La muerte del PC

octubre 13th, 2011

Hace poco más de un año, el reciéntemente fallecido Steve Jobs auguraba el fin de la era del PC. Lo hacía con un ejemplo muy gráfico, comparándolo con el camión que, si hoy sirve sólo para tareas específicas, en un primer momento, cuando Estados Unidos era una nación agraria, conformaba todo el parque automovilístico. Hubo quien puso el grito en el cielo, pero lo cierto es que, si ya se estaba comprobando dicha tendencia, la introducción de las tabletas en el mercado la ha acelerado. En el segundo trimestre de este año han caído en españa un 40 y 42 por ciento las ventas de sobremesas y portátiles, respectivamente. Los van arrinconando una cohorte de dispositivos de todo tipo, con funcionalidades muy similares a las de estos. Y esto nos plantea una reflexión: ¿no de debe llamarse también PC a las tabletas o teléfonos inteligentes? Son también computadores, y más personales si cabe. El término personal computer posee cierta ambigüedad, y dispositivos como las tabletas son situados tanto dentro de esta clasificación (cuando se les llama “tablet PC”) o fuera (al contraponerlos a los muy similares ultrabooks). La distinción la hace quien habla.

La muerte del PC

La muerte del PC

Para entender el por qué de una denominación tan poco clara hay que retroceder varias décadas, y situarse en la mente de las compañías que empezaron a comercializar ordenadores de bajo precio y menor potencia que las grandes máquinas que usaban bancos o universidades. Se pensaba entonces en atraer a un usuario doméstico, y el adjetivo “personal” caló con facilidad en los compradores. En los ochenta, la venta de estos productos creció vertiginosamente, situando primero uno en cada hogar, más tarde varios, uno por cada miembro de la familia. Hoy en día no es infrecuente, al menos en los países cierta calidad de vida, que una persona posea más de un PC.
Hay una característica que comparten los equipos que están desplazando al PC, y es que todos ellos son en esencia sistemas embebidos. Se llama así a aquellos dispositivos con una fuerte dependencia del hardware, concebidos éste y su software desde el principio como una unidad inseparable, rara vez capaces de funcionar independientemente, en otra configuración. En realidad, los procesadores embebidos o empotrados nos rodean por doquier: abundan en coches, vídeos, televisores, teléfonos, consolas, impresoras, lavadoras, etc. Desde hace tiempo realizan tareas invisibles en nuestros hogares. Y su potencia ha ido aumentando con los años, tal y como hicieron en su día los ordenadores personales hasta difuminar la línea que los separaba de los grandes servidores. Como comentaba, en un dispositivo empotrado se diseña el software espefícamente para un hardware, a diferencia de lo que sucede con los sistemas operativos de los PC, válidos para una gama amplia de placas, tarjetas o periféricos. Incluso si se ha partido de un sistema operativo existente, como sucede con Linux, cuyo núcleo está presente en muchos de estos dispositivos, se elabora una versión o distribución específica.
Esta especificidad tan elevada incide entre otras cosas en hacer menos rentable la reparación de piezas defectuosas, y es el equipo entero el que se reemplaza en caso de avería. En esto se observa otro cambio de comportamientos: hace tres décadas lo habitual, cuando fallaba un dispositivo, era revisar la circuitería y sustituir el elemento quemado, fuese un integrado, un condensador, etc. Con el tiempo el abaratamiento de precios con relación al costo de la mano de obra hizo poco corriente esa labor, y pasaron a reemplazarse tarjetas directamente. Hoy, insisto, la tendencia es la de desechar el equipo entero.
Reuniendo todo esto, cabe anunciar, más que la muerte del PC, su segmentación en una miríada de descendientes segregados según su función. Sí está desapareciendo el “ordenador para todo”, o en todo caso está quedando relegado al “ordenador para el trabajo”. En ese ámbito será aún difícilmente sustituible durante un tiempo. Y desde luego, si por mí fuera, la desafortunada expresión “computador personal” debería haber muerto hace mucho tiempo.

