Archivo del mes septiembre, 2009

Los avatares de la Alhambra

Miércoles, septiembre 30th, 2009

Vista de la Alhambra desde el Albaicín

Vista de la Alhambra desde el Albaicín

“Para el viajero posído de sentimiento por lo histórico y por lo poético, tan inseparablemente entrelazados en los anales de la España romántica, la Alhambra es objeto de tanta veneración como la Caaba para los musulmanes. ¡Qué de leyendas y tradiciones, cuántas canciones y trovas, árabes y españolas, de amor, de guerra y de aventuras, asociadas a este monumento oriental! Fué mansión de los monarcas moriscos y desde ella, rodeados de los esplendores y de los refinamientos del lujo asiático, dominaron sobre territorios que se vanagloriaban de considerar como paraíso terrenal, esfonzándose en su final predestinación para ensanchar con España su imperio. El palacio real, que sólo forma una parte de la fortaleza, cuyas murallas, tachonadas de torres, se extienden irregularmente rodeando toda la cresta de una eminencia, estribación de Sierra Nevada que mira a la ciudad, es exteriormente informe y desigual agregación de ciudadelas y de almenas, sin regularidad en el plan y sin gracia en la arquitectura, no dejando adivinar la belleza y los primores que el interior encierra.
En tiempo de los moros era capaz la fortaleza de albergar en su recinto exterior un ejército de cuarenta mil hombres, y sirvió como plaza fuerte a los soberanos contra sus súbditos rebeldes. Cuando el reino pasó a poder de los cristianos, continuó siendo la Alhambra morada real, habitándola los monarcas castellanos: dentro de sus murallas comenzó el emperador Carlos V a edificar un suntuoso palacio, desalentádole del deseo de terminarlo los continuados terremotos que conmovieron Andalucía. Los últimos residentes regios de la Alhambra fueron Felipe V y su hermosa reina Isabel de Parma, a principios de la decimoctava centuria. Para alojarles  debidamente se hicieron grandes obras, cultivándose los jardines y erigiéndose nuevas habitaciones, que decoraron artístas enviados de Italia. La estancia únicamente temporal, de estos monarcas  en la Alhambra determinó que, a su partida, volviera a quedar desolado el palacio. Todavía se mantuvo la fortaleza en estado militar: regíala su castellano como patrimonio de la Corona, extendiéndo la jurisdicción hasta los arrabales de la ciudad, con independencia del capitán general; guarnecíanla número considerable de tropa, teniendo el gobernador sus antiguas habitaciones frente al antiguo palacio moro, y estando dotado de tal rango y ceremonia, que nunca bajaba a Granada sin que dejara de rendirle armas la guardia. En realidad, la fortaleza era en sí una pequeña ciudad, con calles, edificadas de casas, dentro de sus muros, un convento franciscano y una iglesia parroquial.
La marcha de la corte significó para la Alhambra golpe fatal. Quedaron  abandonados su magníficos salones, algunos de los cuales se vieron en ruinas; resultaron destruidos los jardines y cesaron  de correr las fuentes. Gradualmente fué ocupando los pabellones una población vaga y relajada: contrabandistas, que se valían de la independencia de jurisdicción del lugar para matutear atrevidamente en gran escala, y ladrones y pícaros y holgazanes, que convirtieron la fortaleza en refugio, dentro de cuyo asilo tramaban despojos y organizaban  robos contra Granada  y su vecindad. Al fín intervino la mano fuerte del Gobierno, hízose una selección cuidadosa de los que debían continuar continuar en las moradas; se arrojó a los indeseables; sólo se permitió que gozaran los pabellones las familias que tuvieran  legítimo derecho a habitarlos; de honradez probada tenía que ser la ejecutoria de los residentes, y se ordenó la demolición de la mayor parte de las casas, quedando reducido todo a una población corta, un agregado de viviendas con su parroquia y el convento de los frailes franciscanos.
Durante las guerras napoleónicas, en que Granada cayó en manos de las tropas invasoras, habitó el palacio el general de las fuerzas. Con ese exquisito discernimiento del gusto que siempre pusieron los galos en la labor que desarrollaron en los países donde se establecieron, libraron los franceses del abandono y de la ruina esta gloriosa reliquia de la bizarría y del poderío morisco. Repararon los techos, protegiendo así los salones y las galerías contra las inclemencias y la acción del tiempo; pusieron en orden los jardines; atendieron al cuidado de los ríos y los arroyos, lanzando otra vez las fuentes sus esplendorosos  hilos de agua. En verdad, bien puede España agradecer a sus últimos invasores que trataran de preservar el más bello e interesante de sus monumentos históricos.
Al verse obligados a abandonar la Alhambra, los franceses volaron varios torreones de la muralla exterior y dejaron las fortificaciones en situación de que no pudieran defenderse, quizá pensando en que, si volvían, no se les hiciera gran resistencia y no estuvieran obligados, para dominarla, a destruir la sinigual joya. Desde entonces, puede decirse que la Alhambra carece de importancia militar. Su guarnición actual formaría un puñado de soldados, inválidos del servicio de las armas, cuya misión principal es vigilar algunas de las torres exteriores, habilitadas como prisiones, sin que tenga ya la Alhambra su castellano o gobernador propio, en el verdadero sentido de la palabra”

(W. Irving, La Alhambra)

Desde el Areópago

Domingo, septiembre 27th, 2009

Vista de la Acrópolis desde el Areópago (Atenas. Julio, 2009). Foto: Jose  Martos

