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El árbol de la vida, símbolo de perfección e inmortalidad

Domingo, Agosto 12th, 2012
"El árbol de la vida". Gustav Klimt 1905.

“El árbol de la vida”. Gustav Klimt 1905.

El árbol está vinculado a la riqueza simbólica del “árbol de la vida”, presente en diversas  culturas y religiones. En efecto, el árbol de la vida es un árbol central, cósmico, eje del mundo: su savia es el rocío celeste, sus frutos dan la inmortalidad, el retorno al centro del ser, al estado edénico.  Por medio de él se establece la unión entre el cielo y la tierra: sus raíces alcanzan el infierno y sus ramas se extienden hacia el cielo. Quizá pueda entenderse como el anhelo del hombre por alcanzar la perfección, la inmortalidad.

Cada cultura personificaban  el “árbol de la vida” con un árbol presente en su entorno. Así los pueblos semíticos  lo identificaban con el granado; los asirios con la palma datilera, los caldeos con el pino negro, el los egipcios con sicómoro. En la Polinesia, el “árbol de la vida” es el coco, en China se representa por medio de un colosal melocotonero.

Debido a la importancia de esta carga simbólica, vinculada al árbol, desarrollaremos en sucesivas entradas la riqueza simbólica que va adquiriendo en diversas culturas y religiones y sus reprecusiones en el arte.

 

Bibliografía:

-Cirlot, J.E. (2005), Diccionario de símbolos. Madrid: Siruela, 89.
-Chevalier, J., y Gheerbrant (2007), Diccionario de los símbolos. Barcelona: Herder, 118.

 

José Manuel Martos Ortega

El sueño del rey Nabucodonosor y el árbol cósmico

Domingo, Abril 25th, 2010
Profeta Daniel. Fresco de la Capilla Sixtina.

Profeta Daniel. Fresco de la Capilla Sixtina.

En la tradición bíblica la imagen del árbol cósmico está presente, vinculando y reinterpretando su riqueza simbólica, compartida con otras religiones, a la luz del mensaje específico que quiere transmitir. Hablar del símbolo del árbol cósmico en la Biblia supone necesariamente detenernos en la historia del rey Nabucodonosor y sus enigmáticos sueños. El capítulo 4 del libro del Profeta Daniel narra el sueño que tuvo el rey Nabudonodosor:

Vi un árbol gigantesco en el centro de la tierra. El árbol creció y se volvió corpulento; su altura llegaba hasta el cielo y se lo veía desde los extremos de toda la tierra. Su follaje era hermoso y su fruto abundante:había en él comida para todos. Debajo de él se guarecían los animales de los campos, y en sus ramas anidaban los pájaros del cielo;de él se alimentaban todos los vivientes. Yo contemplaba recostado en mi lecho las visiones de mi imaginación, y vi que un Guardián, un Santo, descendía del cielo. Él gritaba con fuerza y decía: Derriben el árbol y corten sus ramas, arranquen sus hojas y dispersen sus frutos;que huyan los animales de debajo de él y los pájaros, de sus ramas. Pero dejen en la tierra el tronco con sus raíces, sujeto con cadenas de hierro y bronce,entre la hierba de los campos. Que sea empapado por el rocío del cielo y comparta con los animales la hierba de la tierra;que sea cambiado su corazón de hombre y adquiera instintos de animal, y que siete tiempos pasen sobre él. Por un decreto de los Guardianes se pronuncia esta sentencia,y por una orden de los Santos, esta decisión, para que los vivientes reconozcannque el Altísimo domina sobre la realeza de los hombres,que él la da a quien quiere y eleva al más humilde de los hombres“.

