Arqueología de los sentimientos

Templo de Apolo en Delfos (Julio, 2009). Foto: Jose Martos
En el frontispicio del templo de Apolo en Delfos se podía leer la frase: “Conócete a ti mismo”. Estas palabras constituían, para las personas que acudían a aquel lugar mistérico a consultar el oráculo, toda una invitación a emprender una de las tareas principales de cada ser humano: el autoconocimiento. En efecto, cada uno es para sí una fuente inagotable de conocimiento. Las experiencias diarias son capaces de sorprendernos y poner a la luz dimensiones de nuestra existencia ignoradas o sepultadas voluntariamente. Una situación imprevista, un desengaño, cualquier acontecimiento que escapa a nuestro dominio, tienen la potencialidad de poner sobre la palestra aspectos que, hasta el momento, permanecían en el subsuelo de nuestra existencia.
Parte de este desconocimiento se debe a que algunas de estas dimensiones se han visto sepultadas u ocultadas por motivos personales o culturales. Quizás los sentimientos sean los que se hayan llevado la peor parte en este proceso. La educación de los sentimientos ha sido la gran desterrada del curriculum escolar, hecho que ha llevado consigo sepultar los sentimientos y las emociones en el subsuelo de la vida, como una dimensión de la existencia destinada a estar oculta, para vivir de espaldas o indiferentes ante esta riqueza inconmensurable.
Con frecuencia se ha utilizado el símil de la arqueología (Miguel Angel Santos Guerra, Arqueología de los sentimientos en la escuela. Ed. Bonum) para refererirse al universo de los sentimientos como una realidad que está por descubrir. La inteligencia emocional ha puesto de manifiesto que no somos únicamente “cognicio” sino también emoción y sentimiento, y que prescindir de estos últimos significa amputar una dimensión nuclear de nuestra existencia. La inteligencia emocional nos recuerda que el conocerse a sí mismo pasa por cultivar la habilidad para percibir con precisión, valorar y expresar emociones, para acceder y/o generar sentimientos cuando facilitan el pensamiento, y para regular y comprender nuestras propias emociones.
“Conocete a ti mismo” supone iniciar, al modo del arqueólogo o la arqueóloga, una labor de acercamiento al yacimiento de nuestros sentimientos para iniciar una labor, árdua y no carente de dificultades, con el objetivo de desenterrar el tesoro que albergamos en nuestra interioridad. “Conócete a tí mismo” es la puerta que nos hace capaces de mostrar en cada momento lo que sentimos, no como un signo de debilidad, sino como manifestación de la transparencia del corazón que busca otro corazón para compartir una sonrisa o una lágrima.
Parte de este desconocimiento se debe a que algunas de estas dimensiones se han visto sepultadas u ocultadas por motivos personales o culturales. Quizás los sentimientos sean los que se hayan llevado la peor parte en este proceso. La educación de los sentimientos ha sido la gran desterrada del curriculum escolar, hecho que ha llevado consigo sepultar los sentimientos y las emociones en el subsuelo de la vida, como una dimensión de la existencia destinada a estar oculta, para vivir de espaldas o indiferentes ante esta riqueza inconmensurable.
Con frecuencia se ha utilizado el símil de la arqueología (Miguel Angel Santos Guerra, Arqueología de los sentimientos en la escuela. Ed. Bonum) para refererirse al universo de los sentimientos como una realidad que está por descubrir. La inteligencia emocional ha puesto de manifiesto que no somos únicamente “cognicio” sino también emoción y sentimiento, y que prescindir de estos últimos significa amputar una dimensión nuclear de nuestra existencia. La inteligencia emocional nos recuerda que el conocerse a sí mismo pasa por cultivar la habilidad para percibir con precisión, valorar y expresar emociones, para acceder y/o generar sentimientos cuando facilitan el pensamiento, y para regular y comprender nuestras propias emociones.
“Conocete a ti mismo” supone iniciar, al modo del arqueólogo o la arqueóloga, una labor de acercamiento al yacimiento de nuestros sentimientos para iniciar una labor, árdua y no carente de dificultades, con el objetivo de desenterrar el tesoro que albergamos en nuestra interioridad. “Conócete a tí mismo” es la puerta que nos hace capaces de mostrar en cada momento lo que sentimos, no como un signo de debilidad, sino como manifestación de la transparencia del corazón que busca otro corazón para compartir una sonrisa o una lágrima.

Excavaciones en el Ágora Romana (Atenas, Julio 2009). Foto: Jose Martos
Tags: búsqueda, expresión, introspección

octubre 7th, 2009 a 1:09
[...] artística es como la pieza preciosa, en la que se materializan los sentimientos, encontrada en el yacimiento único e irrepetible del corazón. Por tanto la imagen habla por sí sola, tiene la capacidad e transcenderse en el tiempo utilizando [...]
mayo 6th, 2011 a 10:39
Gracias José por este post.
Al leerlo me pregunto ¿y si la verdadera educación fuese quitar, en vez de añadir?
El famoso “conócete a ti mismo” resuena con la, también famosa, frase de Galileo:
“No se pude enseñar nada a un hombre, sólo se le puede ayudar a encontrar la respuesta dentro de sí mismo”
Un abrazo
mayo 6th, 2011 a 12:03
Yo creo que cada persona debe encontrar sus respuestas, pero eso forma parte del proceso de aprendizaje social. Siento desdecir a Galileo, pero sí se enseñan cosas, ya lo creo que se enseñan. Si no se enseñasen no podríamos vivir en sociedad y eso exige pautas comunes de comportamiento y valores.
Respecto al artículo diría que para conocerse a uno mismo es necesario conocer el contexto social y cultural en el que se mueve, porque su yo forma parte de la comunidad.
Nos da miedo pensar que somos sociales porque parece que nuestro yo se diluye. Todo lo contrario: nuestro yo se engrandece en la medida que somos sociales. Porque eso es lo que somos, parte de una sociedad.
mayo 9th, 2011 a 6:26
Etimológicamente, emoción significa ‘lo que mueve’, lo que nos motiva a actuar. Desde el punto de vista psicológico su origen se sitúa en la evaluación cognitiva individual de la impresión sensorial, ya en forma de idea o recuerdo. Sobre estas emociones asociada a la cognición se construyen los sentimientos. (Ayerbe, I. El curso del pensamiento. 2006).
Desde un punto de vista pragmático, y aceptando que el ser humano es social y los sentimiento se desarrollan en un marco y cultural concreto, conocerse a uno mismo requiere un proceso de alejamiento de la realidad cotidiana que nos aferra a valores circunstanciales. Distanciarnos de esa realidad, manteniendo los sentimientos de apego, conduce a un pensamiento libre de los condicionantes que nos mantiene atenazados en la vida diaria. Esta profundización en el pensamiento es la que nos llevará a alcanzar el “equilibrio ontogenético consciente”.
Ignacio Ayerbe
Doctor en Psicología.