Vista de la Acrópolis desde el Areópago (Atenas. Julio, 2009). Foto: Jose Martos

Silencio hierático

Miércoles, septiembre 23rd, 2009


Máscara funeraria micénica (Museo Arqueológico Nacional. Atenas. Julio, 2009) Foto: José Antonio Casares

Máscara funeraria micénica (Museo Arqueológico Nacional. Atenas. Julio, 2009) Foto: José Antonio Casares

” Las culturas más antiguas necesitan de la máscara como el medio de afrontar lo no humano, lo extrahumano, con un correspondiente no-rostro o rostro sustitutorio. En la época arcaíca, como en la moderna, lo que era rostro se convierte en el retrato, en escudo contra aquello que deforma y niega los rostros. La máscara es el escudo facial que se levanta en la guerra de las miradas.
Resuena a través de esas máscaras el silencio hierático de lo sagrado, que invade el rostro y los ojos hasta fijarlos en una especie de reposo rígido y majestuoso. No hay el menor atisbo de movimiento ni de dinamismo, o de fuerza potencial que pudiera ser desplegada, en esos rostros convertidos, en su travesía del límite, en auténtico material sagrado.
Se trata de ese silencio hierático que invade el espacio de su travesía hacia el más allá del límite del mundo.No hay en esos rostros ya alegría ni dolor; placer ni displacer; felicidad ni amargura. Todo el complejo y tupido relato de los cambios emocionales de fortuna e infortunio han sido transcendido. Estos rostros nos miran desde más allá de la tragedia y de la comedia. No rien; pero tampoco lloran. Están ahí para que los contemplemos en un acto que trasciende la pura fruición estética”

(Adolfo Vásques Rocca. Sloterdijk; entre rostros, esferas y espacio interfacial. Ensayo de una historia natural de la afabilidad)

Orfeo, el poder de las notas de su lira

Lunes, septiembre 21st, 2009
Relieve de Orfeo. Museo Bizantino. (Atenas. Julio, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

Relieve de Orfeo. Museo Bizantino. (Atenas. Julio, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

Orfeo, hijo del rey Eagro y de la musa Caliope, es el gran héroe de la Tracia. Su fama se difundió por todo el mundo helénico, gracias a su especial talento para la música y la poesía épica. Muchos escritores de la Antigüedad cantaron su talento divino con la lira con la cual no sólo podía fascinar a los hombres, sino a las bestias salvajes. En efecto, en la expedición de los Argonautas Orfeo logró ocultar con sus melodías las voces de las Sirenas que, hasta el momento, habían logrado arrastrar a sus dominios a todos los viajeros que pasaban cerca de su territorio. Ni siquiera al mismo Hades logró fascinar el cantor con la maestría de su canto y de la belleza que manaba de las cuerdas de su lira.

El mito narra el acontecimiento principal de su vida. Su amada mujer, Eurídice, una ninfa de los valles de la Tracia, muere joven a causa de la mordedura de una serpiente, cuando trataba de huir de Aristeo, hijo de Apolo. Orfeo, desconsolado, desciende al Mundo Subterráneo decidido a volver con ella a la vida. Ningún habitante del reino de las tinieblas fue insensible a la música de su lira: Cerbero, el monstruoso perro guardián de las puertas del Hades, se echó tranquilo, los tormentos de los condenados se detuvieron y la terribles Erinias rompieron a llorar. Hades, ante la belleza de la música de la lira de Orfeo, decidió devolverle a la vida a su mujer con la condición de que no se volviera a verla hasta que no hubieran llegado al mundo de los vivos. Así, Orfeo y Eurídice, emprendieron silenciosamente el duro y penoso viaje de regreso. Orfeo guiaba con las notas de su lira a la ninfa que caminaba entre las sombras. Poco antes de llegar a las puertas del Mundo subterráneo, Orfeo, que desconfiaba de Hades, quiso cerciorarse de que su mujer lo seguía y volvió su mirada para comprobarlo. En ese momento Eurídice, que aún poseía un pié en el reino de las sombras, murió definitivamente y fue devuelta al Mundo Subterráneo.

Orfeo lloró desesperado la pérdida de su mujer, y de acuerdo con algunas tradiciones del mito, murió, poco después, presa del dolor y del desconsuelo. Otras tradiciones atribuyen su muerte a las Bacantes de Tracia, quienes lo destrozaron y dispersaron su cuerpo por haber despreciado los ritos de Dionisio. Existía también la tradición de que el héroe murió en manos de Zeus por haberse atrevido a revelar a los hombres secretos divinos.

Representación de Orfeo en una pieza de Cerámica. Museo del Cerámico (Atenas. Julio, 2009) Foto: José Antonio Casares González

Representación de Orfeo en una pieza de Cerámica. Museo del Cerámico (Atenas. Julio, 2009) Foto: José Antonio Casares González

Alhambra de Granada

Miércoles, septiembre 16th, 2009

Vista de la Alhambra desde el mirador de San Cristobal (Granada. Julio, 2009). Foto: Jose  Martos

Vista de la Alhambra desde el mirador de San Cristobal (Granada. Julio, 2009). Foto: Jose Martos

Oh flor de los mil colores,
átomo de los mil amores,
oh, ruindad llena de gracia,
almena de la fragancia.

Reina del poderío,
fuente del amor mío,
paloma sin palomar,
Alhambra del bien amar.

Oh reina más coronada,
carne de tierra encarnada,
en bosques oscuros encerrada,
soltada al cielo, soltada.

(José María Torres Morenilla)