El árbol y el reconocimiento de una realidad escondida

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Mircea Eliade en su Tratado de Historia de las religiones indaga sobre la razón que ha hecho posible la riqueza simbólica que rodea el árbol en las distintas tradiciones culturales y religiosas. El autor parte de una constatación que está en la base de tal riqueza de sentidos y valoraciones: la coexistencia sin rupturas entre naturaleza y símbolo como dos realidades íntimamente vinculadas.
Entre todas las realidades de la naturaleza el árbol o ciertos árboles se imponen como un poder por sus implicaciones cosmológicas. La fenomenología de las religiones pone de manifiesto que no existió un culto al árbol sin más, sino tal y como señala Eliade, “nunca se ha adorado un árbol por sí mismo, sino por lo que a través de él revelaba, por lo que implicaba y lo que significaba.”.
Bajo la figura del árbol los hombres y mujeres reconocían una entidad espiritual escondida que se convertía en objeto de culto en virtud de su poder y de aquello que manifestaba. A partir de estas percepciones en torno al árbol se van construyendo un universo simbólico por el que cada tradición religiosa y cultural va cargándolo de significados en virtud de la observación de los fenómenos naturales que rodean la vida de los árboles:

“el árbol está cargado de fuerzas sagradas porque es vertical, porque crece, pierde las hojas, pero se regenera (muere y resucita) infinidad de veces, tiene látex, etc. Todos estos caracteres que ratifican su validez nacen de la simple contemplación mística del árbol como <<forma>> y modalidad biológica. Pero sólo cuando se subordina a un prototipo –cuya forma no es forzoso que sea de orden vegetal- adquiere el árbol sagrado su verdadera validez. Un árbol se convierte en sagrado en virtud de su poder; dicho de otro modo: porque manifiesta una realidad extrahumana (que se presenta al hombre bajo cierta forma, que da fruto y se regenera periódicamente). Por su simple presencia (el poder) y por su propia ley de evolución (la regeneración), el árbol repite lo que , para la experiencia arcaica, es el cosmos entero. El árbol puede, sin duda, llegar a ser un símbolo del universo, y bajo esa forma lo encontramos en las civilizaciones más avanzadas; pero para una conciencia religiosa arcaica , el árbol es el universo, y es el universo porque lo repite y lo resume a la vez que lo simboliza” (Eliade, M. Tratado de historia de las Religiones. Madrid:Cristiandad, 399).

Desde esta línea de significación vinculada a la realidad que representa y a sus implicaciones cosmológicos las culturas antiguas fueron sacralizando distintos árboles y elaborando toda una rica simbología para significar las ricas experiencias de la vida.

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