Archivo del mes Febrero, 2010

El árbol, “eje del mundo”

Domingo, Febrero 14th, 2010

Una de las líneas simbólicas principales vinculadas al árbol es la de ser el  “eje del mundo”. Es una carga simbólica que dice relación a su forma vertical. Como imagen vertical izada tiene la potencialidad de conducir una vida subterránea hasta el cielo, vinculando su sentido, también, a la imagen de la escalera o la montaña, como símbolos generalizados de la unión entre los tres mundos (inferior, ctónico o infernal; central, terrestre o de la manifestación; superior o celeste).

Árbol, eje del mundo

Árbol, eje del mundo

La contemplación de un árbol nos permite vislumbrar lo que el símbolo quiere representar ya que sus raíces se sumergen en el suelo y sus ramas se elevan al cielo. Afirma Chevalier y Gheerbrant (118) al respecto:

“El árbol pone así en comunicación los tres niveles del cosmos: el subterráneo, por sus raíces hurgando en las profundidades donde se hunden; la superficie de la tierra, por su tronco y primeras ramas; las alturas, por sus ramas superiores y su cima, atraídas por la luz del cielo. Reptiles se arrastran entre sus raíces; aves vuelan por su ramaje: pone en relación el mundo ctónico y el mundo uránico. Reúne todos los elementos: el agua circula por su savia, la tierra se integra a su cuerpo por sus raíces, el aire alimenta sus hojas, el fuego surge de su frotamiento.”

Pero el carácter axial está vinculado también con su carácter central. Para que el árbol pueda comunicar en espíritu los tres mundos ha de estar emplazado en un centro cósmico hasta el punto de llegar a ser sinónimos “árbol del mundo” y “eje del mundo”.

Cada cultura ha vinculado a un árbol este carácter de centralidad y axialidad; así en Galicia el árbol “eje del mundo” es el roble, el tilo entre los germanos, el fresno en Escandinavia, el olivo en el Islam, el baniano en la India, el abedul o el alerce en Siberia.

Olivo en la comarca del Altiplano Granadino (Octubre, 2009). Foto: Jose Martos

Olivo en la comarca del Altiplano Granadino (Octubre, 2009). Foto: Jose Martos

Detengámonos en el abedul siberiano para ver como recoge esta riqueza de significado. Sus entalladuras señalan los grados de ascensión hacia el cielo. El árbol Kien-mu chino (madero erguido) está en el centro del mundo: a su pie no existe ni la sombra ni el eco; tiene nueve ramas y nueve raíces por medio de los cuales toca los nueve cielos y los nueve manantiales, morada de los muertos. Por él suben y bajan los soberanos, mediadores entre el Cielo y la Tierra, equiparados también al sol. Soy y luna descienden en forma de ave por el alarce siberiano. A ambos lados del árbol Kien se encuentran respectivamente el árbol Fu en el levante y el árbol Jo en el poniente, por donde sube y desciende el sol, respectivamente.

En la tradición China las aves solares está n vinculadas al simbolismo del árbol; son, a menudo, doce lo que recuerda el simbolismo Zodiacal y el de los Aditya, o doce soles. Doce son también los frutos del árbol de la Vida edénico, signos de la renovación cíclica. Las aves del cielo reposando sobre las ramas del árbol representan los estados superiores del ser y todos los estados en su conjunto están vinculados entre ellos por el tronco del árbol.

El árbol alimentado por la Tierra y el Agua y superando el séptimo cielo es también, según el esoterismo ismaelita, símbolo de la gnosis.

En la tradición cristiana el carácter axial del árbol, junto a la simbología del “árbol de la vida” confluirán en la imagen de la cruz de regeneración, en el que el eje vertical de la cruz se identificará con el “eje del mundo” y camino de ascenso hacia el cielo.

Cruz románica. Museo de Arte Nacional Catalán (Barcelona. Diciembre, 2009). Foto: José Antonio Casares

Cruz románica. Museo de Arte Nacional Catalán (Barcelona. Diciembre, 2009). Foto: José Antonio Casares

Fuentes:

-Cirlot, J.E. (2005), Diccionario de símbolos. Madrid: Siruela, 89.

-Chevalier, J., y Gheerbrant (2007), Diccionario de los símbolos. Barcelona: Herder, 118.

El árbol y el reconocimiento de una realidad escondida

Martes, Febrero 9th, 2010

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Mircea Eliade en su Tratado de Historia de las religiones indaga sobre la razón que ha hecho posible la riqueza simbólica que rodea el árbol en las distintas tradiciones culturales y religiosas. El autor parte de una constatación que está en la base de tal riqueza de sentidos y valoraciones: la coexistencia sin rupturas entre naturaleza y símbolo como dos realidades íntimamente vinculadas.
Entre todas las realidades de la naturaleza el árbol o ciertos árboles se imponen como un poder por sus implicaciones cosmológicas. La fenomenología de las religiones pone de manifiesto que no existió un culto al árbol sin más, sino tal y como señala Eliade, “nunca se ha adorado un árbol por sí mismo, sino por lo que a través de él revelaba, por lo que implicaba y lo que significaba.”.
Bajo la figura del árbol los hombres y mujeres reconocían una entidad espiritual escondida que se convertía en objeto de culto en virtud de su poder y de aquello que manifestaba. A partir de estas percepciones en torno al árbol se van construyendo un universo simbólico por el que cada tradición religiosa y cultural va cargándolo de significados en virtud de la observación de los fenómenos naturales que rodean la vida de los árboles:

“el árbol está cargado de fuerzas sagradas porque es vertical, porque crece, pierde las hojas, pero se regenera (muere y resucita) infinidad de veces, tiene látex, etc. Todos estos caracteres que ratifican su validez nacen de la simple contemplación mística del árbol como <<forma>> y modalidad biológica. Pero sólo cuando se subordina a un prototipo –cuya forma no es forzoso que sea de orden vegetal- adquiere el árbol sagrado su verdadera validez. Un árbol se convierte en sagrado en virtud de su poder; dicho de otro modo: porque manifiesta una realidad extrahumana (que se presenta al hombre bajo cierta forma, que da fruto y se regenera periódicamente). Por su simple presencia (el poder) y por su propia ley de evolución (la regeneración), el árbol repite lo que , para la experiencia arcaica, es el cosmos entero. El árbol puede, sin duda, llegar a ser un símbolo del universo, y bajo esa forma lo encontramos en las civilizaciones más avanzadas; pero para una conciencia religiosa arcaica , el árbol es el universo, y es el universo porque lo repite y lo resume a la vez que lo simboliza” (Eliade, M. Tratado de historia de las Religiones. Madrid:Cristiandad, 399).

Desde esta línea de significación vinculada a la realidad que representa y a sus implicaciones cosmológicos las culturas antiguas fueron sacralizando distintos árboles y elaborando toda una rica simbología para significar las ricas experiencias de la vida.