La amistad devaluada

marzo 27th, 2011
La amistad devaluada

La amistad devaluada

La película La red social se anunciaba con el lema, escrito en grandes caracteres, “No puedes tener 500 millones de amigos sin ganarte algunos enemigos”. Para los pertenecientes a mi generación, que Marc Prensky no dudaría en calificar de inmigrantes digitales, la frase debería quedarse a secas en la mitad: simplemente no puedes tener 500 millones de amigos. Para ser justos, tampoco esto es enteramente cierto. Durante la última década, por influjo del viraje social de Internet, ha cambiado el sentido de la palabra amistad, que ha venido a fagocitar cualquier tipo de relación. Hace diez años nuestro vecino, padre o profesor solo podía ser excepcionalmente un amigo. Según Facebook, la excepción hoy es la opuesta, y tal relación no necesita fundamentarse en un tiempo prolongado de experiencias y conocimiento mutuos, sino que se establece mediante un clic de ratón.
Sería una incorrección grave asumir que esta devaluación de la amistad viene de ahora. En uno de los cuentos, hoy rancio a nuestros ojos, de El conde Lucanor un personaje confesaba contar tan solo con medio amigo (en realidad hablaba de uno y medio, pero para el tema que tratamos no valen amistades divinas). Siete siglos después las estadísticas que nos proporciona Facebook hablan de una media de 130 amigos entre los usuarios. El dato en bruto esconde que hay una gran cantidad de miembros poco activos con apenas un puñado de conocidos y una fracción no despreciable que ha alcanzado el tope de 5000 que este servicio impone y que ruegan que se elimine tal limitación. ¿Tiene sentido tal cifra? El antropólogo británico Robin Dunbar opina que el máximo de amistades que el ser humano puede asimilar ronda las 150, lo que se conoce como número de Dunbar.
Al cambio de significado del término contribuye un fenómeno de reciente importación. Quien haya visto alguna serie en la que aparezcan adolescentes estadounidenses sabrá de la necesidad entre la juventud de ser popular. La popularidad es una medida de la influencia sobre los demás, sean compañeros de instituto, se hable de un líder político, de la posición de una página web entre los resultados de buscadores como Google o del índice de impacto de un artículo científico. Es decir, está ligada al poder. Es cuánto se habla de una noticia, cuán de famoso se es y hasta qué punto se tienen en cuenta tus palabras. Y este es el principal alimento de la fiebre por conseguir amigos que se vive en la red social. Un estudio reciente de la Universidad Napier de Edimburgo relaciona el estrés con el número de amigos en Facebook. Lo que quiera que signifique un amigo cuando la atención se tiene que repartir entre miles de contactos.

Los perjuicios de la velocidad

marzo 14th, 2011

El progreso tecnológico ha dado tradicionalmente lugar a dos posturas encontradas pero coincidentes en su ceguera ante el análisis crítico. Por un lado, la adoración utópica e incondicional; por otro, el rechazo frontal a los cambios que comporta. Este último se observa a veces incluso en las mismas instituciones académicas. André Philip incluye en su Histoire des faits économiques et sociaux la conclusión a la que llegó la Academia de Medicina de Lyon en septiembre 1835 respecto a los perjudiciales efectos que un reciente invento llamado tren podía producir en el organismo. Y ello a pesar de que las velocidades de los primeros servicios de pasajeros rondaban los 30 km/h.

El paso excesivamente rápido de un clima a otro producirá un efecto mortal sobre las vías respiratorias. El movimiento de trepidación suscitará enfermedades nerviosas, mientras que la rápida sucesión de imágenes provocará inflamaciones de retina. El polvo y el humo ocasionarán bronquitis. Además, el temor a los peligros mantendrá a los viajeros del ferrocarril en una ansiedad perpetua que será el origen de enfermedades cerebrales. Para una mujer embarazada, el viaje puede comportarle un aborto prematuro.

Los perjuicios de la velocidad

Los perjuicios de la velocidad

Texto original:

La translation trop rapide d’un climat à un autre produira sur les voies respiratoires un effet mortel, en même temps que les brusques changements de nourriture, le passage du beurre comme condiment à l’huile feront naître des états dyspepsiques et dysentériques qui exigeront un prompt rapatriement. Le mouvement de trépidation suscitera des maladies nerveuses, telles que la danse de Saint Guy, des affections hystériques et des syndromes épileptiforme pour une femme enceinte, tout voyage en chemin de fer entraînera infailliblement une fausse couche avec toutes ses conséquences.

