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La espalda del otro

Miércoles, septiembre 30th, 2009

Detalle escultura griega. Museo Arqueológico de Atenas (Julio, 2009). Foto: José Antonio Casares     Detalle escultura griega. Museo Arqueológico de Atenas (Julio, 2009). Foto: José Antonio Casares

Detalle escultura griega. Museo Arqueológico de Atenas (Julio, 2009). Foto: José Antonio Casares

“La espalda del otro no es sólo el postludio de lo ya ocurrido. Anticipa la inversión  en la que irrumpe su rostro, su palabra, y su mirada. No basta un giro. Se precisa todo un tornar, una transvaluación. El retorno del otro como otro, esa trasmutación, es un volver de su diferencia. No es simplemente el sello de una amistad que se va o de alguien que uno ya no es. “¿Es que yo ya no soy? ¿Es que  están cambiados mi mano, mi paso, mi rostro? ¿Es que lo que soy , eso, para vosotros, amigos, no lo soy? ¿Es que me he vuelto otro? ¿Y extraño a mí mismo? ¿Es que me he evadido de mí mismo?”. Volverse otro no es ya la mera tarea de ser uno mismo como otro. Se abre la posibilidad  en que consiste el retorno. Vuelve de nuevo alguien otro, otro que uno mismo. Otro tan otro que propicia otra amistad, la del mediodía de la vida, la de la espera, má que la expectativa, la espera de nuevos amigos”.

(Angel Gabilondo, La vuelta del otro)

La serpiente

Lunes, septiembre 28th, 2009

Detalle de la fachada del Palacio da Pena (Sintra. Abril, 2009). Foto: Jose Martos

Detalle de la fachada del Palacio da Pena (Sintra. Abril, 2009). Foto: Jose Martos

“Se hunde la sierpe en el suelo como absorbida por alguna hendidura, por alguna de esas grietas por las que  la tierra muestra ser al par ávida y madre; una madre que no siempre deja salir lo que traga. La tierra tiene bocas, gargantas, hondonadas y desfiladeros que solamente cuando  se les ve allá abajo el oscuro fondo se sienten como abismo, lugar de caída y de despeñamiento; si no, lo que por ella desaparece parece haya sido llamado para ser guardado y, en último término, regenerado. Y si es eso que repta, parece que vaya a salir por algún otro lugar, irguiéndose irreconociblemente blanco y consistente, logrando al salir nuevamente de la tierra el cuerpo nuevo que en su reptar andaba buscando, extenuándose en ello, dejándose la piel, su valía después de todo, su piel manchanda, estigmatizada por sombra y luz.

Arroja su piel le sierpe en un ataque de desesperación, de furia contra sí misma, extenuada, escuálida, pues que no le sirve para alcanzar lo que ansía. Mas también ocurre que en su carrera , en esa condena  a avanzar que ha de cumplir arrastrándose , la sierpe se deja la piel, su escudo, su tesoro, por ser su signo, emblema primero de la vida que de tantos se irá revistiendo al desplegarse”.

(María Zambrano, Los bienaventurados)

Cantares

Viernes, septiembre 4th, 2009
Fragmento de escultura griega. Museo Arqueológico Nacional (Atenas. Julio, 2009). Foto: Jose Martos

Fragmento de escultura griega. Museo Arqueológico Nacional (Atenas. Julio, 2009). Foto: Jose Martos

Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre el mar.

Nunca persequí la gloria,
ni dejar en la memoria
de los homres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles,
como pompas de jabón.

Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse…
Nunca perseguí la gloria.

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar…

Hace algún tiempo en ese lugar
donde hoy los bosques se visten
de espinos
se oyó la voz de un poeta gritar
“Caminante no hay camino,
se hace camino al andar…”

Golpe a golpe, verso a verso…

Murió el poeta lejos del hogar.
Le cubre el polvo de un país
vecino.
Al alejarse le vieron llorar.
“Caminante no hay camino,
se hace camino al andar…”

Golpe a golpe, verso a verso…

Cuando el jilguero no puede
cantar.
Cuando el poeta es un peregrino,
cuando de nada nos sirve rezar.
“Caminante no hay camino,
se hace camino al andar…”
Golpe a golpe, verso a verso.

(Antonio Machado)

Baladilla de los tres ríos

Domingo, agosto 23rd, 2009

Rio Darro a su paso por Granada (Julio, 2009). Foto: Jose Martos

Rio Darro a su paso por Granada (Julio, 2009). Foto: Jose Martos

El río Guadalquivir
va entre naranjos y olivos

Los dos ríos de Granada
bajan de la nieve al trigo.

¡Ay, amor,
que se fue y no vino!

El río Guadalquivir
tiene las barbas granates.
Los dos ríos de Granada
uno llanto y otro sangre.

¡Ay, amor,
que se fue por el aire!

Para los barcos de vela,
Sevilla tiene un camino;
por el agua de Granada
sólo reman los suspiros.

¡Ay, amor,
que se fue y no vino!

Guadalquivir, alta torre
y viento en los naranjales.
Dauro y Genil, torrecillas
muertas sobre los estanques.

¡Ay, amor,
que se fue por el aire!

¡Quién dirá que el agua lleva
un fuego fatuo de gritos!

¡Ay, amor,
que se fue y no vino!

Lleva azahar, lleva olivas,
Andalucía, a tus mares.

¡Ay, amor,
que se fue por el aire!

(Federico García Lorca, Poema del Cante Jondo)

Vagabundos en la ciudad

Lunes, julio 13th, 2009
Vagabundos

Vagabundos

“Nueva York era un espacio inagotable, un laberinto de interminables pasos, y por muy lejos que fuera, por muy bien que llegase a conocer sus barrios y calles, siempre le dejaba la sensación de estar perdido. Perdido no sólo en la ciudad, sino también dentro de sí mismo. Cada vez que daba un paseo se sentía como si se dejara a sí mismo atrás, y entregándose al movimiento de las calles, reduciéndose a un ojo que ve, lograba escapar a la obligación de pensar. Y eso, más que nada, le daba cierta de paz, un saludable vacío interior. El mundo estaba fuera de él, a su alrededor, delante de él, y la velocidad a la que cambiaba le hacía imposible fijar su atención en ninguna cosa por mucho tiempo. El movimiento era lo esencial, el acto de poner un pie delante del otro y permitirse seguir el rumbo de su propio cuerpo. Mientras vagaba sin propósito, todos los lugares se volvían iguales y daba igual dónde estuviese. En sus mejores paseos conseguía sentir que no estaba en ningún sitio. Y esto, en última instancia, era lo único que pedía a las cosas: no estar en ningún sitio. Nueva York era el ningún sitio que había construido a su alrededor y se daba cuenta de que no tenía la menor intención de dejarlo nunca más” (Paul Auster, La trilogía de New York).