Archivo del mes noviembre, 2009

Ofrenda Musical

Sábado, noviembre 28th, 2009

Federico el Grande, rey de Prusia, comenzó su reinado en 1740. El monarca supo unir en su figura la astucia militar y el cultivo de la inteligencia y el espíritu. Su corte de Sanssouci, Postdam, fue uno de los más brillantes centros de actividad intelectual en la Europa del siglo XVIII.

Los biógrafos de Federico el Grande señalan que el verdadero amor del rey era la música. Entusiasta flautista y compositor, protector de la artes, supo percibir las virtudes del recién creado “piano-forte”. La evolución del piano durante la primera mitad del siglo XVIII supo remediar una de las deficiencias del clavecín: la uniformidad del volumen de las piezas ejecutadas con él.

Junto al amor a los pianos Federico no descuidó el cultivo de la música de órgano. Su admiración por J. S. Bach del reconocimiento por la grandiosidad de sus composiciones, así como por la maestría con la que improvisaba con el órgano. Ser buen organista en aquel momento no sólo se reducía a interpretar composiciones, sino inventarlas de repente con maestría. Bach era famoso por sus notables habilidades de improvisación.

En 1747 Bach tenía sesenta y dos años, y su fama, así como uno de sus hijos había llegado a Sanssouci. Carl Philipp Emmanuel Bach era el Maestro de Capilla de la corte del rey Federico. Hacía ya dos años que el rey insinuaba a Philpp Emmanuel el deseo de que el viejo Bach fuera a visitarlo para probar el sonido de sus nuevos pianos.

Concierto de flauta en Sanssouci (Adolph von Menzel, 18552)

Concierto de flauta en Sanssouci (Adolph von Menzel, 18552)

Federico solía organizar en la corte veladas de música de cámara en las que frecuentemente actuaba como solista de algún concierto de flauta. En una de estas veladas, en mayo de 1747, J.S. Bach asistió como invitado excepcional. Johann Nikolaus Forkel, uno de los primeros biógrafos del compositor, narra lo que ocurrió:

“Una noche, en los momentos en que (Federico) preparaba ya su flauta y sus músicos estaban listos para comenzar, un funcionario le trajo la lista de los extranjeros llegados ese día. Con su flauta en la mano echó una ojeada a la lista, y de pronto, dirigiéndose a los músicos allí reunidos, le dijo con acento de cierta agitación: <Señores, el viejo Bach está aquí>. Dejó entonces a un lado la flauta y sin más dilación despachó a alguien para invitar al viejo Bach, que se había apeado en la posada de su hijo, a presentarse a palacio. Quien me contó la historia fue Wilhelm Friedemann, que acompañaba a su padre, y no puedo menos que decir que todavía recuerdo con gusta la manera como me la contó. En esos tiempos era costumbre hacer cumplidos sumamente prolijos. La primera aparición J.S. Bach ante tan gran rey, que no le había dado tiempo ni de cambiar su vestimenta de viaje por el atuendo negro que usan los músicos, tuvo que estar acompañada, por fuerza, de toda clase de disculpas […] Lo que hace más al caso es que el rey renunció a su concierto de esa noche e invitó a Bach, conocido por todos como “el viejo Bach”, a probar los fortepianos, hechos por Silbermann, que tenía en varios salones de palacio. Seguido de sus músicos, el rey recorrió todos los salones, invitando a Bach a probar cada uno de los pianos y a tocar en ellos alguna improvisación. Después de probar así varios pianos, Bach le pidió al rey un tema para una fuga, ofreciéndose a ejecutarla de inmediato, sin preparación alguna. El rey quedó admirado de la manera tan sabia de cómo su tema pasó de repente a ser una fuga a seis voces obligadas. Pero como no cualquier tema se presta para una armonía tan rica, Bach mismo eligió uno, y al punto, con gran asombro de todos los presentes, lo desarrolló de la misma sabia y magnífica manera como había desarrollado antes el tema del rey. Su Majestad dijo finalmente que le gustaría oírle tocar el órgano. Así pues, al día siguiente Bach fue llevado a probar todos los órganos de Sanssouci, tal como antes había sido llevado a probar todos los pianos de Silbermann. De regreso ya en Leipzig, Bach trabajó sobre el tema inventado por el rey y escribió piezas a tres y a seis voces, añadiendo  varios pasajes artificiosos en forma estricta de canon, mandó grabar la obra con el título de Musikalisches Opfer (Ofrenda Musical) y se la dedicó al inventor”.

En el ejemplar de la Ofrenda Musical enviado al rey, Bach incluyó una carta dedicatoria:

“Dedico a Vuestra Majestad, con la humildad más profunda, una ofrenda musical cuya parte más noble procede de la propia augusta mano de Vuestra Majestad. Con sobrecogido placer  recuerdo la especialísima gracia de que fui objeto cuando, hace algún tiempo, durante mi visita a Saunssouci, Vuestra Majestad se dignó tocarme en el teclado un tema de fuga, y al mismo tiempo me encargó de la manera más graciosa que lo desarrollara en la presencia augustísima de Vuestra Majestad. Mi humildísima obligación  no podía ser otra que obedecer la orden de Vuestra Majestad. Sin embargo, no pude menos que observar que, por falta  de la necesaria preparación, mi ejecución no estaba a la altura de tan excelente tema. En consecuencia, determiné elaborar de manera más completa el tema real y, habiendo puesto empeño en la tarea, he resuelto ahora dar a conocer esta obra al mundo. Mi propósito no se ha realizado con la perfección que hubiera sido posible, y la obra no tiene, así, otra finalidad que la muy loable de enaltecer, aunque sea sólo en medida tan modesta, la fama de una monarca cuya grandeza y dominio en todas las ciencias de la guerra y de la paz, y especialmente en la música, todo el mundo se ve obligado a admirar y respetar. Me atreveré a añadir una humildísima súplica: que Vuestra Majestad se digne enaltecer este modesto trabajo con su graciosa aceptación y que siga concediendo la augustísima gracia real de Vuestra Majestad a quien es el siervo más humilde y obediente de Vuestra Majestad”.

