Archivo etiquetado como ‘búsqueda’

A la búsqueda de otro cuerpo

Domingo, septiembre 20th, 2009

Escultura griega. Museo Arqueológico Nacional. (Atenas. Julio, 2009). Foto: José Antonio Casares

Escultura griega. Museo Arqueológico Nacional. (Atenas. Julio, 2009). Foto: José Antonio Casares

“La vida se arrastra desde el comienzo. Se derrama, tiende a irse más allá, a irse desde la raíz oscura, repitiendo sobre la faz de la tierra -suelo para lo que se yergue sobre ella- el desparamarse de las raíces y su laberinto. La vida, cuanto más se da a crecer, prometida como es el acontecimiento, más interpone su cuerpo, el cuerpo que al fin ha logrado, entre su ansia de crecimiento y el espacio que la llama. Busca espacio en ansia de desplegarse y todos los puntos cardinales parecen atraerla por igual hasta que encuentra el obstáculo para proseguir su despliegue. En principio no tiene límite y los ignora hasta que los encuentra en forma de obstáculo infranqueable, primera moral que el hombre entiende llamándola prohibición. Mas busca la vida ante todo su cuerpo, el despliegue del cuerpo que ya alcanzó, el cuerpo indispensable. Y busca otro cuerpo desconocido. Y así el primer ímpetu vital subsistente en el hombre a través de todas las edades le conduce a la búsqueda de otro cuerpo propiamente suyo, el cuerpo desconocido. Cuando inventa aparatos mecánicos que se lo proporcionen gracias a una cierta ciencia se llama a esta consecución progreso técnico. Y no es más que el ciego ímpetu de la vida que se arrastra por un cuerpo, por su cuerpo, por sus cuerpos, ya que ninguno le basta”.
(María Zambrano, Los bienaventurados).

Arqueología de los sentimientos

Jueves, septiembre 10th, 2009
Templo de Apolo en Delfos (Julio, 2009). Foto: Jose Martos

Templo de Apolo en Delfos (Julio, 2009). Foto: Jose Martos

En el frontispicio del templo de Apolo en Delfos se podía leer la frase: “Conócete a ti mismo”. Estas palabras constituían, para las personas que acudían a aquel lugar mistérico a consultar el oráculo, toda una invitación a emprender una de las tareas principales de cada ser humano: el autoconocimiento. En efecto, cada uno es para sí una fuente inagotable de conocimiento. Las experiencias diarias son capaces de sorprendernos y poner a la luz dimensiones de nuestra existencia ignoradas o sepultadas voluntariamente. Una situación imprevista, un desengaño, cualquier acontecimiento que escapa a nuestro dominio, tienen la potencialidad de poner sobre la palestra aspectos que, hasta el momento, permanecían en el subsuelo de nuestra existencia.
Parte de este desconocimiento se debe a que algunas de estas dimensiones se han visto sepultadas u ocultadas por motivos personales o culturales. Quizás los sentimientos sean los que se hayan llevado la peor parte en este proceso. La educación de los sentimientos ha sido la gran desterrada del curriculum escolar, hecho que ha llevado consigo sepultar los sentimientos y las emociones en el subsuelo de la vida, como una dimensión de la existencia destinada a estar oculta, para vivir de espaldas o indiferentes ante esta riqueza inconmensurable.
Con frecuencia se ha utilizado el símil de la arqueología (Miguel Angel Santos Guerra, Arqueología de los sentimientos en la escuela. Ed. Bonum) para refererirse al universo de los sentimientos como una realidad que está por descubrir. La inteligencia emocional ha puesto de manifiesto que no somos únicamente “cognicio” sino también emoción y sentimiento, y que prescindir de estos últimos significa amputar una dimensión nuclear de nuestra existencia. La inteligencia emocional nos recuerda que el conocerse a sí mismo pasa por cultivar la habilidad para percibir con precisión, valorar y expresar emociones, para acceder y/o generar sentimientos cuando facilitan el pensamiento, y para regular y comprender nuestras propias emociones.
“Conocete a ti mismo” supone iniciar, al modo del arqueólogo o la arqueóloga, una labor de acercamiento al yacimiento de nuestros sentimientos para iniciar una labor, árdua y no carente de dificultades, con el objetivo de desenterrar el tesoro que albergamos en nuestra interioridad. “Conócete a tí mismo” es la puerta que nos hace capaces de mostrar en cada momento lo que sentimos, no como un signo de debilidad, sino como manifestación de la transparencia del corazón que busca otro corazón para compartir una sonrisa o una lágrima.
Excavaciones en el Ágora Romana (Atenas, Julio 2009). Foto: Jose Martos

Excavaciones en el Ágora Romana (Atenas, Julio 2009). Foto: Jose Martos

Cantares

Viernes, septiembre 4th, 2009
Fragmento de escultura griega. Museo Arqueológico Nacional (Atenas. Julio, 2009). Foto: Jose Martos

Fragmento de escultura griega. Museo Arqueológico Nacional (Atenas. Julio, 2009). Foto: Jose Martos

Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre el mar.

Nunca persequí la gloria,
ni dejar en la memoria
de los homres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles,
como pompas de jabón.

Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse…
Nunca perseguí la gloria.

Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar…

Hace algún tiempo en ese lugar
donde hoy los bosques se visten
de espinos
se oyó la voz de un poeta gritar
“Caminante no hay camino,
se hace camino al andar…”

Golpe a golpe, verso a verso…

Murió el poeta lejos del hogar.
Le cubre el polvo de un país
vecino.
Al alejarse le vieron llorar.
“Caminante no hay camino,
se hace camino al andar…”

Golpe a golpe, verso a verso…

Cuando el jilguero no puede
cantar.
Cuando el poeta es un peregrino,
cuando de nada nos sirve rezar.
“Caminante no hay camino,
se hace camino al andar…”
Golpe a golpe, verso a verso.

(Antonio Machado)

Los deseos ya son recuerdos

Martes, julio 21st, 2009
Atardecer

Atardecer

“Al hombre que cabalga largamente por tierras agrestes le asalta el deseo de una ciudad. Finalmente llega a Isidora, ciudad donde los palacios tienen escaleras de caracol incrustadas de caracolas marinas, donde se fabrican con todas las reglas del arte catalejos y violines, donde cuando el forastero está indeciso entre dos mujeres siempre encuentra una tercera, donde las peleas de gallos degeneran en riñas sangrientas entre os que apuestan. En todas estas cosas pensaba el hombre cuando deseaba una ciudad. Isidora es, pues, la ciudad de sus sueños; con una diferencia. La ciudad soñada lo contenía joven; a Isidora llega a edad avanzada. En la plaza hay un murete desde donde los viejos miran pasar la juventud: el hombre está sentado en fila con ellos. Los deseos ya son recuerdos”

(Ítalo Calvino, Las ciudades invisibles).