Detalle del la Puerta del Vino de la Alhambra (Granada. Noviembre 2009). Foto: Jose Antonio Casares
La Alhambra posee una fuerza inspiradora que se ha mantenido viva a lo largo de los siglos. Poetas, músicos, pensadores, pintores, o cualquier persona que la visita, descubre en ella un potencial capaz de despertar los sentimientos más luminosos y la inspiración más profunda que se plasma en un sinfín de expresiones y experiencias riquísimas.
Hay un episodio en la vida del compositor Claude Debussy que está unido a un rincón de la Alhambra, la Puerta del Vino. Manuel de Falla envió una postal coloreada a Claude Debussy de la “Puerta del Vino” , dicha fue la fuente de inspiración de un bello preludio. Falla se refiere a dicha imagen con las siguientes palabras:
“la fotografía representa el célebre monumento de la Alhambra. Adornado de relieves en color y sombreado por árboles , contrasta el monumento con un camino inundado de luz que se ve en perspectiva a través del otro arco”.
El mismo Lorca en 1927 también enviaba una tarjeta postal a Sebastián Gasch en la que decía:
“esta puerta fue cantada por Debussy y fue su sueño irrealizable”.
Claudio Monteverdi (1567-1643) encarna la transición musical del Renacimiento al Barroco. Con solo quince años publicó su primera colección de motetes, fruto de su formación en la tradición polifónica de Victoria, Lasso y Palestrina. En Monteverdi confluye el instrumentista y el compositor. Su talento como instrumentista, gran intérprete de la viola, le llevó a servir al duque Vincenzo Gonzaga y después a su hijo Francisco. Como compositor fue capaz de plasmar en su obra las teorías expuestas anteriormente por la Camereta Fiorentina. A partir de estas teorías, unidas a sus conocimientos de la polifonía, dio a luz su obra Orfeo , que es considerada como la primera ópera de la historia de la música.
El 24 de febrero de 1607, en el Palacio de Mantua, se estrenó L´Orfeo de Monteverdi con motivo del comienzo del carnaval. El autor se inspira en un texto de Alessandro Striggio, que pone las bases de un nuevo género, “Favola in musica”, o estilo operístico, novedoso por su estructura dramática y musical.
Nos detenemos en el prólogo de Orfeo. Después de la imponente fanfarria, que sirve como pórtico a la composición en cinco actos, aparece la Musa de la música para invitar a guardar silencio y crear el clima apropiado para escuchar las aventuras y desventuras de Orfeo, hijo del dios Apolo y la musa Caliope.
En la mitología griega, Euterpe (en griego Ευτέρπη, “La muy placentera”, “La de agradable genio” o “La de buen ánimo”) es la Musa de la música, especialmente protectora del arte de tocar la flauta. Como las demás Musas era hija de Mnemósine y de Zeus. Por lo general se la representa coronada de flores y llevando entre sus manos el doble-flautín. En otras ocasiones se la representa con otros instrumentos de música: violines, guitarras, tambor, etcétera. A finales de la época clásica se la denominaba musa de la poesía lírica, y se le representaba con una flauta en la mano.
La Musa, en esta ópera, se presenta como aquella que es capaz de “apaciguar los corazones atormentados y de inflamar, de noble ira o de amor,los espíritus más fríos”. En efecto, en el prólogo de Orfeo, Euterpe, por medio de una composición de gran lirismo y belleza invita a detener los pasos y buscar un momento de quietud para deleitarse con la historia de Orfeo. Hoy, varios siglos después, la belleza de sus palabras y la armonía de su música, inspirada por una Musa, sigue cautivándonos a todo los que queremos el camino de Orfeo.
Desde mi Parnaso amado vengo hasta vosotros,
ilustres héroes, nobles, descendientes de reyes,
de quienes la fama relata sus excelsos méritos
de manera imperfecta
porque son, en verdad, sublimes.
Yo la Música,
con dulces acentos
sé apaciguar los corazones atormentados
y puedo inflamar, de noble ira o de amor,
los espíritus más frios.
Cantando a los acordes de mi lira de oro,
acostumbro a deleitar los oídos de los mortales
y de esta guisa incito en el alma deseos ardientes
de oir las armonías sonoras de la lira celestial.
Me mueve ahora el deseo de hablaros de Orfeo,
que aplacó a las fieras con su canto
y conmovió al infierno con sus ruegos,
gloria inmortal de Pindo y de Helicón.
Ahora, mientras alterno mis canciones,
ora alegres, ora tristes,
qué ningún pajarillo se mueva entre los árboles,
ni se oiga el rumor de las aguas en estas riberas,
y hasta la brisa más ligera detenga su camino.
Federico el Grande, rey de Prusia, comenzó su reinado en 1740. El monarca supo unir en su figura la astucia militar y el cultivo de la inteligencia y el espíritu. Su corte de Sanssouci, Postdam, fue uno de los más brillantes centros de actividad intelectual en la Europa del siglo XVIII.
Los biógrafos de Federico el Grande señalan que el verdadero amor del rey era la música. Entusiasta flautista y compositor, protector de la artes, supo percibir las virtudes del recién creado “piano-forte”. La evolución del piano durante la primera mitad del siglo XVIII supo remediar una de las deficiencias del clavecín: la uniformidad del volumen de las piezas ejecutadas con él.
