Por qué Ciberiada

Ciborg

Ciborg

En 1960, Manfred E. Clynes y Nathan S. Kline acuñaron el término ciborg en un artículo publicado en la revista Astronautics. En aquel momento los científicos tenían en mente la recién iniciada era espacial, y la posibilidad de adaptar el ser humano a entornos no terrestres mediante el uso de implantes mecánicos; la ciencia ficción rápidamente se adueñaría de la voz y la desligaría de su necesaria vinculación con el espacio, resultando de ello uno de los ingredientes más prolíficos de esta literatura.
Brevemente puede decirse que un ciborg es una criatura híbrida de hombre y máquina, aunque sea preciso establecer ciertos matices. Por un lado no basta una simple cercanía de artefacto y organismo. No podría aplicarse el término, por ejemplo, a la pareja conductor-vehículo, o a la del carpintero y su sierra. La unión debe ser extrema, íntima, y dar lugar a un único ser integrado, que pierde su esencia si le falta una de sus partes. Semejante fusión infunde alma a la tecnología y deshumaniza al individuo al mismo tiempo. Esto da lugar a un extenso subgénero literario denominado ciberpunk, habitado por seres alienados y solitarios. Estas novelas, en contra de lo imperante en ciencia ficción, reniegan de las utopías tecnológicas y las visiones de un futuro próspero. La máquina, y la sociedad que le rinde culto, no generan según estas distopías otra cosa que desarraigo.
Por otro lado, las partes mecánicas del ciborg suelen mejoran las capacidades del humano, alzándolo a un nuevo estadío evolutivo. Este aspecto, que en principio contradiría la estética ciberpunk, cohabita a veces con ella. El ciborg puede saberse superior a sus congéneres y al mismo tiempo sufrir marginación, así como despreciar una esencia y un destino al que no se puede enfrentar.
Hay quien opina que, sin vivir extremos como el argumento de Neuromante, ya podemos hallar ciborgs entre nosotros. Cuentan como tales a aquellas personas que viven gracias a implantes mecánicos: marcapasos, piernas o brazos artificiales, etc. Pero si asumimos esto, basta relajar un poco las exigencias para incluir buena parte de nuestra sociedad. ¿Cuántos dependemos del portátil, el móvil conectado a internet, el simple reloj que nos despierta todos los días o nos informa de qué tenemos que hacer a cada momento, y que estamos obligados a llevar atado a la muñeca? ¿Dónde marcar el límite de esta dependencia?
Sirva esta reflexión para abrir Ciberiada, un espacio destinado a estudiar la relación de las personas con la tecnología. Qué añade a nuestra humanidad y qué le roba. Cómo se han satisfecho o defraudado los sueños de un futuro tecnificado. Y también, por último, qué implican las visiones que hoy estamos gestando.