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Pisa

Las pruebas Pisa vs. Pisa a examen

Foto: Sergio Dávila . Licencia creative commons

Foto: Sergio Dávila . Licencia creative commons

Como era de esperar la publicación del informe Pisa 2012 ha causado un gran revuelo mediático. Tal y como recoge Raúl González García en su blog Conektio (@Conektio), en estos días se han sucedido titulares alarmantes e interesados que oscurecen o resaltan aspectos parciales de un informe complejo en su lectura y comprensión. Junto a esa proliferación de informaciones, que no informan a la población, asistimos a una nueva etapa en el uso político de los datos para criticar lo anterior y presentar lo que viene, la LOMCE  como la panacea, el talismán o la lámpara mágica que, tras frotarla, mejorará los resultados educativos. Pisa, ante todo, necesita de una comprensión por parte de la sociedad para vislumbrar su verdadero alcance, finalidad y objetivos, para evitar caer, si ya no se está cayendo, en un discurso hegemónico y acrítico al que se debe someter la escuela, sacrificando  muchas buenas prácticas contextualizadas en aras a una creciente estandarización.

 

El uso interesado de los datos Pisa

 El informe Pisa siempre es un arma potente en manos de los políticos para justificar sus políticas educativas. En este sentido quiero recoger la lúcida aportación de Antonio Bolivar en el BlogCanalEducación (“Los resultados de PISA 2012, ¿pueden justificar la reforma LOMCE?) en la que hace una breve memoria de dicho uso político hasta aterrizar en el momento actual en el que se afirma contundentemente que la LOMCE responde a los desafíos que Pisa ofrece al sistema educativa español:

“No es nuevo que los políticos de turno, particularmente en nuestro país, quieren sacarle partido a los datos de PISA para apoyar su política. En lugar de un uso informado para tomar decisiones, se suele hacer una utilización instrumental de los datos para apoyar sus decisiones previas (y al margen de los datos): con la nueva ley el Gobierno lo va a arreglar. En fin, una politización de los datos, en lugar de tomarlos como base para racionalizar la acción pública en educación. Desde el “primer” PISA 2000, sus resultados mediocres fueron utilizados –entre otras razones– para criticar la ley educativa anterior (LOGSE) y justificar, por tanto, la nueva reforma (Ley de Calidad en Educación, LOCE). Hasta se llegó a censurar, por el entonces gobierno del Partido Popular, el informe realizado en 2002 en el INCE por un buen experto (Ramón Pajares), en la medida que consideraba que sus análisis no le favorecían políticamente, teniendo que ser publicado varios años más tarde (2005), cuando ya no gobernaba. También el PSOE, cuando pudo, los utilizó a su servicio o hizo interpretaciones que políticamente le favorecieran. La última (PISA 2009), destacando que, aunque continuáramos en la medianía, España se consolidaba “como ejemplo de equidad educativa”. Ahora ya, hasta esto último lo acabamos de perder.

Repitiendo la misma cantinela, en la presentación de los resultados españoles, nuestra Secretaria de Estado, experta en biología animal, ha querido llevarse los datos de PISA a la reforma actual LOMCE, más allá de lo que el analista de la OCDE (Pablo Zoido), más comedido, creía que se podía hacer. Sin ambages, ha defendido que la LOMCE recoge las medidas oportunas para mejorar los resultados de PISA 2015. “La asignatura pendiente es un cambio de modelo educativo”, se ha atrevido a aseverar Gomendio a la vista del “estancamiento” de España en PISA, llegando a afirmar que “los chicos escolarizados tengan un futuro mejor que los jóvenes que se han educado” en el modelo actual. Uno estaría tentado a decir, en claves popperianas (me refiero a Karl Popper, uno de los mayores filósofos de la ciencia), “y si no se confirma su hipótesis, ¿a qué se compromete?”. Seguramente a nada, porque cuando eso pueda suceder no estará en el gobierno y, si lo estuviera, se inventará otra cantinela. Precisamente porque no cabe tal compromiso, no se trata de una aseveración científica, sino ideológica. Esta era la diferencia que Popper establecía entre ciencia e ideología (metafísica)”

Comprender el “fenómeno Pisa”

