Archivo etiquetado como ‘silencio’

Los colores del otoño

Viernes, Noviembre 13th, 2009
Yanguas (Soria. Noviembre, 2009). Foto: Jose Martos

Yanguas (Soria. Noviembre, 2009). Foto: Jose Martos

Para hablar con los muertos

Lunes, Noviembre 2nd, 2009
Lauda sepulcral del Cementerio del Cerámico de Atenas (Julio, 2009). Foto: Jose Martos

Lauda sepulcral del Cementerio del Cerámico de Atenas (Julio, 2009). Foto: Jose Martos

“Para hablar con los muertos hay que elegir palabras que ellos reconozcan tan fácilmente como sus manos reconocían el pelaje de sus perros en la oscuridad.
Palabras claras y tranquilas como el agua del torrente domesticada en la copa o las sillas ordenadas por la madre después que se han  ido los invitados. Palabras que la noche acoja como los pantanos a los fuegos fatuos. Para hablar con los muertos hay que saber esperar: ellos son miedosos como los primeros pasos de un niño. Pero si tenemos paciencia un día nos responderán como una hoja de álamo atrapada por un espejo roto, con una llama de súbito reanimada en la chimenea con un regreso oscuro de pájaros frente a la mirada de una muchacha  que aguarda inmovil en un umbral”

(Jorge Treillier)

Preámbulo

Viernes, Octubre 2nd, 2009

Patio de las Ablucciones de la Mezquita Azul (Estambul. Enero, 2009)

Patio de las Ablucciones de la Mezquita Azul (Estambul. Enero, 2009)

Nihil novum sub sole

Jueves, Agosto 13th, 2009

Alegoría de la Sinagoga. Detalle de la fachada principal de la Catedral de Granada (Julio, 2009)

Alegoría de la Sinagoga. Detalle de la fachada principal de la Catedral de Granada (Julio, 2009)

Vagabundos en la ciudad

Lunes, Julio 13th, 2009
Vagabundos

Vagabundos

“Nueva York era un espacio inagotable, un laberinto de interminables pasos, y por muy lejos que fuera, por muy bien que llegase a conocer sus barrios y calles, siempre le dejaba la sensación de estar perdido. Perdido no sólo en la ciudad, sino también dentro de sí mismo. Cada vez que daba un paseo se sentía como si se dejara a sí mismo atrás, y entregándose al movimiento de las calles, reduciéndose a un ojo que ve, lograba escapar a la obligación de pensar. Y eso, más que nada, le daba cierta de paz, un saludable vacío interior. El mundo estaba fuera de él, a su alrededor, delante de él, y la velocidad a la que cambiaba le hacía imposible fijar su atención en ninguna cosa por mucho tiempo. El movimiento era lo esencial, el acto de poner un pie delante del otro y permitirse seguir el rumbo de su propio cuerpo. Mientras vagaba sin propósito, todos los lugares se volvían iguales y daba igual dónde estuviese. En sus mejores paseos conseguía sentir que no estaba en ningún sitio. Y esto, en última instancia, era lo único que pedía a las cosas: no estar en ningún sitio. Nueva York era el ningún sitio que había construido a su alrededor y se daba cuenta de que no tenía la menor intención de dejarlo nunca más” (Paul Auster, La trilogía de New York).