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Y la Alhambra se hizo gramática. La mirada de Owen Jones sobre el monumento nazarí

abril 14th, 2012
Vista de la Alhambra desde el mirador de San Cristobal. Foto: José M. Martos

Vista de la Alhambra desde el mirador de San Cristobal. Foto: José M. Martos

Como peregrino del paisaje, Owen Jones (1809-1874), artista decorativo, educador y tratadista, viajó a dos veces a Granada (1834 y 1837), cautivado por la belleza del emblemático monumento nazarí para contemplar, con nuevos ojos, la Alhambra y descifrar la gramática del color que contiene, oculta entre sus yeserías, azulejos y demás artificios ornamentales.   La exposición “Owen Jones y la Alhambra. El diseño islámico: descubrimiento y visión”  que desde el 21 de octubre de 2011 hasta el 28 de febrero de 2012 se ha podido visitar en la planta superior del Palacio de Carlos V, en el Museo de Bellas Artes, ha rendido homenaje a la figura del arquitecto inglés, Owen Jones,  organizada por el Patronato de la Alhambra y Generalife y el Victoria and Albert Museum.

Cartel de la Exposición (infoenpunto.com)

Cartel de la Exposición (infoenpunto.com)

El interesante itinerario pedagógico que la articuló ha permitiendo a un gran número de visitantes conocer la mirada que este artista dirigió a este emblema del arte nazarí y la repercusión que tuvo en el universo artístico del momento.  La interesante exposición estuvo comisariada por Juan Calatrava, Catedrático de Historia de la Arquitectura de la Universidad de Granada, conjuntamente con Mariam Roser-Owen y Abraham Thomas, a partir de un diseño expositivo del Victoria and Albert Museum.

La figura polifacética de Owen Jones quedó perfectamente descrita en las distintas secciones de la exposición temporal: artífice de proyectos de arquitectura y de decoración interior, diseñador industrial de piezas y elementos constructivos, ilustrador de libros, docente y conferenciante, y en definitiva, protagonista  de los interesantes debates estéticos de la segunda mitad del siglo XIX.

La mirada de Owen Jones sobre la Alhambra

El siglo XIX, en plena efervescencia de la corriente romántica, supuso un redescubrimiento de la Alhambra hasta llegar a considerarla un lugar dela “memoria”.  En efecto, en el siglo XIX, la Alhambra era una ciudadela en la que habitaban un pequeño número de personas. Con la invasión de Napoleón los residentes en ella se vieron obligados a dejar sus habitaciones ante la invasión de las tropas militares. El monumento quedó muy deteriorado tras esta etapa entrando en una etapa de olvido por parte de la burguesía y de las elites granadinas.  Sin embargo fueron los numerosos  extranjeros (franceses e ingleses) que visitaron la Alhambra los que tuvieron un papel importante en la divulgación del valor escondido que encerraba el monumento nazarí.
El interés romántico por la Alhambra representó un hito en la historia del monumento que dio paso a convertir aquel conjunto de ruinas en un lugar de la memoria. Una multitud de escritores  y artistas vinieron a Granada para plasmar a la Alhambra en sus obras. En ella encontraron la materia prima para resucitar un pasado exótico, cargado de leyendas y sueños que los transportaba más allá de la realidad cotidiana. Las ruinas permite a viajeros, escritores y  artistas desarrollar su imaginación y los transporta a momentos anteriores de la historia. Granada, su paisaje, su historia y sus leyendas, sus monumentos, especialmente, la Alhambra, sus recuerdos de una civilización perdida, la convierten en la ciudad romántica por excelencia.
Owen Jones se aleja de esta visión romántica y miró el  monumento granadino con nuevos ojos: no ya buscando la evasión para escapar de la realidad circundante ni para rebuscar entre su historia la inspiración para construir nuevas leyendas románticas sino para desvelar y sacar a la luz el verdadero tratado de arquitectura que encierra, depósito olvidado en el que era posible rastrear esa ciencia exacta del ornamento y del color cuyas leyes trataban de hallar por entonces los arquitectos contemporáneos. Fue en la Alhambra donde surgió su constante aspiración a integrar el legado islámico en la cultura contemporánea, un objetivo que persiguió en toda su prolongada actividad como arquitecto y decorador.

