no fuera porque alguno, ocupado en un viaje o enrolado en el ejercito, se libró de la matanza y pudo representar la antigüedad o nobleza de su linaje. (Galieno), finalmente, marchó a Bizancio para vengar a sus habitantes y , aunque no pensaba que pudiera ser recibido dentro de los muros de la ciudad, se le permitió la entrada al día siguiente mediante un acuerdo; pero, después, rompió éste y dio muerte a todos los soldados, que desarmados se hallaban rodeados en círculos por los contingentes del emperador” (6,8 a 7.2).
FUENTES:
-ELVIRA BARBA, M.A. (2004), Las fundaciones de Constantinopla, en M. Cortés Arrese, Elogio de Constantinopla. Cuenca: Ediciones de la Universidad de Castilla la Mancha, 13-28.
-PICÓN, V., CASCÓN, A. (1989), Historia Augusta.  Akal: Madrid.
-YERASIMOS, S. (2007),  Constantinopla. La herencia histórica de Estambul. Barcelona: Ullman&Köneman.

 

Bizancio, la siempre deseada

Domingo, Junio 20th, 2010

El emplazamiento de la ciudad de Bizancio, proyecto griego en el que participaron los tracios, como sitio estratégico para el control del paso de los estrechos, determinó el curso de su historia. Pronto su emplazamiento despertó la codicia de los pueblos circundantes.
El primer episodio a reseñar en esta historia de dominación y libertad está vinculada al gran rey Darío de Persia. Junto a su labor de reforma administrativa del imperio, el monarca inició una serie de campañas militares para expandir su imperio. La ciudad fundada hacia el 680 a.C. fue sometida en el 513 por Darío, el rey de Persia, durante la campaña de conquista de la Tracia. De esta forma Bizancio se convertía en la puerta de un imperio que ambicionaba extenderse por los dos continentes. Por Bizancio tuvo lugar la travesía del ejercito persa hacia Grecia. La acción cuidadosamente preparada se realizó con apoyo de los jónicos. El arquitecto jónico Mandrocles construyó un puente sobre el Bósforo para unir, por primera vez, Europa con Asia. El ejército de tierra de Darío avanzó a través de Tracia hacia el Danubio inferior.
La derrota Persa supuso un reflujo y la ocupación de los atenienenses que ocuparon el litoral tracio y después Bizancio. Para Atenas, que importaba el trigo del mar Negro, el control del Bósforo pasó a ser un objetivo prioritario. La conquista de Bizancio por parte de Esparta durante las guerras del Peloponeso, en el 405 a.C. comportó la caída de Atenas al cortar las rutas de aprovisionamiento.
En el 340, Filipo II de Macedonia asedió Bizancio, que volvió a ser independiente, pero no logró ocupar la ciudad. A su vez, su hijo, Alejandro Magno, pasó a Asia por el Estrecho de Dardanelos y la ciudad permaneció al margen del imperio de Alejandro. Durante este periodo fue un importante centro de mercado en el que confluían los productos procedentes de Tracia, Macedonia, Anatolia y el Caúcaso. Las alianzas que selló con otras ciudades marítimas, como Rodas, le permitieron conservar su independencia hasta la llegada de los romanos a la región: a partir del 146 a.C. se incorporó a Roma en calidad de ciudad libre y federada.

Yerasimos, S. (2007),  Constantinopla. La herencia histórica de Estambul. Barcelona: Ullman&Köneman, 8.
Bengtson, H. (1981), Griegos y Persas. El mundo mediterráneo en la Edad Antigua I, Madrid: Siglo XXI.

Byzas, y la fundación de Bizancio

Domingo, Mayo 30th, 2010
Mapa en el que se representa el emplazamiento de la Antigua Bizancio, actual Estambul.

Mapa en el que se representa el emplazamiento de la Antigua Bizancio, actual Estambul.

Los orígenes de Bizancio están rodeados de leyendas míticas. Según la tradición un grupo de megarenses, procedentes de Megara, ciudad griega situada en la gran zona metropolitana de Atenas, dirigidos por el mítico Byzas, realizaron la fundación de Bizancio entre el 660 y el 658 a.C., con la clara intención de dominar el camino del mar por el estratégico paso. Apoyándonos en los testimonios de Hesiquio, Arriano, y Dionisio Bizantino, Byzas era hijo de una ninfa de la zona, Semystra, que se había casado con Phidaleia, hija del rey tracio Barbyzos. Según la leyenda, Byzas había recibido de Apolo, por medio de un oráculo en Delfos, la orden de fundar la colonia “enfrente de los ciegos” (Estrabón VII, 320; Tácito, Anales XII, 63).

