El árbol y el reconocimiento de una realidad escondida

Febrero 9th, 2010

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Mircea Eliade en su Tratado de Historia de las religiones indaga sobre la razón que ha hecho posible la riqueza simbólica que rodea el árbol en las distintas tradiciones culturales y religiosas. El autor parte de una constatación que está en la base de tal riqueza de sentidos y valoraciones: la coexistencia sin rupturas entre naturaleza y símbolo como dos realidades íntimamente vinculadas.
Entre todas las realidades de la naturaleza el árbol o ciertos árboles se imponen como un poder por sus implicaciones cosmológicas. La fenomenología de las religiones pone de manifiesto que no existió un culto al árbol sin más, sino tal y como señala Eliade, “nunca se ha adorado un árbol por sí mismo, sino por lo que a través de él revelaba, por lo que implicaba y lo que significaba.”.
Bajo la figura del árbol los hombres y mujeres reconocían una entidad espiritual escondida que se convertía en objeto de culto en virtud de su poder y de aquello que manifestaba. A partir de estas percepciones en torno al árbol se van construyendo un universo simbólico por el que cada tradición religiosa y cultural va cargándolo de significados en virtud de la observación de los fenómenos naturales que rodean la vida de los árboles:

“el árbol está cargado de fuerzas sagradas porque es vertical, porque crece, pierde las hojas, pero se regenera (muere y resucita) infinidad de veces, tiene látex, etc. Todos estos caracteres que ratifican su validez nacen de la simple contemplación mística del árbol como <<forma>> y modalidad biológica. Pero sólo cuando se subordina a un prototipo –cuya forma no es forzoso que sea de orden vegetal- adquiere el árbol sagrado su verdadera validez. Un árbol se convierte en sagrado en virtud de su poder; dicho de otro modo: porque manifiesta una realidad extrahumana (que se presenta al hombre bajo cierta forma, que da fruto y se regenera periódicamente). Por su simple presencia (el poder) y por su propia ley de evolución (la regeneración), el árbol repite lo que , para la experiencia arcaica, es el cosmos entero. El árbol puede, sin duda, llegar a ser un símbolo del universo, y bajo esa forma lo encontramos en las civilizaciones más avanzadas; pero para una conciencia religiosa arcaica , el árbol es el universo, y es el universo porque lo repite y lo resume a la vez que lo simboliza” (Eliade, M. Tratado de historia de las Religiones. Madrid:Cristiandad, 399).

Desde esta línea de significación vinculada a la realidad que representa y a sus implicaciones cosmológicos las culturas antiguas fueron sacralizando distintos árboles y elaborando toda una rica simbología para significar las ricas experiencias de la vida.

La riqueza simbólica del árbol

Enero 25th, 2010

Encina en los campos de la Ciudad Real (Agosto, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

Encina en los campos de la Ciudad Real (Agosto, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

El árbol constituye un elemento simbólico de gran riqueza en las diferentes culturas y religiones. Mircea Eliade en su “Tratado de historia de las religiones”  reconoce que es difícil ofrecer una clasificación sistemática del significado de la simbología existente en torno a este elemento de la naturaleza. Árboles sagrados, símbolos, mitos y ritos vegetales están presentes y proliferan como un bosque en todas las religiones, en las tradiciones populares y en la iconografía.
El autor en el tratado anteriormente citado  distingue siete interpretaciones principales, no exhaustivas, pero que nos ayudan a situarnos ante la riqueza simbólica del árbol y nos permiten reconocer las principales líneas simbólicas que confluyen en él y, que de una u otra forma, están presentes en el universo religioso y cultural de la humanidad:

“-El conjunto piedra-árbol-altar, que constituye un microcosmos efectivo en las capas más antiguas de la vida religiosa (Australia, China-Indonesia-India, Fenicia-Egeo).
-El árbol-imagen del cosmos (India, Mesopotamia, Escandinavia, etc.).
-El árbol-teofanía cósmica (Mesopotamia, India, Egeo).
-El árbol- símbolo de vida, de la fecundidad inagotable, de la realidad absoluta; relacionado con la gran diosa o el simbolismo acuático (por ejemplo, Yaksa); identificado con la fuente de la inmortalidad (árbol de la vida) etc.
-El árbol-centro del mundo y soporte del universo (entre los altaicos, los escandinavos, etc).
-Vínculos místicos entre los árboles y los hombres (árboles antropógenos, el árbol como receptáculo de las almas de los antepasados, el matrimonio de árboles, la presencia del árbol en las ceremonias de iniciación, etc).
-El árbol-símbolo de la resurrección de la vegetación, de la primavera y de la regeneración del año (por ejemplo, el mayo, etc).”