El nombre de “Baelo Claudia”

febrero 28th, 2011

Dos son las fuentes documentales por los que conocemos el nombre de la ciudad de Baelo: las inscripciones de las monedas y los textos de autores griegos y latinos.

Moneda de la ciudad de Baelo Claudia. Foto: Comunidad Numística

En las monedas que la ciudad acuñó durante la época republicana aparece su nombre escrito como Bailo. También aparece el nombre grabado con caracteres libio-fenicios en algunas monedas que llevan una inscripción bilingüe, en la forma Byl´nn, que probablemente se pronunciara Bailonem o Bailonin.

El segundo grupo de testimonios proceden de algunos textos antiguos, escritos por diversos autores griegos y latinos, en los que se transmite el nombre de la ciudad con formas ligeramente distintas:

Belon, Estrabón, Greografía, III, I.8, hacia el  año 18 d.C.
Baelo, Plinio, Historia Natural, III, 7 y V, 2, el año 77 d.c.
Bello, Pomponio Mela, oriundo de la vecina ciudad de Iulia Tingentera, la actual Algeciras, en su Corografia, II, 96, hacia el año 40 d.C.
Bailon, Ptolomeo, Geografía, II, 4, 5, hacia el año 150 d.C.
Belo, Solino, De las cosas maravillosas del mundo, hacia el año 260 d.C.
Belo Claudia, en el Itinerario de Antonino, 407, 3, guía de caminos de fines del siglo III d.C.
Belon, Marciano de Heraclea, Periplo del mar exterior, hacia el año 400 d.C.
Belos, Esteban de Bizancio, Étnicas, hacia fines del siglo V.
Belo, Anónimo de Ravena, Cosmografía, 305, 15 hacia fines del siglo VII.
Bailo, Juan Tzetzés, Las quiliadas, VIII, 710. a principios del siglo XII.

Fuente:

Sillières, P. (1997), Baelo Claudia: una ciudad romana de la Bética. Sevilla: Casa de Velazquez.

La segunda fundación de Bizancio

octubre 24th, 2010

Bizancio tras ser asociada a Roma pasó a ser el quicio del Imperio Romano. Hacia ella confluía la vía Egnatia que, partiendo desde Roma, atravesaba el Adriático y los Balcanes, conducía a las legiones hacia los campamentos orientales y propiciaba el intercambio comercial entre una las dos caras del imperio.

Descripción de la Vía Egnatia. Foto: Eric Gaba. Disponible en Wikimedia Commons

Descripción de la Vía Egnatia. Foto: Eric Gaba. Disponible en Wikimedia Commons

Bizancio tras ser asociada a Roma pasó a ser el quicio del Imperio Romano. Hacia ella confluía la Vía Egnatia que, continuando la Vía Appia, atravesaba el Adriático y los Balcanes, para conducir a las legiones hacia los campamentos orientales y propiciar el intercambio comercial entre una las dos caras del imperio.
Aureus Septimius Severus. Foto: Classical Numismatic Group, Inc. Disponible en Wikimedia Commonsnible en

Aureus Septimius Severus. Foto: Classical Numismatic Group, Inc. Disponible en Wikimedia Commons

Bizancio vivió una época de esplendor durante la Pax Romana. Dicha etapa de prosperidad se vio interrumpida  a finales del siglo II d. C. se vio envuelta en las crueles guerras civiles que siguieron a la muerte de Commodo (161-180 d.C.). En esta situación política Bizancio cometió el error de apoyar a Pescenio Nigro frente a Septimio Severo (193-211 d.C.), proclamado emperador  por el ejercito en el Danubio. La ciudad pagó con dureza el apoyo al rival de Septimio Severo, el cual, alcanzó las murallas de Bizancio y  la sometió a un asedio de tres años (193-196 d. C.). La fortaleza de las murallas, legendariamente inexpugnables, finalmente no pudieron resistir los ataques del ejercito del emperador, dejando expuesta a la ciudad a la crueldad de un  saqueo en el verano del 196. Bizancio fue tomada y destruida. Septimio Severo la rebajó al estatus de barriada, perdiendo su estatus de ciudad independiente,  y otorgó sus prerrogativas a Perinto (Heraclea, la actual Marmara Ereglisi), en la orilla europea del mar de Marmara.

