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Apología de la sencillez

junio 9th, 2012

Apología de la sencillez

Vaya por delante el reconocimiento de que, en toda disciplina, abundan problemas que no se pueden domesticar desde la perspectiva simplificadora, y exigen un abordaje con varias herramientas, o con técnicas sofisticadas. No pretendo ahora hablar de ello. No es el objeto de esta entrada. Hoy quería referirme en exclusiva a los proyectos en cuya acometida nos enfrentamos a la disyuntiva de varias soluciones, y uno de los criterios de elección es la sencillez. El dilema no es exclusivo de la automatización, ni siquiera de la informática, aunque en este ámbito las decisiones tomadas resulten particularmente críticas.
Una primera observación llamativa es el hecho de que el adjetivo “simple” tenga en nuestro idioma connotaciones negativas. Llamamos así a la persona poco capaz, y un producto difícilmente se vende si se remarca su simplicidad. En cambio, lo complejo tiene buena prensa: parece más trabajado y perfecto. Este prejuicio disfraza la gran mentira de creer que lo simple es fácil, cuando se trata precisamente de lo opuesto. La sencillez puede, y suele en el ámbito técnico, requerir sabiduría, virtuosismo y una vasta experiencia labrada con más de una equivocación.
En informática es común repudiar la complejidad en el diseño aludiendo al principio KISS. Según la fuente, sería un acrónimo de Keep It Short and Simple o de Keep It Simple, Stupid. La última versión es mi preferida, lo admito. Es una directriz derivada de la experiencia que nos muestra que el crecimiento de un proyecto se ve entorpecido o impedido cuando éste se enrevesa innecesariamente. En cambio, si se conserva una estructura clara, liviana y bien definida, su evolución es ágil, se minimizan los errores, éstos son más fáciles de identificar y corregir… Podríamos seguir sumando cualidades: el resultado es más versátil, adaptable, reutilizable, los costes de mantenimiento más reducidos, etc.
Sin embargo, todas estas ventajas a veces son despreciadas por el cliente, que prefiere la complejidad a la simplicidad. No entro a discutir si es, como indicaba antes, una cuestión de mala prensa o se involucran intereses de terceros; no es infrecuente la exigencia de estructuras pantagruélicas para verdaderas nimiedades. A veces las escasas aportaciones de estos sistemas inflados no compensan los inconvenientes; otras, ni siquiera añaden funcionalidades, o incluso las reducen. Casi siempre deterioran el rendimiento del producto. Personalmente, siempre he intentado hacer ver al cliente con anticipación las consecuencias de tales elecciones, aunque no estuviera en mi mano convencerle.
Preguntado en una ocasión por la razón de que fallase un sistema que encadenaba una larga sucesión de elementos de comunicación, con varios protocolos y medios de enlace físico involucrados, tuve que acuñar un símil fácil de entender sin tecnicismos. Una lata de bebida, expliqué, puesta sobre otra, mantiene bien el equilibrio. Si se apilan diez en forma de torre, los errores individuales de cada elemento se multiplican y el sistema se sostiene, pero es menos estable. La peor expresión de la complejidad se expresa cuando es funcionamiento del sistema está supeditado al de un número elevado de componentes, sin redundancia posible. En tal caso, por muy acotados que estén los fallos de cada parte, el artificio no logra sostenerse mucho tiempo. Las máquinas de Rube Goldberg sólo funcionan sobre papel. Ahí y en los programas de la televisión japonesa.
Un mundo donde por fortuna parece que la sencillez ha logrado abrirse camino con cierto reconocimiento es en el diseño de interfaces para uso por humanos. Aquí el usuario, enfrentado abiertamente a los perjuicios de una complejidad innecesaria, ha sabido comprender sus implicaciones. E insisto, simple no es sinónimo de fácil. Los diseñadores conocen el gran esfuerzo de abstracción que se esconde detrás de una presentación limpia. Es más rápido apilar desordenadamente los elementos conforme se van necesitando que organizarlos adecuadamente y reducir su número, da igual si hablamos de una interfaz gráfica, de una base de datos, de un protocolo de comunicaciones o de una librería de funciones. Pero a la larga nos encontraremos indefectiblemente con un saco de piezas inmanejable, sin estructura ni organicidad. Que no os engañen: la simplicidad suele ser una cualidad valiosa; la complejidad siempre es cosa de simples.