Visión de Nabucodonosor. Portada del Monasterio de Santa María de Ripoll

Visión de Nabucodonosor. Portada del Monasterio de Santa María de Ripoll

Ante tal sueño el rey Nabucodonosor sintió miedo y las visiones sembraron la intranquilidad en su corazón. Ante él fueron convocados los sabios de Babilonia para interpretar los sueños y las visiones que intranquilizaban al rey, pero estos fracasaron al igual que en anteriores ocasiones. El sueño y las visiones del rey estaban relacionadas con dios. Nabucodonosor vió un  gran árbol. Al contemplarlo vio su crecimiento hasta que alcazó una altura que llegaba al cielo y hasta el fin de la tierra. Se trataba de un árbol frondoso y abundante en frutos, bajo sus hojas encontraban cobijo las bestias del campo, en sus ramas anidaban los pájaros y sus frutos servían de alimento a los seres vivos. Pero esta visión idílica fue interrumpida por el ángel que descendía del Cielo, llamado “vigilante y santo” que daba órdenes de cortar el árbol. Entonces llamaron al profeta Daniel ya que el rey creía firmemente que sobre él descansaba el espíritu de los dioses santos.

Daniel ante Nabucodonosor. Miniatura del Beato de Liébana. Códice del Monasterio de Silos. Foto: A. Moleiro.

Daniel ante Nabucodonosor. Miniatura del Beato de Liébana. Códice del Monasterio de Silos. Foto: A. Moleiro.

Daniel interpreta el sueño ante el rey indicándole que el árbol era su misma figura: el rey Nabucodonosor: “Tu eres, oh rey, el árbol que viste, que crecía y se hacía fuerte, y cuya copa llegaba hasta el Cielo, y que se veía desde todos los confines de la tierra“. La sentencia de los vigilantes en la que se anuncia que el árbol debía ser derribado y la cepa atada con hierro y bronce también estaba dirigida a él: mientras reconozca al Altísimo como rey de los hombres se le arrancará el poder de su reino.

La figura del árbol que recoge el libro de Daniel se sitúa en la linea interpretativa del árbol cósmico, como representación de un reino universal al que se acogen todos los hombres y, a su vez,  contempla la experiencia del hombre que es arrancado de este reino (el árbol cortado,  el rey Nabucodonosor). Es verdad que el uso de la simbología del árbol se integra dentro del mensaje bíblico releyéndola a la luz de la fe en el Dios de Israel y la llamada a la convesión. La interpretación del profeta Daniel termina con una llamada a la conversión del rey y al reconocimiento de la soberanía de Yahveh, como unico soberano.

Fuentes: PETINGILL, W.L. (1985).  Estudios sobre el libro de Daniel. Editorial Clie.

El árbol cósmico

Domingo, Abril 11th, 2010
Árbol en el claustro de la Concatedral de Soria (Noviembre, 2009). Foto: Jose  Martos.

Árbol en el claustro de la Concatedral de Soria (Noviembre, 2009). Foto: Jose Martos.

El árbol, con frecuencia, simboliza al cosmos mismo. Existen diversas variantes del símbolismo del árbol cósmico que incide en distintos significados que giran en torno a la consideración del árbol como “cifra” del mundo, consideradolo como una realidad viviente, sagrada e inagotable.

Algunas veces se revela como imago mundi, otras como axis mundi, o como tronco que sostiene el cielo y une las tres zonas cósmicas (cielo, tierra, infierno) para ponerlas en comunicación. En algunos casos el árbol cósmico centra su riqueza simbólica en la función de regeneración del universo, representando el misterio del mundo en perpetua renovación.

La tradición india representa al cosmos bajo la forma de un árbol gigante. En las Upanishads se describe esta concepción: el universo es un “árbol invertido” que hunde sus raíces en el cielo y extiende sus ramas sobre la tierra entera. El árbol açvattha representa la manifestación del brahmán en el cosmos, es decir la creación como un movimiento descendente. De igual forma en las a en las Upanishads se precisa esta intuición del cósmos como un árbol al describir sus ramas como éter, aire, fuego, agua y tierra, es decir, los elementos de los que el cosmos está formado.

