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El mercado del color

Domingo, octubre 16th, 2011

Varios siglos de historia no borran la imagen de un mercado popular, descrito por Hernán Cortés en una carta a Carlos V, e inmortalizado por Diego Rivera en los insuperables murales de la escalera del Palacio Nacional de Ciudad de México. Basta con pasear por la Plaza del Zócalo, junto al Templo Mayor, para contemplar un nuevo mercado de tlatelolco.

Mercado popular junto al Templo Mayor. Ciudad de Mexico (Septiembre, 2008)

Mercado popular junto al Templo Mayor. Ciudad de Mexico (Septiembre, 2008)

Mercado popular junto al Templo Mayor. Ciudad de Mexico (Septiembre, 2008)

Mercado popular junto al Templo Mayor. Ciudad de Mexico (Septiembre, 2008)

Detalle del Mural de Diego Rivera en el que se representa el mercado de tlatelolco (Ciudad de Mexico. Septiembre, 2008). Foto: Jose Martos

Detalle del Mural de Diego Rivera en el que se representa el mercado de tlatelolco (Ciudad de Mexico. Septiembre, 2008). Foto: Jose Martos

La Puerta del Vino de la Alhambra y Debussy

Domingo, junio 6th, 2010
Detalle del la Puerta del Vino de la Alhambra (Granada. Noviembre 2009). Foto: Jose Antonio Casares

Detalle del la Puerta del Vino de la Alhambra (Granada. Noviembre 2009). Foto: Jose Antonio Casares

La Alhambra posee una fuerza inspiradora que se ha mantenido viva a lo largo de los siglos. Poetas, músicos, pensadores, pintores, o cualquier persona que la visita, descubre en ella un potencial capaz de despertar los sentimientos más luminosos y la inspiración más profunda que se plasma en un sinfín de expresiones y experiencias riquísimas.

Hay un episodio en la vida del compositor Claude Debussy que está unido a un rincón de la Alhambra, la Puerta del Vino.  Manuel de Falla envió una postal coloreada a Claude Debussy de la “Puerta del Vino” , dicha fue la fuente de inspiración de un bello preludio. Falla se refiere a dicha imagen con las siguientes palabras:

“la fotografía representa el célebre monumento de la Alhambra. Adornado de relieves en color y sombreado por árboles , contrasta el monumento con un camino inundado de luz que se ve en perspectiva a través del otro arco”.

El mismo Lorca en 1927 también enviaba una tarjeta postal a Sebastián Gasch en la que decía:

“esta puerta fue cantada por Debussy y fue su sueño irrealizable”.

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El canto de la Musa

Sábado, enero 9th, 2010
Representación de la Musa de la Música

Representación de la Musa de la Música

Claudio Monteverdi (1567-1643) encarna la transición musical del Renacimiento al Barroco. Con solo quince años publicó su primera colección de motetes, fruto de su formación en la tradición polifónica de Victoria, Lasso y Palestrina. En Monteverdi confluye el instrumentista y el compositor. Su talento como instrumentista, gran intérprete de la viola, le llevó a servir al duque Vincenzo Gonzaga y después a su hijo Francisco. Como compositor fue capaz de plasmar en su obra las teorías expuestas anteriormente por la Camereta Fiorentina. A partir de estas teorías, unidas a sus conocimientos de la polifonía, dio a luz su obra Orfeo , que es considerada como la primera ópera de la historia de la música.

El 24 de febrero de 1607, en el Palacio de Mantua, se estrenó L´Orfeo de Monteverdi con motivo del comienzo del carnaval. El autor se inspira en un texto de Alessandro Striggio, que pone las bases de un nuevo género, “Favola in musica”, o estilo operístico, novedoso por su estructura dramática y musical.

Nos detenemos en el prólogo de Orfeo. Después de la imponente fanfarria, que sirve como pórtico a la composición en cinco actos, aparece la Musa de la música para invitar a guardar silencio y crear el clima apropiado para escuchar las aventuras y desventuras de Orfeo, hijo del dios Apolo y la musa Caliope.

En la mitología griega, Euterpe (en griego Ευτέρπη, “La muy placentera”, “La de agradable genio” o “La de buen ánimo”) es la Musa de la música, especialmente protectora del arte de tocar la flauta. Como las demás Musas era hija de Mnemósine y de Zeus. Por lo general se la representa coronada de flores y llevando entre sus manos el doble-flautín. En otras ocasiones se la representa con otros instrumentos de música: violines, guitarras, tambor, etcétera. A finales de la época clásica se la denominaba musa de la poesía lírica, y se le representaba con una flauta en la mano.