Santuario de Apolo en Delfos (Julio, 2009). Foto: José Antonio Casares

Santuario de Apolo en Delfos (Julio, 2009). Foto: José Antonio Casares

Sin embargo, esta leyenda presenta distintas dificultades. Así el nombre del fundador mítico, Byzas, tiene más de tracio que de griego, y por tanto, cabe suponer, que la colonia no se fundara ex novo, sino que fuese una yuxtaposición de aldeas: una existente, cuyo nombre, según Plinio el joven, sería Lygos, habitada por pescadores tracios; y una nueva fundada por los colonos griegos que venían a convivir con los habitantes nativos por medio de pactos y de alianzas.
Si queda en duda la identidad de Byzas, ¿cuál es su función en de este conjunto de leyendas? ¿De dónde procede su identidad?. Byzas, al igual que otros personajes se fueron añadiendo a la memoria y tradición de la ciudad para enaltecer y mitificar el origen de la futura capital del Imperio Romano de Oriente, al igual que Rómulo está en el origen mítico de Roma, capital del Imperio Romano de Occidente.
Por tanto, en el corazón del conjunto de leyendas mitológicas que rodean los orígenes de Bizancio, los historiadores consideran, como hipótesis más plausible, que su fundación fue un proyecto griego en el que participaron los tracios. El acto de fundación constituye una gesta geopolítica de gran envergadura, muy en la línea de la política colonial griega de la época orientada al control de los estrechos, en este caso la peligrosa entrada sur del estrecho del Bósforo, el “Vado de la Vaca“.

Fuentes:

Elvira Barba, M.A. (2004), Las fundaciones de Constantinopla, en M. Cortés Arrese, Elogio de Constantinopla. Cuenca: Ediciones de la Universidad de Castilla la Mancha, 13-28.
Yerasimos, S. (2007),  Constantinopla. La herencia histórica de Estambul. Barcelona: Ullman&Köneman, 8.

Leandro y Hero, una leyenda de amor en el corazón del Bósforo

Domingo, Febrero 28th, 2010

La separación de Hero Y Leandro (William Etty)

La separación de Hero Y Leandro (William Etty)

Frecuentemente en la antigüedad el Bósforo se describía como un lugar peligroso y de difícil tránsito por la fuerza de sus corrientes. Polibio en sus Historias (IV, 43) señala que las aguas del Bósforo tras chocar contra unas puntas de Europa llamadas Hestia (quizás un montículo con un templo dedicado a esta diosa en la zona del barrio actual de  Ortaköy, en el extremo nordeste de Estambul), el agua vuelve a lanzarse y se precipita sobre la llamada Vaca, que es el lugar de Asia en donde, según cuenta el mito, Io se detuvo por primera vez una vez cruzó el estrecho. Esa zona se corresponde al barrio actual de Scútari, también llamado en la Antigüedad Crisópolis, lugar en el que se eleva, como una pequeña isla, la llamada “Torre de Hero”, atestiguada por el mismo Estrabón.y  alusiva a la leyenda de Hero y Leandro presente en la mitología  griega.

Hero y Leandro (J.M.W. Turner)

Hero y Leandro (J.M.W. Turner)

La leyenda de Leandro y Hero sitúa en torno a las aguas del Bósforo una historia de amor. En el origen de este mito quizás se encuentre en una leyenda local propia del Helesponto, probablemente popularizada gracias a uno o más escritores helenísticos y luego retomada por los latinos.
Leandro de Abido atravesaba a nado el Helesponto para visitar a su amada Hero, sacerdotisa de Afrodita en Sesto. En su tránsito lo guiaba la luz de una lámpara encendida por Hero. Una noche esta luz es apagada por una fuerte tormenta de verano, pierde su rumbo y parece ahogado. Hero al descubrirlo muerto se arroja desde la torre para morir a su lado.
Ovidio recrea el tema en sus poemas de juventud Heroidum epistolae XVIII, “Leandro a Hero” y XIX, “Hero a Leandro” y alude a la pareja en pasajes de Amores, Ars  y Tristia. Nos centramos en la Heroidum epistolae XIX en la que Hero refleja en su carta dirigida a Leandro los sentimientos que transitan por su corazón ante su ausencia: vacío e insatisfacción; miedo y confianza en su vuelta, pero ante todo el deseo del encuentro que es capaz de superar toda dificultad.

