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La ciudad de los signos

Lunes, Noviembre 9th, 2009

Detalle de la fachada del Monasterio de Santa Isabel la Real (Granada. Junio, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

Detalle de la fachada del Monasterio de Santa Isabel la Real (Granada. Junio, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

“El hombre camina día enteros entre los árboles y las piedras. Raramente el ojo se detiene en una cosa, y es cuando la ha reconocido como signo de otra: una huella en la arena indica el paso del tigre, un pantano anuncia una vena de agua, la flor de hibisco el fin del invierno. Todo el  resto es mudo es intercambiable; árboles y piedras con solamente lo que son.
Finalmente el viaje conduce a la ciudad de Tamara. Uno se adelanta a ella por calles llenas de enseñas que sobresalen de las paredes. El ojo no ve cosas sino figuras de cosas que significan otras cosas: las tenazas indican la casa del sacamuelas, el jarro la taberna, las alabardas el cuerpo de guardia, la balanza el herborista. Estatuas y escudos representan leones, delfines, torres, estrellas: signo de que algo –quien sabe qué- tiene por signo un león o delfín o torre o estrella. Otras señales advierten sobre aquello que en un lugar está prohibido: entrar en el callejón con las carretillas, orinar detrás del quiosco, pescar con caña desde el puente, y lo que es lícito: dar de beber a las cebras, jugar a las brochas, quemar los cadáveres de los parientes. Desde la puerta de los templos se ven las estatuas de los dioses, representados cada uno con  sus atributos: la cornucopia, la clepsidra, la medusa, por los cuales el fiel puede reconocerlos y dirigirles las plegarias justas. Si un edificio no tiene ninguna enseña o figura, su forma misma y el lugar que ocupa en el orden de la ciudad basta para indicar su función: el palacio real, la prisión, la casa de moneda, la escuela pitagórica, el burdel. Hasta las mercancías que los comerciantes exhiben en los mostradores valen no por sí mismas sino como signo de otras cosas: la banda bordada para la frente quiere decir elegancia, el palanquín dorado poder, los volúmenes de Averroes sapiencia, la ajorca para el tobillo la voluptuosidad. La mirada recorre las calles como páginas escritas: la ciudad dice todo lo que debes pensar, te hace repetir su discurso, y mientras crees que visitas Tamara, no haces sino registrar los nombres con los cuales se define a sí misma y a todas sus partes.
Cómo es verdaderamente la ciudad bajo esta apretada envoltura de signos, qué contiene o esconde, el hombre sale de Tamara sin haberlo sabido. Afuera se extiende la tierra vacía hasta el horizonte, se abre el cielo  donde corren las nubes. En la forma que el azar y el viento dan a las nubes el  hombre ya está entregado a reconocer figuras: un verlo, una mano, un elefante”

(Ítalo Calvino, Las ciudades invisibles)