La Musa, en esta ópera, se presenta como aquella que es capaz de “apaciguar los corazones atormentados y de inflamar, de noble ira o de amor,los espíritus más fríos”. En efecto, en el prólogo de Orfeo, Euterpe, por medio de una composición de gran lirismo y belleza invita a detener los pasos y buscar un momento de quietud para deleitarse con la historia de Orfeo. Hoy, varios siglos después, la belleza de sus palabras y la armonía de su música, inspirada por una Musa, sigue cautivándonos a todo los que queremos contemplar el camino de Orfeo.

Desde mi Parnaso amado vengo hasta vosotros,
ilustres héroes, nobles, descendientes de reyes,
de quienes la fama relata sus excelsos méritos
de manera imperfecta
porque son, en verdad, sublimes.

Yo la Música,
con dulces acentos
sé apaciguar los corazones atormentados
y puedo inflamar, de noble ira o de amor,
los espíritus más frios.

Cantando a los acordes de mi lira de oro,
acostumbro a deleitar los oídos de los mortales
y de esta guisa incito en el alma deseos ardientes
de oir las armonías sonoras de la lira celestial.

Me mueve ahora el deseo de hablaros de Orfeo,
que aplacó a las fieras con su canto
y conmovió al infierno con sus ruegos,
gloria inmortal de Pindo y de Helicón.

Ahora, mientras alterno mis canciones,
ora alegres, ora tristes,
qué ningún pajarillo se mueva entre los árboles,
ni se oiga el rumor de las aguas en estas riberas,
y hasta la brisa más ligera detenga su camino.

 

Francisco Ayala. In memoriam

Miércoles, noviembre 4th, 2009

Granada 1906 - Madrid 2009

Granada 1906 - Madrid 2009

A los ciento tres años de edad muere en Madrid el intelectual y escritor Francisco Ayala. como agradecimiento reproducimos el discurso que pronunció en la recepción del Premio Cervantes en el año 1992:

“Por una coincidencia que no sabría cómo calificar, el mismo día en que se me otorgaba este galardón tan preciado y honroso que hoy recibo, me encontraba postrado a las puertas de la muerte. En versiones varias, corre por el mundo una leyenda folklórica según la cual, un moribundo obtiene por gracia especialísima un aplazamiento en el último trance, para que entre tanto pueda llevar a cabo aquello que su imprevisión le había hecho descuidar. Con implícita ironía, pretende la leyenda que casi siempre, al cumplirse el término prescrito, y una vez agotado ya el plazo, la tarea siga inconclusa, de modo que todo haya sido en vano. En mi caso, si en tal caso me pongo, una al menos de mis obligaciones pendientes queda solventada en este acto de hoy: la de hallarme aquí presente para recibir de tan suprema instancia el premio que tanto agradezco, y explicar de paso alguna de las particularísimas razones por la que debo estimarlo en el más alto grado.

Aunque, si bien se considera, tal explicación resulta innecesaria. ¿Cómo hubiera podido ser de otra manera? Para empezar, la advocación de Cervantes tenía que tener una resonancia de intensa simpatía en quien, como yo, ha dedicado muchas horas de su larga vida, y llenado muchas páginas, en continua aplicación al estudio de su obra; y, sobre todo, para un autor de ficciones literarias que, no menos que cualquier escritor de invenciones tales, ha debido moverse dentro del ámbito espiritual y trabajar mediante los recursos técnicos que, para universal magisterio, estableciera el autor del Quijote.