Mirada celestial

Viernes, noviembre 27th, 2009
Angel del retablo Mayor de la Iglesia del Carmen (Antequera. Noviembre, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

Angel del retablo Mayor de la Iglesia del Carmen (Antequera. Noviembre, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

Angel del retablo Mayor de la Iglesia del Carmen (Antequera. Noviembre, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

Angel del retablo Mayor de la Iglesia del Carmen (Antequera. Noviembre, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

Las soledades del Duero

Martes, noviembre 17th, 2009
Rio Duero a su paso por Soria (Noviembre, 2009). Foto: Jose martos

Rio Duero a su paso por Soria (Noviembre, 2009). Foto: Jose martos

Río Duero, río Duero,
nadie a acompañarte baja,
nadie se detiene a oír
tu eterna estrofa de agua.

Indiferente o cobarde
la ciudad vuelve la espalda.
No quiere ver en tu espejo
su muralla desdentada.

Tú, viejo Duero, sonríes
entre tus barbas de plata,
moliendo con tus romances
las cosechas mal logradas.

Y entre los santos de piedra
y los álamos de magia
pasas llevando en tus ondas
palabras de amor, palabras.

Quién pudiera como tú,
a la vez quieto y en marcha
cantar siempre el mismo verso
pero con distinta agua.

Río Duero, río Duero,
nadie a estar contigo baja,
ya nadie quiere atender
tu eterna estrofa olvidada

sino los enamorados
que preguntan por sus almas
y siembran en tus espumas
palabras de amor, palabras.

(Gerardo Diego)

Los colores del otoño

Viernes, noviembre 13th, 2009
Yanguas (Soria. Noviembre, 2009). Foto: Jose Martos

Yanguas (Soria. Noviembre, 2009). Foto: Jose Martos

La ciudad de los signos

Lunes, noviembre 9th, 2009

Detalle de la fachada del Monasterio de Santa Isabel la Real (Granada. Junio, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

Detalle de la fachada del Monasterio de Santa Isabel la Real (Granada. Junio, 2009). Foto: Jose Antonio Casares

“El hombre camina día enteros entre los árboles y las piedras. Raramente el ojo se detiene en una cosa, y es cuando la ha reconocido como signo de otra: una huella en la arena indica el paso del tigre, un pantano anuncia una vena de agua, la flor de hibisco el fin del invierno. Todo el  resto es mudo es intercambiable; árboles y piedras con solamente lo que son.
Finalmente el viaje conduce a la ciudad de Tamara. Uno se adelanta a ella por calles llenas de enseñas que sobresalen de las paredes. El ojo no ve cosas sino figuras de cosas que significan otras cosas: las tenazas indican la casa del sacamuelas, el jarro la taberna, las alabardas el cuerpo de guardia, la balanza el herborista. Estatuas y escudos representan leones, delfines, torres, estrellas: signo de que algo –quien sabe qué- tiene por signo un león o delfín o torre o estrella. Otras señales advierten sobre aquello que en un lugar está prohibido: entrar en el callejón con las carretillas, orinar detrás del quiosco, pescar con caña desde el puente, y lo que es lícito: dar de beber a las cebras, jugar a las brochas, quemar los cadáveres de los parientes. Desde la puerta de los templos se ven las estatuas de los dioses, representados cada uno con  sus atributos: la cornucopia, la clepsidra, la medusa, por los cuales el fiel puede reconocerlos y dirigirles las plegarias justas. Si un edificio no tiene ninguna enseña o figura, su forma misma y el lugar que ocupa en el orden de la ciudad basta para indicar su función: el palacio real, la prisión, la casa de moneda, la escuela pitagórica, el burdel. Hasta las mercancías que los comerciantes exhiben en los mostradores valen no por sí mismas sino como signo de otras cosas: la banda bordada para la frente quiere decir elegancia, el palanquín dorado poder, los volúmenes de Averroes sapiencia, la ajorca para el tobillo la voluptuosidad. La mirada recorre las calles como páginas escritas: la ciudad dice todo lo que debes pensar, te hace repetir su discurso, y mientras crees que visitas Tamara, no haces sino registrar los nombres con los cuales se define a sí misma y a todas sus partes.
Cómo es verdaderamente la ciudad bajo esta apretada envoltura de signos, qué contiene o esconde, el hombre sale de Tamara sin haberlo sabido. Afuera se extiende la tierra vacía hasta el horizonte, se abre el cielo  donde corren las nubes. En la forma que el azar y el viento dan a las nubes el  hombre ya está entregado a reconocer figuras: un verlo, una mano, un elefante”

(Ítalo Calvino, Las ciudades invisibles)