El emperador no tardó mucho tiempo en darse cuenta del desacierto estratégico que suponía la destrucción de Bizancio como fruto  de las represalias ante el apoyo de su rival. El cambio de parecer de Septimio Severo propició la reconstrucción de Bizancio, es decir, su segunda fundación. Los historiadores presentan este hecho como una concesión a su hijo Antonino Caracalla.  Elio Esparciano rememora este momento al hacer la semblanza del emperador Caracalla en la Historia Augusta:
“con su mediación  logró devolver sus antiguos derechos a los habitantes de Antioquía y Bizancio, contra los que Severo se había irritado por ayudar a Nigro” (13. 1,7).
Antonina , nuevo nombre que recibió la ciudad en honor  al hijo del emperador, Antonino Caracalla, pronto recuperó el nombre de Bizancio. A raíz de los trabajos de reconstrucción  la concibieron como una ciudad nueva,  aunque en un primer momento no se reconstruyeron las murallas, ni se amplió su espacio. La novedad radica en la renovación arquitectónica que se acometió para  modificar el tejido urbano. Se restauraron templos y edificios destruidos, como el  Strategion, antigua sede del gobierno en la ciudad griega; dichos edificios se reconstruyen siguiendo nuevos modelos para dar a la antigua ciudad griega  un aspecto romano. Entre las grandes obras que acomete el emperador, y continuarán sus sucesores, se pueden destacar  la monumentalización de la Mese, vía que unía la puerta principal de la muralla con la plaza central, y del Testrastoon, espacio rectangular y porticado, a modo de foro, situado en el lugar de la antigua ágora. Junto al Testrastoon se construyó un Hipódromo – siguiendo el modelo del Circo Máximo de Roma– y junto a él, en el lugar que ocupaba la estatua de Helio Zeuxippos, se ubicaron las Termas de Zeuxippos, según el esquema tradicional de las termas imperiales. En la antigua acrópolis se situó un teatro y el llamado Kinegeion, probablemente un anfiteatro para venationes.
En el 211, a la muerte de Septimio Severo, se planteó   la división del imperio entre sus hijos Caracalla, que conservaría Occidente con Roma como capital, y su hermano Geta, que se instalaría en Antioquía o en Alejandría para reinar sobre Oriente. Este proyecto, de haberse llevado a cabo, habría convertido a Bizancio en una ciudad fronteriza, olvidando su vocación de ser puente de unión entre norte y sur, este y oeste. Este primer intento de división no llegó a hacerse realidad, ya que Caracalla, después de asesinar a su hermano, reinó en solitario sobre todo el imperio.
Imagen del emperador Galieno, representada en un sestercio. Foto: Classical Numismatic Group, Inc. Disponible en: Wikimedia Commons

Imagen del emperador Galieno, representada en un sestercio. Foto: Classical Numismatic Group, Inc. Disponible en: Wikimedia Commons

La agitada vida política que atravesó el imperio pronto se hizo eco en la ciudad, olvidándose el sueño de esplendor que se aventuraba a raíz de la reconstrucción. Trebelio Polión en el capítulo de la Historia Augusta dedicado al emperador Galieno (252-260 d.C.)  describe algunos episodios de la vida de Bizancio que reflejan la situación de anarquía que reinaba en el imperio. De nuevo la destrucción y la desolación acampa sobre la ciudad:

“Para que en la época de su reinado no faltase ninguna desgracia, la ciudad de Bizancio, famosa por las guerras navales y  puerto del Ponto, fue destruida de tal manera por los soldados del propio Galieno que no hubo ni un solo superviviente. Y no se podía encontrar entre los bizantinos una familia antigua si no fuera porque alguno, ocupado en un viaje o enrolado en el ejercito, se libró de la matanza y pudo representar la antigüedad o nobleza de su linaje. (Galieno), finalmente, marchó a Bizancio para vengar a sus habitantes y , aunque no pensaba que pudiera ser recibido dentro de los muros de la ciudad, se le permitió la entrada al día siguiente mediante un acuerdo; pero, después, rompió éste y dio muerte a todos los soldados, que desarmados se hallaban rodeados en círculos por los contingentes del emperador” (6,8 a 7.2).
FUENTES:
-ELVIRA BARBA, M.A. (2004), Las fundaciones de Constantinopla, en M. Cortés Arrese, Elogio de Constantinopla. Cuenca: Ediciones de la Universidad de Castilla la Mancha, 13-28.
-PICÓN, V., CASCÓN, A. (1989), Historia Augusta.  Akal: Madrid.
-YERASIMOS, S. (2007),  Constantinopla. La herencia histórica de Estambul. Barcelona: Ullman&Köneman.

 

El emplazamiento de la ciudad romana de Baelo Claudia

octubre 2nd, 2010

 

Vista del emplazamiento de las ruinas romanas de Baelo Claudia

Vista del emplazamiento de las ruinas romanas de Baelo Claudia (Bolonia. Octubre, 2008). Foto: Jose Antonio Casares

El acercamiento al conjunto Arqueológico de  Baelo Claudia constituye todo un hito en el conocimiento de la vida de la antigua provincia romana de la Bética. El hecho de haber sido una modesta ciudad, situada al borde del Estrecho de Gibraltar, no comparable a las grandes ciudades de la Bética, como Corduba (Córdoba), Hispalis (Sevilla), Gades (Cádiz), no le resta importancia y valor al papel comercial que jugó en la antigüedad.
En la orilla hispánica del Estrecho existían numerosas ciudades antiguas, cercanas entre sí. Dirección este, apenas a 9 Km, se situaba Mellaria, en la desembocadura del rio del Valle, cerca de la aldea de Casas de Porros. Hacia el oeste, a 16 km, la ciudad de Baesippo, en la desenbocadura del río Barbate. Entre ambas poblaciones se ubicaba la ciudad de Baelo,  en el fondo de la pequeña ensenada de Bolonia, protegida al oeste por el Cabo Camarinal y al este por la Punta Paloma. El casco urbano se escalonó sobre la primera pendiente que bordea el litoral, reposando al pie de los altos, que rodean la ensenada, formando un auténtico  teatro natural.
El hecho de estar situada entre las ciudades de Mellaria y Baessippo,  hizo que el territorio de Baelo no se extendiera mucho a lo largo del litoral. Su capacidad de expansión no superaba los 15 Km que van desde la Punta Paloma hasta Zahara de los Atunes. Sin embargo, su posibilidad de expansión hacia el continente  era mayor ya que las ciudades  del interior estaban a más de 40 kilómetros: Asido, la actual Medina Sidónea; Oba, que se localiza en el castillo de Jimena de la Frontera y Lascuta, en la Mesa de Ortega, al oeste de Alcalá de los Gazules.
Este hecho hizo que el Ager Baelonensis se extendía hacia el interior unos 20 kilómetros.  En total su superficie ocupaba alrededor de 250 Km cuadrados,  comprendiendo, por tanto, colinas y montañas, con la Sierra de la Plata en el centro y las vertientes limítrofes alrededor. El resto de territorio lo constituía la llanura del Rio Almodóvar  y el Arroyo del Calandar, que se extendía por medio del territorio de la ciudad y se inclinaba hacia el oeste hasta la Laguna de la Janda.
El emplazamiento de Bolonia nos permite conocer cómo eran las ciudades de la Turdetania conquistadas por Roma.  Dichas ciudades tenían una superficie mediana y si espacio se hallaba circunscrito por un marco montañoso que les permitía defenderse en las épocas turbulentas de la Protohistoria. Dicho perímetro montañoso ,que las delimitaba, encerraba en su interior  una llanura dedicada a la agricultura y la ganadería,  de cuyos productos se  surtía a la población de los víveres esenciales necesarios para la subsistencia.  El corazón de la llanura lo constituía un oppidum  central en el que se asentaba la población principal y la fortaleza más poderosa.
En efecto, la Civitas Baelonensium estaba rodeada por un suelo rico con grandes posibilidades para la agricultura. Testimonio de su riqueza agrícola son las distintas villae que rodeaban el casco urbano.  Es probable que la actividad principal de estas fincas agrícolas fuera el cultivo de cereales y la cría de ganado, como puede deducirse de las  representaciones de la espiga de trigo, el toro y el caballo que aparecen representados en las  monedas  de Bailo. Pero además debía cosecharse vino y aceite, productos que la ciudad necesitaba para la alimentación de la población y que se podía exportar, con facilidad, vía marítima. La misma configuración del terreno que se circunscribe al interior del  Ager Baelonensis configuró el tipo de   cultivos de la zona: los suelos calizos y secos de la vertiente de gran desnivel eran óptimos para el cultivo del olivo y de la vid; el fondo de las cañadas, surcados por innumerables arroyos permitían el florecimiento de huertas; los excelentes suelos de las llanuras, ricos en materia orgánica, eran adecuados para el cultivo del cereal; por último existían grandes terrenos para el pastoreo y el cultivo del ganado.