Esto, como digo, por cuanto significa para mí el premio que invoca su nombre. Pero es que éste -el premio mismo tal cual se encuentra instituido- presenta además rasgos peculiares que a juicio mío le prestan un carácter de especial relieve. He afirmado a veces, en conformidad con otros colegas, que la patria del escritor es su idioma. Pues bien, el Premio Miguel de Cervantes está dedicado a destacar los méritos de quienes cultivan las letras en lengua castellana, cualquiera sea la ciudadanía civil de cada uno. Queda reconocida y sustantivada así la comunidad cultural cuya base sólida es el idioma, sobreponiéndose a los muchos equívocos ocasionados por la historia política del pasado siglo, cuando la ideología nacionalista, instrumento intelectual de que en su día se sirvieron los movimientos americanos de independencia, llevó a involucrar la creación poética con los sentimientos e intereses del patriotismo local. Pero los azares de la política, por mucho que apremien y condicionen y apasionen, no llegan sin embargo a erosionar seriamente el suelo firme de una comunidad idiomática.
Por lo demás -y éste es otro acierto complementario-, la administración del Premio ha sabido hacerse cargo sin embargo de lo arraigadas que todavía siguen estando confusiones tales de lo literario con lo político, y ha establecido sutilmente en consecuencia una especie de turno informal entre escritores nacidos a una u otra orilla del Atlántico, entre escritores españoles y escritores hispanoamericanos. Sería inoportuno, y por lo demás ocioso, discurrir ahora acerca del alcance y de la cuestionable validez de diferenciaciones tales, pero sí parece loable desde luego la discreción de haberlas tenido en cuenta.

Por cuanto a mí personalmente concierne, podría preguntarme, si hubieran de darse por válidas esas categorías, a cuál de ellas debo pertenecer yo -cuestión que en términos diversos cabría plantear también alrededor de otras biografías de literatos, y cuya más adecuada respuesta quizá fuese ésta: que propiamente y de lleno, quizá no pertenezco a ninguna; pues es lo cierto que en alguna manera se encuentra uno emplazado en tierra de nadie. Nacido en Andalucía, tomé parte desde Madrid, durante la época juvenil de mi vida en los movimientos literarios de vanguardia, que se desenvolvían en estrecha correspondencia con los simultáneos de Barcelona, Buenos Aires, México y La Habana. Luego, las consecuencias de nuestra guerra civil, en la que actué como ciudadano (pero no por cierto como escritor) al lado de la República, me llevarían a reanudar mi producción literaria en varios países de América; hasta que por fin, veinte años más tarde, me fue dado reintegrarme (en puridad, casí reintegrarme) a España, el curso de cuya literatura había sido entre tanto -también a consecuencia de la guerra misma- un curso anómalo por relación al del resto de las letras castellanas. Así, una parte considerable de mi obra fue desconocida, o tardíamente reconocida, en este mi país natal, sin que aquellos críticos e historiadores que se ocupan de catalogar, ordenar y categorizar el cuerpo de la producción literaria sepan bien dónde colocar la de un escritor exiliado, cuyo nombre por lo pronto se encontraba inserto ya en los cuadros de la vanguardia española, y que por otro lado, a partir de su regreso en los años sesenta, había vuelto a hacer acto de presencia cada vez más intensa en el ambiente intelectual madrileño, pero que durante la fase intermedia (un lapso de nada menos que un cuarto de siglo) debió actuar bajo la condición ambigua de “escritor español en América”, tenido allí por propio y por ajeno a un tiempo mismo… Como bien se advierte, el intento y la práctica de encuadrar la literatura de lengua española dentro de marcos nacionales no está libre de perturbadoras dificultades. Por eso me parece muy laudable el hecho de que el Estado español mantenga, como mantiene, premios para galardonar obras literarias de sus ciudadanos escritas en cualquiera de los idiomas reconocidos como oficiales dentro del ámbito peninsular, pero que al mismo tiempo haya instituido también, bajo la advocación de Cervantes, este Premio singular que contempla el panorama entero de las letras castellanas, cualquiera sea la ciudadanía del escritor, un premio extendido, pues, a la gran patria espiritual que tantos pueblos comparten.
El que este hermoso y preciadísimo galardón me sea entregado en el presente año, cuando se está celebrando el Quinto Centenario del Descubrimiento de América, es circunstancia que añade a mis conmovidos sentimientos, junto al de una profunda gratitud por verme así tan honrado en mi país natal, también otro sentimiento que reafirma mi afinidad profunda con aquel mundo nuevo, con ese continente del que era nativa la madre de mi hija y donde había de nacer nuestra nieta; con la América fabulosa adonde Miguel de Cervantes intentó ir sin que su deseo pudiera verse cumplido.