En el Bhagavad Gîtâ el árbol cósmico llega a expresar no sólo el universo, sino también la condición del hombre en el mundo: “Se dice que hay un Açvattha imperecedero, con las raíces arriba, las ramas abajo, cuyas hojas son los himnos del Veda; quien lo conoce, conoce el Veda. Sus ramas crecen en altura y en profundidad, brotando sobre las gunas, sus yemas son los objetos de los sentidos; por abajo, sus raíces se ramifican, vinculadas a las acciones, en el mundo de los hombres. Desde este mundo no se percibe su forma, ni su final, ni su principio, ni su envergadura. Es menester cortar primero, con el arma resistente del renunciamiento, ese Açvattha de potentes raíces, y buscar luego el lugar del que no se vuelve” (XV, 1-3).

En el árbol cósmico se simboliza, por tanto, el universo entero y la experiencia del hombre que vive en él  y no se ha separado de él. El hombre se pierde en esta manifestación de brahmán. Así cortar de raíz el árbol equivale a retirar al hombre del cosmos, aislarlo de los objetos de los objetos de los sentidos.

Árbol cortado en el camino de acceso al castillo de Salobreña (Febrero, 2010). Foto: Jose Martos.

Árbol cortado en el camino de acceso al castillo de Salobreña (Febrero, 2010). Foto: Jose Martos.

Fuentes:

Mircea Eliade (2000),  “Tratado de historia de las religiones”. Madrid: Encuentro, 405-406.

Mircea Eliade (2001), “Mefistófeles y el Andrógino“. Barcelona: Kairós.

El árbol, “eje del mundo”

Domingo, Febrero 14th, 2010

Una de las líneas simbólicas principales vinculadas al árbol es la de ser el  “eje del mundo”. Es una carga simbólica que dice relación a su forma vertical. Como imagen vertical izada tiene la potencialidad de conducir una vida subterránea hasta el cielo, vinculando su sentido, también, a la imagen de la escalera o la montaña, como símbolos generalizados de la unión entre los tres mundos (inferior, ctónico o infernal; central, terrestre o de la manifestación; superior o celeste).

Árbol, eje del mundo

Árbol, eje del mundo

La contemplación de un árbol nos permite vislumbrar lo que el símbolo quiere representar ya que sus raíces se sumergen en el suelo y sus ramas se elevan al cielo. Afirma Chevalier y Gheerbrant (118) al respecto:

“El árbol pone así en comunicación los tres niveles del cosmos: el subterráneo, por sus raíces hurgando en las profundidades donde se hunden; la superficie de la tierra, por su tronco y primeras ramas; las alturas, por sus ramas superiores y su cima, atraídas por la luz del cielo. Reptiles se arrastran entre sus raíces; aves vuelan por su ramaje: pone en relación el mundo ctónico y el mundo uránico. Reúne todos los elementos: el agua circula por su savia, la tierra se integra a su cuerpo por sus raíces, el aire alimenta sus hojas, el fuego surge de su frotamiento.”

Pero el carácter axial está vinculado también con su carácter central. Para que el árbol pueda comunicar en espíritu los tres mundos ha de estar emplazado en un centro cósmico hasta el punto de llegar a ser sinónimos “árbol del mundo” y “eje del mundo”.

Cada cultura ha vinculado a un árbol este carácter de centralidad y axialidad; así en Galicia el árbol “eje del mundo” es el roble, el tilo entre los germanos, el fresno en Escandinavia, el olivo en el Islam, el baniano en la India, el abedul o el alerce en Siberia.

Olivo en la comarca del Altiplano Granadino (Octubre, 2009). Foto: Jose Martos

Olivo en la comarca del Altiplano Granadino (Octubre, 2009). Foto: Jose Martos

Detengámonos en el abedul siberiano para ver como recoge esta riqueza de significado. Sus entalladuras señalan los grados de ascensión hacia el cielo. El árbol Kien-mu chino (madero erguido) está en el centro del mundo: a su pie no existe ni la sombra ni el eco; tiene nueve ramas y nueve raíces por medio de los cuales toca los nueve cielos y los nueve manantiales, morada de los muertos. Por él suben y bajan los soberanos, mediadores entre el Cielo y la Tierra, equiparados también al sol. Soy y luna descienden en forma de ave por el alarce siberiano. A ambos lados del árbol Kien se encuentran respectivamente el árbol Fu en el levante y el árbol Jo en el poniente, por donde sube y desciende el sol, respectivamente.

