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La lampara de la Mezquita

Lunes, diciembre 14th, 2009

Interior de la Mezquita Azul (Estambul. Enero, 2009). Foto: Jose Martos

Interior de la Mezquita Azul (Estambul. Enero, 2009). Foto: Jose Martos

Una de las imágenes que más impacta al entrar en una mezquita son las grandes lámparas que cuelgan de sus cúpulas. Nada más traspasar el dintel que da acceso al interior de la Mezquita Azul hace que dejes atrás el barullo de gente que rodea la inmediaciones del edificio, y en concreto el patio de la ablucciones. La luz ténue, el olor a aceite pefumado que desprende la gran lámpara que cuelga de sus cúpulas azules generan un ambiente que invita al recogimiento y al silencio. Pero, ¿qué sentido tienen estas lámparas, además de iluminar el interior.? Para comprender su sentido hay que remontarse a la vida de Mahoma. Su historia está envuelta por un cúmulo de hechos milagrosos y casi mágicos. Hay un episodio de la leyenda que nos ayuda a adentrarnos en el sentido de la gran lámpara que, por su forma, recuerda una gran tela de araña. En un momento de persecución y huida de Mahoma de sus enemigos, el Profeta se refugia en una cueva. La aparición milagrosa de una tela de araña en la boca de la cueva disuadió a los perseguidores de su presencia, haciendo que Mahoma escapara de ellos, llegara a Medina y fundara la primera comunidad musulmana. La lámpara de las mezquitas recuerdan al musulman el cuidado la protección que Alá tiene sobre el creyente.

Tarantela

Domingo, octubre 25th, 2009

Danzas en la música del Laúd, Guitarra y Vihuela. Foto: F. Herrera y M. Weber

Danzas en la música del Laúd, Guitarra y Vihuela. Foto: F. Herrera y M. Weber

La tarantela es un baile popular del sur de Italia, de las regiones italianas de Apulia, Basilicata, Calabria, Molise, Campania y Sicilia. Para algunos el nombre de esta danza napolitana, originaria de Tarento, procede del término tarántula, araña de ocho patas, dos grandes palpos maxilares, y un cefalotórax de color ceniciento cuyo cuerpo mide unos tres centímetros de largo.
El origen de la tarantela es muy antiguo, vinculado al ámbito litúrgico, ritual y terapéutico. En efecto, esta danza medicinal se bailaba en las procesiones paganas del siglo XV; las personas víctimas de la picadura de la tarántula, se entregaban de cuerpo y alma a un baile desenfrenado para poder curarse. Hasta muy entrado el siglo XX, en Sicilia y en Aragón, persistía la costumbre de danzar la tarantela con el fin de curar los efectos producidos por la mordedura de la araña. Dice Covarrubias, en el Tesoro de la Lengua Castellana (1611), que la mordedura de la tarántula “se cura al son de instrumentos, porque el paciente, moviéndose al compás del son, disimula su mal”. La tarantela ritual y simbólica, iba acompañada de músicos terapeutas que tenía un papel muy importante durante el curso de esta ceremonia; eran estos mismos terapeutas los que se encargaban  de hacer bailar al “tarantulado” por los siguientes tonos: LA mayor, RE mayor, Re menor y La menor. El grupo de músicos estaba integrado por un guitarrista, un tocador de bandurria, un violinista y un acordeonista. Así el Padre Athanasius Kirche (1601-1680) en su tratado Magnes sive De arte magnetica (Roma, 1641), cita la tarantela entre los ejemplos de aires musicales que estaban considerados en la tradición popular como un remedio contra el tarantulismo.
Encontramos diversos testimonios del uso terapeútico de la tarantela. Algunos a reconociendo su poder sanador:

“De cualquier modo que se haga la música, de viva voz o con instrumentos, con tal que la sonata sea proporcionada al veneno, cesa el tarantulismo aunque el enfermo parezca en el último extremo. La guitarra y el violín son los más usados pero es de creer que aun en los más groseros, como la zampoña o la flauta pastoril, hagan el mismo efecto si con ellos se toca la tarantela u otro análogo, las chirimías, dulzaínas y otros instrumentos de aire que forman un sonido agudo y pentrante como el clarín, clarinete, etc, les cansarán más pronto. Y sería más acertado experimentarla. Tocando la tarantela u otra sonata adecuada al veneno, comienza el paciente a mover los dedos de los pies y manos, sintiendo al mismo tiempo alegría y alivio en los síntomas, sigue después el movimiento de todos los miembros, crece este hasta el punto en pie y empieza a bailar con tal fuerza y velocidad y arreglo como si fuera el más diestro maestro de danza, causando admiración de los circunstantes. En tal modo nota las disonancias y percibe cualquier golpe mal dado, y mucho más si lánguidamente la sigue el tocador o de intento muda de tocata. Entonces suspende el baile, se queja lastimosamente, padece varias  contorsiones en todo el cuerpo, cae desmayado en tierra si no lo sostienen y encarecidamente ruega que no toquen aquel son y vuelvan a la tarantela. Empezada esta, torna a bailar con igual velocidad y compás, suda, se le pone en la cama y toma caldo u otro alimento ligero, sigue el sudor y desvanecido este vuelve al baile del mismo modo y por igual música. Se repite esto varias veces, hasta que aquella no le mueve, creyéndole entonces curado. Si llegó el remedio a tiempo, antes que el veneno se radicase o imprimiese altamente en alguna entraña (que, cuando esto sucede, es en el estómago o corazón) y se acertó con la sonata, es curado brevemente el enfermo en el espacio de cuatro días por lo regular, aun cuando no faltan historias de las nuestras en que se extendió el baile a más tiempo para lograr la curación” (Francisco Cid, Efectos de la música en los tarantulados).

Otros contemplan con cierto recelo el poder curativo ante las picaduras de las tarántulas:

“Pero concediendo a la tarantela alguna virtud para la curación de la picadura de la tarántula, creo yo que resulta esta de la alegría que infunden ciertas composiciones de música y su modo de obrar sobre el sistema nervioso; de la influencia de la tarantela sobre la imaginación de los pacientes infundiéndoles una  consoladora esperanza, y del sudor copioso que produce movimiento tan agitado, en un país cálido, durante el rigor del verano y en una habitación  atestada de curiosos que presencian el espectáculo; siendo muy probable que otra tocata cualquiera, igualmente alegre y bailable, produjese igual efecto en un país donde no sea conocida la tarantela, si es que allí se lograba hacer bailar al enfermo faltándole la preocupación  que sin duda hace el principal gasto. En apoyo de este parecer viene el hecho del tarantulado que se curó bailando el minué” (Auguste Theodor Vidal de Cassis, Tratado de patología externa y de medicina operatoria).

La tarantela profana que se baila actualmente, es completamente diferente de la precedente, tanto por su ritmo, como por su coreografía;  es una danza viva, alegre, a veces violenta, comportando ritmos de 6/8, 12/8, y 3/4, con música compuesta de tresillos repetidos que,  según autores “electrificaban” y hacían desvanecer a los enfermos…”; se bailaba por una o varias parejas cogidas de la mano; cuando la pareja se separaba, el acompañante perseguía a su compañera; cuando eran varios, se asemejaba a una especie de desfile parecido a una farándula.
Con o sin poder taumatúrgico encontramos bellos ejemplos de tarantelas que son capaces de conmover y suscitar sentimientos de alegría y gozo.

La máscara

Sábado, octubre 24th, 2009
Máscara. Museo Arqueológico de Atenas (Julio, 2009). Foto: Jose Martos

Máscara. Museo Arqueológico de Atenas (Julio, 2009). Foto: Jose Martos

“La máscara que, alguna vez y en muy diferentes circunstancias, encubre el rostro de los humanos, no ha sido siempre -como suele serlo en nuestros tiempos- un medio de ocultar la realidad [...]. La máscara del teatro clásico (Πρόσωπον, persona) era, pues, el personaje, ya que el actor, cambiando de máscara, interpretaba un variado número de papeles en aquéllos, primitivamente sacros, espectáculos. De ahí se colige el fundamental papel que este elementos jugó en el teatro antiguo y sus numerosas representaciones en las artes figurativas de Grecia y Roma.

