Archivo del mes noviembre, 2009

Los dioses griegos y las ciudades-Estado

Viernes, noviembre 27th, 2009
Vista de la Acrópolis desde el templo de Zeus Olímpico (Atenas. Julio, 2009). Foto: Jose Martos

Vista de la Acrópolis desde el templo de Zeus Olímpico (Atenas. Julio, 2009). Foto: Jose Martos

Las ciudades griegas antiguas disponían de su propio panteón, aunque las grandes divinidades centrales eran las mismas en toda Grecia pues su origen estaba vinculado a las necesidades comunes de una misma nación. Las primeras referencias escritas a los dioses griegos datan del periodo micénico. En unas tablillas de arcilla, que se encontraron en los palacios micénicos de Pelios y Cnosos, datadas aproximadamente en los años 1400-1200 a.C., se pueden leer unas inscripciones en las que se recogen los nombres de Zeus, Poseidón, Ares y Dionisio. El panteón olímpico se formó hacia los siglos X-IX A.C. (periodo geométrico) y prevalecieron en la conciencia de los griegos gracias a las epopeyas de Homero (Iliada y Odisea) que alcanzaron una enorme resonancia en toda la Antiguedad. Cuando se crearon las ciudades-Estado griegas en el siglo VIII a. C., las concepciones religiosas de los griegos se renovaron y enriquecieron con nuevos elementos y se crearon las primeras zonas organizadas para el culto y adoración de los dioses. La forma ya terminada del antiguo sistema religioso griego se alcanzó en los periodos arcaico y clásico (siglo VI-V a.C.) cuando la civilización griega llegó a su máximo esplendor.

Fuentes: María Mavromataki (1997), Mitología Griega. Ediciones Xaitali, Atenas, 23.

Los dioses griegos, arquetipos del hombre

Domingo, noviembre 22nd, 2009
Representaciones de dioses griegos en una vasija de ceráica (Museo Arqueológico de Atenas. Julio, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

Representaciones de dioses griegos en una vasija de ceráica (Museo Arqueológico de Atenas. Julio, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

La religión antigua en Grecia se caracteriza por el politeísmo. Entre los griegos antiguos los dioses en su conjunto representaban un solo concepto: el de la naturaleza en todos sus aspectos. Cada dios, individualmente, estaba acompañado por una o varias de las fuerzas de la naturaleza. El papel de los dioses para los griegos no había sido tanto el de la creación del mundo, cuanto el de la conservación de su orden y su armonía. De esta forma a cada uno de ellos se le otorgaron una serie de atributos específicos cargados de un gran simbolismo: los dioses interpretaban todos los fenómenos de la naturaleza que eran inexplicables y ejercían una labor  de guardianes del equilibrio de la naturaleza  y de la sociedad. Para los griegos los dioses eran inmortales, todopoderosos y magníficos. Podían controlar a los seres vivos en todos los aspectos de su vida, sus relaciones, nacimiento y su muerte.
Las divinidades no eran una realidad lejana e inaccesible, sino algo que el hombre podía escuchar con facilidad, que podía ver, tocar y oír. Los dioses en su conjunto eran el prototipo del hombre perfecto en el que confluían y se armonizaban complementariamente el conjunto de contradicciones que rodean la vida del ser humano. Pero al contrario de un ser humano, ellos estaban libres de las privaciones y prohibiciones de la vida, no sufría dolor o moría, podían disfrutar de todo cuanto se le ofreciera; enamorarse, encorelizarse o sentir celos sin tener que reprimir o limitar sus sentimientos; podían beber o embriagarse, divertirse y vivir en compañía de su creación. Los antiguos griegos adjudicaron a los dioses todos los dones que anhelaban tener y de los que carecían debido a su naturaleza humana.
El antropomorfismo de los dioses de Grecia no estaba en contradicción con su esencia divina. Los rasgos que el hombre confería a los dioses funcionaban como prototipo de la conducta humana y constituían los ideales que los mortales habían determinado para sí mismos. La semejanza física entre los dioses y los hombres obedecía a los mismos motivos. Las idealizadas figuras divinas, tal como se habían formado en el pensamiento de los griegos antiguos, no eran más que la imagen del modelo o arquetipo al que los hombres querían acercarse. Así los dioses tomaron la figura humana solamente cuando querían aparecerse ante los mortales. En este sentido, su cuerpo no era necesariamente un cuerpo material, sino un campo de energía que irradiaba fuerzas sobrenaturales.