“¡Ven, Leandro, para que de verdad pueda tener la salud que me mandaste por carta y de palabra! Inmenso es para mí el tiempo que retrasa mis placeres. ¡Perdóname la confesión! Soy impaciente en mi pasión. El mismo fuego nos abrasa, pero mis fuerzas no son las mismas; sospecho que los hombres tienen un natural más fuerte. Igual que lo es su cuerpo, es débil el corazón de las muchachas; añade más tiempo a tu demora y moriré. Vosotros, ya cazando, o ya ocupándoos de la rica tierra, pasáis largas temporadas en diversos entretenimientos. O bien os retienen los foros, o los regalos de la pringosa palestra, o gobernáis la brida de un caballo bien domado; ya cogéis el pájaro a lazo, ya el pez con anzuelo; y las últimas horas se diluyen con los vinos por delante. A mí, privada de todo eso, aun si me abrasara un fuego más suave, no me queda otra cosa que hacer sino amar. Y eso que me queda es lo que hago, amarte, oh mi único placer, y amarte más de lo que se me puede corres¬ponder. O bien cuchicheo con mi nodriza cosas de ti y le pregunto extrañada qué causa hay que retrase tu partida, o miro al mar y casi con tus mismas palabras insulto las aguas revueltas por el odioso viento, o cuando la malvada ola abandona por un tiempo su crueldad, me lamento de que, pudiendo venir ya, no quieres, y mientras me lamento llueven lágrimas de mis ojos enamorados, que mi anciana cómplice seca con sus temblorosos dedos. Muchas veces miro si en la orilla están tus pasos, como si conservara la arena las marcas sobre ella; y para preguntar por ti o escribirte pregunto si alguien viene de Abido o si alguien para Abido sale. ¿Qué voy a contarte de los muchos besos que doy a la ropa que te quitas antes de meterte en las aguas del Helesponto? Así, cuando se ha ido ya la luz, y la noche, el momento más amigo, expulsa al día y muestra las brillantes estrellas, en seguida dejo el farol, que no duerme, en lo alto de la almena, señal y guía del camino de siempre, y nos ponemos a dar vueltas al huso y a retorcer las hebras para engañar la larga espera en labores propias de mujeres. ¿Me preguntas de qué hablo durante tanto rato? Otra cosa no hay en mis labios que el nombre de Leandro. <¿Tú crees que habrá salido ya mi alegría de su casa, ama, o estarán todos despiertos y teme a los suyos? ¿Tú crees que ya se habrá quitado la ropa y que estará untándose el cuerpo de pringoso aceite?> Ella hace una especie de asentimiento, no porque le importen nuestros besos, sino porque el sueño traicionero le mueve su cabeza de anciana. Y al cabo de un momentito le digo: <Seguro que ya navega y ya sus flexibles brazos a golpes hienden las aguas>. Y cuando no he hecho sino unas pocas hebras que tocan el suelo, me pre¬gunto si estarás tal vez en la mitad del mar. Y ya miro a lo lejos, ya pido con voz temblorosa que una brisa favorable te haga fácil el camino. Mientras, a mis oídos llegan unas voces y yo me creo que cualquier ruido es el de tu llegada.
Así, cuando entre desengaños ha pasado la mayor parte de la noche, a mis ojos cansados les sorprende el sopor. Y es posible que tú, malvado, duermas conmigo a disgusto y que vengas pese a que no quieres venir. Porque me parece que te veo nadando ya cerca, y ahora creo que echas tus brazos mojados a mis hombros, ahora creo que te pongo el mismo manto de siempre por tu cuerpo empapado, ahora creo que en tu seno calientas mi pecho; y muchas más cosas que tiene que callar una lengua pudorosa, cosas que da gusto hacer, pero da vergüenza contar. ¡Pobre de mí! ¡Placer breve e irreal es ése, porque siempre te sueles ir tú detrás de mi sueño! ¡Ojalá que lleguemos un día a unirnos más fuerte los ardientes amantes y que a nuestro placer no le falte verdadera realidad! ¿Por qué he pasado fría tantas noches solitarias, por qué me faltas tantas veces, descuidado nadador? Reconozco que todavía el mar no está disponible para nadar; pero ayer por la noche hizo un viento