(Mircea Eliade  “Tratado de historia de las religiones”. Madrid: Encuentro, 396-397)

El manto blanco de Mariana Pineda

Enero 17th, 2010
Plaza Mariana Pineda (Granada. Enero 2010). Foto: Jose Martos

Plaza Mariana Pineda (Granada. Enero 2010). Foto: Jose Martos

El canto de la Musa

Enero 9th, 2010
Representación de la Musa de la Música

Representación de la Musa de la Música

Claudio Monteverdi (1567-1643) encarna la transición musical del Renacimiento al Barroco. Con solo quince años publicó su primera colección de motetes, fruto de su formación en la tradición polifónica de Victoria, Lasso y Palestrina. En Monteverdi confluye el instrumentista y el compositor. Su talento como instrumentista, gran intérprete de la viola, le llevó a servir al duque Vincenzo Gonzaga y después a su hijo Francisco. Como compositor fue capaz de plasmar en su obra las teorías expuestas anteriormente por la Camereta Fiorentina. A partir de estas teorías, unidas a sus conocimientos de la polifonía, dio a luz su obra Orfeo , que es considerada como la primera ópera de la historia de la música.

El 24 de febrero de 1607, en el Palacio de Mantua, se estrenó L´Orfeo de Monteverdi con motivo del comienzo del carnaval. El autor se inspira en un texto de Alessandro Striggio, que pone las bases de un nuevo género, “Favola in musica”, o estilo operístico, novedoso por su estructura dramática y musical.

Nos detenemos en el prólogo de Orfeo. Después de la imponente fanfarria, que sirve como pórtico a la composición en cinco actos, aparece la Musa de la música para invitar a guardar silencio y crear el clima apropiado para escuchar las aventuras y desventuras de Orfeo, hijo del dios Apolo y la musa Caliope.

En la mitología griega, Euterpe (en griego Ευτέρπη, “La muy placentera”, “La de agradable genio” o “La de buen ánimo”) es la Musa de la música, especialmente protectora del arte de tocar la flauta. Como las demás Musas era hija de Mnemósine y de Zeus. Por lo general se la representa coronada de flores y llevando entre sus manos el doble-flautín. En otras ocasiones se la representa con otros instrumentos de música: violines, guitarras, tambor, etcétera. A finales de la época clásica se la denominaba musa de la poesía lírica, y se le representaba con una flauta en la mano.

La Musa, en esta ópera, se presenta como aquella que es capaz de “apaciguar los corazones atormentados y de inflamar, de noble ira o de amor,los espíritus más fríos”. En efecto, en el prólogo de Orfeo, Euterpe, por medio de una composición de gran lirismo y belleza invita a detener los pasos y buscar un momento de quietud para deleitarse con la historia de Orfeo. Hoy, varios siglos después, la belleza de sus palabras y la armonía de su música, inspirada por una Musa, sigue cautivándonos a todo los que queremos el camino de Orfeo.

Desde mi Parnaso amado vengo hasta vosotros,
ilustres héroes, nobles, descendientes de reyes,
de quienes la fama relata sus excelsos méritos
de manera imperfecta
porque son, en verdad, sublimes.

Yo la Música,
con dulces acentos
sé apaciguar los corazones atormentados
y puedo inflamar, de noble ira o de amor,
los espíritus más frios.

Cantando a los acordes de mi lira de oro,
acostumbro a deleitar los oídos de los mortales
y de esta guisa incito en el alma deseos ardientes
de oir las armonías sonoras de la lira celestial.

Me mueve ahora el deseo de hablaros de Orfeo,
que aplacó a las fieras con su canto
y conmovió al infierno con sus ruegos,
gloria inmortal de Pindo y de Helicón.

Ahora, mientras alterno mis canciones,
ora alegres, ora tristes,
qué ningún pajarillo se mueva entre los árboles,
ni se oiga el rumor de las aguas en estas riberas,
y hasta la brisa más ligera detenga su camino.

Mirra, incienso y oro

Enero 6th, 2010
Adoración de los Magos. Retablo Mayor de la Catedral de Santo Domingo de la Calzada. Damián Forment. Foto: Jose Antonio Casares

Adoración de los Magos. Retablo Mayor de la Catedral de Santo Domingo de la Calzada. Damián Forment. Foto: Jose Antonio Casares