Fuentes:

Sillières, P. (1997), Baelo Claudia: una ciudad romana de la Bética. Sevilla: Casa de Velazquez.

Bizancio, la siempre deseada

junio 20th, 2010

El emplazamiento de la ciudad de Bizancio, proyecto griego en el que participaron los tracios, como sitio estratégico para el control del paso de los estrechos, determinó el curso de su historia. Pronto su emplazamiento despertó la codicia de los pueblos circundantes.
El primer episodio a reseñar en esta historia de dominación y libertad está vinculada al gran rey Darío de Persia. Junto a su labor de reforma administrativa del imperio, el monarca inició una serie de campañas militares para expandir su imperio. La ciudad fundada hacia el 680 a.C. fue sometida en el 513 por Darío, el rey de Persia, durante la campaña de conquista de la Tracia. De esta forma Bizancio se convertía en la puerta de un imperio que ambicionaba extenderse por los dos continentes. Por Bizancio tuvo lugar la travesía del ejercito persa hacia Grecia. La acción cuidadosamente preparada se realizó con apoyo de los jónicos. El arquitecto jónico Mandrocles construyó un puente sobre el Bósforo para unir, por primera vez, Europa con Asia. El ejército de tierra de Darío avanzó a través de Tracia hacia el Danubio inferior.
La derrota Persa supuso un reflujo y la ocupación de los atenienenses que ocuparon el litoral tracio y después Bizancio. Para Atenas, que importaba el trigo del mar Negro, el control del Bósforo pasó a ser un objetivo prioritario. La conquista de Bizancio por parte de Esparta durante las guerras del Peloponeso, en el 405 a.C. comportó la caída de Atenas al cortar las rutas de aprovisionamiento.
En el 340, Filipo II de Macedonia asedió Bizancio, que volvió a ser independiente, pero no logró ocupar la ciudad. A su vez, su hijo, Alejandro Magno, pasó a Asia por el Estrecho de Dardanelos y la ciudad permaneció al margen del imperio de Alejandro. Durante este periodo fue un importante centro de mercado en el que confluían los productos procedentes de Tracia, Macedonia, Anatolia y el Caúcaso. Las alianzas que selló con otras ciudades marítimas, como Rodas, le permitieron conservar su independencia hasta la llegada de los romanos a la región: a partir del 146 a.C. se incorporó a Roma en calidad de ciudad libre y federada.

Yerasimos, S. (2007),  Constantinopla. La herencia histórica de Estambul. Barcelona: Ullman&Köneman, 8.
Bengtson, H. (1981), Griegos y Persas. El mundo mediterráneo en la Edad Antigua I, Madrid: Siglo XXI.