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Finitud

Lunes, Noviembre 1st, 2010
Cementerio judío (Praga. Abril, 2010). Foto: Jose Martos

Cementerio judío (Praga. Abril, 2010). Foto: Jose Martos

Para hablar con los muertos

Lunes, Noviembre 2nd, 2009
Lauda sepulcral del Cementerio del Cerámico de Atenas (Julio, 2009). Foto: Jose Martos

Lauda sepulcral del Cementerio del Cerámico de Atenas (Julio, 2009). Foto: Jose Martos

“Para hablar con los muertos hay que elegir palabras que ellos reconozcan tan fácilmente como sus manos reconocían el pelaje de sus perros en la oscuridad.
Palabras claras y tranquilas como el agua del torrente domesticada en la copa o las sillas ordenadas por la madre después que se han  ido los invitados. Palabras que la noche acoja como los pantanos a los fuegos fatuos. Para hablar con los muertos hay que saber esperar: ellos son miedosos como los primeros pasos de un niño. Pero si tenemos paciencia un día nos responderán como una hoja de álamo atrapada por un espejo roto, con una llama de súbito reanimada en la chimenea con un regreso oscuro de pájaros frente a la mirada de una muchacha  que aguarda inmovil en un umbral”

(Jorge Treillier)

La memoria en las manos

Sábado, Septiembre 26th, 2009

Detalle relieve griego (Museo Arqueológico de Atenas. Julio, 2009). Foto: Jose Martos

Detalle relieve griego (Museo Arqueológico de Atenas. Julio, 2009). Foto: Jose Martos

Hoy son las manos la memoria.
El alma no se acuerda, está dolida
de tanto recordar. Pero en las manos
queda el recuerdo de lo que han tenido.

Recuerdo de una piedra
que hubo junto a un arroyo
y que cogimos distraídamente
sin darnos cuenta de nuestra ventura.
Pero su peso áspero,
sentir nos hace que por fin cogimos
el fruto más hermoso de los tiempos.
A tiempo sabe
el peso de una piedra entre las manos.
En una piedra está
la paciencia del mundo, madurada despacio.
Incalculable suma
de días y de noches, sol y agua
la que costó esta forma torpe y dura
que acariciar no sabe y acompaña
tan sólo con su peso, oscuramente.
Se estuvo siempre quieta,
sin buscar, encerrada,
en una voluntad densa y constante
de no volar como la mariposa,
de no ser bella, como el lirio,
para salvar de envidias su pureza.
¡Cuántos esbeltos lirios, cuántas gráciles
libélulas se han muerto, allí, a su lado
por correr tanto hacia la primavera!
Ella supo esperar sin pedir nada
más que la eternidad de su ser puro.
Por renunciar al pétalo, y al vuelo,
está viva y me enseña
que un amor debe estarse quizá quieto, muy quieto,
soltar las falsas alas de la prisa,
y derrotar así su propia muerte.

También recuerdan ellas, mis manos,
haber tenido una cabeza amada entre sus palmas.
Nada más misterioso en este mundo.
Los dedos reconocen los cabellos
lentamente, uno a uno, como hojas
de calendario: son recuerdos
de otros tantos, también innumerables
días felices
dóciles al amor que los revive.
Pero al palpar la forma inexorable
que detrás de la carne nos resiste
las palmas ya se quedan ciegas.
No son caricias, no, lo que repiten
pasando y repasando sobre el hueso:
son preguntas sin fin, son infinitas
angustias hechas tactos ardorosos.
Y nada les contesta: una sospecha
de que todo se escapa y se nos huye
cuando entre nuestras manos lo oprimimos
nos sube del calor de aquella frente.
La cabeza se entrega. ¿Es la entrega absoluta?
El peso en nuestras manos lo insinúa,
los dedos se lo creen,
y quieren convencerse: palpan, palpan.
Pero una voz oscura tras la frente,
—¿nuestra frente o la suya?—
nos dice que el misterio más lejano,
porque está allí tan cerca, no se toca
con la carne mortal con que buscamos
allí, en la punta de los dedos,
la presencia invisible.
Teniendo una cabeza así cogida
nada se sabe, nada,
sino que está el futuro decidiendo
o nuestra vida o nuestra muerte
tras esas pobres manos engañadas
por la hermosura de lo que sostienen.
Entre unas manos ciegas
que no pueden saber. Cuya fe única
está en ser buenas, en hacer caricias
sin casarse, por ver si así se ganan
cuando ya la cabeza amada vuelva
a vivir otra vez sobre sus hombros,
y parezca que nada les queda entre las palmas,
el triunfo de no estar nunca vacías.

(Pedro Salinas, Biografía)

Es mejor vivir así

Domingo, Septiembre 6th, 2009

Yo no sé qué me está pasando
que no dejo un momento de pensar en ti.
Yo no sé qué será de mí
si no estoy junto a ti.
Es mejor vivir así,
locamente enamorado
este amor que yo he encontrado
que me hará vivir feliz.
Sé que estoy lejos de ti
y no te puedo olvidar.
Sé que en tu corazón
hay un lugar para mí.
Y te acordarás de aquella flor
que yo sembré para ti
cuando un día te di
mi corazón.

Letra y música: Angel Ortega Gómez