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Las soledades del Duero

Martes, noviembre 17th, 2009
Rio Duero a su paso por Soria (Noviembre, 2009). Foto: Jose martos

Rio Duero a su paso por Soria (Noviembre, 2009). Foto: Jose martos

Río Duero, río Duero,
nadie a acompañarte baja,
nadie se detiene a oír
tu eterna estrofa de agua.

Indiferente o cobarde
la ciudad vuelve la espalda.
No quiere ver en tu espejo
su muralla desdentada.

Tú, viejo Duero, sonríes
entre tus barbas de plata,
moliendo con tus romances
las cosechas mal logradas.

Y entre los santos de piedra
y los álamos de magia
pasas llevando en tus ondas
palabras de amor, palabras.

Quién pudiera como tú,
a la vez quieto y en marcha
cantar siempre el mismo verso
pero con distinta agua.

Río Duero, río Duero,
nadie a estar contigo baja,
ya nadie quiere atender
tu eterna estrofa olvidada

sino los enamorados
que preguntan por sus almas
y siembran en tus espumas
palabras de amor, palabras.

(Gerardo Diego)

La ciudad de los signos

Lunes, noviembre 9th, 2009

Detalle de la fachada del Monasterio de Santa Isabel la Real (Granada. Junio, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

Detalle de la fachada del Monasterio de Santa Isabel la Real (Granada. Junio, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

“El hombre camina día enteros entre los árboles y las piedras. Raramente el ojo se detiene en una cosa, y es cuando la ha reconocido como signo de otra: una huella en la arena indica el paso del tigre, un pantano anuncia una vena de agua, la flor de hibisco el fin del invierno. Todo el  resto es mudo es intercambiable; árboles y piedras con solamente lo que son.
Finalmente el viaje conduce a la ciudad de Tamara. Uno se adelanta a ella por calles llenas de enseñas que sobresalen de las paredes. El ojo no ve cosas sino figuras de cosas que significan otras cosas: las tenazas indican la casa del sacamuelas, el jarro la taberna, las alabardas el cuerpo de guardia, la balanza el herborista. Estatuas y escudos representan leones, delfines, torres, estrellas: signo de que algo –quien sabe qué- tiene por signo un león o delfín o torre o estrella. Otras señales advierten sobre aquello que en un lugar está prohibido: entrar en el callejón con las carretillas, orinar detrás del quiosco, pescar con caña desde el puente, y lo que es lícito: dar de beber a las cebras, jugar a las brochas, quemar los cadáveres de los parientes. Desde la puerta de los templos se ven las estatuas de los dioses, representados cada uno con  sus atributos: la cornucopia, la clepsidra, la medusa, por los cuales el fiel puede reconocerlos y dirigirles las plegarias justas. Si un edificio no tiene ninguna enseña o figura, su forma misma y el lugar que ocupa en el orden de la ciudad basta para indicar su función: el palacio real, la prisión, la casa de moneda, la escuela pitagórica, el burdel. Hasta las mercancías que los comerciantes exhiben en los mostradores valen no por sí mismas sino como signo de otras cosas: la banda bordada para la frente quiere decir elegancia, el palanquín dorado poder, los volúmenes de Averroes sapiencia, la ajorca para el tobillo la voluptuosidad. La mirada recorre las calles como páginas escritas: la ciudad dice todo lo que debes pensar, te hace repetir su discurso, y mientras crees que visitas Tamara, no haces sino registrar los nombres con los cuales se define a sí misma y a todas sus partes.
Cómo es verdaderamente la ciudad bajo esta apretada envoltura de signos, qué contiene o esconde, el hombre sale de Tamara sin haberlo sabido. Afuera se extiende la tierra vacía hasta el horizonte, se abre el cielo  donde corren las nubes. En la forma que el azar y el viento dan a las nubes el  hombre ya está entregado a reconocer figuras: un verlo, una mano, un elefante”

(Ítalo Calvino, Las ciudades invisibles)