Comencé refiriéndome a lo mucho que como escritor debo a Cervantes. Ya en la infancia, cuando apenas podía entender el significado de muchas de sus palabras, leí el Quijote y para escándalo de quienes pudieran oírme incorporé a mi vocabulario algunas de esas palabras, entonces malsonantes, cuyo significado ignoraba; más tarde, escritor novicio ya, los críticos lectores de mi primera novela pudieron señalar en ella algo que era bastante obvio: los ecos inconfundibles del Quijote; y por fin, ahora, escritor valetudinario, he dedicado mi última prosa, todavía inédita, a comentar y en alguna manera recrear cierto maravilloso pasaje del Quijote, el del encuentro de su protagonista con un caballero granadino. Todavía, en la presente ocasión, cuando debo recibir y agradecer el premio Cervantes, quisiera remitirme una vez más con breves palabras a otro pasaje del Libro fundamental. Es uno de esos episodios donde con arte único se mezclan en increíble mixtura el patetismo y la comicidad. Me refiero al capítulo que relata cómo las personas afectas a don Quijote han decidido, entre su primera y su segunda salida, expurgar piadosamente la biblioteca del hidalgo para quemar los malditos libros de caballerías. Después de haberlo hecho, tapiarán la pieza donde se guardaban, “porque cuando se levantase no los hallase”; y en efecto, “de allí a dos días levantóse don Quijote, y lo primero que hizo fue ir a ver sus libros: y como no hallaba el aposento donde le había dejado, andaba de una en otra parte buscándole. Llegaba a donde solía tener la puerta, y tentábala con las manos, y volvía y revolvía los ojos por todo, sin decir palabra … “.Mucho se ha especulado alrededor del significado que en la secreta intención del autor pudiera encerrar el famoso escrutinio y quema de los libros. Sin necesidad de entrar en la cuestión, y dejándola aparte para atenerme a la mera y directa lectura del episodio, me parece a mí que esa búsqueda silenciosa de la condenada puerta es más penosa que todos los descalabros sufridos por el caballero en sus aventuras; que esa bien intencionada acción de quienes bien lo quieren, al prohibirle el acceso al lugar de la lectura, resulta más cruel que cuantos escarnios le fueron infligidos, pues cierra el paso al campo de la libre imaginación, al que se supone no pueden ponérsela puertas. La imagen de don Quijote tentando en vano el ciego muro que veda la entrada al paraíso de su fantasía me ha resultado, siempre que he vuelto a ella, patética en el más alto grado.
Ese pasaje del Quijote hace pensar desde luego en las condenaciones, trabas y vetos que tradicionalmente han solido imponer quienes se consideran autorizados para proteger al prójimo de los supuestos peligros de la lectura; pero hoy, cuando dichas restricciones pueden darse por desaparecidas en la sociedad actual, otros nuevos obstáculos, y de eficacia tanto mayor al no ser de índole coactiva, nos amenazan. Aludo, claro está, al progreso pujante e irresistible de los medios de comunicación audiovisual, cuyos servicios han sustituido, tanto para la información como para la recreación de las grandes masas, al recurso de la palabra escrita. Por su causa, las gentes abandonan la práctica de la lectura, y pierden la costumbre de sentarse con un libro en la mano para ejercitar la mente y cultivar la imaginación interpretando su contenido. Y así, el centro de la autoridad idiomática se desplaza desde la letra impresa hacia posiciones desde donde se difunde una oralidad desaliñada, regida por criterios de urgencia.

Creo oportuno, cuando nos hallamos reunidos para honrar la memoria de Cervantes, insistir sobre las indispensables virtudes del ejercicio literario, que no consiste tan sólo en escribir, sino también, por supuesto, en leer. La solemnidad de este acto, presidido por los reyes de España, en el que cada año se selecciona a un cultivador de las letras castellanas para distinguirlo de manera particular, constituye una reiterada afirmación del valor de la literatura misma, y sin duda contribuye de manera muy resuelta a darle el prestigio social que tanto necesita cuando diversos rasgos de la realidad contemporánea muestran una tendencia a descuidar su estudio y a desestimar su importancia. Este año ha sido a mí a quien le ha tocado agradecer en nombre de todos esto que considero un servicio inestimable a la cultura general. Muchas gracias, pues, Majestades; muchas gracias, señores y amigos”

Calidez

Martes, agosto 25th, 2009

Torre de la catedral (Granada. Junio, 2009). Foto: Jose Martos

Torre de la catedral (Granada. Junio, 2009). Foto: Jose Martos