Internet de los dispositivos

marzo 7th, 2011

Hace mucho que se viene anunciando, a veces con tintes catastrofistas, el fin de las direcciones IP en la red. Un breve apunte para quien no tenga conocimiento de qué se trata: en Internet cada dispositivo conectado se identifica por un conjunto de números denominados dirección IP; vendrían a ser el nombre que permite buscarlo y comunicarse con él. Actualmente dicho identificador consiste en cuatro números que van de 0 a 255; así es desde que la versión actual del protocolo, IPV4, se implantó a gran escala. Una sencilla operación nos permite calcular que con este sistema se podrían conectar más de cuatro mil millones de equipos simultáneamiente. En realidad el número es mucho menor debido a distintos factores: algunas direcciones no son utilizables, otras se han distribuido en grandes bloques a países y empresas sin plantearse su futura excasez. Por otro lado, varias máquinas pueden formar una subred y conectarse todas ellas con una IP única a Internet, como frecuentemente sucede en los entornos domésticos, por poner un ejemplo. Sea como fuere, la realidad es que oficialmente el pasado 3 de febrero se repartieron las últimas direcciones disponibles de la reserva global, y las de los registros regionales se prevee que se agoten en torno a septiembre de este año. Simplemente, hace 30 años nadie sospechaba el auge que tendría Internet.

Internet de los dispositivos

Internet de los dispositivos

Obviamente, a nadie ha cogido por sorpresa el anuncio, y hace tiempo que se inició la adaptación a la versión 6 del protocolo IP. Esta vez no se ha querido quedarse corto, y se ha pensado en un número mucho mayor de dispositivos conectados a la red de redes. Muchísimo mayor. Para ser precisos, IPv6 permite la conexión simultánea de 340.282.366.920.938.463.463.374.607.431.768.211.456 dispositivos. Como la implantación se está realizando de forma paulatina y se espera que transparente, es posible incluso que usted, lector, ya esté aprovechando el nuevo sistema, bien de forma directa, bien gracias a los equipos que han intervenido en la conexión por la que está accediendo a esta página. Hay interés en que el cambio se lleve a cabo de forma transparente, pero se espera que ambos protocolos convivan durante un periodo de unas dos décadas.
¿Qué sentido tienen 340 sextillones de direcciones de Internet? Para quien cometa el error de asociar cada dirección a una persona le parecerá incomprensible esta cifra. En su origen, Internet se concibió más bien como una red de subredes. Cada empresa, cada institución o domicilio poseería una -o unas pocas- direcciones IP que permitirían, gracias a enrutamientos, conectar un número aún mayor de computadoras. Hace quince años era infrecuente un hogar con un ordenador conectado a la red. El panorama ha cambiado y hoy lo normal en los países más favorecidos económicamente es que haya más de un elemento de características similares por domicilio, contando equipos de sobremesa, portátiles, consolas, tabletas, móviles, etc. Pero con IPv6 las miras estan puestas mucho más lejos: se piensa en un futuro, en realidad muy próximo, donde cualquier máquina pueda aprovecharse de la conexión a la red. Hablamos de televisores que reproduzcan películas alojadas en servidores, sistemas de calefacción o riego controlados remotamente, automóviles que calculen las distancias entre sí, cámaras de vídeo, iluminación, frigoríficos… Pero debemos mirar más lejos: máquinas expendedoras, contadores de suministro de electricidad o agua, sensores ambientales, robots de limpieza, básculas, relojes, cerraduras, mandos a distancia… No deberíamos asustarnos siquiera de pensar en la posibilidad de que todo producto a la venta en un supermercado estuviese caracterizado por una IP única, en lugar de las direcciones que los sistemas RFID plantean en la actualidad. Al fin y al cabo, como apunta la Wikipedia, se podría cubrir la superficie de la Tierra a razón de 670 mil billones de equipos por milímetro cuadrado identificables de forma única mediante IPv6. El futuro de Internet pertenece a los dispositivos, y no solo a los humanos.