más suave. ¿Por qué no lo aprovechaste? ¿Por qué temías lo que no iba a pasar? ¿Por qué se malogró un viaje tan bueno y no emprendiste el camino? Aunque se te ofrezca en seguida una ocasión parecida de salir, la otra era más buena, sólo porque era anterior. <Pero el hondo mar se agita y cambia de aspecto en un instante>. Muchas veces, cuando te aligeras, llegas en menos tiempo. Yo creo que si el mal tiempo te cogiera aquí no tendrías nada de qué quejarte, y conmigo abrazada a ti jamás él te haría daño. Entonces yo sí que iba a escuchar feliz los vientos silbar y suplicaría que nunca estuvieran tranquilas las aguas. ¿Qué ha pasado entonces para que te hayas vuelto tan temeroso de las olas y respetes tanto al mar que antes desafiabas? Yo me acuerdo haberte visto llegar con el mar no menos cruel y amenazador que ahora, o no mucho menos; cuando te gritaba: ‘Arriésgate de manera que no tenga que llorar tu valor esta desgraciada’. ¿De dónde este extraño temor? ¿Dónde se ha ido aquella valentía? ¿Dónde está aquel gran nadador que desdeñaba al mar? Pero mejor es que seas así que como antes solías ser, y que recorras seguro tu ruta por aguas tranquilas, con tal de que sigas siendo el mismo, con tal de que me quieras como en tu carta, y aquella llama no se haga fría ceniza. No temo tanto que los vientos retrasen mis deseos como que tu amor, igual que este viento, ande errante; que ya no valga yo tanto la pena, y que los peligros superen a su causa y que veas en mí una recompensa más pequeña que el esfuerzo. A veces temo que mi lugar de nacimiento me perjudique y que se diga de mí que una muchacha tracia no está a la altura de un esposo abideno. Pero todo lo puedo soportar con paciencia menos que pases el tiempo enredado con cualquier rival, todo menos que los brazos de otra te rodeen el cuello y que con el nuevo amor llegue el final del nuestro. ¡Ay! Mejor morir que verme herida por ese crimen, mejor que mi muerte llegue antes que tu pecado. No digo estas cosas porque me hayas dado indicios del mal que se avecina, ni angustiada por un rumor reciente. Pero todo me da miedo, ¿o quién ha amado libre de angustias? La lejanía obliga a los ausentes a tener más miedo. ¡Qué suerte tienen esas que su presencia les obliga a darse cuenta de las faltas verdaderas, pero les impide temer las falsas! A mí tanto me afecta una infidelidad que no existe como se me escapa la verdadera, y uno y otro error me provocan la misma desazón. ¡Ay, ojalá llegues, o que sea el viento o tu padre, pero nunca una mujer, el motivo de tu retraso! Porque si me entero de alguna, me moriré, créeme, de dolor. Fáltame cuanto antes si buscas mi muerte. Pero ni tú me vas a faltar, ni yo tengo motivos para estos temores, y es el temporal envidioso el que lucha porque no llegues. ¡Ay de mí! ¡Qué olas tan enormes castigan la playa, y cómo desaparece la luz del día oculta por oscuras nubes! Quizá la piadosa madre de Hele haya venido al Ponto y rocía las aguas llorando a su hija ahogada ¿O quizá es su madrastra, convertida en diosa marina, la que castiga al mar conocido con el odiado nombre de su hijastra? Este sitio no es bueno, como está ahora, para las tiernas muchachas; por culpa de esta agua murió Hele, y por ellas sufro también yo. Pero ningún amor se debería ver contrariado con vientos por tu culpa, Neptuno, fiel a tu fuego: si no son vanos rumores de falsos delitos lo de Amimone y lo de Tiro, tan famosa por su belleza, y lo de la reluciente Alcíone, Ceix, y la hija de Hecateón y lo de Medusa, cuando su melena todavía no es¬taba atada con serpientes, y lo de la rubia Laódice, y Celeno, admitida en el cielo, y lo de muchas que recuerdo haber leído. Los poetas cantan que éstas al menos, y muchas otras, fueron, Neptuno, las que juntaron su delicado cuerpo con tu cuerpo. ¿Por qué, entonces, tú, que tantas veces has sentido los embates del amor, nos cierras con torbellinos el camino