En la tradición China las aves solares está n vinculadas al simbolismo del árbol; son, a menudo, doce lo que recuerda el simbolismo Zodiacal y el de los Aditya, o doce soles. Doce son también los frutos del árbol de la Vida edénico, signos de la renovación cíclica. Las aves del cielo reposando sobre las ramas del árbol representan los estados superiores del ser y todos los estados en su conjunto están vinculados entre ellos por el tronco del árbol.

El árbol alimentado por la Tierra y el Agua y superando el séptimo cielo es también, según el esoterismo ismaelita, símbolo de la gnosis.

En la tradición cristiana el carácter axial del árbol, junto a la simbología del “árbol de la vida” confluirán en la imagen de la cruz de regeneración, en el que el eje vertical de la cruz se identificará con el “eje del mundo” y camino de ascenso hacia el cielo.

Cruz románica. Museo de Arte Nacional Catalán (Barcelona. Diciembre, 2009). Foto: José Antonio Casares

Cruz románica. Museo de Arte Nacional Catalán (Barcelona. Diciembre, 2009). Foto: José Antonio Casares

Fuentes:

-Cirlot, J.E. (2005), Diccionario de símbolos. Madrid: Siruela, 89.

-Chevalier, J., y Gheerbrant (2007), Diccionario de los símbolos. Barcelona: Herder, 118.

El árbol y el reconocimiento de una realidad escondida

Martes, Febrero 9th, 2010

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Mircea Eliade en su Tratado de Historia de las religiones indaga sobre la razón que ha hecho posible la riqueza simbólica que rodea el árbol en las distintas tradiciones culturales y religiosas. El autor parte de una constatación que está en la base de tal riqueza de sentidos y valoraciones: la coexistencia sin rupturas entre naturaleza y símbolo como dos realidades íntimamente vinculadas.
Entre todas las realidades de la naturaleza el árbol o ciertos árboles se imponen como un poder por sus implicaciones cosmológicas. La fenomenología de las religiones pone de manifiesto que no existió un culto al árbol sin más, sino tal y como señala Eliade, “nunca se ha adorado un árbol por sí mismo, sino por lo que a través de él revelaba, por lo que implicaba y lo que significaba.”.
Bajo la figura del árbol los hombres y mujeres reconocían una entidad espiritual escondida que se convertía en objeto de culto en virtud de su poder y de aquello que manifestaba. A partir de estas percepciones en torno al árbol se van construyendo un universo simbólico por el que cada tradición religiosa y cultural va cargándolo de significados en virtud de la observación de los fenómenos naturales que rodean la vida de los árboles:

“el árbol está cargado de fuerzas sagradas porque es vertical, porque crece, pierde las hojas, pero se regenera (muere y resucita) infinidad de veces, tiene látex, etc. Todos estos caracteres que ratifican su validez nacen de la simple contemplación mística del árbol como <<forma>> y modalidad biológica. Pero sólo cuando se subordina a un prototipo –cuya forma no es forzoso que sea de orden vegetal- adquiere el árbol sagrado su verdadera validez. Un árbol se convierte en sagrado en virtud de su poder; dicho de otro modo: porque manifiesta una realidad extrahumana (que se presenta al hombre bajo cierta forma, que da fruto y se regenera periódicamente). Por su simple presencia (el poder) y por su propia ley de evolución (la regeneración), el árbol repite lo que , para la experiencia arcaica, es el cosmos entero. El árbol puede, sin duda, llegar a ser un símbolo del universo, y bajo esa forma lo encontramos en las civilizaciones más avanzadas; pero para una conciencia religiosa arcaica , el árbol es el universo, y es el universo porque lo repite y lo resume a la vez que lo simboliza” (Eliade, M. Tratado de historia de las Religiones. Madrid:Cristiandad, 399).

Desde esta línea de significación vinculada a la realidad que representa y a sus implicaciones cosmológicos las culturas antiguas fueron sacralizando distintos árboles y elaborando toda una rica simbología para significar las ricas experiencias de la vida.