En sus estereotipados gestos y en otras características formales, como el color blanco o marrón que diferenciaba a las máscaras femeninas de las masculinas, reconocía el público con facilidad a los personajes de las diversas obras de los tres géneros teatrales griegos. Eran, pues, tantas com personajes de una obra, aunque su número realmente reducido, pues se trataban de tipos y servían por tanto para cualquier representación.

Hacia el año 180 de nuestra Era, en el diccionario de lengua griega que escribió, en Atenas, Iulius Polydeukes (Polux de Naukratis) se recogen hasta setenta y seis tipos de máscaras de la Comedia Nueva de las que veintiocho eran trágicas, cuarenta y cuatro cómicas y el resto correspondían al drama satírico” (Pedro Rodríguez Oliva, El Símbolo de Melpomene. Teatro y muerte en la España Romana).

La máscara trágica será el símbolo que caracteriza las representaciones de la musa Melpómene

Silencio hierático

Miércoles, septiembre 23rd, 2009


Máscara funeraria micénica (Museo Arqueológico Nacional. Atenas. Julio, 2009) Foto: José Antonio Casares

Máscara funeraria micénica (Museo Arqueológico Nacional. Atenas. Julio, 2009) Foto: José Antonio Casares

” Las culturas más antiguas necesitan de la máscara como el medio de afrontar lo no humano, lo extrahumano, con un correspondiente no-rostro o rostro sustitutorio. En la época arcaíca, como en la moderna, lo que era rostro se convierte en el retrato, en escudo contra aquello que deforma y niega los rostros. La máscara es el escudo facial que se levanta en la guerra de las miradas.
Resuena a través de esas máscaras el silencio hierático de lo sagrado, que invade el rostro y los ojos hasta fijarlos en una especie de reposo rígido y majestuoso. No hay el menor atisbo de movimiento ni de dinamismo, o de fuerza potencial que pudiera ser desplegada, en esos rostros convertidos, en su travesía del límite, en auténtico material sagrado.
Se trata de ese silencio hierático que invade el espacio de su travesía hacia el más allá del límite del mundo.No hay en esos rostros ya alegría ni dolor; placer ni displacer; felicidad ni amargura. Todo el complejo y tupido relato de los cambios emocionales de fortuna e infortunio han sido transcendido. Estos rostros nos miran desde más allá de la tragedia y de la comedia. No rien; pero tampoco lloran. Están ahí para que los contemplemos en un acto que trasciende la pura fruición estética”

(Adolfo Vásques Rocca. Sloterdijk; entre rostros, esferas y espacio interfacial. Ensayo de una historia natural de la afabilidad)

El jardín del silencio

Lunes, agosto 31st, 2009
Claustro Monasterio de los Jerónimos (Lisboa. Abril 2009). Foto: Jose  Martos

Claustro Monasterio de los Jerónimos (Lisboa. Abril 2009). Foto: Jose Martos


“El claustro es el centro de la vida monástica, el corazón del convento. En el universo de este jardín está todo el simbolismo de una forma especial de entender y trascender la vida monástica. Desde el refugio ascético de los primeros eremitas a la vida reglada de las órdenes monásticas, la relación que la religión cristiana establece con la naturaleza es una superposición de mitos y simbolismos sagrados y profanos que hacen referencia a ella y a la esencia del jardín. La bipolaridad entre el mundo del silencio y la soledad, entre el desierto y el orden, la disciplina y la regularidad de una vida y una experiencia en común, se expresan y configuran a través de la arquitectura monacal, centralizada y localizada en el espacio claustral, espacio de ascensión y purificación, clave en la articulación del quehacer cotidiano del convento. La sacralización de este ámbito nos viene dada por una multitud de signos externos, de libros sagrados, de ritos tradicionales, de la lectura atenta de los antiguos textos medievales y renacentistas, haciéndose evidente en un estudio detallado de su tipología.”
(Carmen Añón Feliu, El claustro: jardín místico-litúrgico)