Junto al amor a los pianos Federico no descuidó el cultivo de la música de órgano. Su admiración por J. S. Bach del reconocimiento por la grandiosidad de sus composiciones, así como por la maestría con la que improvisaba con el órgano. Ser buen organista en aquel momento no sólo se reducía a interpretar composiciones, sino inventarlas de repente con maestría. Bach era famoso por sus notables habilidades de improvisación.
En 1747 Bach tenía sesenta y dos años, y su fama, así como uno de sus hijos había llegado a Sanssouci. Carl Philipp Emmanuel Bach era el Maestro de Capilla de la corte del rey Federico. Hacía ya dos años que el rey insinuaba a Philpp Emmanuel el deseo de que el viejo Bach fuera a visitarlo para probar el sonido de sus nuevos pianos.
Concierto de flauta en Sanssouci (Adolph von Menzel, 18552)
Federico solía organizar en la corte veladas de música de cámara en las que frecuentemente actuaba como solista de algún concierto de flauta. En una de estas veladas, en mayo de 1747, J.S. Bach asistió como invitado excepcional. Johann Nikolaus Forkel, uno de los primeros biógrafos del compositor, narra lo que ocurrió:
“Una noche, en los momentos en que (Federico) preparaba ya su flauta y sus músicos estaban listos para comenzar, un funcionario le trajo la lista de los extranjeros llegados ese día. Con su flauta en la mano echó una ojeada a la lista, y de pronto, dirigiéndose a los músicos allí reunidos, le dijo con acento de cierta agitación: <Señores, el viejo Bach está aquí>. Dejó entonces a un lado la flauta y sin más dilación despachó a alguien para invitar al viejo Bach, que se había apeado en la posada de su hijo, a presentarse a palacio. Quien me contó la historia fue Wilhelm Friedemann, que acompañaba a su padre, y no puedo menos que decir que todavía recuerdo con gusta la manera como me la contó. En esos tiempos era costumbre hacer cumplidos sumamente prolijos. La primera aparición J.S. Bach ante tan gran rey, que no le había dado tiempo ni de cambiar su vestimenta de viaje por el atuendo negro que usan los músicos, tuvo que estar acompañada, por fuerza, de toda clase de disculpas […] Lo que hace más al caso es que el rey renunció a su concierto de esa noche e invitó a Bach, conocido por todos como “el viejo Bach”, a probar los fortepianos, hechos por Silbermann, que tenía en varios salones de palacio. Seguido de sus músicos, el rey recorrió todos los salones, invitando a Bach a probar cada uno de los pianos y a tocar en ellos alguna improvisación. Después de probar así varios pianos, Bach le pidió al rey un tema para una fuga, ofreciéndose a ejecutarla de inmediato, sin preparación alguna. El rey quedó admirado de la manera tan sabia de cómo su tema pasó de repente a ser una fuga a seis voces obligadas. Pero como no cualquier tema se presta para una armonía tan rica, Bach mismo eligió uno, y al punto, con gran asombro de todos los presentes, lo desarrolló de la misma sabia y magnífica manera como había desarrollado antes el tema del rey. Su Majestad dijo finalmente que le gustaría oírle tocar el órgano. Así pues, al día siguiente Bach fue llevado a probar todos los órganos de Sanssouci, tal como antes había sido llevado a probar todos los pianos de Silbermann. De regreso ya en Leipzig, Bach trabajó sobre el tema inventado por el rey y escribió piezas a tres y a seis voces, añadiendo varios pasajes artificiosos en forma estricta de canon, mandó grabar la obra con el título de Musikalisches Opfer (Ofrenda Musical) y se la dedicó al inventor”.
En el ejemplar de la Ofrenda Musical enviado al rey, Bach incluyó una carta dedicatoria:
“Dedico a Vuestra Majestad, con la humildad más profunda, una ofrenda musical cuya parte más noble procede de la propia augusta mano de Vuestra Majestad. Con sobrecogido placer recuerdo la especialísima gracia de que fui objeto cuando, hace algún tiempo, durante mi visita a Saunssouci, Vuestra Majestad se dignó tocarme en el teclado un tema de fuga, y al mismo tiempo me encargó de la manera más graciosa que lo desarrollara en la presencia augustísima de Vuestra Majestad. Mi humildísima obligación no podía ser otra que obedecer la orden de Vuestra Majestad. Sin embargo, no pude menos que observar que, por falta de la necesaria preparación, mi ejecución no estaba a la altura de tan excelente tema. En consecuencia, determiné elaborar de manera más completa el tema real y, habiendo puesto empeño en la tarea, he resuelto ahora dar a conocer esta obra al mundo. Mi propósito no se ha realizado con la perfección que hubiera sido posible, y la obra no tiene, así, otra finalidad que la muy loable de enaltecer, aunque sea sólo en medida tan modesta, la fama de una monarca cuya grandeza y dominio en todas las ciencias de la guerra y de la paz, y especialmente en la música, todo el mundo se ve obligado a admirar y respetar. Me atreveré a añadir una humildísima súplica: que Vuestra Majestad se digne enaltecer este modesto trabajo con su graciosa aceptación y que siga concediendo la augustísima gracia real de Vuestra Majestad a quien es el siervo más humilde y obediente de Vuestra Majestad”.