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	<title>Aristas del corazón &#187; Cuerpo</title>
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		<title>La memoria en las manos</title>
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		<pubDate>Sat, 26 Sep 2009 08:27:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Jose Martos</dc:creator>
				<category><![CDATA[Cuerpo]]></category>
		<category><![CDATA[manos]]></category>
		<category><![CDATA[memoria]]></category>
		<category><![CDATA[nostalgia]]></category>
		<category><![CDATA[recuerdos]]></category>

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		<description><![CDATA[Hoy son las manos la memoria. El alma no se acuerda, está dolida de tanto recordar. Pero en las manos queda el recuerdo de lo que han tenido. Recuerdo de una piedra que hubo junto a un arroyo y que cogimos distraídamente sin darnos cuenta de nuestra ventura. Pero su peso áspero, sentir nos hace [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div style="text-align: center"><span style="font-size:85%"></p>
<div id="attachment_491" class="wp-caption aligncenter" style="width: 460px"><img class="size-medium wp-image-491" src="http://www.aristas.org/aristasdelcorazon/files/2009/09/manos2-450x600.jpg" alt="Detalle relieve griego (Museo Arqueológico de Atenas. Julio, 2009). Foto: Jose Martos" width="450" height="600" /><p class="wp-caption-text">Detalle relieve griego (Museo Arqueológico de Atenas. Julio, 2009). Foto: Jose Martos</p></div>
<p></span></p>
<p>Hoy son las manos la memoria.<br />
El alma no se acuerda, está dolida<br />
de tanto recordar. Pero en las manos<br />
queda el recuerdo de lo que han tenido.</p>
<p>Recuerdo de una piedra<br />
que hubo junto a un arroyo<br />
y que cogimos distraídamente<br />
sin darnos cuenta de nuestra ventura.<br />
Pero su peso áspero,<br />
sentir nos hace que por fin cogimos<br />
el fruto más hermoso de los tiempos.<br />
A tiempo sabe<br />
el peso de una piedra entre las manos.<br />
En una piedra está<br />
la paciencia del mundo, madurada despacio.<br />
Incalculable suma<br />
de días y de noches, sol y agua<br />
la que costó esta forma torpe y dura<br />
que acariciar no sabe y acompaña<br />
tan sólo con su peso, oscuramente.<br />
Se estuvo siempre quieta,<br />
sin buscar, encerrada,<br />
en una voluntad densa y constante<br />
de no volar como la mariposa,<br />
de no ser bella, como el lirio,<br />
para salvar de envidias su pureza.<br />
¡Cuántos esbeltos lirios, cuántas gráciles<br />
libélulas se han muerto, allí, a su lado<br />
por correr tanto hacia la primavera!<br />
Ella supo esperar sin pedir nada<br />
más que la eternidad de su ser puro.<br />
Por renunciar al pétalo, y al vuelo,<br />
está viva y me enseña<br />
que un amor debe estarse quizá quieto, muy quieto,<br />
soltar las falsas alas de la prisa,<br />
y derrotar así su propia muerte.</p>
<p>También recuerdan ellas, mis manos,<br />
haber tenido una cabeza amada entre sus palmas.<br />
Nada más misterioso en este mundo.<br />
Los dedos reconocen los cabellos<br />
lentamente, uno a uno, como hojas<br />
de calendario: son recuerdos<br />
de otros tantos, también innumerables<br />
días felices<br />
dóciles al amor que los revive.<br />
Pero al palpar la forma inexorable<br />
que detrás de la carne nos resiste<br />
las palmas ya se quedan ciegas.<br />
No son caricias, no, lo que repiten<br />
pasando y repasando sobre el hueso:<br />
son preguntas sin fin, son infinitas<br />
angustias hechas tactos ardorosos.<br />
Y nada les contesta: una sospecha<br />
de que todo se escapa y se nos huye<br />
cuando entre nuestras manos lo oprimimos<br />
nos sube del calor de aquella frente.<br />
La cabeza se entrega. ¿Es la entrega absoluta?<br />
El peso en nuestras manos lo insinúa,<br />
los dedos se lo creen,<br />
y quieren convencerse: palpan, palpan.<br />
Pero una voz oscura tras la frente,<br />
—¿nuestra frente o la suya?—<br />
nos dice que el misterio más lejano,<br />
porque está allí tan cerca, no se toca<br />
con la carne mortal con que buscamos<br />
allí, en la punta de los dedos,<br />
la presencia invisible.<br />
Teniendo una cabeza así cogida<br />
nada se sabe, nada,<br />
sino que está el futuro decidiendo<br />
o nuestra vida o nuestra muerte<br />
tras esas pobres manos engañadas<br />
por la hermosura de lo que sostienen.<br />
Entre unas manos ciegas<br />
que no pueden saber. Cuya fe única<br />
está en ser buenas, en hacer caricias<br />
sin casarse, por ver si así se ganan<br />
cuando ya la cabeza amada vuelva<br />
a vivir otra vez sobre sus hombros,<br />
y parezca que nada les queda entre las palmas,<br />
el triunfo de no estar nunca vacías.</p></div>
<div style="text-align: center"><span style="font-size:85%">(Pedro Salinas,<span style="font-style: italic"> Biografía</span>)</span></div>
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