acostumbrado? ¡Basta, enemigo fiero! Traba tus combates con el ancho mar. Éste es un pequeño trecho de agua que separa dos continentes. A ti te cuadra chocar tu grandeza contra grandes barcos, o incluso enzarzarte con flotas enteras. Pero es una vergüenza que el dios del mar asuste a un joven nadador, es una hazaña indigna incluso de un estanque cualquiera. Él es, además, de noble e ilustre cuna, pero no se remonta su raza a tu odiado Ulises. Perdónalo y sálvanos a los dos; nada uno solo, pero de las mismas aguas dependen el cuerpo de Leandro y mis esperanzas. Y chisporrotea la luz -pues escribo al pie de ella-, chisporrotea y me da prósperas señales. A esto que mi ama vierte vino sobre las faustas llamas, y dice: <Mañana seremos más>, y bebió ella también. ¡Haz que seamos más, nadando y venciendo al mar, oh tú que formas parte de lo más hondo de mi corazón! Vuelve a tu campamento, desertor de tu amor y tu alianza. ¿Por qué se pone mi cuerpo en la mitad de la cama? No hay de qué temer; la propia Venus te ayudará en el peligro y ella, hija del mar, te extenderá en el mar un sendero. Muchas veces me entran gamas a mí misma de ir por las olas, pero veo que este mar suele ser más seguro para los hombres. ¿O por qué, si no, cuando Frixo y su hermana viajaron los dos por él, sólo la mujer dio nombre a este ancho mar? ¿Quizá temes que no haya tiempo suficiente para la vuelta, o que no puedas resistir el peso del doble esfuerzo? Pues acudamos a encontrarnos en medio del mar y crucemos nuestros besos allí en la superficie de las aguas, y después volvamos cada uno de nuevo a muestra ciudad; poca cosa, pero al menos será más que nada. Ojalá quisiera ceder ya este pudor que nos obliga a amarnos en secreto, o ya muestro amor, tan temeroso de las habladurías. Ahora luchan la pasión y la ver¬güenza, dos cosas que mal se avienen. No sé a cuál le haré caso; la una conviene, la otra gusta. Una vez que entró en la Cólquide Jasón el pagáseo, se llevó a la del Fasis montada en su nave ligera; una vez que llegó el seductor del Ida a Lacedemonia , en cuanto pudo se volvió con su botín. Tú, cuantas veces vienes en busca de tu amor, otras tantas lo abandonas, y aunque haya peligro para las naves, vuelves nadando. Sin embargo, galán vencedor de las enfurecidas aguas, procura desafiar al mar de tal manera que a la vez lo respetes. El mar hunde naves construidas con sabiduría; ¿crees tú que tus brazos van a ser más que los remos? Tú deseas nadar, y nadar les da miedo a los marineros; porque suele ser el escape de las naves naufragadas. ¡Pobre de mí! Deseo no convencerte de lo que te aconsejo, sé, válgame el cielo, más valiente de lo que lo son mis con¬sejos, con tal de que llegues aquí y me eches al cuello los brazos cansados de tanto agitar el mar. Pero a mí cada vez que me pongo frente al azul de las olas un no sé qué es¬pantoso me sobrecoge y me hiela el pecho. No memos me preocupa la visión de ayer por la moche, aunque la he ex¬piado con sacrificios. Era casi al amanecer, cuando ya la lámpara dormitaba, en ese momento en que aparecen los sueños verídicos las hebras se me cayeron de entre las manos, rendidas por el sopor, y dejé que en la almohada se recostase mi cuello. En esto que me pareció ver sin lugar a dudas un delfín que nadaba por las olas azotadas por el viento: el oleaje lo estrelló contra la esponjosa arena, y en ese instante, a la vez que el agua, lo abandonó al pobre la vida. Me da miedo, sea lo que sea; y en cuanto a ti, no te rías de mis sueños y no confíes tus brazos al mar si no está en calma. Si no por compasión hacia ti, por compasión hacia la mujer que amas, que nunca estará a salvo sí tú no lo estás. Sin embargo hay esperanza de una próxima tregua en las alborotadas aguas; surca entonces las aguas serenas con ánimo despreocupado. Mientras tanto, ya que no es transitable el mar para un nadador, que esta carta que te mando dulcifique la odiosa demora”.