Ubik

marzo 19th, 2012

“Five cents, please,” the door of the coffee shop said, remaining shut before him.
He waited until a couple passed by him on their way out; neatly he squeezed by the door, made it to a vacant stool and seated himself. Hunched over, his hands locked together before him on the counter, he read the menu. “Coffee,” he said.
“Cream or sugar?” the speaker of the shop’s ruling monad turret asked.
“Both.”
The little window opened; a cup of coffee, two tiny paper-wrapped sacks of sugar and a test-tube-like container of cream slid forward and came to rest before him on the counter.
“One international poscred, please,” the speaker said.
Joe said, “Charge this to the account of Glen Runciter of Runciter Associates, New York.”
“Insert the proper credit card,” the speaker said.
“They haven’t let me carry around a credit card in five years,” Joe said. “I’m still paying off what I charged back in -”
“One poscred, please,” the speaker said. It began to tick ominously. “Or in ten seconds I will notify the police.”
He passed the poscred over. The ticking stopped.
“We can do without your kind,” the speaker said.
“One of these days,” Joe said wrathfully, “people like me will rise up and overthrow you, and the end of tyranny by the homeostatic machine will have arrived. The day of human values and compassion and simple warmth will return, and when that happens someone like myself who has gone through an ordeal and who genuinely needs hot coffee to pick him up and keep him functioning when he has to func-tion will get the hot coffee whether he happens to have a poscred readily available or not.” He lifted the miniature pitcher of cream, then set it down. “And furthermore, your cream or milk or whatever it is, is sour.”

Ubik

Ubik

-Cinco centavos, por favor -dijo la puerta del bar, que permanecía cerrada ante él.
Esperó a que saliera una pareja y aprovechó para colarse limpiamente; se dirigió hacia un taburete vacío y se sentó. Acodado en el mostrador, leyó el menú.
-Café.
-¿Leche o azúcar? -preguntó el altavoz de la torreta de la mónada rectora del establecimiento.
-Los dos.
Se abrió una ventanilla y aparecieron, deteniéndose en la barra frente a Joe, una taza de café, dos minúsculas bolsas de papel que contenían azúcar y un recipiente de leche semejante a un tubo de ensayo.
-Un contacred internacional, por favor -dijo el altavoz.
-Cárguelo a la cuenta del señor Glen Runciter, de Runciter Asociados, Nueva York.
-Inserte la correspondiente tarjeta de crédito.
-Hace cinco años que no me dejan utilizar tarjetas de crédito -dijo Joe-. Todavía estoy pagando lo que me fiaron allá por el año…
-Un contacred, por favor -insistió el altavoz, que empezó a emitir un siniestro tictac-, o doy parte a la policía dentro de diez segundos.
Joe pagó el contacred y el tictac cesó.
-Podemos arreglárnoslas perfectamente sin gente como usted -dijo el altavoz.
-El día menos pensado, la gente como yo se rebelará -le contestó airado Joe-, y habrá llegado el fin de la tiranía de la máquina homeostática. Habrá llegado el día de los valores humanos, de la piedad y del calor afectivo; ese día, cualquiera que como yo las haya pasado moradas y necesite un café para tenerse en pie y seguir funcionando mientras deba funcionar, podrá tomar su café caliente tanto si tiene un contacred a mano como si no. -Levantó la miniatura de jarro de leche y la posó inmediatamente en el mostrador-. Además, esta leche, o crema, o lo que sea, está agria.
Ubik (Philip K. Dick)

La muerte del PC

octubre 13th, 2011

Hace poco más de un año, el reciéntemente fallecido Steve Jobs auguraba el fin de la era del PC. Lo hacía con un ejemplo muy gráfico, comparándolo con el camión que, si hoy sirve sólo para tareas específicas, en un primer momento, cuando Estados Unidos era una nación agraria, conformaba todo el parque automovilístico. Hubo quien puso el grito en el cielo, pero lo cierto es que, si ya se estaba comprobando dicha tendencia, la introducción de las tabletas en el mercado la ha acelerado. En el segundo trimestre de este año han caído en españa un 40 y 42 por ciento las ventas de sobremesas y portátiles, respectivamente. Los van arrinconando una cohorte de dispositivos de todo tipo, con funcionalidades muy similares a las de estos. Y esto nos plantea una reflexión: ¿no de debe llamarse también PC a las tabletas o teléfonos inteligentes? Son también computadores, y más personales si cabe. El término personal computer posee cierta ambigüedad, y dispositivos como las tabletas son situados tanto dentro de esta clasificación (cuando se les llama “tablet PC”) o fuera (al contraponerlos a los muy similares ultrabooks). La distinción la hace quien habla.

