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Deseo

Jueves, octubre 15th, 2009

Fachada lateral de la catedral de Guadix (Octubre, 2009). Foto: Jose Martos

Fachada lateral de la catedral de Guadix (Octubre, 2009). Foto: Jose Martos

“Joseph y yo nos encontramos en un espacio llano, rodeados por un enorme y majestuoso edificio cuyas múltiples ventanas parecen atisbarnos desde todas direcciones. El edificio parece vacío y carente de vida. A medida que avanzamos, nuestros pasos despiertan el eco en los corredores de altas paredes. Nos resulta difícil percibir el cielo allá en las alturas, tan alto y sobrecogedor es este edificio. Nunca el cielo nos había parecido tan lejano, distante, remoto.
De vez en cuando, la brisa trae el rumor de risas lejanas y sabemos que, a pesar de las apariencias, en algún lugar, más allá del edificio, hay personas moviéndose y hablando.
Seguimos andando y andando, pero el escenario que nos rodea parece no cambiar. ‹‹¡Qué lugar tan aburrido!››, pensamos, y nos preguntamos por el modo de salir de allí.
Llevamos ya mucho tiempo aquí abajo, y comenzamos a preguntarnos cómo podemos subir a la parte alta del edificio para tener mejor vistas. Queremos estar más cerca del cielo. Suponemos que en algún lugar tiene que haber unas escaleras que nos conduzcan arriba, pero  parece que vamos a tener que recorrer todo el edificio para encontrarlas. Eso va a llevarnos mucho, mucho tiempo, y no sabemos por dónde empezar. No hay modo de encontrar el camino dentro de ese edificio. Empieza a soplar viento más frio. Atrapada en un laberinto de sombras, la luz del sol no llega hasta nosotros. Cuando cae la noche y el lugar se torna oscuro y gélido decidimos movernos.
De repente, una mujer joven aparece ante nosotros. Lleva un vestido largo y su melena castaña le llega a la cintura. Su mano derecha sostiene una pequeña lámpara de aceite, cuya llama arroja largas sombras que se mueven como dotadas de vida propia, mientras las demás sombras permanecen quietas y muertas.
La joven anda despacio hacia nosotros, se queda mirándonos fijamente y por fin nos pregunta:
-¿Qué estáis buscando?.
‹‹¿Podemos confiar en ella? -nos preguntamos-. ¿Podemos decirle lo que queremos? ¿Para qué quiere saberlo? ›› Ni siquiera la conocemos.  Después de todo, ¿por qué no?
-Queremos ir a la parte superior del edificio- le digo, señalando al lugar que queremos llegar.
-Muy bien –responde-. Os ayudaré, pero tenéis que tener cuidado. Hay muchos peligros.”

(Joseph O´Connor y Andrea Lages, Coaching con PNL)

En los ojos de otro

Martes, octubre 6th, 2009

Detalle de la Fuente Imperial de Carlos V (Granada. Octubre, 2009). Foto: José Antonio Casares.

Detalle de la Fuente Imperial de Carlos V (Granada. Octubre, 2009). Foto: José Antonio Casares.

“[...] Una pregunta, claro está: ¿cómo es posible conocerse a sí mismo, en qué consiste este conocimiento? Aquí damos con un texto que tiene, en los diálogos de Platón una serie de ecos, sobre todo en los diálogos tardíos, y que es  la metáfora, bien conocida y a menudo utilizada de los ojos. Si queremos saber de qué manera el alma -dado que ahora sabemos que es el alma la que debe conocerse a sí misma- puede conocerse a sí misma, pues bién, tomemos el ejemplo del ojo. Cuando los ojos pueden verse, ¿en qué condiciones lo hacen, y cómo? Bueno, cuando perciben la imagen de sí mismos que les devuelve el espejo. Pero el espejo no es la única superficie de reflexión para unos ojos que quieran mirarse a sí mismos. Después de todo, cuando los ojos de una persona se miran a los ojos de otra, cuando unos ojos se miran en otros ojos absolutamente semejantes a ellos, ¿qué ven en esos ojos del otro? Se ven a sí mismos”.