(OVIDIO.  Cartas de las heroínas, 19 [Traducción: Vicente Cristóbal López])

Hero y Leandro (Etty William)

Hero y Leandro (Etty William)

Entre dos estrechos

Sábado, Febrero 13th, 2010

Los historiadores cuentan las dudas que tuvo Constantino a la hora de elegir la ubicación de la ciudad de Constantinopla disputándose entre Sárdica, Troya y Bizancio. Sárdica, antigua ciudad del Reino de Tracia (la actual Sofía), no tardó  en ser descartada.  Pero Ilión, en el emplazamiento de la antigua Troya resultaba tentadora, frente a Bizancio, de forma que el emperador se debatía en ubicarla entre los dos estrechos estratégicos que se sitúan a cada extremo del mar de Mármara: el Bósforo o Dardanelos.
Por un lado Troya, o la mítica Ilión, estaba vinculada con Roma a través de la antigua epopeya de Eneas, celebrada por Virgilio. Pero además, en torno a Troya existía todo un halo épico, de resonancias mitológicas, relacionado con la antigua guerra de Troya y el dominio del paso del estrecho que controla la ciudad, tal y como narra el poema épico homérico de la Iliada.

Escena en la que se representa la guerra de Troya

Escena en la que se representa la guerra de Troya

Frente a otras épocas en las que se consideraba el acontecimiento de la guerra de Troya sin una base real sino mitología, algunos descubrimientos han puesto de manifiesto que esta contienda bélica se inserta dentro de la historia de Grecia y del  Asia Menor en el segundo milenio a.C., enmarcada por la lucha por los dominios de los estrechos. Troya o Ilión era la capital de Troade, región de Asia Menor, situada cerca del Bósforo. Fundada por los pelasgos hacia el 1500 a.C. o por Dardano, o Tros, su nieto, su historia se confunde con las épocas mitológicas griegas.
Los trabajos arqueológicos, iniciados en 1870,  por el arqueólogo Heinrich Schliemann (1822-1880), deslumbrado desde su infancia por la lectura de la Iliada, revelaron el emplazamiento de la ciudad de Ilión. El interés por localizar la Troya homérica le llevó a excavar en una colina cercana a Hissarlik, en un rincón del Asía Menor a seis kilómetros del mar Egeo y a poco más de cinco del estrecho de los Dardanelos. La importancia de los restos encontrados, frente a otros enclaves en los que trataba de ubicar, hicieron que se identificara este emplazamiento con la antigua Ilion o  la ciudad de Troya de la Iliada. Hasta entonces Ilión y la Iliada fueron consideradas, durante milenios, pura imaginación de Homero y de los cantos en los que se inspiró.
Las excavaciones de Schliemann se continuaron en 1893 y 1894 por el profesor alemán Wilhelm Dòrpfeld. Posteriormente una misión americana de la Universidad de Cincinnati, bajo la dirección del profesor Cari Blegen, realizó nuevas y metódicas investigaciones en la colina de Hissarlik entre 1932 y 1938, que esclarecieron de forma más sistemática la historia de ese emplazamiento desde los comienzos de la edad del bronce (3000 a. C. aproximadamente) basta el final de la Antigüedad (400 d. C ) .
El prestigioso profesor Schlieman ya distinguió siete estratos, que numeró empezando por el más profundo, es decir, el más antiguo, y a los que llamó ciudades. Actualmente se diferencian nueve de tales estratos, y sólo el último, perteneciente a la época helenística y romana, puede decirse que es una verdadera ciudad. Las excavaciones han puesto de manifiesto que la Troya prehistórica, en cualquiera de sus fases, fue simplemente una ciudadela fortificada, en la que residía un rey o un caudillo, su corte y la guarnición necesaria para la defensa. La población estaba asentada en pequeñas aldeas y caseríos diseminados por la región, que en caso de peligro acudían a la ciudadela a refugiarse.
Los numerosos niveles que han distinguido los arqueólogos, en el mismo lugar, responden  a los diversos avatares  por los que transitó el asentamiento en el que se sucedieron destrucciones y refundaciones de la ciudad. La misma mitología no es ajena a estas continuas refundiciones, así, después de la construcción de las murallas, atribuidas a Poseidón y Apolo, fue saqueada por Hércules bajo el reinado de Laomedonte, que murió junto a sus hijos a excepción de Príamo.
La Iliada considera el Rapto de Helena el desencadenante de la guerra de Troya, aunque los verdaderos motivos debieron ser otros, ya que los estados griegos fueron presionados desde el norte, por pueblos que ya dominaban las armas de hierro y que penetraron en Grecia durante los últimos siglos del segundo milenio a. C. Así los reinos griegos debieron verse impulsados a buscar nuevos horizontes y atacaron Troya para hacerse con las rutas comerciales que los troyanos controlaban por su control del Estrecho de los Dardanelos y de las costas de Asia Menor. La coalición de las tribus griegas contó con un ejército de unos cien mil hombres bajo el mando de Agamenón, rey de Argos, junto a su hermano Menelao, rey de Esparta; Nestor, rey de Pilos; Aquiles, rey de Tesalia, Ulises, rey de Itaca y otros reyes y héroes como Diomedes, Ayax, Idomeneo, Filoctetes, etc. La ciudad cayó y fue incendiada, después de 10 años de asedio, y los supervivientes fueron exterminados o reducidos a esclavitud y deportados. El único héroe que se salvó fue Eneas, que tras un largo peregrinar se estableció en Italia para fundar una estirpe en la que Roma enraíza sus orígenes.