Fuente: María Mavromataki (1997), Mitología Griega. Ediciones Xaitali, Atenas, 20-23.

Lisboa, la Andalucía… alemana

Jueves, noviembre 12th, 2009
Catedral de Lisboa (Abril, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

Catedral de Lisboa (Abril, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

Las ciudades hablán por sí solas, pronuncian palabras ocultas que percibimos al pasear por sus calles, contemplar sus monumentos o respirar la atmósfera que la envuelve. Lisboa no dejó indiferente a Ramón Gaya.  Este bello texto evoca la experiencia de la visita  a la ciudad de Lisboa y la percepción que de ella tuvo: la Andalucía… alemana:

“En Lisboa, sin saber por qué, me acordaba mucho de Cádiz. Creo que se debía, principalmente, al coloreado ligero, un tanto banal, de sus casas; quizá se debía también a cierta atmósfera de marinerismo antiguo, de marinerismo de grabado (un grabado inglés que representara tal puerto exótico, quizá del Japón). Sí, hay algo muy oriental en Lisboa difícil de localizar y precisar, muy evidente al mismo tiempo, algo que se diría una pimienta espolvoreada sobre los tejados -esos tejados con un leve respingo de pagoda-, algo como una pimienta difícil traída en veleros; porque Lisboa parece un lugar de volver, un rincón al que se vuelve después de una universalidad, después de un cansancio. Es una ciudad un tanto andaluza, pero como de una Andalucía… alemana, es decir, del Norte, una Andalucía dura, de hierro. Su catedral es muy fuerte, casi bárbara, muy severa, pero de una severidad luminosa; y el llamado «Manuelino» -un gótico ancho y blando- parece una arquitectura temerosa de deshacerse, llena de atadijos hechos con maromas de barco y que, poco a poco, esos nudos se hubiesen convertido en ornamentación. El interior de Los Jerónimos, más que construido, se diría formado de conchas, de moluscos, de lapas, es decir, resultado de una caprichosidad natural, de la Naturaleza, y que un buen día quedó petrificado para siempre. Ante el gran tríptico de Nuno Gonçalves que se guarda en el Museo, sentí de nuevo esa sensación de abstracción y vida, de dureza y vida mezcladas. Pocos primitivos pueden comparársele en grandiosidad, en rotundidad, en absolutismo, en síntesis. Casi no parece un artista, sino un guerrero, un guerrero en paz, un guerrero que no batalla, que lo es pero que no batalla, un guerrero inmóvil, es decir, verdaderamente fuerte. Los personajes de su tríptico son, quizá, los seres más herméticos de toda la llamada pintura primitiva: cuanto pudiera caer en expresión, en debilidad de expresión, ha sido convertido aquí en intensidad: no hay nada muerto, sino que todo está bien vivo, pero todo está vivo sin moverse, sin expresarse, con una existencia, con una respiración de coraza, de coraza palpitante.
Me pareció que Portugal encerraba un esqueleto muy antiguo y duro, un armazón muy sólido, pero que este armazón había sido revestido ahora de un encanto suave, feliz, un poco banal, un poco tropical, y como traído de otras tierras.”

Ramón Gaya, Lisboa, en Obras Completas II, 261

La ciudad de la tumbas

Lunes, noviembre 9th, 2009
Cementerio junto a una mezquita (Estambul. Enero, 2009)

Cementerio junto a una mezquita (Estambul. Enero, 2009)

Repica el agua en la verde maleza
que ahoga las tumbas de los antepasados:
estelas inclinadas y hundidas en la tierra
llevan grabadas frases que en su vida
los muertos idearon. Sentencias y deseos,
sueños tallados en la piedra.
Y ahora la lluvia toca sus pensamientos
y resuena también, verde y furiosa,
en la maleza que es su única amiga.
Dentro parpadean las lámparas de la mezquita
y se inclinan las sombras de los fieles.
Aquí fuera la lluvia, la lluvia que viene
de ese cielo tan gris, como el polvillo viejo
de los huesos; tan gris como el destino
de ceniza que a todos nos espera.
(José Luis Lupiañez, El Sueño de Estambul)

Caliope, la de la voz bella

Sábado, noviembre 7th, 2009

Musa Caliope. Museo Pío Clementino.

Musa Caliope. Museo Pío Clementino.