(Foucault, La hermeneútica del sujeto)

La ciudad sin figuras

Martes, septiembre 29th, 2009

 Vista de Atenas desde el Areópago (Julio, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

Vista de Atenas desde el Areópago (Julio, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

“El hombre que viaja y no conoce todavía la ciudad que le espera al cabo del camino, se pregunta cómo será el palacio real, el cuartel, el molino, el teatro, el bazar. En  cada ciudad del imperio cada edificio es diferente y está dispuesto en un orden distinto; pero apenas el forastero llega a la ciudad desconocida y echa la mirada sobre aquel racimo de pagodas y desvanes y cuchitriles, siguiendo la maraña de canales, huertos, basurales, de pronto distingue cuáles son los palacios de los principes, cuáles los templos de los grandes sacerdotes, la posada, la prisión, el barrio de los lupanares. Así -dice alguien- se confirma la hipótesis de que cada hombre lleva en la mente una ciudad hecha sólo de diferencias, una ciudad sin figuras y sin forma, y las ciudades particulares la rellenan.
No así en Zoe. En cada lugar de esta ciudad se podría sucesivamente dormir, fabricar arneses, cocinar, acumular monedas de oro, desvestirse, reinar, vender, interrogar oráculos. Cualquier techo piramidal podría cubrir tanto el lazareto de los leprosos como las termas de las odaliscas. El viajero da vueltas y vueltas y no tiene sino dudas: como no consigue disinguir los puntos de la ciudad, aun los puntos que están claros en su mente se le mezclan. Deduce esto: si la existencia en todos sus momentos es toda ella misma, la ciudad de Zoe es el lugar de la existencia indivisible. ¿Pero por qué, entonces, la ciudad? ¿Qué línea separa el dentro de fuera, el estruendo de la ruedas del aullido de los lobos?”.

(Ítalo Calvino, Las ciudades invisibles)

A la búsqueda de otro cuerpo

Domingo, septiembre 20th, 2009

Escultura griega. Museo Arqueológico Nacional. (Atenas. Julio, 2009). Foto: José Antonio Casares

Escultura griega. Museo Arqueológico Nacional. (Atenas. Julio, 2009). Foto: José Antonio Casares

“La vida se arrastra desde el comienzo. Se derrama, tiende a irse más allá, a irse desde la raíz oscura, repitiendo sobre la faz de la tierra -suelo para lo que se yergue sobre ella- el desparamarse de las raíces y su laberinto. La vida, cuanto más se da a crecer, prometida como es el acontecimiento, más interpone su cuerpo, el cuerpo que al fin ha logrado, entre su ansia de crecimiento y el espacio que la llama. Busca espacio en ansia de desplegarse y todos los puntos cardinales parecen atraerla por igual hasta que encuentra el obstáculo para proseguir su despliegue. En principio no tiene límite y los ignora hasta que los encuentra en forma de obstáculo infranqueable, primera moral que el hombre entiende llamándola prohibición. Mas busca la vida ante todo su cuerpo, el despliegue del cuerpo que ya alcanzó, el cuerpo indispensable. Y busca otro cuerpo desconocido. Y así el primer ímpetu vital subsistente en el hombre a través de todas las edades le conduce a la búsqueda de otro cuerpo propiamente suyo, el cuerpo desconocido. Cuando inventa aparatos mecánicos que se lo proporcionen gracias a una cierta ciencia se llama a esta consecución progreso técnico. Y no es más que el ciego ímpetu de la vida que se arrastra por un cuerpo, por su cuerpo, por sus cuerpos, ya que ninguno le basta”.
(María Zambrano, Los bienaventurados).

Hospitalidad

Martes, septiembre 1st, 2009

Nidos de cigüeñas en el río de Porzuna (Ciudad Real. Agosto, 2009). Foto: Jose Martos

Nidos de cigüeñas en el río de Porzuna (Ciudad Real. Agosto, 2009). Foto: Jose Martos