Frutos

Sábado, noviembre 7th, 2009
Imagen del otoño en Soria (Noviembre, 2009). Foto: Jose Martos

Imagen del otoño en Soria (Noviembre, 2009). Foto: Jose Martos

Contemplación final

Sábado, octubre 31st, 2009
Detalle de la catedral de Guadix (Octubre, 2009). Foto: Jose Martos

Detalle de la catedral de Guadix (Octubre, 2009). Foto: Jose Martos

“Andamos hasta el centro de la catedral y miramos hacia arriba, extasiados. La penumbra se pierde en la distancia. La luz que penetra por las puertas va languideciendo a medida que la luz del día se desvanece.
Salimos al exterior sin mirar atrás. Afuera todo sigue igual. La gente sigue haciendo lo mismo que hacía antes.
Oímos un fuerte ruido. ¡Toc! ¡Toc!
Martillo en ristre, un anciano está clavando tres piezas de madera. Parece frágil. Nos acercamos a él. Su rostro es como una roca batida por el mar, muy fuere pero marcada por el tiempo, la sal, el viento y las olas. Sus ojos son de un azul intenso, semiocultos bajo unos cansados párpados. Lleva suéter viejo y atado, que tejió para él alguna amante de juventud. Ahora cuelga de su cuerpo enjuto y frágil.
-¿Qué está usted haciendo?
No contesta. Simplemente martillea otro clavo sobre el siguiente trozo de madera. En él está escrita la palabra ‹Peligro›
Nos acercamos aún más y le susurramos al oído:
-¿Qué está usted haciendo?
Levanta la cabeza y nos mira fijamente. Su mirada refleja inquietud y preocupación.
-¿Qué?
-¿Esto?
-Mi hija está embarazada. Me preocupa que el pequeño pueda lastimarse, de modo que antes de irme de este mundo quiero avisarle… ¡Le enseñaré la palabra ‹peligro› para que se acuerde de tener cuidado!
Mira a lo lejos y sonríe.
-¿Puso usted esos carteles en la catedral?
-¡Por supuesto querida! Sobre todo en la escalera. He visto con mis propios ojos cómo los chiquillos suben y bajan corriendo por ella. No quiero que a mi nieto le pase nada malo… ¡Aquello es muy peligroso!
-Muchas gracias, caballero.
Sonríe de nuevo.
Correremos a la catedral, saltamos los canales  de peligro y subimos  corriendo por la escalera de caracol. Nos echamos a reir ; pensando en los chiquillos correteando arriba y abajo. ¡Y pensar qué estábamos tan asustados sin saber  por qué!
Finalmente llegamos al final de la escalera, movemos una pesada cortina que cubre una gran puerta y vemos que el sol comienza a salir envuelto en una sinfonía de oro, plata, púrpura y otros colores para los que no tenemos palabras.
Miramos hacia abajo y vemos a la mujer hablando con el anciano. Éste le da uno de los carteles y los dos se sientan a hablar.
A los pocos minutos el viejo se queda dormido en los brazos de la mujer. Ella le coloca la cabeza  confortablemente sobre una almohada y se pone en pie. Mira hacia nosotros y le saludamos con la mano.
Con una gran sonrisa apaga la lámpara y se aleja.
Siempre la recordaremos.”

(Joseph O´Connor y Andrea Lages, Coaching con PNL)

Ascenso

Lunes, octubre 19th, 2009

Cúpulas de la catedral de Guadix (Octubre, 2009). Foto: Jose Antonio Casares.

Cúpulas de la catedral de Guadix (Octubre, 2009). Foto: Jose Antonio Casares.