Escena de guerra en una vasija micénica (Museo Arqueológico de Atena. Julio, 2009). Foto: José Antonio Casares

Escena de guerra en una vasija micénica (Museo Arqueológico de Atena. Julio, 2009). Foto: José Antonio Casares

Los hallazgos arqueológicos consideran el estrato VIIa como la Troya homérica por diversas razones: los restos arqueológicos muestran que fue destruida por el fuego; hay signos de violencia, que hacen pensar en un saqueo; en las calles se encontraron huesos humanos sin enterrar; y en el interior de algunas casas hay hasta diez y doce tinajas de casi 1,80 metros de fondo, destinadas a almacenar alimentos, como preparativos de un asedio. La cerámica micénica hallada en este estrato permite fechar la destrucción de Troya VIIa hacia 1250 a.C., concordando así con la fecha que Herodoto (II  145, 4) nos ofrece.
Todo este conjunto de acontecimientos históricos y mitológicos, junto a los factores estratégicos, confluían en la decisión que Constantino había de tomar, teniendo que elegir la ubicación de la ciudad entre dos estrechos: el del Bósforo o el de Dardanelos,; en los dos extremos del mar de Mármara. Valorando la situación de ambos se evidencia que  el Helesponto es mucho más ancho y mucho más difícil de atravesar y controlar que el Bósforo. A esto se unía el hecho de que  el relieve que se extiende detrás de la mítica Ilión hacía casi inaccesible el acceso al corazón de Asia Menor.
Gracias a la inspiración divina Constantino situó finalmente  la ciudad sobre Bizancio. Pero de nuevo se veía abocado a una tomar nueva decisión para  elegir la orilla sobre la que asentarla: Calcedonia o Bizancio. Situarla en la orilla asiática suponía disponer de los recursos de la próspera Asia  Menor y situarse al abrigo asiático frente a los ataques bárbaros procedentes de Europa Central. La otra orilla, por el contrario, ofrecía las ventajas de la punta de Serail, posición estratégica natural que permitía controlar las embarcaciones que descendían por el Bósforo, así como el control del tránsito marítimo  del Cuerno de Oro.
La decisión de Constantino fue un acto de sabiduría geopolítica que, al situar la capital en Europa, hizo posible privilegiar los lazos con Roma y preservarla de los ataques procedentes de Oriente, y reedificar la ciudad que estaba llamada a ser una Nueva Roma.

Fuentes:

Yerasimos, S. (2007),  Constantinopla. La herencia histórica de Estambul. Barcelona: Ullman&Köneman, 26-27.
Introducción a la edición española de la Iliada preparada en 1963 por el Seminario de Filología Clásica de la Universidad de Salamanca.