El camino a la manipulación de los datos Pisa para intereses políticos e ideológicos se allana por medio de la falta de comprensión del alcance y significado del “fenómeno Pisa“. En este sentido es providencial el esclarecedor monográfico de la Revista Profesorado, dirigida por Antonio Bolivar. Con el título “PISA a examen: cambiar el conocimiento, cambiar las pruebas y cambiar las escuelas” se aglutinan un conjunto de artículos de prestigiosos profesores e investigadores de diversas universidades: Miguel A. Pereyra, Hans-Georg Kotthoff, Robert Cowen, Ulf P. Lundgren, Clara Morgan, Thomas S. Popkewitz, David Scott, Gerry Mac Ruairc, Ligia López, Daniel Tröhler, Ludwig A. Pongratz, Hannu Simola, Hannu Simola y Risto Rinne, Antonio Luzón y Mónica Torres.

Después de leer el interesante monográfico me surgen un conjunto de cuestiones en torno al uso que se hace de los datos de Pisa. Estas cuestiones la resumiría en la siguiente: ¿Pisa se está utilizando para justificar políticas educativas que no se inspiran en él o están siendo un revulsivo para la  mejora de los sistemas educativos?. Tomo prestado unas palabras de Miguel A. Pereyra, Hans Georg Kotthoff y Robert Cowen del artículo con el que se encabeza el monográfico: “Pisa a examen: “Cambiando el conocimiento, cambiando la prueba y cambiando las escuelas. Introducción al monográfico“. En ellas se hacen eco de las cuestiones estudiadas en el Simposio celebrado  en la capital de la Isla de La Palma, organizado por la CESE (Comparative Education Society in Europe)  en noviembre de 2009.  En él se lanzó una serie de cuestiones a las pruebas Pisa como un desafío a la comprensión del puzle que encierran en sí mismas y que ayudan a evitar la tentación de la absolutización de los datos:

” Así, el primer puzle comparativo en relación a PISA podría ser: ¿por qué tanto alboroto? ¿Cuál es la política, la sociología y la antropología del movimiento de pruebas internacionales si los resultados se consideran un “evento deportivo”?

El segundo puzle es: ¿en qué sentido se trata de “educación comparada”? ¿En qué momento los números se convierten, representan o significan culturas, y qué necesita explicarse acerca de la simbiosis entre cultura y números? ¿Qué tipo de educación comparada representa PISA? ¿Una educación comparada de los resultados que se miden? ¿Qué resultados obtiene y sobre qué, visto y analizado todo ello en un contexto social más amplio e histórico?

El tercer puzle que concierne a PISA es: ¿Qué se está analizado en el funcionamiento de los sistemas escolares, bajo términos sociológicos y en una perspectiva de “gran sociología”?

El cuarto puzle o enigma es: ¿Se trata PISA de un buen estudio empírico? ¿Qué criterios técnicos sigue este “trabajo comparativo” a escala internacional y en qué sentido podemos (técnicamente) creer en los números?

El quinto puzle, teniendo en cuenta la medida en que “creemos” en los números, se refiere a si podemos deducir una acción política partiendo de este tipo de investigación. ¿Es esta la “investigación sólida y pertinente” con la que los políticos sueñan? Con estos resultados, ¿podemos pasar de la investigación a la acción rápidamente, con cautela, o de ninguna de las maneras?”

Terminan los autores, tras reconocer la importancia de las pruebas en un contexto de globalización, haciendo un llamamiento importante de cara al uso de las mismas: el peligro de la arrogancia

“El peligro de PISA es el de la arrogancia, de su arrogancia. Pero, por el momento, podemos acoger PISA como una suerte de forma algo de investigación educativa internacional, pero siempre enmarcando nuestro análisis y percepciones en las relaciones del poder político, económico cultural e intelectual con objeto de delimitar su alcance y criticar los usos inconsecuentes de este programa. Y siendo conscientes de que PISA es ya una especie de nuevo “protocolo” dentro de las relaciones internacionales enEducación”

El uso acrítico y descontextualizado de Pisa, como una racionalidad incuestionable al servicio de intereses políticos e ideológicos, trunca los verdaderos fines de este tipo de evaluaciones, y lo que es peor, puede llegar a ser el protagonista del escenario educativo al que la escuela debe someterse y no al contrario, un diagnóstico que transforme la escuela para que todos alcancen, desde la equidad, los aprendizajes necesarios en esta Sociedad del Conocimento.

José Manuel Martos Ortega