“Al parecer, esa extraña mujer conoce muy bien el lugar… Aún no sabemos exactamente qué está haciendo aquí, pero tal vez pueda ayudarnos. Nos ha dicho que debemos tener cuidado y nos preguntamos: ‹‹¿Cuidado de qué?›› Llevamos siglos explorando el lugar y no hemos visto nada peligroso. Todo parece tan aburrido….
¡Entonces nos damos cuenta de que hemos estado andando en círculos!
La extraña mujer dijo que los peligros están en los lugares a los que no vas. Tal vez quiso decir que los peligros se encontraban en los lugares en los que aún no hemos estado. De modo que hay mucho más por ver. Tenemos la impresión de que hay algo extraño más allá de nuestra visión, como el movimiento que percibes por el rabillo del ojo. A veces también escuchamos risas en el viento, aunque nos resulta imposible decir de dónde vienen…. Tal vez ahí esté la respuesta.
De repente vemos una gran puerta doble de madera. ¡Vaya! ¡No habíamos visto esa puerta antes, aunque siempre estuvo ahí! Está tan cerca, ¿Cómo es posible que no la hayamos visto? Parece la puerta de una gran mansión antigua, con hermosas figuras talladas en los dos lados que parecen cambiar a medida que nos acercamos.
Atravesamos la puerta y vemos un ascensor, tan abarrotado de gente que creemos que no podremos entrar, pero eso  no parece preocupar a nuestra misteriosa acompañante.
La puerta del ascensor se cierra. Se ha ido.
Nos preguntamos qué vamos a hacer ahora y entonces vemos que la mujer abre la puerta de otro ascensor.
Éste está completamente vacío, es muy distintos al anterior… y tampoco parece demasiado nuevo. Las puertas tienen el mismo patrón intrincado que el gran portal, hermoso, pero algo inusual para un ascensor.
La mujer abre la puerta y nos invita a entrar. Nos quedamos donde estamos sin saber muy bien qué hacer. Nos pregunta:
-¿Realmente queréis ir a la parte alta del edificio? – y comienza a cerrar la puerta…
-Si, pero…
Mueve la cabeza con un gesto de comprensión y:
-Si es así, cuidado con el hueco.
Estamos dentro. El suelo del ascensor no es estable, oscila como una hamaca. Tal vez por eso todos iban en el otro…
Un lado del ascensor es transparente, podemos ver como el edificio se desliza hacia abajo a medida que subimos. El ascensor se mueve como un péndulo loco, el movimiento es tan fuerte que casi no podemos mantenernos en pie. Todo se tambalea a excepción de la llama de la lámpara de la mujer, que se mantiene imperturbable. De alguna manera, eso no nos sorprende.
De todos modos no tenemos demasiado tiempo para pensar en ello porque justo cuando parecía que el ascensor iba por fin a detenerse, una nueva sacudida casi nos arroja fuera.
Estamos inmóviles, asustados. Miramos a la mujer, que parece que se divierte en el viaje. Todo aquello le parece normal. ¿Estará loca?
Hemos dejado la planta baja, pero ¿llegaremos a la parte alta alguna vez? No lo sabemos, pero no hay forma de volver atrás.
El ascensor sigue subiendo y subiendo, pegado a la pared del edificio cual insecto. Nos acordamos de lo enorme que es el edificio. ¿Por qué comenzamos?.
De repente, el ascensor se detiene con otra sacudida y la puerta se abre. Salimos con alivio. No ha sido un viaje fácil, pero ¿estamos ahora más cerca de donde queremos estar?
Miramos a nuestro alrededor y la vista es asombrosa. Hay mucho más de lo que suponíamos. El edificio es más bien como una ciudad. Desde aquí arriba podemos ver mucha más vida, hay gente y flores por todas partes. Podemos  ver, allá abajo, los lugares donde hemos estado y muchos otros de los que  ni siquiera nos habíamos percatado, incluso cuando estábamos en medio de ellos. Podemos ver los grandes círculos que hemos recorrido.
Una enorme catedral gótica llama nuestra atención. Ése si que era un lugar interesante para visitar.
La mujer se une a nosotros. Su mirada recorre suavemente todo el panorama.
Detrás de nosotros está la majestuosa catedral. Decidimos ir a echar un vistazo.”

(Joseph O´Connor y Andrea Lages, Coaching con PNL)