La muerte del PC

La muerte del PC

Para entender el por qué de una denominación tan poco clara hay que retroceder varias décadas, y situarse en la mente de las compañías que empezaron a comercializar ordenadores de bajo precio y menor potencia que las grandes máquinas que usaban bancos o universidades. Se pensaba entonces en atraer a un usuario doméstico, y el adjetivo “personal” caló con facilidad en los compradores. En los ochenta, la venta de estos productos creció vertiginosamente, situando primero uno en cada hogar, más tarde varios, uno por cada miembro de la familia. Hoy en día no es infrecuente, al menos en los países cierta calidad de vida, que una persona posea más de un PC.
Hay una característica que comparten los equipos que están desplazando al PC, y es que todos ellos son en esencia sistemas embebidos. Se llama así a aquellos dispositivos con una fuerte dependencia del hardware, concebidos éste y su software desde el principio como una unidad inseparable, rara vez capaces de funcionar independientemente, en otra configuración. En realidad, los procesadores embebidos o empotrados nos rodean por doquier: abundan en coches, vídeos, televisores, teléfonos, consolas, impresoras, lavadoras, etc. Desde hace tiempo realizan tareas invisibles en nuestros hogares. Y su potencia ha ido aumentando con los años, tal y como hicieron en su día los ordenadores personales hasta difuminar la línea que los separaba de los grandes servidores. Como comentaba, en un dispositivo empotrado se diseña el software espefícamente para un hardware, a diferencia de lo que sucede con los sistemas operativos de los PC, válidos para una gama amplia de placas, tarjetas o periféricos. Incluso si se ha partido de un sistema operativo existente, como sucede con Linux, cuyo núcleo está presente en muchos de estos dispositivos, se elabora una versión o distribución específica.
Esta especificidad tan elevada incide entre otras cosas en hacer menos rentable la reparación de piezas defectuosas, y es el equipo entero el que se reemplaza en caso de avería. En esto se observa otro cambio de comportamientos: hace tres décadas lo habitual, cuando fallaba un dispositivo, era revisar la circuitería y sustituir el elemento quemado, fuese un integrado, un condensador, etc. Con el tiempo el abaratamiento de precios con relación al costo de la mano de obra hizo poco corriente esa labor, y pasaron a reemplazarse tarjetas directamente. Hoy, insisto, la tendencia es la de desechar el equipo entero.
Reuniendo todo esto, cabe anunciar, más que la muerte del PC, su segmentación en una miríada de descendientes segregados según su función. Sí está desapareciendo el “ordenador para todo”, o en todo caso está quedando relegado al “ordenador para el trabajo”. En ese ámbito será aún difícilmente sustituible durante un tiempo. Y desde luego, si por mí fuera, la desafortunada expresión “computador personal” debería haber muerto hace mucho tiempo.

La amistad devaluada

marzo 27th, 2011
La amistad devaluada

La amistad devaluada

La película La red social se anunciaba con el lema, escrito en grandes caracteres, “No puedes tener 500 millones de amigos sin ganarte algunos enemigos”. Para los pertenecientes a mi generación, que Marc Prensky no dudaría en calificar de inmigrantes digitales, la frase debería quedarse a secas en la mitad: simplemente no puedes tener 500 millones de amigos. Para ser justos, tampoco esto es enteramente cierto. Durante la última década, por influjo del viraje social de Internet, ha cambiado el sentido de la palabra amistad, que ha venido a fagocitar cualquier tipo de relación. Hace diez años nuestro vecino, padre o profesor solo podía ser excepcionalmente un amigo. Según Facebook, la excepción hoy es la opuesta, y tal relación no necesita fundamentarse en un tiempo prolongado de experiencias y conocimiento mutuos, sino que se establece mediante un clic de ratón.
Sería una incorrección grave asumir que esta devaluación de la amistad viene de ahora. En uno de los cuentos, hoy rancio a nuestros ojos, de El conde Lucanor un personaje confesaba contar tan solo con medio amigo (en realidad hablaba de uno y medio, pero para el tema que tratamos no valen amistades divinas). Siete siglos después las estadísticas que nos proporciona Facebook hablan de una media de 130 amigos entre los usuarios. El dato en bruto esconde que hay una gran cantidad de miembros poco activos con apenas un puñado de conocidos y una fracción no despreciable que ha alcanzado el tope de 5000 que este servicio impone y que ruegan que se elimine tal limitación. ¿Tiene sentido tal cifra? El antropólogo británico Robin Dunbar opina que el máximo de amistades que el ser humano puede asimilar ronda las 150, lo que se conoce como número de Dunbar.
Al cambio de significado del término contribuye un fenómeno de reciente importación. Quien haya visto alguna serie en la que aparezcan adolescentes estadounidenses sabrá de la necesidad entre la juventud de ser popular. La popularidad es una medida de la influencia sobre los demás, sean compañeros de instituto, se hable de un líder político, de la posición de una página web entre los resultados de buscadores como Google o del índice de impacto de un artículo científico. Es decir, está ligada al poder. Es cuánto se habla de una noticia, cuán de famoso se es y hasta qué punto se tienen en cuenta tus palabras. Y este es el principal alimento de la fiebre por conseguir amigos que se vive en la red social. Un estudio reciente de la Universidad Napier de Edimburgo relaciona el estrés con el número de amigos en Facebook. Lo que quiera que signifique un amigo cuando la atención se tiene que repartir entre miles de contactos.