En el mundo griego existía una gran afición a escuchar las hazañas heroicas guerreras de sus antepasados. Así el primer género literario presente en esta cultura es la poesía épica. El desarrollo de este género está vinculado al funcionamiento de la polis arcaica (s. VIII .VI a. C), ya que es en el seno de la corte aristocrática el lugar en el que se puede comprender propiamente el desarrollo de la épica. En las grandes fiestas y banquetes celebrados por los aristócratas, los aedos y rapsodas acompañados por instrumentos de cuerda, entonaban y recitaban poemas épicos cantando las hazañas de los héroes del pasado. Pero ¿qué intencionalidad tenía el hecho de hacer de la aristocracia la destinataria preferencial de estos cantos? La intencionalidad es claramente didáctica vinculada al concepto de la paideia y de la educación en el ideal del hombre griego a la clase gobernante. Estos cantos querían educar y configurar nuevos héroes, esforzados al límite, que revivan el pasado heroico y actualicen las grandes gestas que hacen grande a un pueblo. Así la poesía épica cantaba las hazañas de los héroes, historias acaecidas en un pasado legendario, transmitidas de boca en boca, mostrando, a modo parenético, la figura de los héroes legendarios como modelos a imitar.

Formalmente la poesía épica, debido a sus raíces en la transmisión oral, se caracteriza por el uso del verso hexámetro compuesto por seis pies: dáctilos o espondeos, y por una expresión llena de fórmulas, epítetos y repeticiones que viene a poner de relieve la dependencia que la poesía épica tenía de la tradición oral que arranca de la época de la mítica guerra de Troya. Esta tradición oral culminará en la figura de Homero y Hesiodo que configuraran las creencias mítico-religiosas de los griegos y constituyen los grandes educadores del pueblo griego.

En la mitología griega, Calíope (en griego antiguo Καλλιόπη Kalliópê, ‘la de la bella voz’) es la musa que preside el género épico. A ella se dirigían preferentemente los poetas invocando su inspiración. Es casi igual al dios Musageta a quien parece disputar la dignidad de jefe del coro de las musas, sin que por esto hubiera hostilidad entre ellos. El matrimonio de Caliope y Apolo, que aparece representado con frecuencia en las pinturas de los vasos, indica claramente la unión de los dos poderes. La preeminencia de Caliope sobre sus hermanas es reflejo de la importancia que llega a el género poético épico. Cuando la poesía épica floreció en Grecia, fue colocada bajo la invocación de Caliope y fue el atributo que conservó en último término, como lo indica el verso de Ausonio: “Carmina Calliope libris heroica mandat“.Como las demás musas, Calíope es hija de Zeus y Mnemósine (la Memoria). Se casó con Eagro y con él fue madre de Orfeo, Marsias y Lino, si bien también se dice que el padre de este último fue Apolo. Con Estrimón, uno de los oceánidas, fue madre de Reso, un rey tracio que murió en la Guerra de Troya el día siguiente de su llegada. Estrabón afirma que fue madre con Zeus de los Coribantes. Algunas fuentes le atribuyen la maternidad de Himeneo, dios de los esponsales y del canto nupcial, si bien otras afirman que era hija de Clío o Urania. Se dice que Calíope quedó prendada de Heracles y le enseñó el modo de reconfortar a sus amigos cantando en los banquetes. En otra ocasión Zeus le encargó la resolución de la embarazosa disputa entre Afrodita y Perséfone por la custodia (y disfrute) de Adonis. La resolvió decidiendo que Adonis pasase cuatro meses con Afrodita, cuatro con Perséfone y los cuatro restantes del año con quien él eligiera. Adonis siempre escogió a Afrodita porque Perséfone era la diosa fría e insensible del inframundo.

A pesar de la variedad de sus significaciones, las imágenes de Caliope son casi todas idénticas; siempre se la ve representada en la figura de una joven de aire majestuoso, la frente ceñida con una corona de oro, porque Hesíodo la pinta viviendo entre reyes, y con guirnaldas por ser la principal de las musas. En una pintura de Herculano lleva túnica verde, manto blanco, corona de hiedra y un volumen, atributo que no se ve en sus demás imágenes. Ordinariamente está sentada en actitud de meditación, con la cabeza apoyada en una de sus manos, con el estilo y las tablillas, como disponiéndose a escribir o a leer lo que acaba de escribir.